No me llames gatita 7.

No me llames gatita

Nada más entrar en la casa me doy cuenta de que la decoración es moderna y escasa, muy minimalista y parecida a una de esas casas para veraneantes adinerados, una casa-hotel.

John le pide a Elliot que me lleve a una habitación específica y Elliot me coge de la mano y tira de mí para guiarme hacia a las escaleras y llegar a la planta superior, donde están las habitaciones. Me instalo en mi nueva habitación, de igual decoración que el resto de la casa, decidida a soportar los días de libertad nula que me quedan. Solo tengo que esperar a que llegue el día del juicio contra Parker.

Los días pasan y mi relación con John, por llamarla de alguna manera, no avanza en absoluto. Me paso el día trabajando desde mi portátil con el fiscal y me mantengo en constante contacto con las testigos, que están en perfecto estado. El nombre del juez que llevará el caso lo mantienen en absoluto secreto, quieren evitar que atenten contra su vida y acabe como el anterior juez. También he llamado a mis padres todas las noches, los pobres están preocupados. El otro día Oliver llamó a Elliot y atendí la llamada con la intención de hablar con él y aclarar lo que le dijo a John cuando se lo encontró en mi casa. La conversación no fue muy bien, pues terminamos discutiendo porque él creía que tenía cierto poder sobre mí, pero se equivocó. Le colgué el teléfono y desde entonces no ha dejado de llamar hasta que John, furioso como nunca lo había visto, le ordenó a Elliot que apagara el maldito móvil.

El día del juicio contra Parker llega y Elliot, John, Samuel, Billy y Tom me acompañan al juzgado junto con una docena de agentes de John que nos escoltan.

El fiscal ha conseguido nuevos testigos que prueban la culpabilidad de Parker en el asesinato del primer juez y los repetidos intentos de asesinato al fiscal y a mí.

El juicio claudica y el juez dictamina que se mantenga a Parker en prisión preventiva hasta que en un plazo máximo de setenta y dos horas se dictamine una sentencia en firme.

Esa misma noche salimos a celebrarlo. Elliot, que me conoce y sabe que no me he repuesto del susto, me ha invitado a quedarme unos días en su casa y yo he aceptado. Aunque tengo que confesar que en parte he aceptado porque John vive en el apartamento de al lado y lo tendré más cerca. Después de dos semanas conviviendo día y noche con él, me cuesta asimilar que no lo voy a ver. Por suerte, esta noche vendrá con nosotros. A las ocho y media de la tarde, llaman al timbre del apartamento de Elliot al que oigo decirme mientras se dirige a abrir la puerta:

–  Cat, ¿estás lista?

–  Un minuto. – Le contesto.

Termino de ponerme un poco de carmín en los labios y me miro por última vez en el espejo. Pelo liso y suelto, vestido negro y ajustado con gran escote y dejando la espalda completamente al desnudo. Me pongo el abrigo antes de salir de la habitación y cojo el bolso.

–  Ya estoy lista. – Anuncio al entrar en el salón y me encuentro con John, que me mira de arriba a abajo con un brillo juguetón en los ojos. – Buenas noches.

–  Buenas noches, gatita. – Me susurra al oído mientras me da un beso en la mejilla. – ¿A dónde vamos a cenar?

–  Cat ha llamado para hacer la reserva, así que supongo que iremos a un restaurante italiano. – Se mofa Elliot riéndose.

Salimos del apartamento y cruzamos el rellano, donde John pulsa el botón del ascensor y se hace un pequeño pero incómodo  silencio. Bajamos al parking y Elliot pasa de largo por delante de su coche y le dice a John:

–  Vamos en tu coche, tengo que llevar el mío al taller.

John saca una llave del bolsillo y las luces de un Audi R8.

–  ¡Joder! – Exclamo alucinada. – Definitivamente, me he equivocado de profesión.

John me lanza las llaves del coche y las cojo al vuelo. Me mira sonriendo y me dice de buen humor:

–  Conduce tú, pero procura no destrozarlo.

–  Creía que tu coche era como una esposa, que no se prestan. – Se mofa Elliot.

–  Espero no arrepentirme. – Bromea John.

Subimos al coche y noto su potencia cuando enciendo el motor. John se sienta a mi lado y se pone el cinturón de seguridad mientras empieza a darme instrucciones sobre cómo conducir. Ni siquiera le escucho, estoy demasiado emocionada por conducir un coche como éste, y John empieza a refunfuñar cuando ve que no le estoy haciendo caso. Me dirijo directamente a la autopista y allí piso el acelerador a fondo, provocando una carcajada en Elliot y que John maldiga todo lo maldecible.

