Mi corazón en tus manos 23.

Mi corazón en tus manos

Mía se dio una ducha y regresó al salón casi una hora más tarde, a pesar de haber dicho que tardaría unos veinte minutos. En el salón se encontró con Vladimir y Jorge que le informaron que el comandante Swan y Juan estaban reunidos en el despacho.

–  ¿Han vuelto a discutir? – Le preguntó Mía a Jorge.

–  No. – Le informó Jorge y añadió bromeando: – Creo que tu padre se ha dado cuenta de lo furioso que está Juan y ha decidido dejar la discusión para otro momento.

–  No tiene gracia, Jorge. – Le regañó Mía.

–  No te preocupes, no pasa nada. – La tranquilizó Vladimir que de repente parecía haberse convertido en su amigo cuando antes apenas ni le hablaba. – El comandante Swan y Juan querían ver las imágenes de las cámaras de video vigilancia, regresarán de un momento a otro.

–  Me temo que te van a pedir muchas explicaciones, Pitu. – Le dijo con sorna Jorge. – Tres disparos y tres balas entre ceja y ceja, tu padre no está para nada contento.

–  No me toques las narices, Jorge. – Le espetó furiosa.

–  ¡Joder, los has ejecutado! ¿Sabes a cuántas agencias internacionales vamos a tener que dar explicaciones por tu insensatez? – Le replicó Jorge.

–  ¿Insensatez? – Espetó Mía furiosa. – Ese tipo y sus hombres han matado a Pablo y han intentado matarme a mí por segunda vez, eran ellos o yo.

–  Ese era nuestro trabajo, no el tuyo. – Le reprochó Jorge molesto.

–  En ese caso, deberías agradecerme que haya hecho el trabajo por ti. – Le contestó Mía furiosa y, aunque se arrepintió de lo que dijo en ese mismo instante, estaba demasiado furiosa como para disculparse.

–  ¿Se puede saber qué está pasando aquí? – Vociferó Robert entrando en el salón al escuchar los gritos de su hija y Jorge. – ¿Es que no habéis tenido bastante con lo que ha pasado? – Mía y Jorge se mantuvieron en silencio y Robert se volvió hacia a su hija y le dijo mientras se acercaba a ella y la abrazaba: – Pitu, me alegro que estés bien pero…

–  Papá, no empieces tú también. – Le advirtió Mía.

–  De acuerdo, ya hablaremos de ello en otro momento. – Accedió Robert. – ¿Qué quieres hacer? ¿Vas a regresar a casa?

–  Sí, quiero regresar a mi casa y cuanto antes. – Le dio un beso en la mejilla a su padre y se volvió a mirar a Juan. Cuando su mirada se cruzó con la de él, le preguntó: – ¿Puedes acompañarme un minuto?

Juan asintió y la acompañó hasta la habitación donde habían compartido la cama y otras muchas cosas. Mía cerró la puerta de la habitación en cuanto entraron y, sin ser capaz de mirarle a los ojos, le dijo a Juan con un hilo de voz:

–  Supongo que tenemos que hablar, ¿no?

–  Supones bien. – Le confirmó Juan. – Siento no haber estado contigo cuando ha ocurrido todo esto, no debí marcharme. – La agarró por la cintura y le dijo con ternura: – Sé que estás cansada y quieres marcharte a casa, pero me gustaría que te quedaras un rato más y así podremos irnos juntos. Tengo que esperar a que llegue el equipo de limpieza para firmar unos papeles y podremos marcharnos, Vladimir nos llevará a casa.

–  ¿Por qué haces todo esto, Juan? – Le preguntó Mía sin entender por qué se empeñaba en cuidar de ella, pero sin reprocharle nada, más bien todo lo contrario.

–  ¿Es que aún no te ha quedado claro? – Bromeó Juan. La besó en los labios y, tras dedicarle una amplia sonrisa, añadió: – Creo que es obvio, cariño. Tienes mi corazón en tus manos.

Juan no esperó a obtener respuesta, la besó en los labios apasionadamente y la estrechó entre sus brazos. En cuanto llegó a la casa del lago y vio que había un coche aparcado y oculto entre los árboles cercanos, supo que algo no iba bien y el corazón le dio un vuelco al pensar que algo le había podido ocurrir a Mía. Por primera vez en su vida Juan se había dado cuenta del significado de la palabra amor.

