Mi corazón en tus manos 7.

Mi corazón en tus manos

Mía entró en su piso, se dio una ducha para refrescarse y se encaminó a casa de su hermana, que también vivía en el barrio. Nada más entrar en el piso de su hermana, sus sobrinas se le echaron encima y la abrazaron a modo de saludo.

–  ¡Hola princesas! – Las saludó Mía abrazándolas.

Su hermana dejó que las niñas la saludaran durante un par de minutos y acto seguido las llevó al salón donde les puso los dibujos en la televisión y allí se quedaron tranquilas.

–  Vamos a la cocina. – Le ordenó Karen. Una vez en la cocina, sirvió dos copas de vino y, tras entregarle una de las copas a su hermana pequeña, le dijo: – Tom me ha dicho que estará toda la semana trabajando hasta tarde y, cuando le he dicho que las niñas y yo necesitamos pasar tiempo con él, solo me ha contestado que debo tener paciencia hasta que llegue el fin de semana.

–  Quizás Tom tiene razón, está trabajando hasta tarde y no tienes ninguna prueba de que no sea así. – Le recordó Mía. – Espera a que llegue el fin de semana como él te ha pedido y a ver qué pasa. No debes precipitarte, Karen.

–  Espero que tengas razón y todo sea como tú dices. – Le dijo Karen con un hilo de voz al mismo tiempo que abrazaba a su hermana pequeña.

Ambas hermanas continuaron charlando en la cocina y Mía finalmente se quedó a cenar. Eran las once de la noche cuando Mía decidió marcharse a su casa y su cuñado aún no había llegado.

El martes por la mañana Mía fue en busca de Roberto nada más entrar en la oficina y le consultó si tenía la agenda libre el viernes por la mañana. Roberto le confirmó que tenía un hueco a partir de las doce hasta las dos de la tarde.

–  ¿Para qué me necesitas? – Preguntó Roberto.

–  Juan Cortés vendrá para hacerse la fotografía del reportaje en el estudio de la redacción. – Le informó Mía.

–  ¿Quiero saber cómo has conseguido que sea él quien venga a hacerse la foto a la redacción? – Le preguntó Roberto sorprendido.

–  Fue él quien lo propuso, para compensar la hora y media que tardó en atendernos. – Le respondió Mía encogiéndose de hombros. – Míralo por el lado bueno, si al final no se presenta al menos no te hará perder el tiempo.

Mía esperó durante toda la mañana antes de llamar a Juan porque no quería que pensara que lo primero que había hecho era confirmar su cita con Roberto, a pesar de que precisamente eso era lo que había hecho. Después de comer decidió que era el mejor momento para llamar y así lo hizo. Dudó en llamar desde su despacho o desde su móvil y, finalmente, decidió llamar desde su móvil para que, si alguna vez él quería ponerse en contacto con ella, pudiera localizarla.

Juan apenas dejó sonar un par de tonos antes de contestar al teléfono, llevaba todo el día esperando la llamada de Mía y no se había despegado de su móvil, además de haberse pasado el día preguntándole a Berta si Mía había llamado. Esperaba que le llamara desde su despacho en la redacción, pero el número que le estaba llamando era un número de móvil. Decidió salir de dudas y descolgó el teléfono:

–  ¿Sí?

–  ¿Juan? Soy Mía Swan, de la revista Society. – Le dijo Mía.

Como si pudiera haberme olvidado de ti, pensó Juan.

–  Hola Mía. – La saludó amablemente. – ¿Has podido confirmar con el fotógrafo la cita para el viernes?

–  Hola Juan. – Le saludó Mía. – Roberto puede atenderte de doce a dos, pero después tiene otros compromisos así que no podrá atenderte si llegas tarde.

–  Entendido, seré puntual. – Contestó Juan sonriendo ante el educado reproche de Mía. – Iré antes para saludarte, si te parece bien.

–  Estaré en la redacción, pregunta por mí cuando llegues y te acompañaré al estudio. – Le dijo Mía tratando de alargar la conversación para hablar con él un rato más. – Roberto es un fotógrafo extraordinario, estoy segura de que querrás copias de las fotos que haga.

–  Mía, ¿desde dónde me llamas? – Preguntó de repente Juan.

–  Desde un teléfono móvil. – Respondió Mía sin comprender.

–  Ya, veo el número en la pantalla. – Le contestó Juan y añadió sin tratar de parecer un psicópata: – Lo que quiero saber es si el teléfono móvil desde el que me llamas es el tuyo.

–  Eh… Sí, es mi móvil. – Balbuceó Mía. – ¿Hay algún problema?

–  Ninguno. – Le respondió Juan satisfecho. – Te veré el viernes, Mía.

–  Hasta el viernes, Juan. – Se despidió Mía.

El jueves por la noche, Mía estaba cenando en casa de sus padres para despedirse de ellos que se iban un par de semanas al pueblo, cuando recibió un mensaje de texto en su móvil. El corazón se le puso a mil por hora cuando vio que el mensaje era de Juan y lo leyó: “Había pensado en que, si no tienes planes, quizás podríamos ir a comer juntos después de que el fotógrafo me haga las fotos, me gustaría saber cómo vas a enfocar la entrevista. ¿Qué te parece?” Mía sonrió y le respondió: “Ya tengo la entrevista acabada, mañana te la enseño y espero que le des el visto bueno. En cuanto a lo de ir a comer, creía que eras un hombre con la agenda muy ocupada.” Mía sonrió, con ese mensaje él tendría que darle una justificación por la que quiere salir a comer ella y Juan no tardó en responder: “¿Eso es un sí?” A Mía se le escapó una carcajada al leer el mensaje de Juan y sus padres la miraron como si fuera un bicho raro para después mirarse entre sí y sonreír con ternura. Sabían que su hija pequeña solo se reía tan ampliamente cuanto un chico le gustaba. Mía ayudó a su madre a retirar la mesa y a recoger la cocina y decidió contestar a Juan cuando llegara a casa.

Casi una hora más tarde, Juan caminaba de un lado al otro por el salón de su casa con el teléfono móvil en la mano esperando a que Mía le contestara y, cuando acabó con la poca paciencia que le quedaba, decidió llamarla.

Mía acaba de entrar por la puerta de su piso, se estaba quitando los zapatos cuando su teléfono móvil empezó a sonar. Sonrió adivinando que se trataría de Juan y así lo confirmó cuando respondió distraída:

–  ¿Sí?

–  Señorita Swan, le he hecho una pregunta y estoy esperando la respuesta.

–  Mm… ¿Volvemos a tratarnos de usted? – Bromeó Mía y, sin darle tiempo a responder, añadió: – Mis padres se marchan mañana y estaba cenando con ellos para despedirme. Acabo de entrar en casa y pensaba contestarte ahora mismo.

–  Sigue sin contestarme, señorita Swan. – Insistió Juan con tono de broma.

–  Señor Cortés, le agradezco la invitación, pero no acostumbro a dejar que el mismo hombre me invite a comer dos veces. – Le respondió Mía divertida. – ¿Qué le parece si esta vez le invito yo?

–  Si es la única manera de que aceptes salir a comer conmigo, me parece bien. – Aceptó Juan a regañadientes. – Nos vemos mañana, entonces.

–  Hasta mañana, señor Cortés. – Le respondió Mía divertida para despedirse.

–  Buenas noches, señorita Swan. – Se despidió Juan sin poder evitar sonreír.

Mía también se fue a dormir sonriendo, pensando que el día siguiente lo pasaría con Juan.

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