Noventa minutos 16.

A la mañana siguiente, todos regresaron a la ciudad excepto Jake y Gina, que se quedaron en la mansión junto a los padres de Gina, Derek, Seb y el resto de los agentes de seguridad de la mansión.

Los días iban pasando y Gina y Jake cada vez estaban más unidos. Jake se quedaba todas las noches con Gina en su habitación y no se marchaba de allí hasta la mañana siguiente cuando ella se despertaba. Pero no se conformaban en verse a solas por las noches, también aprovechaban cada momento del día en el que nadie les veía para besarse, acariciarse, dedicarse un gesto o una mirada que indicara el deseo que ambos sentían. Franco y Paulina observaban en silencio como la relación de su hija y Jake cada vez se hacía más evidente ante los ojos de los demás y ante ellos mismos y se alegraron de que por fin Gina le diera una oportunidad al amor después de cómo terminó su relación con Brad. Henry llamaba a Franco a diario para asegurarse de que todo iba bien entre sus hijos y se alegraba cuando Franco le contaba que todo iba muy bien.

Llevaban ya un mes y medio en la mansión de los Verona cuando Gina se despertó entre los brazos de Jake mientras él la besaba en el cuello y le susurraba al oído:

—Cariño, estás preciosa mientras duermes.

— ¿Eso significa que cuando estoy despierta no lo estoy? —Preguntó Gina bromeando aún medio dormida.

—Siempre estás preciosa, pero cuando duermes pareces tan frágil y vulnerable que hace que resultes todavía más hermosa —le dijo Jake deslizando sus manos por la suave piel de Gina—. Me tienes hechizado y nunca me quedo saciado de ti.

—Me tienes totalmente desnuda entre tus brazos y en una cama, creo que no hace falta que trates de convencerme con palabras que crees que quiero escuchar —le dijo Gina burlonamente.

Ambos se enredaron en una trama de besos y caricias hasta que terminaron haciendo el amor con más pasión y entrega que otras veces. Se quedaron tumbados sobre la cama, totalmente exhaustos pero muy satisfechos. Jake la estrechó entre sus brazos y le dijo:

—Cariño, creo que necesitamos negociar de nuevo nuestro acuerdo de noventa minutos.

—Te escucho —le dijo Gina con curiosidad por lo que le iba a proponer.

—Para empezar, tenemos que quitar el límite de tiempo. Estamos juntos las veinticuatro horas del día y ya me cuesta contenerme delante de tus padres como para contenerme cuando estamos a solas —le planteó Jake.

—Estoy de acuerdo, al fin y al cabo ninguno de los dos estamos respetando los noventa minutos —opinó Gina.

—Genial, pero aún hay más cosas que quiero negociar contigo.

—Soy todo oído —le respondió Gina divertida.

—Quiero exclusividad —apuntó Jake y añadió para dejarlo claro—: – Mientras tengamos este acuerdo, no puedes irte con ningún otro hombre y, por supuesto, yo tampoco me iré con ninguna otra mujer.

—Me parece bien, no soy muy dada a compartir —aceptó Gina sonriendo con picardía.

—Pensaba que no me lo ibas a poner tan fácil, pequeña —le susurró Jake mientras poseía el centro de su placer con los dedos.

—No soy capaz de discutir nada en este estado y no es un reproche, tan solo estoy constatando un hecho.

—Entonces, aprovecharé para pedirte algo más —le susurró Jake mientras deslizaba su pulgar hasta el clítoris de ella para aumentar su placer—. También quiero que salgamos a cenar, a ver una película en el cine o cualquier otra cosa que nos apetezca.

—Eso lo discutimos luego —dijo Gina entre gemidos—. Ahora no puedo pensar.

—Solo tienes que aceptar y te daré lo que tanto deseas —le dijo Jake dejándola al borde del orgasmo pero sin dárselo—. ¿Qué me dices, pequeña?

—Está bien, lo que quieras, pero no pares —le rogó Gina.

Satisfecho por lo que había conseguido, Jake le hizo el amor a Gina con dulzura, con posesión y con rendición absoluta. Tenía claro que quería avanzar en su relación con ella y pensaba conseguirlo.

—Has jugado sucio —le dijo Gina bromeando cuando su respiración se normalizó.

—No quería arriesgarme a que me dieras un no por respuesta —le respondió Jake divertido.

