No tientes al diablo 17.

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A la mañana siguiente, cuando me despierto en la cama de Ángel, él ya no está en la habitación. Cojo el reloj de la mesilla de noche y doy un brinco al comprobar que son las doce del mediodía. ¿Cómo he dormido tanto? Debía estar muy cansada, hacía años que no dormía más de siete horas seguidas. Ángel se ha ocupado de traerme la bolsa con mi ropa a la habitación para que pueda vestirme. Decido darme una ducha y, cuando salgo del baño envuelta únicamente con una diminuta toalla, me encuentro a Ángel esperándome apoyado en la puerta y con una sonrisa en los labios.

–  Por tu sonrisa deduzco que has dormido bien. – Comento divertida.

–  Deduces bien. – Me contesta sin dejar de sonreír. – He venido a buscarte, el doctor ha llegado hace media hora y no puede esperar mucho más.

–  ¿Ocurre algo?

–  Dice que todo está bien, pero que le gustaría hablar contigo. – Me dice encogiéndose de hombros.

Me visto rápidamente bajo la atenta mirada de Ángel, que no se pierde detalle. Cuando entro en el salón, completamente vestida y arreglada, me encuentro con un doctor de aspecto nervioso. Sin duda alguna, algo malo pasa.

–  ¿Han salido mal los análisis? – Pregunto preocupada.

–  No, en realidad los análisis han salido bien. Tienes una pequeña anemia de hierro, pero por lo que he podido comprobar en tu historial siempre andas un poco baja de hierro. – Se apresura en contestar el doctor. – Megan, me gustaría hablar contigo en privado.

Miro a Ángel intentando descifrar qué está ocurriendo, pero Ángel está tan perdido como yo, así que accedo a reunirme con él en privado en el despacho de Ángel.

–  Megan, te juro que yo soy un tío legal y no hago estas cosas, pero me han amenazado con matarme si no te entrego esto. – Me dice entregándome un sobre. – El tipo que me lo ha entregado me ha dicho que era de vital importancia para tu supervivencia y, tras comprobar que solo era una carta, he aceptado entregártelo. Ese tipo parecía desesperado, me puso una pistola en la cabeza y me dijo que no le dijera nada a nadie, excepto a ti.

Incrédula, abro el sobre y saco una carta. Lo primero que hago es leer el final de la carta, donde veo la firma de Jeff. Suspiro aliviada y leo la carta desde el principio: “Sal de ahí, princesa. Colorado sabe dónde te escondes y va a por ti. Lo mataré antes de que pueda llegar a ti. I love you, baby. Jeff.”

–  Gracias. – Le digo al doctor. – Pero ahora debe irse. Respecto al hombre que le ha amenazado, no tiene de qué preocuparse y le agradecería que no hablara con nadie sobre esto.

–  Puedes confiar en mí. – Me dice el doctor y añade antes de marcharse: – Llámame si tú o tus amigos necesitáis un doctor, no sé de qué va todo esto ni quiero saberlo, solo quiero que sepas que puedes contar conmigo siempre que lo necesites.

–  Muchas gracias.

Me despido del doctor y salimos del despacho, donde se despide de Ángel y se marcha. Una vez el doctor se ha marchado, Ángel me pregunta:

–  ¿A qué ha venido eso? ¿Ocurre algo?

–  Tenemos que irnos de aquí. – Le respondo entregándole la carta de Jeff.

Ángel lee la carta y, mirándome a los ojos, me pregunta:

–  ¿Estás segura de que es Jeff? ¿Y si es Colorado que pretende hacerte salir de aquí para poder tenerte a tiro? Deberíamos llamar a Dylan antes de ir a ninguna parte.

–  No tenemos tiempo, el doctor me ha dicho que Jeff parecía desesperado.

–  ¡Ni siquiera sabes si es Jeff! – Me espeta furioso. – Y aunque así fuera, te recuerdo que gracias a él te encuentras en esta situación.

En ese momento se oyen unos golpes y ambos nos sobresaltamos. Apenas nos da tiempo a girarnos cuando unos tipos nos apuntan a la cabeza con sus pistolas y entonces oigo la voz de Orlando Corolado y el corazón se me para:

–  Por fin volvemos a vernos mi gringa linda. Aunque tendremos que deshacernos del resto de tus compañeros, no me gusta la multitud.

–  Ellos no tienen nada que ver con esto, iré contigo donde quieras si les dejas en paz. – Le propongo.

–  Eres sensible y eso me encanta, por eso no he matado a tus escoltas, solo dormirán durante un par de horas. – Me dice divertido mientras yo siento náuseas. – Si vienes conmigo sin causar ningún percance al salir del edificio, te doy mi palabra de que tus amigos seguirán con vida.

–  ¿Cómo puedo estar segura de lo que me dices? – Le pregunto a Colorado.

–  Aunque te cueste creerlo, soy un hombre de palabra. – Me responde.

Doy un paso hacia a Colorado al mismo tiempo que miro a Ángel y le susurro bajito:

–  Lo siento.

Ángel me mira con el rostro encogido, intenta agarrarme del brazo pero uno de los tipos de Colorado lo aparta a punta de pistola rápidamente y yo fulmino con la mirada al tipo.

–  No saques las uñas, te he dado mi palabra de que nadie les va a hacer daño, al menos no mientras tú sigas dispuesta a venir conmigo. – Me dice Colorado.

Dedicándole una última sonrisa a Ángel, salgo del apartamento sin decir nada. En el hall me encuentro a Smith y Stuart tirados en el suelo y, al ver mi gesto de preocupación, Colorado me dice:

–  Solo están inconscientes, se despertarán dentro de un rato.

