Noventa minutos 15.

Gina se despertó a las diez de la mañana y, cómo se temía, Jake ya se había ido de su habitación. Alargó el brazo para alcanzar su teléfono móvil que estaba sobre la mesita y comprobó que tenía un mensaje de Jake. Se había acostumbrado a aquellos mensajes y sonrió feliz mientras leía: “Buenos días, dormilona. ¿Hoy también has dormido bien? Por cierto, tu padre me ha preguntado si me has llevado al manantial y se ha sorprendido cuando le he dicho que no. Un manantial de agua caliente en mitad de un frondoso bosque, estando tú y yo a solas… Se me ocurren muchas cosas qué hacer, ¿se te ocurre a ti alguna?” Gina se excitó al leer aquel mensaje y decidió enviarle un mensaje y pagarle con la misma moneda: “Mm… Se me están ocurriendo miles de cosas que hacer en ese manantial pero, aunque su agua sea caliente, el frío de invierno nos helará.” Gina se desnudó y, antes de meterse en la ducha, recibió otro mensaje de Jake: “No te preocupes por el frío, yo me encargaré de darte calor.”

Tras darse una ducha y vestirse, Gina bajó a la cocina donde se encontró con sus padres, Derek, Arthur, Jake y Seb. Gina les saludó a todos y sentó a la mesa entre su madre y Jake para unirse a desayunar con todos los demás.

A las once y media llegaron los padres de Jake y Emily. Franco y Paulina les recibieron en el hall y les hicieron pasar al salón para reunirse con todos los que allí habían. Emily fue la primera en entrar y saludar a todos, dejando en último lugar a Arthur, a quien saludó con cierta tensión y nerviosismo.

Franco se volvió hacia su hija y le dijo:

—Gina, ya conoces a Henry, pero creo que no conoces a su esposa Grace.

—No, no conocía a Grace —respondió Gina saludando a la mujer en cuestión.

—Me alegro de conocerte, Gina —le dijo Grace con una sonrisa en los labios. – Últimamente he oído hablar mucho de ti.

—No te creas todo lo que dicen, la gente tiende a exagerar —bromeó Gina.

—¡Gina, me alegro de verte! —La saludó Henry con un afectuoso abrazo—. ¿Cómo te trata mi hijo? Si te da algún problema me llamas y yo me encargo de ponerlo en su sitio.

—Lo tendré en cuenta, Henry —bromeó Gina.

—La trato como a una princesa, no puede quejarse —se defendió Jake.

—Creo que más bien es tu hijo el que debe tener una larga lista de quejas —bromeó Franco.

Pasaron la mañana y la tarde charlando en el salón, haciendo un paréntesis a la hora de la comida para comer un poco.

Por la noche, los jóvenes decidieron cenar en el sótano y pasar allí un buen rato ya que todos se habían compinchado para que Gina no saliera de la villa y pusiera en riesgo su vida.

Jake había pasado todo el día tratando de quedarse a solas con Gina aunque fuesen cinco minutos tan solo, pero le fue imposible y después de cenar, cuando la vio reír y bailar, se puso de malhumor por no poderse acercar a ella como le gustaría.

—Estás muy serio, hermanito —le dijo Emily sentándose a su lado—. Y no le quitas los ojos de encima a Gina, la vas a desgastar.

—¿Qué te parece cómo cuñada? —Le preguntó Jake a Emily.

—Lo único que puedo decirte es que apenas la conozco y no me la puedo quitar de la cabeza desde el primer momento en que la vi —le confesó Jake—. Tiene gracia, la única chica que quiero que se enamore de mí y es la única que no se enamora.

—Así es la vida, ¡qué me vas a contar! —Se lamentó Emily.

—A Arthur le gustas, pero no se atreve a dar el paso —le dijo Jake tratando de echar una mano a su hermana—. Quizás deberías darle un pequeño empujón y ahora sería un buen momento.

Emily asintió con la cabeza, le dio un beso en la mejilla a su hermano y se levantó para dirigirse hacia a Arthur y besarle sin importarle que todos estuvieran presentes.

Gina vio que Emily dejaba solo a Jake y decidió acercarse y sentarse junto a él.

—No pareces divertirte demasiado —comentó Gina con una sonrisa en los labios.

—Es difícil verte, desearte y no poder tenerte —le susurró Jake con la voz ronca.

