Mi corazón en tus manos 22.

Mi corazón en tus manos

A pesar de que los días pasaban y que la relación entre Mía y Juan iba cada día mejor, ninguno de los dos quiso sacar el tema ni ponerle un nombre a esa relación. Juan no quería presionar a Mía, sabía que no estaba pasando por un buen momento, el mismo tipo que había matado a su ex novio también quería matarla a ella. Mía tampoco quiso sacar el tema a relucir, pese a que Juan actuaba como si de su pareja se tratara, no entendía por qué no decía nada y prefirió aplazar todo lo posible aquella conversación por temor a que sus ilusiones se desvanecieran, quería disfrutar de aquello durante todo el tiempo posible y, cuando se acabara, tendría que asumirlo y regresar con su vida.

Mía y Juan continuaban trabajando a distancia con sus ordenadores portátiles, pero Juan debía asistir a una reunión urgente que requería su presencia y tuvo que decírselo a Mía:

–  Me iré mañana por la mañana y regresaré justo a tiempo para cenar contigo, te prometo que estaré aquí antes de las nueve.

–  No te preocupes, estaré bien. – Le tranquilizó Mía.

A la mañana siguiente, Juan se marchó con uno de los agentes de su empresa ya que prefirió que Vladimir se quedase para proteger a Mía junto a Jorge y los otros tres agentes.

El día transcurrió con normalidad y, sobre las siete de la tarde, Mía decidió darse una ducha y arreglarse para la cena con Juan, las noches se habían convertido en noches de pasión, lujuria y desenfreno. Estaba terminando de vestirse cuando oyó unos golpes en la planta baja de la casa. Asustada por lo que pudiera ocurrir, cogió la pistola que ocultaba entre sus cosas y se dispuso a bajar las escaleras. Apenas entró en el salón tuvo que refugiarse detrás de uno de los sofás, cinco tipos con pasamontañas y armados hasta los dientes disparaban contra los agentes de Juan, Vladimir y Jorge comenzaron a disparar para abatirles y ella estaba en mitad de ese fuego cruzado. Tras verificar que ninguno de los hombres que había en el salón se había percatado de su presencia, decidió participar en aquel tiroteo. Sin pensarlo dos veces, Mía salió de su escondite y rápidamente disparó a dos de los cinco hombres que allí se encontraban, pero ninguno de aquellos dos hombres era la persona que ella quería disparar, aunque acertó en el blanco y eso les dio ventaja. Jorge aprovechó ese momento para disparar a otros dos hombres, pero quedaba vivo un quinto que era al que precisamente Mía quería matar. Se asomó por detrás del sofá y vio como “El Chavo”, cómo le apodaban, tenía a Vladimir cogido por la espalda y le encañonaba su pistola en la cabeza al mismo tiempo que lo utilizaba de escudo. El Chavo miraba hacia a todas partes buscando a los que le disparaban y Mía aprovechó un momento en el que estaba de espaldas a ella para llamar la atención de Vladimir. Cuando lo logró, le enseñó tres dedos de una mano y después con un gesto seco la bajó de golpe, haciéndole entender que a la de tres se agachara. Vladimir lo entendió y asintió con disimulo, Mía sacó un dedo, luego dos y después tres. Vladimir se agachó y, acto seguido, Mía disparó. Acertó en el blanco y, cuando Jorge vio la furia que su mirada desprendía, optó por acercarse a ella y quitarle la pistola con cuidado, había visto antes esa mirada.

–  Gracias. – Le agradeció Vladimir sorprendido, mientras alternaba su mirada de los ojos de Mía al agujero de bala que el Chavo tenía en la frente.

Mía desvió su mirada del cadáver del Chavo para mirar a Vladimir y asentir levemente con un gesto de cabeza para dos segundos después volver a mirar aquel cadáver.

–  Pitu, le has ejecutado y podrías… – Empezó a decir Jorge.

–  ¿Podría haberle dejado vivo para que volviera a intentar matarme? – Le interrumpió Mía. – Debí hacerlo la primera vez y no me dejasteis. – Le reprochó. Entonces vio que uno de los hombres de Juan estaba herido, le había alcanzado una bala en el hombro izquierdo. Se acercó a él y, presionando la herida con sus manos para tratar de parar la hemorragia, le ordenó a Jorge y Vladimir: – Rápido, traedme unas toallas limpias, un cuchillo de filo liso esterilizado y, si encontráis un puñetero botiquín de primeros auxilios, tampoco me vendría mal.

Vladimir se encargó de reunir todo lo que Mía le pidió, pero trajo el cuchillo sin esterilizar.

–  Voy a poner agua a hervir, espero que con eso sea suficiente al menos para sacar la bala y parar la hemorragia hasta que lleguemos al hospital. – Les dijo Mía. – Presionad la herida con fuerza, le dolerá un poco pero no queremos que se muera desangrado.