—Estamos encerrados, no podemos hacer nada de lo que dices.

—Hoy espero que me confirmen una buena noticia y, si me lo confirman, podremos ir a dónde queramos, pequeña —le anunció Jake—. Puede que esta misma noche podamos salir a cenar.

— ¿Has esperado a que aceptara el trato para decírmelo? —Le preguntó Gina fingiendo ofenderse.

—Ya te he dicho que no quería arriesgarme a una negativa —se defendió Jake sonriendo—. Duerme un poco más y quizás cuando te despiertes pueda decirte que regresamos a casa.

— ¿Regresamos a casa? —Preguntó Gina sabiendo que le ocultaba algo—. ¿Qué quieres decir con eso exactamente?

—Cariño, es posible que puedas regresar a casa y seguir con tu vida, pero seguiré siendo tu sombra —le susurró Jake al oído. Le dio un beso en los labios y añadió—: Es temprano, quédate durmiendo un rato más.

Gina le obedeció y Jake se levantó de la cama, se fue a su habitación se dio una ducha y al salir de su habitación para bajar a la cocina se encontró con Franco en pasillo.

—Buenos días, Jake —lo saludó Franco extrañado de verlo salir solo de su habitación tras haberse esperado que su hija estuviera con él—. ¿Gina sigue durmiendo?

—Creo que sí —dijo Jake señalando la puerta cerrada de la habitación de Gina—. ¿Sabemos algo de los Servasky?

—Está confirmado, están en Rusia —le informó Franco—. Aun así, quiero que Gina siga teniendo un guardaespaldas y me gustaría que fueras tú, si estás de acuerdo.

—Por supuesto, Franco —le respondió Jake—. Puedes contar conmigo.

Franco respiró tranquilo al escuchar la respuesta de Jake, su hija era demasiado testaruda y el único que podía ser capaz de hacerla entrar en razón era Jake.

Tras desayunar juntos en la cocina y después pasar al despacho de Franco para continuar hablando de los Servasky y del seguimiento que les estaban haciendo para garantizar la seguridad de Gina. A las once de la mañana, Franco miró su reloj y le dijo a Jake:

—Ves a darle la noticia a Gina, estoy seguro de que se alegrará —Jake sonrió y se levantó dispuesto a ir a buscar a Gina, pero Franco le llamó antes de salir del despacho y le dijo—: Es mi única hija, Jake. A veces es un poco cabezona y tiene muy mal genio, pero es lo que más quiero en mi vida junto a mi esposa. Cuida de ella, muchacho.

—Lo haré, Franco —le aseguró—. Tu hija también es lo que yo más quiero en mi vida.

Franco se quedó satisfecho y tranquilo con las palabras de Jake. Jake se dirigió a la habitación de Gina tratando de asimilar que había dicho en voz alta lo que ni siquiera se había atrevido a pensar, pero se sentía feliz de sentir lo que sentía, pese a que era la primera vez que lo sentía. Se había enamorado de Gina y quería pasar el resto de su vida con ella, ahora solo faltaba que Gina deseara lo mismo y él iba a poner todo de su parte para que así fuera.

—Cariño, despierta —le susurró Jake al oído.

—Mm… Un ratito más —le suplicó Gina para que le dejara dormir un poco más.

—Ya podemos regresar a casa, creía que te gustaría saberlo —volvió a susurrarle Jake.

Gina se incorporó en la cama y abrazó a Jake sin que él se lo esperara y ambos acabaron tumbados sobre la cama, justo en el momento que Derek también entraba en la habitación.

—Veo que ya te han dado la noticia —saludó Derek. Gina y Jake se sentaron en la cama sin poder contener las risas y Derek añadió—: Franco quiere que, cuando terminéis de celebrar la vuelta a casa, bajéis a la cocina para que Gina desayune y él os pueda dar la charla sobre el protocolo de seguridad.

Derek les dejó a solas y Gina aprovechó el momento para lanzarse a los brazos de Jake y besarle en los labios apasionadamente, feliz por saber que podía volver a casa y, lo que era mejor, que Jake seguiría estando con ella las veinticuatro horas del día. Como cada vez que se besaban estando en la cama, acabaron haciendo el amor.

Esa misma mañana Jake y Gina recogieron sus cosas, hicieron las maletas, se despidieron de Franco y Paulina y regresaron a la ciudad.

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