Mi corazón en tus manos 19.

Mi corazón en tus manos

Mía se despertó pasadas las diez de la mañana y lo primero que hizo fue comprobar si Juan estaba a su lado, pero el lado derecho de la cama estaba intacto, Juan no había dormido allí. Tras levantarse y darse una ducha, Mía bajó a la cocina a desayunar y allí se encontró con Rosario y Vladimir.

–  Buenos días. – Les saludó Mía por educación.

–  Juan ha tenido que marcharse, pero regresará esta noche. – La informó Rosario.

Mía no dijo nada pero sintió aquellas palabras como puñales en el alma. No entendía por qué Juan se había ido tan repentinamente ni por qué no la había avisado, si no quería que estuviese allí solo tenía que decírselo y ella se marcharía. Y eso fue lo que decidió Mía.

Después de desayunar, subió a la habitación y llamó a su padre para avisarle que regresaba a casa y, tras discutir con él durante un buen rato, acordaron que dos de los hombres de Robert la irían a buscar a casa de Juan y la llevarían a una pequeña cabaña que los Swan poseían en el bosque, donde uno de los hombres de su padre se quedaría con ella para protegerla. Mía pensó en avisar a Juan enviándole un mensaje, pero finalmente decidió no decirle nada, cuanto antes saliera de su vida mejor para todos.

Bajó las escaleras cargando con su maleta y, nada más verla, Rosario, seguida por Vladimir, le preguntó:

–  ¿Vas a alguna parte?

–  Sí, me marcho. – Le respondió Mía con pesar, odiaba las despedidas y Rosario le había dado mucho cariño y comprensión en los últimos días. – Un par de hombres de mi padre vienen a buscarme, de hecho, ya deberían estar aquí.

–  A Juan no le gustará saber que te has ido. – Comentó Rosario.

–  Juan no es responsable de lo que me ocurra. – Le recordó Mía.

Vladimir se retiró sin decir nada, probablemente para llamar a Juan y contarle lo que Mía estaba a punto de hacer.

Mía se despidió de Rosario con un cariñoso abrazo y le prometió que regresaría a verla cuando todo se calmara. Cuando escuchó a Vladimir en el salón hablar por teléfono con Juan, Mía sacó su teléfono móvil del bolso y lo desconectó, no quería arriesgarse a que Juan la llamara y tratara de retenerla ahora que había tomado la decisión de poner tierra de por medio, una decisión que debía haber tomado días atrás antes de que sus sentimientos hacia Juan crecieran como habían crecido.

Los dos agentes del comandante Swan recogieron a Mía y la llevaron a la pequeña cabaña familiar donde se encontró con Jorge Sánchez, el hijo de los vecinos de los padres de Mía, teniente del ejército de tierra y gran amigo de Mía.

–  ¿Mi padre te ha enviado a ti para hacer de niñera? – Le preguntó Mía sorprendida.

–  Nadie mejor que yo para cuidar de ti, Pitu. – Se mofó Jorge.

Ambos amigos se abrazaron y entraron en la cabaña. Los dos hombres que acompañaban a Mía cogieron sus maletas y, tras llevarlas a su habitación, se quedaron custodiando los alrededores de la cabaña. Mía le contó a Jorge todo lo que ocurría y lo que empezaba a sentir por Juan. Le dijo que Juan solo quería protegerla porque se sentía culpable y que ella decidió salir de su casa antes de que todo aquello terminara de destrozarla. Jorge la escuchó y la consoló sin decir nada, sabía que si Mía quería saber su opinión se la hubiera pedido, pero en aquellos momentos tan solo necesitaba un hombro sobre el que llorar y no alguien que le reprochara lo incauta que había sido.

Pasaron el día charlando y después de cenar, Karen llamó a Mía por teléfono:

–  Pitu, ¿estás bien?

–  Sí Karen, estoy en la cabaña del bosque.

–  Lo sé hemos venido a cenar a casa y papá me ha contado que le has llamado y habéis acordado que te traslades a la cabaña con Jorge. – Le dijo Karen. – Lo que no entiendo es por qué no le has dicho nada a Juan. Ha venido mientras estábamos cenando y se ha montado la marimorena. ¡Telita con la mala leche que se trae tu amigo! – Bromeó Karen. – A ese chico le gustas, Pitu. Ha discutido con papá y le ha desafiado hasta que por fin ha logrado averiguar dónde te encuentras. Por eso te llamo, Juan va de camino a la cabaña y está molesto porque te has ido de su casa sin decirle nada, ¿cómo se te ocurre?

–  Es una larga historia, Karen. – Le dijo Mía. – Gracias por avisarme, tengo que colgar.

