Mi corazón en tus manos 21.

Mi corazón en tus manos

Juan sabía que no podía volver a presionar a Mía como lo había hecho la noche anterior, pero no podía dejar de observar cómo ella parecía estar en otro mundo y estaba empezando a preocuparse. Por suerte, Jorge se le adelantó y le dijo a Mía sacándola de su ensimismamiento:

–  Mía, baja de nuevo a la tierra, creo que estás empezando a asustar a Juan.

–  ¿Eh? – Preguntó Mía aturdida. Al ver cómo ambos la miraban y tras cruzar su mirada con la de Vladimir por el retrovisor del coche, añadió: – Lo siento, mi cerebro está colapsado.

–  ¿Estás bien? Lo de Pablo…

–  Estoy bien. – Le interrumpió Mía no queriendo hablar de Pablo y mucho menos con Juan allí presente.

–  Ya casi hemos llegado y podrás descansar. – Le dijo Juan.

Llegaron a la casa del lago de Juan y, tras instalarse cada uno en una habitación, Mía decidió echarse una siesta aunque no tuviera sueño, quería estar a solas para poder pensar con claridad. Pasadas un par de horas, cuando Mía consiguió poner sus ideas en orden y comportarse como una persona normal, bajó las escaleras para dirigirse al salón pero cuando fue a abrir la puerta escuchó a Juan y Jorge hablar:

–  No te preocupes, Mía está bien, pero necesita algo de tiempo para asimilar lo que ha ocurrido. – Le decía Jorge a Juan.

–  Quiero ayudarla y que se sienta mejor, pero no quiero que se sienta presionada, no sé qué hacer. – Le contestó Juan. – Mía se fue de mi casa porque la noche anterior discutimos. Creía que necesitaba espacio y, tras pasar toda la noche en el despacho pensando qué podía hacer para disculparme, por la mañana decidí darle una sorpresa. La dejé durmiendo en mi habitación y me fui para prepararle la sorpresa. Me pasé el día organizando una pequeña escapada a un manantial de aguas termales, un retiro de fin de semana. Tuve que mover cielo y tierra para conseguirlo con tan poco tiempo de antelación y, cuando llegué a casa y me proponía a darle la noticia, Rosario me dijo que se había marchado. El resto de la historia supongo que ya la sabrás.

–  No sé qué le habrá dicho Mía a su padre, pero creo que deberías tenerlo en cuenta ya que el comandante ha bajado su tono contigo y no ha puesto ningún impedimento en que seas tú quien se ocupe de la seguridad de su hija pequeña que, por si no lo habías, es la niña de sus ojos. – Le animó Jorge. – Ten un poco de paciencia, ella hablará contigo cuando esté preparada y tenga claro lo que quiere decir.

Mía escuchaba detrás de la puerta y al oír las palabras de Juan sintió como parte de la carga que llevaba en sus hombros se hacía más ligera. Juan se preocupaba realmente por ella y ella se había dado cuenta que no quería apartarse de él. Abrió la puerta y entró en el salón. Ambos hombres se levantaron del sofá para recibirla y Jorge, tan solo con la mirada, se entendió con Mía.

–  Prepararé algo de cenar, debes de estar hambrienta. – Le dijo Jorge besándola en la mejilla antes de marcharse a la cocina y dejarles a solas.

–  ¿Has podido dormir un poco? – Le preguntó Juan.

–  No, pero he descansado. – Le contestó Mía acercándose a él y sentándose en el sofá. Esperó a que Juan se sentara a su lado y añadió: – Gracias por todo lo que haces.

–  No tienes que darme las gracias por nada, además, lo hago encantado.

Mía le sonrió con dulzura y le abrazó, necesitaba sentirse entre los brazos de Juan y él no dudó en darle lo que demandaba. Tras permanecer unos minutos en silencio, Mía le dijo:

–  No sé cómo lo haces, pero cuando estoy contigo me siento bien, segura y a salvo.

–  Podemos pasarnos el día así, si es lo que quieres. – Bromeó Juan.

Permanecieron un buen rato abrazados en el sofá, hasta que Jorge les informó que la cena ya estaba servida y los cuatro cenaron en la cocina.

Una vez cenaron, Jorge se ofreció para encargarse de la vigilancia del turno de noche y Vladimir se ofreció a acompañarlo hasta que los cuatro hombres de la agencia de Juan que estaban de camino llegaran y se ocuparan de la vigilancia. Juan acompañó a Mía hasta la puerta de su habitación, donde la besó en la frente con ternura y le dijo:

–  Estaré en la habitación de al lado, llámame si necesitas cualquier cosa. – Le dedicó una leve sonrisa y añadió: – Intenta dormir un poco, necesitas descansar.

