Noventa minutos 10.

El lunes por la mañana Gina se despertó algo aturdida. No sabía si lo que había ocurrido el día anterior había pasado de verdad o se trataba únicamente de un sueño, pero dedujo que había ocurrido de verdad cuando Jake entró en su habitación y le dijo con voz dulce:

—Es hora de levantarse, dormilona. ¿O has cambiado de opinión y no quieres ir a trabajar?

Eso fue suficiente para que Gina se levantara de inmediato y se metiera en el baño para darse una ducha. No tenía ni idea de lo que ocurriría en las próximas veinticuatro horas, pero se sentía tranquila y segura solo porque Jake estaría con ella a cada momento.

—Buenos días —saludó Gina cuando entró en la cocina ya duchada y vestida. Se percató que Jake había preparado el desayuno y decidió agradecérselo dándole un beso en la mejilla, tratando de provocarlo de la manera más inocente posible—: Gracias por preparar el desayuno, me muero de hambre.

Jake se limitó a contestarle con una amplia sonrisa. Cualquiera de las chicas con las que él estaba acostumbrado a despertarse apenas se hubieran limitado a beber un sorbo de la taza de café y decir que estaban llenas, pero Gina comía con ganas, sin pararse a contar las calorías que contenían cada uno de los alimentos que tomaba y, a pesar de ello, la figura de Gina era perfecta, pues él mismo lo había podido comprobar.

—Tengo que confesarte que es la primera vez que le he preparado el desayuno a alguien, aparte de a mí mismo, claro —le confesó Jake—. Así que, si no está al nivel que esperas, espero que por lo menos tengas en cuenta el detalle. Al fin y al cabo, la intención es lo que cuenta.

—Estoy hambrienta, me comeré cualquier cosa que sea mínimamente comestible —se mofó Gina con una sonrisa burlona en los labios, pero vio el esfuerzo que Jake había hecho, se llevó una tostada a la boca y le dijo—: Todo tiene una pinta estupenda, yo te contrato de cocinero de desayunos si algún día te quedas sin trabajo.

—Gracias, lo tendré en cuenta si me quedo sin trabajo —le respondió Jake divertido.

Después de desayunar, Jake llevó a Gina a las oficinas de Global y quiso estar presente en la reunión de despido de Fermín Cano. Ese tipo no le daba buena espina y no iba a dejar que Gina estuviera en la misma estancia que el tal Fermín ese sin estar él presente. Por suerte para Gina, Arthur se encargó de darle todos los motivos pertinentes y de advertirle que le iban a denunciar por romper la cláusula de confidencialidad, por lo que Gina se mantuvo al margen para no agravar la situación, aunque tuvo que morderse la lengua en más de una ocasión. El escolta que Franco le había puesto a Arthur se encargó de acompañar a Fermín a recoger sus cosas y después le acompañó hasta la puerta principal del edificio, donde advirtió al equipo seguridad que no le permitiesen la entada de nuevo.

Una vez que Fermín estuvo fuera, Gina reunió al equipo de márquetin y les informó de los nuevos cambios que se iban a producir ipso facto. Nombró a una de las mejores publicistas del equipo como nueva directora de márquetin y posteriormente mantuvo una reunión con ella para dejar claro qué era lo que se esperaba que ella aportara a Global.

Gina consiguió un aplazamiento para la presentación de la campaña de Hoffman, pero se trataba de un aplazamiento de tres semanas, por lo que no podían permitirse ni un solo contratiempo.

Tras una larga mañana de reuniones, Gina se quedó sola en su despacho y Jake decidió entrar para asegurarse de que ella se encontraba bien:

— ¿Estás bien? ¿Necesitas algo?

—Estoy bien, gracias —le respondió Gina forzando una sonrisa.

—Eso no ha sonado muy sincero —advirtió Jake. Cerró la puerta del despacho y se sentó en una de las sillas frente a Gina antes de decirle—: Empecemos de nuevo, ¿estás bien?