—La puerta de mi habitación estará abierta para ti esta noche y podrás tenerme de todas las formas que quieras, pero ahora sonríe un poco y baila conmigo —le dijo Gina con picardía mientras tiraba del brazo de Jake para que se levantara y bailara con ella.

Esa noche todos durmieron en la mansión de la familia Verona y, a pesar de que habían habitaciones de sobra, nadie durmió solo. Arthur y Emily durmieron en la habitación de Arthur, Derek y Ainhoa en la habitación de Derek, Seb y Paula en la habitación de Seb, Amanda se fue a la cama con uno de los agentes de seguridad que esa noche libraba y, por último, Gina y Jake, que pasaron la noche en la habitación de Gina.

Gina y Jake hicieron el amor como cada noche y Jake estrechó a Gina entre sus brazos, dispuesto a esperar a que ella se durmiera para regresar a su habitación, pero esta vez Gina le susurró antes de dormirse:

—Quédate conmigo esta noche, no te vayas.

—Pequeña, si nos quedamos dormidos nos descubrirán —le susurró Jake al oído.

—Me arriesgaré —murmuró Gina medio dormida.

—Está bien, me quedaré —aceptó Jake tras darle un leve beso en los labios—. Pero vamos a ponernos el pijama, si nos descubren al menos estaremos vestidos.

Con la ayuda de Jake, Gina se puso su pijama, unos shorts de algodón y una camiseta blanca de tirantes, y ambos volvieron a meterse en la cama. Jake la rodeó con sus brazos y la estrechó contra su cuerpo, disfrutando del simple hecho de poder dormir con ella.

A las once de la mañana todos estaban levantados y desayunando en la cocina, todos excepto Gina y Jake que seguían durmiendo plácidamente uno en brazos del otro. Todos se dieron cuenta de aquella ausencia y del motivo de la misma, pero el único que dijo algo al respecto fue Franco, que le dijo a su buen amigo Henry en la intimidad de su despacho:

—Parece que a tu hijo y mi hija se le han pegado las sábanas.

—Te dije que no era una buena idea, Franco —le recordó Henry a Franco, bastante preocupado por aquella situación—. Nuestros hijos tienen demasiado carácter y ambos sabíamos que acabarían matándose o pasando la noche juntos. Y esto es solo el principio, Grace está segura que Jake está enamorado de tu hija, dice que nunca le había visto mirar así a ninguna chica y que está pendiente de ella todo el tiempo.

—Es increíble la compenetración que hay entre ambos y cómo se manejan entre ellos —le reconoció Franco—. Es cierto que no hay ni un solo día que no hayan discutido por cualquier cosa, pero también lo es que han sabido solucionarlo sin altercados, ambos se apoyan bajo cualquier circunstancia. Tu hijo aceptó ser el guardaespaldas de Gina solo para que ella pudiera ir a trabajar el lunes a la oficina. Quién sabe, puede que hasta terminemos siendo consuegros.

—¿Sabes cómo acabará todo esto si no sale bien? —Le preguntó Henry viendo el aspecto negativo de la situación.

—Son mayorcitos y mi hija no acepta ninguna objeción sobre su vida privada, así que ellos mismos tendrán que descubrirlo, Henry —apuntó Franco—. Ni siquiera sabemos si lo suyo va en serio o simplemente se limitan a pasar juntos un buen rato ya que aquí poco más se puede hacer para divertirse. En cualquier caso, no me voy a meter. Le prometí a mi hija inmunidad absoluta sobre su vida privada.

—Si esa relación no va en serio, lo mejor será que se termine cuanto antes para que ninguno de los dos acabe sufriendo y nosotros asumamos las consecuencias.

—Dejemos que ellos decidan su futuro —sentenció Franco.

Jake y Gina se despertaron y, tras comprobar la hora que era, ambos dieron un salto de la cama. Se dieron una ducha por separado y después bajaron a desayunar. Todo el mundo les miró pero nadie les dijo nada y les saludaron con naturalidad, como si lo que había pasado fuera algo a lo que ya estaban acostumbrados.

A Jake le sorprendió que Franco no hiciera ningún comentario al respecto, pero más le sorprendió que su padre no le reprochara nada, incluso forzó una sonrisa y le dio los buenos días.

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