Un par de horas más tarde, Vladimir, Juan y Mía entraban en el ático dúplex de Juan completamente agotados. Rosario trató de convencerlos para que cenaran algo antes de irse a dormir, pero ninguno de ellos tenía suficiente apetito. A solas en la habitación, Juan se acercó a Mía y, tras besarla en los labios, le preguntó con dulzura:

–  ¿Estás bien, cariño?

–  Estoy hambrienta. – Le contestó Mía sonriendo.

–  Pero si le acabas de decir a Rosario que no tienes hambre. – Comentó Juan confundido.

–  No me refiero a esa clase de hambre. – Le contestó Mía sonriendo con picardía.

–  Mm… Y, ¿a qué clase de hambre te refieres? – Preguntó Juan sonriendo, captando rápidamente lo que Mía le estaba pidiendo.

–  A esa clase de hambre que solo tú sabes saciar.

–  Cariño, no me mires así… – Le advirtió Juan con la voz ronca por la excitación.

Ambos se deseaban tanto que sus ropas no tardaron en caer al suelo. Como cada vez que hacían el amor, primero Juan deleitó a Mía con miles de besos y caricias por todo el cuerpo para después hacerla llegar al orgasmo mientras succionaba su clítoris con los labios y lo presionaba con su lengua. No dejó que Mía se recuperara de aquel orgasmo cuando la penetró de una sola embestida haciendo que el cuerpo de ella volviera a sacudirse de placer y, embestida tras embestida, ambos alcanzaron juntos el mayor orgasmo que nunca antes habían sentido.

A pesar de que Mía quería regresar a su casa, Juan logró convencerla para que se instalara con él en el ático y, tras su perseverancia, Mía terminó aceptando.

Aquellos primeros días fueron bastante caóticos. Todos querían ver a Mía y Juan la animó a que invitara a sus amigos al ático.

–  No quiero abusar de tu confianza, me estoy empezando a sentir como una invasora. – Le dijo Mía algo avergonzada. – Y tampoco quiero darle trabajo a Rosario, me cae bien y no quiero que piense que soy una bruja.

Justo en ese momento, Rosario entraba en el salón y la escuchó.

–  ¡Pero bueno, me enfadaré si dejas de invitar a tus amigos por no darme más trabajo! – Le dijo Rosario con cariño. – Entre lo que me ayudas con las tareas y el poco trabajo que me das, al final Juan me echará.

–  Eso no creo que ocurra nunca pero, si alguna vez ocurre, quiero que sepas que yo te abriré las puertas de mi casa encantada. – Le dijo Mía con decisión.

–  Ahora eres la señora de la casa. – Se mofó Juan. – Puedes y debes tomar decisiones respecto a nuestra casa.

–  ¿La estás incitando para que me eche? – Dijo Rosario fingiendo estar molesta mientras Juan y Mía reían a carcajadas. – Desde luego, ¡no tenéis remedio!

Rosario disfrutaba viendo como en pocos días su Juan, al que quería como a un hijo, era tan feliz junto a aquella muchacha alegre, humilde y valiente.

Vladimir también había caído rendido a los pies de Mía y siempre se mostraba atento y amable con ella, tanto que incluso Juan a veces bromeaba preguntando si debería preocuparse por la complicidad de aquellos dos.

Y lo mismo ocurrió con la familia de Juan, en cuanto lo vieron tan feliz abrazando a Mía con amor y posesión, supieron que ella era la chica predestinada para su hijo mayor. A Miguel ya se lo había ganado el primer día que la conoció, pero sus lazos se reforzaron debido a la incipiente relación que tenía con Natalia, una de las mejores amigas de Mía. También conoció a Noelia, la hermana pequeña de Juan y Miguel y, tras descubrir que tenían un montón de gustos en común, rápidamente se hicieron amigas.

Juan también se había ganado a la familia de Mía, incluso terminó ganándose al comandante Swan, que se mostraba orgulloso del novio de su hija ante cualquiera. Iris y Aina, las sobrinas de Mía, le adoraban y le llamaban “tito Juan”, algo que a Mía le encantaba, aunque jamás lo hubiera dicho un par de meses atrás.

 

2 pensamientos en “Mi corazón en tus manos 23.

    • Muchas gracias, Rickseth! Tan solo queda un capítulo de esta historia, que trataré de subir mañana. Me alegra saber que la historia te engancha y espero que la disfrutes leyendo tanto como yo escribiéndola. Abrazos! 😉

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