Mi corazón en tus manos 9.

Mi corazón en tus manos

Juan estaba desesperado. Tras el accidente, Mía se había quedado inconsciente al golpearse en la cabeza y él había ido con ella en la ambulancia, sin separarse de su lado, hasta que llegaron a la clínica. En cuanto la madre de Juan vio entrar a su hijo magullado y acompañado por el equipo médico de la ambulancia, se hizo cargo de la situación. Obligó a su hijo Juan a permanecer en una de las salas de curas mientras su hijo menor Miguel, también médico, examinaba sus heridas. Juan no quería separarse de Mía, pero su madre le prometió que cuidaría de ella mientras lo curaban a él.

Había pasado más de una hora desde que habían llegado a la clínica y se había separado de Mía cuando Juan ya no pudo esperar más y le dijo a su hermano:

–  Miguel, llévame con Mía, necesito saber cómo está.

–  Quédate aquí y no te muevas, voy a ver qué averiguo y vuelvo. – Le dijo Miguel sorprendido por el interés y preocupación que su hermano mayor mostraba por aquella chica.

Miguel se dirigió a la habitación donde su madre se encontraba examinando a aquella chica y sintió curiosidad por conocerla, pues nunca había visto a su hermano de esa manera y mucho menos por una chica.

–  ¿Va todo bien por aquí? – Se aventuró a preguntar Miguel al abrir la puerta de la habitación en la que se encontraba su madre y la chica, pero sin llegar a entrar. – Juan se está impacientando, esta chica parece ser bastante importante para él.

–  Se ha dado un buen golpe en la cabeza, aunque todo parece estar bien. – Le informó su madre, allí conocida como la doctora Cortés, una eminencia en neurología. – Sigue inconsciente pero no tardará en volver en sí.

Miguel entró en la habitación, se acercó a Mía y la reconoció inmediatamente.

–  ¡Joder, es una de las amigas de Natalia! – Exclamó Miguel.

–  ¿Es una amiga de esa chica de la que no dejas de hablar? – Le preguntó la doctora Cortés. – Quizás debas avisar a su familia, Mía pasará aquí un par de días. Y dile a tu hermano que puede venir y quedarse con ella hasta que se despierte. – Se volvió hacia a una enfermera y le ordenó: – Termina de limpiar y curar sus heridas, voy a rellenar el informe pero avisadme en cuanto se despierte.

La doctora Cortés se retiró a su despacho a rellenar el informe de ingreso de Mía y Miguel fue en busca de su hermano para informarle de que todo estaba bien y acompañarlo a ver a Mía para que él mismo pudiera comprobarlo y, cuando Juan se tranquilizó un poco al verla, Miguel le dijo:

–  Conozco a Mía, ella es una de las amigas de Natalia, la chica de la que te he hablado.

–  Quizás deberías llamar a Natalia y decirle lo que ha pasado, ella podrá avisar a su familia. – Le sugirió Juan.

Miguel salió de la estancia y se dispuso a llamar a Natalia para contarle lo sucedido. Juan se quedó con Mía, esperando a que despertara y, cuando por fin Mía abrió los ojos, Juan le susurró acariciando con ternura la suave piel de su mejilla:

–  Por fin abres los ojos, ¿cómo te encuentras?

A Mía le dolía todo el cuerpo y sentía que la cabeza le iba a estallar, pero lo único que fue capaz de decir al ver a Juan tan magullado fue:

–  Estoy bien pero ¿y tú? – Trató de incorporarse en la cama pero Juan se lo impidió. – Estás herido, ¿te ha visto un médico?

–  Relájate, yo estoy perfectamente. – La calmó Juan. – Tuvimos un accidente con el coche, ¿recuerdas lo que ocurrió?

–  No tuvimos ningún accidente, ¡se nos echaron encima dos todoterreno de color negro y casi nos matan! – Le rebatió Mía.

–  No te preocupes por eso ahora, he llamado a la policía y ellos se encargarán de todo. Tienen que tomarnos declaración pero, si estás cansada, les puedo pedir que regresen mañana. – Le dijo Juan. – Por cierto, no me habías dicho que conocías a mi hermano.

–  ¿Tu hermano? ¿Conozco a tu hermano? – Le preguntó Mía aturdida.

–  Sí, mi hermano Miguel. – Le confirmó Juan. – Creo que una de tus amigas le tiene completamente atontado, más de lo que ya está de por sí. – Añadió bromeando.

–  ¿Miguel es tu hermano? – Preguntó Mía sorprendida. – ¡No lo sabía! – Exclamó divertida. – Lo conocí en una fiesta la semana pasada, en la misma fiesta en la que conoció a mi amiga Natalia.