–  Llámame si necesitas algo, Pitu. – Le dijo Karen antes de colgar.

A Jorge no le hizo falta preguntar, Mía le contó todo lo que necesitaba saber y, tras informarle que Juan estaba en camino, le preguntó:

–  ¿Qué debo hacer? Sabes que siempre me interesa tu opinión como hombre.

–  No conozco personalmente a Juan Cortés, pero por lo que he oído hablar de él sé que no es uno de esos hombres que van detrás de una mujer, de hecho se rumorea que nunca repite más de tres veces con la misma mujer. – Empezó a decir Jorge. – Si te ha ofrecido su casa, se ha enfrentado a tu padre y está viniendo hacia aquí a pesar de ser casi medianoche y que está diluviando, creo que está realmente interesado por ti, si buscara sexo estoy seguro de que lo encontraría más rápido y sin ninguna complicación en cualquier parte. Respecto a que se siente culpable, no puedo saberlo, pero sí sé que en los negocios es un hombre sin escrúpulos, por lo que dudo que se sienta culpable de algo por lo que no sabe si él es el causante y, aunque lo fuera, tampoco sería su culpa que tú fueras en ese momento con él en el coche.

–  ¿Qué me aconsejas? – Le preguntó Mía esperando arrojar un poco de luz a su mente.

–  Habla con él, Mía. – Le aconsejó Jorge. – Hablad claramente de lo que queréis y de las intenciones que tenéis el uno con el otro. Hasta que no habléis no puedes tomar una decisión con seguridad.

Justo en ese momento, uno de los hombres que custodiaba la cabaña le dijo a Jorge:

–  Teniente Sánchez, creo que debería salir un momento.

Jorge salió de la cabaña junto al agente y Mía supo al instante que Juan había llegado. Seguir el consejo de Jorge significa hablar de sentimientos con Juan y no estaba preparada para hacerlo, mucho menos para asimilar un rechazo. Por otra parte, Mía no era de las que huía de los problemas, Mía afrontaba los obstáculos como si de retos de la propia vida se tratara y eso fue lo que decidió hacer.

Jorge regresó a la cabaña seguido de Juan y Vladimir, miró a su amiga y le dijo:

–  Pitu, tienes visita. Estaré en la cocina con Vladimir si nos necesitáis.

Jorge se dirigió a la cocina y Vladimir le siguió, dejando a Mía y Juan a solas. Mía se había quedado paralizada mientras Juan la miraba furioso al mismo tiempo que empezó a reprocharle:

–  ¿Se puede saber por qué te has ido? ¡Y sin decirme nada! – Vociferó Juan. – ¿Tan mal te he tratado para que hayas salido huyendo? ¡Joder Mía! Desde que salimos de casa de tus padres has mantenido las distancias conmigo, pensaba que quizás necesitabas algo de espacio y, cuando te lo doy, ¡sales corriendo!

–  Juan…

–  ¿Y a qué ha venido eso de Pitu? ¿Los agentes de tu padre también te llaman así? – Le interrumpió Juan molesto por la confianza y complicidad entre Jorge y Mía de la que había sido testigo.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? – Atinó a decir Mía.

–  ¿Que qué hago aquí? – Espetó Juan hecho una furia. – ¿A ti qué te parece qué he venido a hacer a medianoche y diluviando? Creo que como mínimo me merezco una explicación.

–  Anoche discutimos, no viniste a la habitación a dormir y cuando me desperté tú no estabas, Rosario me dijo que no regresarías hasta la noche y ni siquiera me avisaste.

–  Sé que anoche me porté como un imbécil y por eso me fui esta mañana, quería darte una sorpresa para hacer las paces contigo, pero he llegado a casa y tú no estabas. – Le espetó Juan frustrado. – Vuelve conmigo a casa, Mía.

–  No es una buena idea, Juan. – Le dijo Mía.

–  Si no quieres venir a casa conmigo me quedaré aquí, pero no pienso dejarte sola ni un solo segundo y me da igual lo que opines. – Sentenció Juan.

–  Es tarde y está diluviando, esta noche la pasaremos aquí y mañana ya hablaremos, ahora estoy agotada y no tengo ganas de discutir con nadie. – Le dijo Mía visiblemente cansada.

–  De acuerdo, hablaremos mañana. – Acordó Juan.

Se reunieron con Jorge y Vladimir en la cocina y Mía le dijo a Jorge que Juan y Vladimir se quedarían a dormir, por lo que prepararon las dos habitaciones que quedaban libres para que Juan y Vladimir se instalaran. Mía se encerró en su habitación y se metió en la cama, estaba demasiado confusa para hablar con Juan y demasiado cansada para discutir con él.

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