Como era de esperar, John se enfada. Cuando llegamos al restaurante, aparco en la misma entrada y Elliot, dispuesto a divertirse con lo ocurrido, le dice a John sin dejar de reír.

–  Solo a ti se te ocurre dejarle el coche a Cat.

–  La primera y la última vez. – Sentencia John furioso.

–  No entiendo por qué te pones así. – Le reprocho molesta. – Conduzco muy bien y estoy segura de que tú también has pisado el acelerador a fondo en alguna ocasión, de lo contrario no te hubieras comprado un coche como ese.

–  ¿De verdad quieres discutir? – Me desafía John colocándose frente a mí y mirándome a los ojos. – Por el bien de todos, será mejor que olvidemos el tema.

–  Don Gruñón ha vuelto. – Musito entre dientes.

Entramos en el restaurante y el mitre nos acompaña a nuestra mesa, donde ya nos esperan Samuel, Tom y Billy. Nos sentamos con ellos y yo quedo sentada entre Elliot y John, con Samuel justo delante.

–  Espero que vengas preparada, pequeña. – Me dice Samuel divertido. – Tú y yo tenemos una cuenta pendiente y pienso saldarla esta noche.

–  Nunca digo que no a pasar el rato contigo, pero sabes que no conseguirás seguir mi ritmo. – Le contesto sonriendo, sabiendo que John debe pensar que hablamos de cualquier otra cosa excepto de lo que verdaderamente estamos hablando: de las partidas a los dardos que siempre juego con Samuel y que siempre termina perdiendo aunque no pierde la esperanza de ganarme algún día. – Si pretendes estar a la altura, será mejor que no bebas demasiado.

–  ¿Estáis hablando de lo que creo? – Nos pregunta John enfadado.

Todos se echan a reír y yo le contesto divertida:

–  ¿De qué crees que estamos hablando?

–  Cat es la mejor jugando a los dardos, no la he visto perder una partida ni una sola vez. – Le dice Tom a John, tratando de aclarar la situación.

–  ¿Juegas a los dardos? – Me pregunta John sorprendido.

La conversación se torna alrededor de los dardos y va cambiando constantemente, pasando por mi amistad con Elliot y anécdotas de cuándo Elliot y yo vivíamos juntos, hace más de un año. John se divierte y participa en la conversación, pero no habla conmigo directamente y eso me enfurece, aunque no digo nada y disimulo muy dignamente.

Después de cenar vamos al Club, el bar de copas dónde vamos siempre que salgo con los chicos. Nada más entrar, cuatro chicas se dirigen hacia a nosotros y saludan cariñosamente a Elliot, Samuel, Tom y Billy. Las cuatro chicas son correspondidas de igual manera por los cuatro chicos y las cuatro parejas se lanzan a bailar en mitad de la pista, dejándonos a John y a mí solos pero rodeados de gente.

–  Parece que esos cuatro han encontrado otra forma de pasarlo bien. – Replica John molesto y con el ceño fruncido. – No me lo puedo creer.

–  No seas carcamal. – Le respondo volteando los ojos. – Vamos a pedir una copa, te hará ver la vida en color y no en blanco y negro.

Le agarro de la mano y camino tirando de él hasta llegar a una de las barras del pub, dónde me encuentro con William, uno de los camareros del Club y un buen amigo al que hacía tiempo que no veía.

–  ¡Cat! – Me saluda William dándome un afectuoso abrazo, pero se despega de mí en cuanto ve como John le mira con cara de pocos amigos y añade divertido. – Has venido muy bien acompañada.

–  William, éste es John. – Digo haciendo las presentaciones pertinentes mientras ellos se estrechan la mano educadamente. – Elliot, Samuel, Tom y Billy andan por aquí, aunque han encontrado una compañía mejor que nosotros.

–  No hay una compañía mejor que la tuya, preciosa. – Me contesta William guiñándome un ojo con complicidad para después añadir con naturalidad: – ¿Qué os pongo pareja?

–  A mí lo de siempre. – Le respondo sonriendo tímidamente.

–  Yo tomaré un whisky con hielo. – Le responde John demasiado serio.

William nos sirve las copas y yo entrechoco la mía con la de John para brindar con él al mismo tiempo que sonrío y le digo:

–  Por la libertad.

John me devuelve la sonrisa antes de beber un trago de su copa un poco más relajado. Después de bebernos la primera copa, ambos nos sentimos más cómodos, charlamos con naturalidad y sin discutir mientras nos pedimos un par de copas más.

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