Justo en ese momento, entró Miguel en la habitación donde se encontraban Mía y Juan y, al oír lo que Mía le estaba diciendo a su hermano, sonrió y le dijo bromeando:

–  Se te ha olvidado mencionar que también hice de guardaespaldas.

–  Lo cierto es que pensaba omitir esa parte. – Le respondió Mía divertida. Se volvió hacia Juan y le dijo con voz de no haber roto un plato: – Mi ex también apareció en aquella fiesta.

–  Ya hablaremos de eso en otro momento. – Le dijo Juan sabiendo que ya tendría tiempo de preguntar y averiguar lo de su ex. – Ahora necesitas descansar, me temo que tendrás que quedarte aquí un par de días.

–  ¿Qué? ¡No! – Exclamó Mía disgustada. – Estoy bien, no creo que sea necesario que…

–  Eso lo decidirá la doctora. – Sentenció la enfermera que acaba de regresar a la habitación. – Chicos, tendréis que esperar fuera, la doctora vendrá ahora a examinarla y la policía está fuera, quieren hablar con vosotros.

Juan cruzó una mirada con la enfermera y con su hermano, volvió a mirar a Mía y, con un tono de voz dulce y tierno que ninguno de los allí presentes le habían escuchado antes, le dijo a Mía:

–  ¿Estarás bien o prefieres que me quede?

–  Estoy bien, Juan. – Le confirmó Mía. – Y creo que deberías irte a casa y descansar, te recuerdo que tú también has tenido un accidente.

–  Pero yo no me he dado un golpe en la cabeza y me he quedado dos horas inconsciente. – Le replicó Juan. – No pienso irme a ninguna parte hasta que te den el alta. – Se acercó a ella, le dio un beso en la mejilla y le susurró antes de irse: – Estaré fuera con la policía, en cuanto termine regreso a verte.

Juan y Miguel salieron de la habitación dejando a Mía con la enfermera. Un par de minutos después, aparecía la doctora Cortés y madre de los dos muchachos.

–  Buenas tardes, señorita Swan. – La saludó la doctora más curiosa que preocupada. – Soy la doctora que te ha estado atendiendo desde que has entrado en la clínica, mi nombre es Alison.

–  Encantada de conocerla, doctora Alison. – La saludó Mía.

–  Llámame tan solo Alison. – Le respondió la doctora. – Mía, te has dado un fuerte golpe en la cabeza y has estado un par de horas inconsciente. Te hemos hecho algunas pruebas y todas parecen estar bien, pero voy a hacerte unas preguntas para terminar de confirmarlo, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo. – Respondió Mía dócilmente.

–  ¿Recuerdas lo que ha pasado?

–  Sí, íbamos por la autopista cuando un todoterreno negro se nos echó encima y trató de sacarnos de la carretera. – Empezó a explicar Mía. – El todoterreno se estrelló contra el muro medianero de hormigón pero apareció un segundo todoterreno idéntico al primero y con las mismas intenciones. Tratamos de esquivarlo pero chocamos y el coche empezó a dar vueltas de campana. Lo siguiente que recuerdo es haberme despertado aquí.

La doctora Alison Cortés examinó sus ojos con una pequeña linterna y después comprobó sus reflejos en brazos y piernas.

–  Todo parece estar bien, pero me gustaría que pasaras aquí la noche en observación, los golpes en la cabeza son complicados y todos estaríamos más tranquilos, sobretodo mi hijo.

–  ¿Su hijo? – Preguntó Mía confundida.

–  Oh, lo siento, creía que lo sabías. – Se disculpó Alison. – Soy la madre de Juan y Miguel.

–  ¡Oh, claro! ¡La doctora Cortés, una eminencia en neurología! – Ató cabos Mía. – Supongo que debería haberme dado cuenta antes, sus hijos se parecen mucho a usted.

–  Iré a buscar a Juan, está muy preocupado y no quiere separarse de ti, creo que se siente culpable por lo ocurrido. – Le confesó Alison.

–  Nada de lo que ha pasado es culpa suya. – Le dejó claro Mía. – Juan me ha dicho que la policía está aquí, ¿hay algún problema?

–  ¿Debería haberlo? – Preguntó Alison.

–  Pues no lo creo, pero, si lo hubiera, Juan tampoco me lo diría. – Protestó Mía.

–  No te preocupes por nada, todo está bien. – La tranquilizó Alison con una amplia y cálida sonrisa y añadió antes de marcharse: – Voy a buscar a Juan y él mismo te lo podrá confirmar.

Alison se marchó y Mía sonrió al descubrir que Juan había sacado el carácter protector y educado de su madre. Se lo imaginó siendo padre, cuidando y protegiendo a sus pequeños y el corazón le empezó a latir con fuerza, haciendo que la máquina a la que estaba conectada empezara a pitar y volvió a desmayarse.

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