Sin volver la vista atrás, entro en el ascensor del edificio seguida por Colorado y cuatro de sus hombres armados hasta los dientes y descendemos hasta el parking del edificio, de donde salen seis tipos más de tres 4×4 de color negro y cristales tintados. Me ordenan subir a uno de los coches y obedezco sin rechistar. Tras media hora sentada en la parte trasera del 4×4 junto a Colorado, llegamos a una casa aislada situada a las afueras de la ciudad. Puede que esta vez sea la última vez que salgo al aire libre y solo de pensarlo me mareo. Colorado no deja que ninguno de sus hombres se me acerque más de la cuenta y mucho menos que me toquen, supongo que él tampoco ha olvidado lo que pasó la última vez.

–  ¿Vas a matarme aquí? – Le pregunto con fingida indiferencia.

–  No he dicho que fuera a matarte. – Me responde Colorado divertido. – Había pensado en que podíamos hacernos amigos, me gustaría tener a alguien como tú viviendo conmigo. Cuidaría de ti, te compraría todo lo que desees.

–  Prefiero que me pegues un tiro en la cabeza. – Le contesto furiosa.

–  Me gustas, gringa. Eres leal y fiel a tus principios y a tus seres queridos. No abunda la gente como tú, ese dichoso Jeff es un hombre con suerte.

Al escuchar el nombre de Jeff la piel se me pone de gallina. Jeff sabía que Colorado me había encontrado, me había prometido que lo mataría antes de que llegara a mí así que, si Jeff no ha aparecido…

–  ¿Por qué dices que tiene suerte? – Le pregunto.

–  Él tiene tu corazón, por eso es un hombre con suerte. – Me responde. – Por eso y porque, a pesar de que mis hombres tratan de averiguar dónde se esconde, él siempre va un paso por delante.

–  A lo mejor no es que tenga más suerte, a lo mejor simplemente es mejor. – Oigo la voz de Jeff junto a la puerta de la casa y en un abrir y cerrar de ojos me veo envuelta en un tiroteo.

Me quedo completamente paralizada y Colorado aprovecha la situación para utilizarme de escudo. Los hombres de Jeff acaban con los diez hombres de Colorado sin mucho esfuerzo, pero ahora el problema soy yo, que estoy en medio de las balas y quien se supone que tiene que recibirlas.

–  ¿Has venido a rescatar a tu princesa? – Le pregunta Colorado a Jeff. – Siento decepcionarte, pero tu princesa se va a quedar conmigo o, como bien ha pedido ella, le pegaré un tiro en la cabeza.

Jeff y yo nos miramos y nos entendemos a la perfección. Él fue quién me enseñó a defenderme, a cuidar de mí misma y, gracias a Dios, me enseñó a reaccionar ante una situación así. Tras entender lo que me pide con sus ojos, espero la señal y cuando llega, le doy un rodillazo en sus partes a Colorado y me deshago de él, dejándole a tiro. Jeff dispara cuatro veces contra el pecho de Colorado que, antes de caer al suelo, logra disparar su pistola por última vez y alcanza a Jeff en el hombro.

Me arrojo a los brazos de Jeff y presiono la herida con fuerza al ver que comienza a salir sangre en abundancia. Meto una de mis manos en mi bolsillo y saco la tarjeta de visita que me ha dado el doctor en casa de Ángel, me dijo que le llamara si necesitaba su ayuda y eso es lo que voy a hacer.

–  Dame un teléfono, necesito hacer una llamada. – Le digo a uno de los hombres de Jeff y, al ver su cara de desconfianza, añado: – Tengo un amigo médico, el mismo al que Jeff ha amenazado para advertirme que Colorado sabía dónde me escondía. Jeff necesita un médico y no puede ir a un hospital, ¿tienes alguna idea mejor? – El tipo no responde y contesto furiosa: – Me lo temía, dame el maldito móvil.

Llamo al doctor y, veinte minutos más tarde llega a la casa de las afueras. El pobre aguanta con gran esfuerzo el paisaje de cadáveres y sangre que hay en el hall y el salón de la casa y se dirige directamente hacia donde estamos Jeff y yo.

–  He traído todo lo necesario excepto a una enfermera, así que tendrás que ayudarme. – Me dice sin atisbo de estar bromeando. Al ver mi cara de horror, añade: – No te preocupes, lo vas a hacer muy bien.

–  Meg, tú puedes con esto y más. – Me anima Jeff con un hilo de voz.

No puedo negarme a pesar de que hacer esto es lo último que me apetece en este momento. Siguiendo las órdenes del doctor, el cual me ruega que a partir de ahora le llame Matías, le ayudo a extraer la bala del hombro de Jeff, aunque no sin marearme. Entre los nervios, el olor a sangre y el dolor reflejado en el rostro de Jeff, me siento como si en cualquier momento me fuera a desmayar.

Noto un dolor en el brazo y al mirar veo que lo tengo lleno de sangre, pero esa sangre no es de Jeff, es mía.

–  ¡Megan, estás herida! – Exclama Matías. – Joder, ¿cómo no me he dado cuenta?

Matías termina de coser la herida de Jeff mientras Jeff intenta quitárselo de encima y le grita que primero me atienda a mí. Cuando por fin termina, se me acerca y, tras examinar mi herida, me dice:

–  La bala ha entrado y salido, pero hay que coser esa herida.

Ver y oler la sangre cada vez me pone peor y empiezo a verlo todo borroso y cada vez más oscuro hasta que no veo ni oigo nada, me desmayo.

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