No me reconozco.

No me reconozco

Siempre había vivido disfrutando del presente, sin preocuparse por el futuro y, mucho menos, por el qué dirán. Nunca había tenido que preocuparse de dar explicaciones a nadie, porque nunca nadie se había preocupado por él, con la única excepción de su hermano mayor.

Sus padres fallecieron en un accidente de tráfico cuando eran pequeños, él ni siquiera los recordaba, tan solo era un bebé de dos años y, por suerte o por desgracia, no conservaba recuerdos de aquella época. Como no tenían más familia que sus difuntos padres, los servicios sociales se hicieron cargo de ellos y fueron a parar a un pequeño orfanato a las afueras de la gran ciudad. Su hermano, además de su papel de hermano mayor, también ejerció de protector y, gracias a él, todos los niños del orfanato le respetaban.

En cuanto su hermano cumplió la mayoría de edad, buscó un trabajo, un apartamento y consiguió hacerse con su tutela para poder seguir cuidando de él. Combinaba sus estudios con un trabajo de camarero en el que le pagaban lo suficiente para pagar los gastos y poco más, pero se apañaban con lo poco que tenían.

Por desgracia, la vida se había empeñado en arrebatarle lo único que le quedaba: su adorado y protector hermano mayor. Tras pasar unos días enfermo en el hospital, los médicos le diagnosticaron una grave enfermedad. Tan solo le quedaban unos pocos días de vida.

Desde aquel momento, no se separó ni un solo segundo de él. Durante tres largos días con sus largas noches, se quedó a su lado, sentado en un viejo sillón que había junto a la cama donde yacía su hermano.

Pocos minutos antes de morir, su hermano mayor le había hecho prometer que disfrutaría de cada día como si fuese el último, quería que su hermano pequeño disfrutara de la vida como él no había podido hacer.

Después del funeral, a él solo le importó cumplir aquella promesa, no quería ni podía defraudar a la única persona que siempre le había apoyado, protegido y cuidado hasta el último minuto.

Recorrió el mundo cargando con una mochila a su espalda y la soledad en el corazón. Visitó lugares que jamás hubiera imaginado que existían; descubrió culturas que le descubrieron un sinfín de maneras de vivir; disfrutó de numerosas fiestas hasta perder la consciencia; sedujo a miles de mujeres con las que pasó una sola noche; y se dejó regalar los oídos con absurdos cumplidos y promesas de alcoba.

Sin embargo, nada de todo aquello le reconfortaba. Los hermosos paisajes, las alocadas fiestas y las apasionadas noches con distintas mujeres no llenaban el vacío que había en su corazón. Continuaba cumpliendo con su promesa, o al menos eso creía él. Pero lo cierto era que todo aquello no le hacía disfrutar de la vida de una manera especial, como quería su hermano.

No se dio cuenta de ello hasta que un día cualquiera, se levantó como todas las mañanas en una cama ajena junto a una mujer desconocida y, mientras se aseaba antes de marcharse, no reconoció al hombre que vio en el espejo.

Se había centrado en seguir su promesa al pie de la letra que se había olvidado de la esencia de aquellas palabras que le transmitió su hermano antes de morir. Tal era su obsesión que, después de haber recorrido el mundo, de conocer diversas culturas y de dormir en tantas camas, sabía más de la humanidad en general que de él mismo.

Había olvidado quién era realmente, se había convertido en un camaleón que sabía adaptarse a su entorno, pero que jamás sacaba a luz su propia personalidad.

Se lavó la cara con agua fría y, tras volver a mirarse en el espejo, murmuró:

−Ha llegado el momento de conocerme, de asentarme en un lugar donde formar un hogar y disfrutar de la vida a otro ritmo.

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