Noventa minutos 11.

El martes por la mañana, Gina se levantó temprano con la intención de preparar el desayuno antes de que Jake se despertará, pero cuando entró en la cocina se lo encontró allí, preparando el desayuno.

— ¿Eres un vampiro que no necesita dormir? —Lo saludó Gina dedicándole una dulce sonrisa.

—Acostumbro a dormir poco —le contestó Jake mientras servía las tortitas en dos platos—. ¿Te has despertado con hambre?

—Con un hambre atroz, como siempre —le respondió Gina.

Se sentaron a la mesa de la cocina para desayunar y, tras recoger todas sus cosas, Jake se encargó de meter las maletas de ambos en el maletero de su coche mientras Gina conectaba la alarma de la casa.

Pocos minutos después, ambos estaban subidos en el BMW M6 de Jake en dirección a Castle. Gina estaba nerviosa, ir a casa de sus padres siempre la ponía nerviosa y a lo que ya estaba acostumbrada, pero ir acompañada de Jake era harina de otro costal.

— ¿Qué es lo que te preocupa? Le preguntó Jake al ver que ella estaba nerviosa.

—Nada, estoy bien —mintió Gina.

—Vale, creo que tenemos que poner algunas normas —le dijo Jake con tono autoritario y sin quitar la vista de la carretera—. Es obvio que algo te preocupa y, por si lo has olvidado, soy hijo del General de la milicia, sé interpretar el lenguaje corporal. Si no quieres contármelo, lo entenderé, pero no puedo entender que me mientas en algo tan obvio.

—De acuerdo, me preocupa algo pero no quiero hablar de ello.

—De acuerdo, cómo quieras —dijo Jake encogiéndose de hombros.

Durante las dos horas que duró el camino hasta llegar a Castle, permanecieron en el más absoluto de los silencios. Cada uno estaba concentrado en sus cosas y perdidos en sus pensamientos cuando Jake entró en la villa de los Verona.

—Supongo que ya debes haberlo averiguado si tan buen observador eres, pero aun así me veo en la obligación de advertirte que discuto con mi padre muy a menudo —le dijo Gina.

—Me lo temía —le dijo Jake burlonamente—. No te preocupes, en ese campo soy neutral.

Jake aparcó en la misma puerta de la majestuosa casa, justo dónde le dijo Gina. Gina abrió la puerta del copiloto y bajó del coche, saludó efusivamente a uno de los tipos de seguridad de la villa y, cuando Jake llegó a su lado, le dijo a Jake con un tono distante:

—Dale las llaves del coche a Seb, él se encargará de aparcar y de traer las maletas.

Jake obedeció y le entregó las llaves del coche a Seb, aunque con un gesto que dejaba claro que estaba molesto. Gina se sintió un poco mal por ello, al fin y al cabo Jake se estaba portando bien con ella y trataba de hacerle las cosas más fáciles. Gina se agarró del brazo de Jake y le susurró mientras subían los escalones que les llevaban al gran porche delantero de la mansión:

—Lo siento, me pongo nerviosa y de mal humor cuando vengo a Castle. Intenta no tener en cuenta cualquier cosa que diga o haga, no es nada personal —le dedicó una dulce sonrisa que a Jake se le contagió y Gina continuó hablando—: Dudo mucho que nos dejen salir al pueblo a tomar una copa, a menos que vayamos con cinco agentes y entonces no tendría gracia, pero sí que podemos tomarnos una copa después de cenar en el sótano, que es como un pub pero sin desconocidos —Gina se encogió de hombros y añadió bromeando—: Estando aquí, es lo único que puedo ofrecerte.

—Suena bien pero, ¿qué hay de los noventa minutos? —Preguntó Jake—. ¿Esa invitación a una copa sería durante esos noventa minutos?

—No necesariamente —le respondió Gina—. A menos que tú así lo quieras.

—Acepto, pero ese tiempo no se restará a los noventa minutos —convino Jake.

—Trato hecho, entonces —le dijo Gina desafiándole coquetamente con la mirada.

