Mi corazón en tus manos 20.

Mi corazón en tus manos

A la mañana siguiente, Mía se despertó a las diez, se dio una ducha rápida y bajó a la cocina donde se encontró a su padre discutiendo con Juan mientras Jorge intentaba mediar entre ellos y Vladimir se mantenía al margen pero cauteloso, leal a Juan.

–  ¿Qué está ocurriendo aquí? – Preguntó Mía con cara de pocos amigos.

Robert conocía el humor que su hija se gastaba por la mañana y optó por ir directamente al grano:

–  Ya sabemos quién trató de mataros.

Mía no necesitó que su padre le dijera nada más, lo supo nada más mirarle a los ojos.

–  Ha vuelto a terminar lo que empezó. – Murmuró Mía con la mirada perdida. – ¿Y Pablo? – Preguntó sabiendo también la respuesta. Si Pablo estuviera vivo la hubiera advertido, él siempre la había protegido y su silencio confirmaba lo que ella sospechaba.

–  Pitu, ¿estás bien? – Le preguntó Jorge al ver que su amiga continuaba con la mirada perdida y se había puesto pálida.

–  Sí, estoy bien. – Respondió Mía volviendo en sí. Se volvió hacia su padre y Juan y les preguntó: – ¿Por qué estabais discutiendo?

–  Creo que deberías trasladarte a la base pero Juan insiste en encargarse él personalmente de tu seguridad. – Le contestó Robert molesto a su hija.

–  No pienso trasladarme a la base, papá. – Le dejó claro Mía. Se volvió hacia Juan y le preguntó con un hilo de voz: – Juan, ¿podemos hablar un momento? – Al ver que todos la miraban, aclaró: – A solas.

Juan asintió y ambos salieron de la cocina y se dirigieron a la habitación de Mía. Juan estaba nervioso, temía que Mía le reprochara que discutiese con su padre o que incluso lo echara de allí como si de un perro se tratara, pero logró mantener la compostura. Una vez a solas en la habitación, Mía le dijo:

–  Creo que tenemos una conversación pendiente y no puedo tomar ninguna decisión hasta haber hablado contigo.

–  Mía, antes que digas nada, quiero decirte que conmigo estarás a salvo. – Le dijo Juan tratando de sonar calmado. – Sé que ayer me dejaste claro que no era buena idea, pero estoy dispuesto a mantenerme al margen si así lo quieres, eso sí, con una condición. – Le advirtió. – Si no quieres que yo esté contigo, al menos debes permitir que mis hombres te protejan.

–  No quiero instalarme en la base y tú eres mi único as en la manga. – Le confesó Mía. – Sé que no estoy haciendo las cosas bien e insisto en que no es buena idea y que además te estoy poniendo en peligro a ti y a todos los que te rodean, pero me gustaría quedarme contigo.

–  No sabes lo que me alegra oír eso, Pitu. – Le contestó Juan sonriendo al mismo tiempo que se acercaba a ella y la abrazaba. – Iremos hacia el norte, tengo una casa en un pequeño valle, apartada de la civilización, donde podremos ocultarte hasta que todo esto termine. Solo necesito que me confirmes que estás de acuerdo y yo me ocuparé de todo, incluso de tu padre.

–  Ya me ocupo yo de mi padre, bastantes problemas te he causado ya. – Le contestó Mía y, teniendo tan cerca los labios de Juan, no pudo evitar besarle.

–  Mía… Si sigues así acabarás volviéndome loco. – Le advirtió Juan con la voz ronca.

–  Lo siento. – Se disculpó Mía tímidamente.

–  No quiero que pienses que hago esto porque me sienta culpable ni mucho menos porque busque algo más de ti que no sea protegerte, lo cual no quiere decir que no quiera nada contigo, tan solo pretendo dejarte claro que, pase lo que pase y mientras dure esto, estarás bajo mi protección. – Le dijo Juan. – No puedes salir huyendo cada vez que discutamos, Mía.