–  Juan… – Empezó a decir Mía pero no acabó la frase.

–  Dime, ¿qué ocurre?

–  Sé que no tengo derecho a pedirte nada pero, ¿te importaría quedarte conmigo esta noche? – Le preguntó Mía tímidamente. – No quiero estar sola.

–  No vas a estar sola, ven a mi habitación. – Le dijo Juan con dulzura. Entraron en la habitación y Juan rápidamente sacó un pijama de uno de los cajones de la cómoda y se lo entregó a Mía: – Con esto no pasarás frío, puedes cambiarte en el baño.

–  Gracias, pero no puedo dormir con tanta ropa. – Le dijo Mía dejando el pijama sobre una butaca. Se acercó a él y le dijo en un susurro: – Prefiero que me prestes una camiseta vieja.

Juan tuvo que tomar aire despacio, ya iba a ser bastante difícil dormir con Mía y contener sus ganas de devorarla, pero si ella se metía en la cama tan solo vestida con una de sus viejas camisetas, lo sería mucho más. Aún y así, Juan trató de calmar su instinto y comportarse como un caballero. Pero todas sus fuerzas se vieron derrotadas cuando, al entregarle una de sus viejas camisetas, vio que Mía se había quitados las botas y se estaba empezando a desnudar.

–  Eh…, toma la camiseta. – Balbuceó Juan mirando hacia a otro lado.

–  ¿Ocurre algo? – Preguntó Mía con falsa inocencia. Sabía que Juan era apasionado y sabía que ella lo atraía, por lo que optó por sacar todo su arsenal para seducirlo.

–  No, nada. – Le contestó Juan dándole la espalda para no seguir viendo cómo Mía seguía desnudándose mientras él se afanaba en quitarse la ropa y ponerse un pantalón para dormir.

Tan solo con aquella camiseta puesta, Mía se subió a la cama y se colocó detrás de la espalda de Juan, que estaba sentado al filo de la cama conectando su teléfono móvil al cargador. Colocó sus finas manos sobre los robustos y fuertes hombros de Juan y, tras comprobar la tensión que acumulaba, le susurró al oído:

–  Estás muy tenso, relájate.

–  Como si fuera tan fácil. – Farfulló Juan.

Mía continuaba masajeando su espalda, subió de nuevo hacia sus hombros y volvió a descender pero esta vez lo hizo por los musculosos pectorales de Juan y, cuando llegó a la parte inferior del abdomen, él la agarró de las manos y la detuvo.

–  Mía, necesitas descansar. – Le dijo Juan con la voz ronca pero con firmeza. La metió con él en la cama y, tras taparse con las mantas y abrazarla para que durmiera entre sus brazos, la besó dulcemente en los labios y le susurró al oído: – Duérmete, Pitu. Te prometo que no me moveré de aquí.

Mía no quiso insistir, sabía que él estaba tan excitado como ella, su erección lo delataba, pero aún y así había rechazado una noche de sexo por una noche en la que solo dormirían abrazados y eso a Mía le hizo darse cuenta de muchas cosas.

Cuando Mía se despertó, abrió los ojos y comprobó que Juan había cumplido su promesa: no se había movido de allí en toda la noche.

–  Buenos días, preciosa. – La saludó Juan besándola en la frente. – ¿Has dormido bien?

–  Sí, pero no sería sincera si no te dijera que podría haber dormido mejor. – Le contestó Mía con una sonrisa pícara en los labios. – ¿Qué tal has dormido tú?

–  Te aseguro que yo también podría haber dormido mejor, preciosa.

Mía supo que Juan ya no sería capaz de volver a resistirse y, tras sonreír como si fuera una niña traviesa, lo besó en los labios y le susurró:

–  Quiero que me hagas el amor.

A Juan le gustó la seguridad de aquella petición y lo que conllevaba. No le había pedido sexo, le había pedido que le hiciera el amor y eso era justo lo que él más deseaba. Juan adoró, acarició y besó cada recoveco de su piel, le regaló dos orgasmos antes de penetrarla y un tercero en el que Juan la acompañó.

Durante más de dos semanas, Mía y Juan permanecieron en la casa del lago junto a Vladimir, Jorge y cuatro de los agentes de seguridad de la empresa de Juan. Durante aquellos días, todos fueron testigos de la improvisada luna de miel que Mía y Juan vivían a pesar de las circunstancias.

Robert hablaba con su hija todos los días y también pudo comprobar la alegría en la voz de su ojito derecho aunque Jorge también se lo hacía saber cada día que llamaba.

 

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