Noventa minutos 1.

A pesar de sus tan solo veinticinco años, Gina Verona es una chica responsable, aunque no por ello deja de ser un poco alocada, como todas las chicas de su edad. Había nacido y crecido en Castle, un pequeño pueblo situado a unas dos horas en coche al sur de Calenda, la ciudad donde vive desde los dieciocho años, cuando decidió mudarse con sus tres mejores amigas para estudiar en la universidad.

Gina y sus tres amigas compartieron apartamento durante los cuatro años que estuvieron en la universidad y los otros dos años que le siguieron, hasta que todas ellas lograron encontrar un trabajo estable y lo suficientemente bien remunerado como para que cada una de ellas pudiera permitirse mantener una casa en el mejor barrio de la ciudad.

Gina trabajaba como directora ejecutiva en Global, una agencia de publicidad de éxito y prestigio cuyo jefe, Arthur Muller, también era un buen amigo. Gina y Arthur, que tiene treinta y dos años, tan solo se llevan siete años de diferencia y, tras tres años trabajando juntos y pasando por duras negociaciones, han llegado a hacerse grandes amigos.

Arthur salió de su despacho situado en la planta más alta del lujoso edificio de la sede de Global y se dirigió al despacho continuo, el despacho de Gina.

—Gina, tengo que pedirte un favor —anunció Arthur entrando en el despacho de Gina tras golpear la puerta suavemente con los nudillos—. ¿Tienes planes para el próximo sábado por la noche?

—Si pretendes utilizarme para librarte de alguna de tus amigas sin cerebro, estoy ocupada —le respondió Gina sin apartar la mirada de la pantalla de su ordenador.

—Ya te dije que no volvería a pedirte algo así y creo recordar que acordamos no volver a mencionar ese asunto —le replicó Arthur—. Me ha llegado una invitación para una gala benéfica el sábado por la noche y quiero asistir, pero no quiero hacerlo solo y no puedo llevar a una de mis amigas sin cerebro, ¿te gustaría acompañarme?

— ¿Una gala benéfica? —Preguntó Gina burlonamente—. Tú siempre dices que donas suficiente dinero a organizaciones benéficas como para poder tomarte el lujo de no tener que aguantar esas galas. ¿Qué se te ha perdido en esa gala benéfica, Arthur?

—Me conoces demasiado bien, no es justo —Protestó Arthur pero finalmente añadió—: Max Edison estará en esa gala y quiero aprovechar mi asistencia para hacer negocios.

— ¿Max Edison? ¿El presidente de la Editorial Edison? —Quiso confirmar Gina.

—El mismo —le confirmó Arthur ganándose toda la atención de Gina—. He oído que ha tenido algún problema con su actual agencia de publicidad y quiero tantear el terreno.

—Sería una gran cifra si lográramos conseguir un contrato con Edison, la publicidad de todos sus libros, revistas y colecciones supondrían una gran inversión para abrir las oficinas de Global en el extranjero —le animó Gina—. Iré contigo a esa gala, pero seguirás debiéndome una.

—Acabo de darte la excusa perfecta para irte de compras y, cómo se trata de trabajo, utiliza la tarjeta de empresa para pagar el vestido, los zapatos y lo que sea que necesites para ir divina a esa gala —le respondió Arthur de buen humor.

—Arthur, ¿tienes idea de lo que cuestan unos zapatos y un vestido para ese tipo de eventos? Por no mencionar que estará la alta sociedad de la ciudad, no puedo ir de cualquier manera.

—Gasta lo que quieras, no me importa —le aseguró Arthur.

—No me parece justo, al fin y al cabo el vestido y los zapatos serán para mí.

—Gina, utiliza la maldita tarjeta de empresa —le ordenó Arthur con severidad. Se levantó del sillón donde se había sentado para charlar con Gina y añadió—: Vete de compras, mañana ya es viernes y no quiero que lo dejes para el último momento. Mañana nos vemos y me cuentas cómo te ha ido.

Arthur salió del despachó de Gina y volvió a encerrarse en el suyo.

Gina, animada por irse de compras, recogió sus cosas y envió un mensaje en el grupo de WhatsApp que compartían ella y sus tres amigas y por el que hablaban a todas horas: “Mi jefe me ha dado la tarde para irme de compras, el sábado por la noche tengo que ir a una gala benéfica con él y necesito comprar un vestido, zapatos y alguna otra cosa. ¿Alguien se apunta?”

Rápidamente, sus amigas contestaron. Amanda fue la primera en responder: “Quedamos en el restaurante que hay frente al ayuntamiento en media hora, ¡yo siempre estoy dispuesta a ir de compras!” Después fueron Paula y Ainhoa las que contestaron: “Allí estaré.”

Media hora más tarde, las cuatro amigas se reunían en el restaurante y, sentadas a una mesa, comían mientras trataban de ponerse de acuerdo sobre a qué tiendas deberían ir.

—Gina, no entiendo por qué aún no te has tirado a tu jefe, ¡es un bombón! —Comentó Amanda, la más desinhibida del grupo—. Si fuera mi jefe…

— ¡Amanda! —La regañó Gina—. Arthur es mi jefe, no puedo acostarme con él. Además, nos hemos convertido en buenos amigos.

