No me llames gatita 4.

No me llames gatita

Ayudo a Samuel a preparar las tortitas con chocolate y cuando están listas avisamos a Elliot, Billy y Tom, que arrasan comiendo como si llevaran días sin hacerlo.

Después de desayunar, Elliot y Billy se van a descansar y Tom sale al jardín boscoso para reunirse con los otros diez agentes que hay en el exterior. Samuel y yo nos quedamos charlando en la cocina como hacíamos en los viejos tiempos, cuando vivía con Elliot.

–  Hacía mucho que no hablábamos, desde que te mudaste apenas nos hemos visto. – Me comenta Samuel.

–  Sí, desde entonces solo nos hemos visto unas pocas veces en el Club. – Afirmo. – Últimamente no he tenido tiempo ni para mí, pero te prometo que lo primero que haga cuando se acabe todo esto será ir al Club y emborracharme.

–  Te tomo la palabra. – Me responde Samuel.

Empezamos a recordar una de nuestras noches locas en el Club y ambos nos echamos a reír hasta que las lágrimas brotan de nuestros ojos y nos empieza a costar hasta respirar. Justo en ese momento, aparece John en la cocina y se nos queda mirando sorprendido, pero no dice nada al respecto, se limita a dejar mi portátil sobre la mesa de la cocina y me hace un gesto señalándolo para que sepa que lo he traído antes de salir de la cocina tal y cómo ha entrado.

–  ¿Has vuelto a cabrear a John? – Me pregunta Samuel.

–  No que yo sepa, ¿por qué?

–  No te ha llamado gatita, pero tampoco ha abierto la boca. – Apunta. – John es de los que bromean y sonríen a cada momento, pero tú lo perturbas.

–  ¿Le perturbo? – Pregunto sorprendida. – ¿A qué te refieres?

–  Venga, Cat. ¿A caso crees que John se va haciendo con los casos de otra comisaría con todo el trabajo que nosotros ya tenemos? ¿Crees que algún capitán se encarga personalmente de la vigilancia de un civil? Ha convertido el caso en algo personal por ti, pero aún no sé bien el por qué. – Me dice Samuel encogiéndose de hombros. – John dijo que le salvaste la vida y quizá quiera devolverte el favor, pero para eso no sería necesario que él se quedara aquí, bastaría con enviarnos a nosotros.

–  No olvides que los sicarios fueron a casa de Elliot, que es uno de sus agentes. – Le recuerdo. – Es lógico que haya querido hacerse con el caso y que se implique de lleno.

–  No te lo discuto, pero entre vosotros saltan chispas cuando estáis cerca. – Me dice divertido. – Hagas lo que hagas, a mí me parecerá bien. Solo quiero que lo sepas, Cat.

Samuel me abraza y me da un beso en la frente, un gesto tan protector como paternal. Y es que Elliot y los chicos siempre me han tratado como a una hermana pequeña y eso es lo que siempre me ha hecho sentir tan cómoda entre ellos.

Justo en ese momento tan familiar, John vuelve a aparecer por la cocina y, al vernos, nos mira con el ceño fruncido y pregunta de mal humor:

–  ¿Queréis la cabaña para vosotros solos?

Samuel y yo nos echamos a reír, un día bromeamos diciendo que si  los treinta y cinco años no había encontrado un hombre que me hiciera feliz me casaría con él y ambos descartamos la idea alegando que sería incesto. John, que no deja de mirarnos como si estuviéramos locos, da media vuelta y se marcha al salón. Samuel me hace un gesto para que vaya a hablar con él y decido hacerlo.

Entro en el salón y veo a John sentado frente al escritorio con un portátil entre las manos y el ceño fruncido mirando la pantalla del ordenador y me percato de que tiene el labio partido y antes no lo tenía, pero decido no decirle nada por el momento.

–  Hola. – Le digo acercándome a él lentamente.

–  ¿Qué tramas, gatita? – Me pregunta sonriendo con ternura.

–  No tramo nada, solo quería darte las gracias por traerme el portátil. – Le respondo. Le miro fijamente a los ojos y me sostiene la mirada. – Estás más amable de lo normal, ¿estás bien?

–  Yo podría preguntarte lo mismo. – Me reprocha.

–  Touchée. – Le respondo encogiéndome de hombros. – ¿Cómo estaba mi casa?

–  La policía científica está trabajando allí, pero cuando terminen enviaremos a un equipo de limpieza y no quedará ni rastro de lo que pasó. – Me dice John con tono protector. – No te preocupes, solo están en el hall y la cocina, el resto de la casa no les interesa. Pero no has venido solo para preguntarme eso, ¿verdad, gatita?