Paulina y Franco, los padres de Gina, les esperaban junto a la puerta principal de la casa y les vieron llegar agarrados del brazo y sonriendo, algo que a ambos les encantó.

— ¿Qué tal ha ido el viaje, chicos? —Les preguntó Franco mientras se saludaba a su hija con un fuerte abrazo y después a Jake con un apretón de manos y un leve abrazo pero igual de cariñoso que el que le había dado a su hija—. ¿Cómo va la convivencia entre vosotros?

—De momento la sangre no ha llegado al río, si es eso lo que preguntas —le respondió Gina antes de abrazar efusivamente a su madre, a la que adoraba y echaba tanto de menos—. ¿Cómo estás, mamá?

—Yo estoy bien, cómo siempre —le respondió Paulina abrazando a su hija con ternura—. Y tú, ¿estás siendo buena con Jake?

—Eso deberás preguntárselo a él —le contestó Gina a su madre con una sonrisa traviesa.

Paulina saludó a Jake con un par de besos en la mejilla y después le preguntó:

— ¿Cómo se porta contigo mi hija, Jake?

—De momento no está poniendo demasiados problemas, así que supongo que se está portando bien y está siendo buena —respondió Jake mirando burlonamente a Gina.

Franco y Paulina intercambiaron una mirada de complicidad que no pasó inadvertida para Gina ni para Jake y después Franco le dijo a su esposa:

—Solo han pasado un par de días, dales un par de días más y ya me contarás.

— ¡No me lo puedo creer! —Exclamó Gina indignada y añadió mirando a sus padres con reproche—: ¿Habéis apostado sobre algo así?

—Cielo, no te enfades —le dijo Paulina.

— ¿Qué es lo que han apostado exactamente? —Quiso saber Jake ya que intuía que la apuesta tenía que ver con él.

—Conociéndolos, probablemente habrán apostado cuánto tiempo aguantas haciendo de niñera conmigo, ¿o me equivoco, papá? —Dijo Gina enfadada.

—Cielo, no te enfades —repitió Paulina a su hija.

—Hija, entiéndelo —se excusó Franco encogiéndose de hombros—. Ambos tenéis un carácter fuerte y estáis acostumbrados a vivir solos, tan solo bromeamos sobre cuánto tiempo aguantaríais juntos.

—Te presento a mi maravillosa familia —le dijo Gina a Jake con sarcasmo, rodando los ojos.

—Espera a conocer a la mía —le susurró Jake a Gina al oído con complicidad.

Franco y Paulina hicieron pasar a Gina y Jake al salón, donde les ofrecieron algo de beber y comer mientras Jake y Franco hablaban de alguna operación que habían realizado en el pasado y Gina y su madre hablaban de sus cosas, hasta que Paulina llamó la atención de los dos hombres cuando le preguntó a su hija:

— ¿Qué tal con Brad?

—No he hablado con él —respondió Gina sin decir toda la verdad.

—No será porque no haya tratado de ponerse en contacto contigo —puntualizó su padre—. Ha llamado un par de veces para preguntar por ti, debe de estar bastante preocupado si tiene la necesidad de llamarnos a nosotros.

—Hace mucho que dejamos claro que mi relación con Brad no es asunto vuestro —les recordó  Gina levantándose del sofá de muy mal humor.

Justo en ese momento apareció Seb en el salón y anunció:

—He dejado las maletas de Gina y del señor Hudson en sus respectivas habitaciones.

—Gracias Seb —le agradeció Franco.

Seb se acercó a Gina, que estaba a punto de marcharse del salón, y le susurró:

—Tengo que hablar contigo, nos vemos en el establo en media hora.

Gina asintió con la cabeza y subió a su habitación, se puso unos pantalones tejanos, un jersey de cuello alto y sus botas de montar. Se hizo una coleta alta y se echó un poncho de lana negra sobre los hombros antes de salir de la mansión a hurtadillas y dirigirse al establo sin ser vista.

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