—Si fueras un hombre te diría que dónde tienes la olla no metas la polla —bromeó Ainhoa entre risas—. Además, cuando un amigo se mete en tu cama deja de ser amigo para convertirse en amante.

—Estoy de acuerdo contigo, no creo en la amistad con sexo —opinó Gina.

—Pues yo no, la amistad con sexo tiene un nombre y ese nombre es “amor” —replicó Paula y todas rodaron los ojos—. Algún día encontraré a mi príncipe azul y os lo restregaré a todas en los morros.

Todas rompieron a reír a carcajadas y todos los que estaban comiendo en aquel restaurante se volvieron a mirarlas, algunos divertidos y otros molestos, pero las chicas no se percataron.

Después de comer, se pusieron manos a la obra y se fueron de compras. Gina acabó comprándose un vestido de noche de color magenta con escote palabra de honor y ceñido hasta las rodillas, con forma de sirena. El vestido tenía unos pequeños adornos plateados en el escote, por lo que optó por comprar una elegante chaqueta acampanada, unos zapatos y un bolso de mano del mismo tono plateado. El conjunto completo tuvo la aprobación de las cuatro amigas y, con la misión cumplida, decidieron regresar a casa.

Gina llegó a su casa pasadas las nueve de la noche, se preparó una ensalada para cenar y se puso el pijama de invierno para combatir el frío de finales del mes de enero.

A la mañana siguiente, Gina se levantó a las siete en punto, se dio una ducha y se vistió para ir a la oficina a trabajar. Nada más entrar en su despacho, Hannah, la secretaria de Gina, la siguió y le trajo un café bien cargado como le gustaba a Gina.

—Buenos días, Gina —la saludó Hannah dejando el café sobre la mesa—. El jefe quiere verte, me ha pedido que te diga que vayas a su despacho en cuanto llegues, aunque parecía contento.

—Buenos días, Hannah —saludó Gina—. Gracias por el café —Gina cogió el vaso de café y añadió—: Voy a ver a Arthur, pero si me entretengo y a las diez no he vuelto ven a buscarme, a las diez y media tengo una reunión con el equipo de márquetin.

—A las diez te aviso, vete tranquila —le respondió Hannah con una sonrisa.

Gina le dio un abrazo y un beso en la mejilla a su secretaria antes de marcharse hacia el despacho de su jefe, totalmente feliz por haber contratado a Hannah como secretaria un año y medio atrás, cuando la ascendieron a directora ejecutiva. Sin duda alguna, contratar a Hannah había sido su mejor decisión como directora ejecutiva.

Llamó al despacho de Arthur y entró sin esperar a obtener permiso, era lo que hacía la confianza.

—Buenos días, jefe —saludó Gina. Le dio un sorbo a su café y añadió—: Hannah me ha dicho que querías verme.

—Quiero saber si tu tarde libre fue productiva.

—Bastante productiva, tanto que corres el riesgo de enamorarte de mí cuando me veas con el increíble vestido que me he comprado —bromeó Gina—. Por cierto, le he pegado un buen viaje a la tarjeta, pero sigo estando dispuesta a pagarlo y te lo digo antes de que te llegue la factura para que no te asustes.

—Estoy seguro de que será una buena inversión, pero si me enamoró de ti tendré que echarte y te quedarás sin trabajo —se mofó Arthur quien, a pesar de que Gina era muy atractiva, siempre la había visto como a una hermana y sabía que ella veía lo mismo en él—. Me conformaré con que llames la atención de Max Edison lo suficiente como para que permita que nos acerquemos a saludarle.

—Genial, ahora soy una mujer florero —dijo Gina con sarcasmo—. Espero que por lo menos sirvan un buen vino durante la cena y copas de importación después.

—Las mujeres floreros no se emborrachan —comentó Arthur burlonamente.

—Yo no he dicho que me vaya a emborrachar, pero sí pienso coger el puntillo —le advirtió Gina a su jefe—. A esos eventos solo van los ricachones estirados que quieren presumir de generosidad acudiendo a la gala benéfica una vez al año.

Gina y Arthur continuaron hablando durante un buen rato hasta que Gina se marchó para preparar la reunión con el equipo de márquetin.

Esa misma tarde, antes de marcharse, Gina pasó por el despacho de Arthur para despedirse y quedar para acudir juntos a la gala benéfica al día siguiente.

2 pensamientos en “Noventa minutos 1.

  1. Muy bueno. Me gustó el comienzo. Tienes que arreglar algunas cosas como los tiempos del verbo. Decide si lo narrarás en presente o pasado y atente a ello. Otras cosillas sin importancia. Pero la historia atrae. Ja. Por favor, cuando publiques la segunda parte, etiquétame.

    • Gracias por el comentario, Dayana. Efectivamente, hay muchas cosas que corregir… Me alegra que me hayas comentado lo del tiempo de narración (no me había dado cuenta) porque con vuestras aportaciones poco a poco voy mejorando. 😉 También me han comentado que uso mucho la conjunción “y”, que también voy tratando de corregir, jeje. Ya está publicado el capítulo 2, pero no sé cómo etiquetarte (soy un poco zote)… Te dejo el link aquí por si quieres leerlo: http://losrelatosderakel.com/noventa-minutos-2/ Mil gracias de nuevo, saludos!

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