–  Estoy de acuerdo en lo de no salir corriendo, pero creo que tienes que aclararme el resto.

–  Si quieres algo más que un protector, serás tú quién tenga que pedírmelo. – Le aclaró Juan. – Tendrás que dar el primer paso porque yo no pienso arriesgarme a que tu cabecita entienda lo que no es.

–  ¿Temes que piense que me estás protegiendo solo para tener sexo conmigo? – Le preguntó Mía llamando a las cosas por su nombre.

–  Eso es, Pitu. – Le confirmó Juan sonriendo. – Y doy por hecho que ya has descartado la posibilidad de que quiera protegerte porque me sienta culpable.

–  Me he comportado como una idiota. – Se lamentó Mía.

–  Yo tampoco me he quedado atrás. – Reconoció Juan. – Empecemos de cero, sin reproches.

–  Gracias por todo, Juan. – Le agradeció Mía.

–  No hay de qué. – Le aseguró Juan abrazándola y estrechándola entre sus brazos. Se había propuesto no ser él quien se acercase a ella, pero le iba a resultar difícil. – Bajemos a desayunar, después recogeremos tus cosas y nos marcharemos.

Mía asintió y juntos regresaron a la cocina. Mía discutió con su padre y, cuando Jorge y Juan trataron de mediar ella les pidió que la dejaran a solas con su padre. De mala gana, Jorge y Juan obedecieron y salieron de la cocina. Una vez a solas con su padre, Mía le dijo:

–  Papá, no me lo pongas más difícil.

–  Pitu, en la base estarás más segura, tan solo pretendo que estés protegida. – Trató de hacerla entender Robert. – ¿Qué hay entre él y tú? Y no me digas que no hay nada porque no me lo creo, tu hermana me ha dicho que fuiste con él a comer a su casa y las niñas le adoran, ayer se pusieron de su parte en vez de ponerse de la mía.

–  Es cierto que hace relativamente poco que conozco a Juan, pero aun así está dispuesto a seguir protegiéndome, pese a haberse demostrado que él no es responsable de lo que ocurrió. – Le dijo Mía con un brillo en los ojos que no pasó desapercibido para Robert. – No me he portado nada bien con él y sin embargo aquí está, dispuesto a encararse contigo y con quién haga falta tan solo por complacerme y sin pedirme nada a cambio.

–  ¿Confías en él? – Quiso saber Robert.

–  Con los ojos cerrados. – Le confirmó Mía.

–  ¿Tengo que empezar a asimilar que puede ser mi yerno? – Trató de hacer sonreír a su hija.

–  Es un poco pronto para eso, pero no lo descarto. – Le confesó Mía sonriendo con complicidad.

–  De acuerdo, pero quiero que me mantengáis informado de todo y, si en algún momento cambias de opinión y no quieres seguir en la casa del lago con Juan, me llamas y lo hablamos. – Le advirtió Robert. – En cuanto a la seguridad, quiero que Jorge vaya contigo, me quedaré más tranquilo y no es negociable.

–  ¿Eso significa que vas a dejar de discutir con Juan?

–  Eso significa que lo voy a intentar. – Le dijo Robert sin prometer nada. Confiaba en el juicio de su hija y había investigado a fondo a Juan Cortés, sabía que era un tipo muy profesional y había podido comprobar en primera persona lo preocupado que se mostraba con su hija. – Por su culpa tu madre, tu hermana y tus sobrinas están enfadadas conmigo.

–  Estoy segura de que si le pides disculpas, Juan lo olvidará sin más.

–  No sé, Pitu. – Le dijo Robert algo avergonzado. – Lo cierto es que está bastante cabreado conmigo, lo único que puedo prometerte es que no empeoraré las cosas.

–  Supongo que puedo conformarme con eso. – Se resignó Mía.

Tras hablar con Mía, Robert le dio instrucciones a Jorge para que formara parte de la seguridad de Mía y le mantuviera informado en todo momento de las novedades, quería que su hija tuviera a alguien que la apoyase en el caso de que cambiara de opinión.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.