—No —contestó Gina agotada—. No sé cómo nos las vamos a apañar con todo esto, ni siquiera sabemos hasta donde ha llegado Fermín y qué sabe la competencia de nuestra campaña. Lo único que me consuela es que la campaña que teníamos era una mierda y la vamos a tener que empezar desde cero, pero igualmente estoy preocupada.

—Todo saldrá bien, ya lo verás —trató de animarla Jake.

—No sé por qué haces esto, pero te agradezco que estés aquí —le agradeció Gina.

Jake sonrió y, si no hubiera estado sentado frente a ella con un escritorio de por medio, probablemente la hubiera abrazado y besado. Jake no podía entender por qué sentía esos impulsos cuando nunca antes los había sentido por ninguna chica y mucho menos después de acostarse con ellas, pero con Gina era diferente. Con Gina tenía la necesidad de tenerla cerca, de saber de ella y, aunque no sabía cómo acabaría todo aquello, estaba dispuesto a averiguarlo.

Pasaron un largo e intenso día en las oficinas de Global hasta que, a las seis de la tarde, Jake decidió que era hora de marcharse pese a que, si hubiese sido por si Gina, se hubieran quedado allí diez horas más.

Llegaron a casa de Gina a las seis y media de la tarde y, mientras Gina preparaba su maleta para ir al día siguiente a Castle, Jake decidió preparar la cena.

—Llegas justo a tiempo —le dijo Jake a Gina cuando la vio aparecer en la cocina—. La cena ya casi está lista, ¿te apetece una copa de vino mientras se termina de hacer la comida en el horno?

—Vaya, al final harás que te eche de menos cuando me quede de nuevo sola en casa —le dijo bromeando aunque sus palabras eran sinceras. Cogió un par de copas del armario, se las entregó para que sirviera vino y añadió divertida—: Te contrataré como cocinero a tiempo completo si algún día te quedas sin trabajo.

—Es una oferta tentadora, puede que incluso piense dejar mi actual trabajo para hacer de cocinero —le respondió Jake bromeando.

Se tomaron la copa de vino charlando y bromeando mientras la cena se terminaba de hacer en el horno. Era una escena de lo más familiar y cualquiera que les hubiera visto en ese momento hubiese dado por hecho que se trataba de una pareja preparando la cena en su casa. Jake sonrió ante tal ocurrencia, si un mes atrás le hubiesen dicho que andaría detrás de una chica como un loco no se lo hubiera creído. Sin embargo, allí estaba, haciendo todo lo posible por complacer a Gina solo para poder permanecer a su lado más tiempo, incluso había aceptado viajar con ella a casa de sus padres y agradecía que Franco se lo hubiera puesto en bandeja, aunque a Gina no le hubiera hecho ninguna gracia como después ella misma le confirmó.

Jake había aprovechado las constantes reuniones que Gina había tenido durante toda la mañana para llamar a su padre y ponerle al corriente de la situación. Como era de esperar, su padre le había advertido que Gina no era como las chicas con las que él salía y le había pedido que fuera prudente, pues Franco, que era el padre de ella, también era un buen amigo del padre de Jake y no quería que su hijo causara ningún incidente.

El General Hudson, que era consciente de la fama que su hijo tenía con las mujeres al igual que lo era Franco Verona, no entendía como habían permitido esa locura. Tras discutir con su hijo Jake por teléfono, decidió llamar a su amigo Franco, quien le tranquilizó y le invitó a él, a su esposa y a su hija a ir el sábado de visita a Castle para que pudiera comprobar con sus propios ojos la compenetración que había entre sus hijos, aunque también le advirtió que entre ellos también existía cierta tensión sexual.

Después de cenar, recoger la mesa y la cocina, Jake y Gina se sentaron en el sofá del salón y Jake, sonriendo ampliamente a Gina, le dijo:

—Ha llegado el momento de nuestros noventa minutos. ¿Cómo organizamos el día de mañana?

Durante noventa minutos, Jake y Gina estuvieron hablando y decidiendo cómo se organizarían al día siguiente, puesto que tenían que viajar a Castle. Cuando lo tuvieron todo decidido, se dieron las buenas noches y se fueron a dormir, cada uno a su respectiva habitación, aunque a ninguno de los dos les hubiera importado tener que compartir cama.

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