–  He venido porque pareces enfadado y, ahora que veo tu herida en el labio, creo que puedo entenderlo. – Le digo con una sonrisa en los labios. – Deberías ponerte hielo si no quieres que en unas horas tu labio triplique su tamaño. – Me dirijo a la cocina y cojo un par de cubitos de hielo del congelador, los envuelvo en un fino trapo y regreso de nuevo al salón. – Toma, ponte esto durante un rato y ya verás cómo se pone mejor tu labio.

–  ¿A qué se debe tanta amabilidad?

–  He sido un poco borde contigo. – Le respondo mirándole a los ojos. – He estado un poco nerviosa y no me he dado cuenta de todo lo que has estado haciendo.

–  Solo hago mi trabajo. – Me responde poniéndose tenso.

–  Y esa herida, ¿también te la has hecho haciendo tu trabajo? – Le pregunto señalando su labio.

–  Esa herida me la he hecho tratando de concederte todos tus caprichos. – Me contesta furioso. – A tu novio no le ha gustado nada que no le dijera dónde estás.

–  ¿Mi novio? ¿Qué novio? – Le pregunto confundida.

–  No sé, ¿es que tienes más de uno? – Me pregunta con sarcasmo.

–  No tengo ninguno. – Le respondo. – No sé quién te habrá hecho eso, pero te aseguro que no ha sido mi novio.

–  ¿Te suena de algo el nombre de Oliver O’Neill? – Me pregunta furioso.

–  Sí, pero no es mi novio.

–  Pues quizás deberías dejárselo claro. – Me espeta furioso.

–  ¿Ha sido él? – Pregunto sorprendida. Oliver no es de los que se pelean por celos y mucho menos por mí, ya que ambos pactamos una relación sin compromiso. – No me lo puedo creer, no sé qué le habrá pasado pero te prometo que hablaré con él.

–  Preferiría que no lo hicieras.

–  ¿Qué?

–  Que prefiero que no hables con él. – Me contesta furioso.

–  Oye, no sé lo que habrá pasado para que hayáis llegado a las manos, pero te aseguro que Oliver no es la clase de hombre que crees que es. – Le contesto tratando de calmarlo.

–  Catherine, ahora mismo no me apetece en absoluto escuchar lo que tengas que decirme sobre ese tipo, será mejor que dejemos el tema. – Me contesta furioso sin siquiera mirarme.

–  ¿Catherine? – Le pregunto divertida. – Solo me llama así mi padre cuando está furioso conmigo, ¿debo suponer que estás furioso conmigo?

–  ¿Debería estarlo?

–  No creo que tengas motivo alguno. – Le contesto encogiéndome de hombros. – ¿Quieres contarme por qué estás tan enfadado?

–  ¿No es suficiente motivo que tu novio, o lo que sea, me haya agredido? – Me reprocha con sarcasmo.

–  Eres insoportable. – Le contesto furiosa. – Trato de ser amable conmigo pero me lo pones muy difícil y encima les haces creer a todos que la mala soy yo.

Me doy media vuelta, me dirijo a la cocina para coger mi portátil y después encerrarme en mi habitación para empezar a trabajar en el caso Parker.

A la hora de comer, John llama a la puerta de mi habitación que está abierta y entra sin esperar a que le dé permiso, cerrando la puerta detrás de sí. Me lo quedo mirando con curiosidad por averiguar lo que pretende, pero me quedo callada esperando a que sea él el primero que hable. John se sienta a los pies de mi cama y, mirándome a los ojos, me dice:

–  Perdóname, gatita. He sido un imbécil. He tenido un mal día y lo he pagado contigo, que no tienes la culpa de nada.

–  No te preocupes, la culpa es mía. – Le respondo molesta. – No debí pedirte que te quedaras aquí, tú trabajo no es estar aquí.

–  Mi trabajo ahora mismo es protegerte para que puedas encerrar a Alan Parker de por vida. – Me contesta suavizando su tono de voz. – Y me gustaría poder seguir realizándolo.

–  Será agradable poder disfrutar de una tregua. – Le contesto sonriendo.

John me sonríe y me ayuda a levantarme de la cama ofreciéndome su mano. Bajamos juntos a la cocina, donde comemos con Samuel y Tom mientras que Elliot y Billy duermen.

Después de comer, subo de nuevo a mi habitación para seguir trabajando y no salgo de allí hasta que John viene a buscarme a la hora de cenar. Bajamos juntos a la cocina y cenamos con Elliot y Billy, ahora son Tom y Samuel los que descansan. Después de cenar, Elliot me acompaña a mi habitación y me voy a dormir.

 

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