Vladimir asintió y obedeció rápidamente mientras que Jorge y los otros dos hombres lo cogían en brazos y lo tumbaban sobre la mesa del comedor, desnudándole de cintura para arriba.

Mía se dirigió hacia a la cocina y, justo cuando iba a entrar, escuchó unos pasos dirigiéndose hacia a donde ella estaba. Contuvo la respiración, se hizo a un lado de la puerta y, cuando se abrió y apareció una silueta, ella le puso el cuchillo en el cuello, pero rápidamente se dio cuenta que se trataba de Juan y lo bajó de inmediato.

–  ¡Joder, qué susto me has dado! – Le dijo recobrando la respiración.

Juan la miró de arriba a abajo y, al ver las manos de Mía totalmente ensangrentadas, le dijo con un hilo de voz y asustado como nunca antes lo había estado:

–  Tienes sangre en las manos, ¿qué coño ha pasado? ¿Estás bien?

–  Sí, estoy bien. La sangre no es mía, pero necesito esterilizar el cuchillo. – Le dijo Mía.

–  Espera, espera. – La retuvo Juan. – ¿Es que no vas a explicarme qué ha pasado?

–  Ahora no, ves al salón. – Le ordenó Mía mientras trasteaba en la cocina.

Juan, tras volver a mirar a Mía de arriba a abajo para comprobar que estaba bien, se dirigió al salón donde se encontró con uno de sus agentes herido. Vladimir rápidamente le puso al corriente, no le hizo falta hacer ninguna pregunta:

–  Entraron en la casa y apenas nos dio tiempo a defendernos. Jerry está herido, Mía va a intentar sacarle la bala para evitar infecciones, pero dice que acto seguido debemos llevarle a un hospital si no queremos que se desangre.

–  ¿No habéis podido reducirlos sin necesidad de matarlos? – Preguntó al ver que tres de ellos tenían una bala entre ceja y ceja. Vladimir, Jorge y los dos agentes de Juan se miraron entre ellos pero ninguno dijo nada. – ¿Qué ha pasado? La casa está llena de cámaras de vigilancia, si no me lo decís vosotros lo veré en los vídeos del sistema de seguridad.

–  Mía se estaba duchando cuando ellos entraron, cuando bajó al salón ya habían empezado los tiros. A esos dos los mató primero y a este le mató y me salvó la vida. – Le dijo Vladimir. – Supongo que el comandante Swan ha debido de enseñar a su hija a defenderse.

–  ¿Mía ha…? – Juan no fue capaz de terminar la frase. Echó un vistazo a su alrededor sin poder creerse que parte de aquella estampa fuera obra de Mía.

–  Será mejor que no le preguntes nada, no está muy sociable. – Le advirtió Jorge.

–  No me lo puedo creer. – Fue lo único que pudo decir Juan.

Mía regresó al salón con el cuchillo en la mano y con un gesto les pidió que se apartaran para acercarse a Jerry, el agente herido. Le miró a los ojos y le dijo:

–  Esto te va a doler. Voy a quitarte la bala mientras tus compañeros te sujetan para que no te muevas y, una vez que te hayamos quitado la bala, desinfectaremos la herida y le pondré un apósito. Tendremos que presionar constantemente para cortar la hemorragia y evitar que te desangres antes de llegar al hospital. Te aseguro que te vas a poner bien, pero primero debes pasar por esto.

–  No eres muy buena dando ánimos. – Bromeó Jerry.

–  Tan solo pretendo ser realista, a mí me gustaría que me hablaran claro en una situación así.

Jerry asintió para que Mía hiciera lo que tuviera que hacer. Con cuidado, sacó la bala con la ayuda del cuchillo mientras dos agentes de Juan sujetaban con fuerza a Jerry que maldecía mientras trataba de soportar el dolor que aquello le causó.

–  Bien Jerry, ya tenemos la bala. – Le animó Vladimir.

Tras curarle la herida, dos agentes de Juan llevaron a Jerry al hospital y Mía aprovechó la ocasión para huir del salón y pensar un rato a solas:

–  Necesito una ducha, vuelvo en veinte minutos.

Ni siquiera miró a Juan y él se molestó. Estaba preocupado y quería abrazarla, pero ella ni siquiera le había permitido acercarse. Se mostraba fría e indiferente, pero sabía que esa era su forma de enfrentarse a los problemas, había aprendido muchas cosas sobre Mía durante aquellas semanas conviviendo juntos. Jorge pareció leerle el pensamiento a Juan y, acercándose a él para que nadie más le escuchara, le dijo:

–  Mía está bien, no te preocupes.

 

 

 

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