Mi corazón en tus manos 12.

Mi corazón en tus manos

Cuando Juan salió de su despacho tras darle las pertinentes órdenes a Vladimir y Rosario, regresó al salón y Mía continuaba hablando por teléfono con su hermana. No quiso interrumpir la conversación que ambas hermanas mantenían, sobretodo porque Mía parecía enfadarse cada vez más con su hermana, pero cuando se percató de la presencia de Juan se apresuró en despedirse de Karen y colgar:

–  Te llamaré esta noche, Karen. Intenta ser buena y no volver loco a Tom. Dale un beso a mis princesas, iré a verlas en cuanto pueda. – Colgó el teléfono y le dijo a Juan: – Perdona, no sabía que ya habías vuelto.

–  No te preocupes. – Le contestó Juan y al ver que ella fruncía el ceño le preguntó: – ¿Va todo bien?

–  Sí.

–  Pues no lo parecía por como hablabas con tu hermana. – Insistió Juan cogiéndola de las manos y atrayéndola al sofá para que se sentara a su lado. – ¿Quieres contármelo?

–  La loca de mi hermana lleva días subiéndose por las paredes porque creía que su marido le era infiel, ya que últimamente llegaba todos los días tarde del trabajo e incluso los fines de semana también le decía que tenía que trabajar. – Le resumió Mía. – Ayer cuando mi cuñado llegó a casa mi hermana se hartó y le preparó las maletas para que se fuera, así que mi cuñado le tuvo que confesar qué era lo que había estado haciendo todo ese tiempo y echó por tierra la sorpresa que él le estaba preparando para su aniversario de bodas. – Suspiró y añadió: – Pobre Tom, ¡no sé cómo aguanta a mi hermana!

–  Y, ¿cuál era la sorpresa? – Quiso saber Juan.

–  Ha comprado una casa a las afueras de la ciudad, una casa que ellos siempre habían querido comprar y que nunca habían tenido dinero suficiente. – Le explicó Mía. – Como tenía que hacer alguna que otra reforma en la casa y no quería invertir más dinero, mi cuñado y uno de sus amigos que tiene una empresa de construcción y reformas le está echando una mano, por eso llegaba tarde todos los días.

–  ¡Menudo carácter el de tu hermana! – Bromeó Juan.

Mía se ahorró el pequeño detalle de que Karen era la más dulce y la que tenía mejor carácter de las dos, su hermana había sacado el carácter tierno y conciliador de su madre mientras que ella había sacado el carácter fuerte y arrasador de su padre.

–  Ven, te enseñaré el apartamento. – Le dijo Juan tirando de ella y se la llevó a la planta superior del ático mientras le iba explicando: – Aquí está la biblioteca, el gimnasio, tres habitaciones de invitados con su respectivo cuarto de baño y mi habitación. – Tras enseñarles las tres habitaciones de invitados, le dijo con una sonrisa en los labios: – Tienes tiempo de pensar en qué habitación quieres instalarte hasta el lunes, ya que el fin de semana dormiremos en mi habitación. – Mía lo miró con las cejas alzadas y antes de que ella pudiera decir nada Juan se apresuró en explicar: – Tienes que estar acompañada las siguientes cuarenta y ocho horas y en mi habitación, además de la cama, hay un sofá en el que podré dormir mientras tú descansas.

–  ¿Y cuándo vas a descansar tú? – Le replicó Mía.

–  Yo descansaré en el sofá y tú en la cama. – Le aclaró Juan. – De momento dejaremos tus cosas en mi habitación y te enseñaré la planta inferior.

Juan le enseñó el salón, donde ya habían estado, el comedor, la cocina, su despacho y dos aseos más y le señaló dos puertas de dos habitaciones que eran las de Vladimir y Rosario que también vivían allí. Mía observó el apartamento detenidamente y se sintió mal por haber llevado a Juan a su casa y que hubiera visto lo diminuta que era comparada con la suya, pero decidió obviar ese tema y se centró en otro.

–  Tienes un apartamento fantástico.

–  Gracias. – Le dijo Juan con una de sus espléndidas sonrisas. – Me alegro de que te guste y espero que te sientas como en tu casa. – Mía le devolvió la sonrisa y Juan añadió: – Ven, quiero presentarte a Rosario.

Juan la llevó hasta a la cocina donde se encontraron con Rosario, una mujer gruesa y risueña que desprendía amor y cariño por todas partes y que a Mía le encantó nada más conocerla.

–  Estáis un poco pálidos, seguro que no habéis estado comiendo bien. Si es que en los hospitales, por muy de lujo que sean, ¡nunca se come bien! – Empezó a decir la mujer al mismo tiempo que sacaba alimentos del frigorífico y utensilios de cocina de los armarios. – Os voy a preparar una buena comida casera que hará que os chupéis los dedos. Dadme una hora y ya veréis.

Mía y Juan salieron riendo de la cocina ante el desparpajo de aquella mujer. Regresaron a la habitación de Juan y allí él se atrevió a preguntar:

–  ¿Qué te parece? ¿Crees que estarás a gusto pasando unos días aquí con nosotros?

–  Sí, creo que estaré muy a gusto. – Confesó Mía sonriendo y añadió juguetona: – Demasiado a gusto, quizás.

–  Nunca es demasiado, preciosa. – Le respondió Juan con la voz ronca.

Aquella mujer le excitaba mucho y le costaba horrores no lanzarse a por ella y capturar su boca con los labios. Ya no podía resistirse más y tampoco quería. La agarró por la cintura atrayéndola hacia a sí y, cuando comprobó que ella no oponía resistencia, se acercó a sus labios lentamente y los besó. La besó despacio y con dulzura mientras la estrechaba entre sus brazos y, cuando pasados unos minutos se separaron, Juan le susurró:

–  Quería besarte desde la primera vez que te vi enfadada en mi despacho.

–  Tú no me has visto enfadada, créeme. – Le contestó Mía bromeando al mismo tiempo que se apartaba de él con la excusa de sacar la ropa de su maleta.

Juan la agarró de las manos y tiró de ella suavemente para colocarla de nuevo frente a él. La miró a los ojos y le dijo:

–  Deja eso un momento, creo que debemos hablar de lo que acabo de hacer…

–  Será mejor que no digas nada. – Le advirtió Mía. Sabía que había sido una acción impulsiva por su parte y también sabía que ese beso no había significado nada para él, todo lo contrario que para ella. – Será mejor que lo olvidemos, no ha pasado nada.

–  No quiero olvidarlo, Mía.

Mía ya había gastado todas sus fuerzas en separarse de él y no podía volver a hacerlo así que, sin pensarlo dos veces, se arrojó a sus brazos y le besó. Le besó con tanta pasión que Juan se sorprendió, pero reaccionó rápidamente y, sujetándola por la cintura, la alzó en sus brazos y le devolvió el beso. Mía estaba segura de lo que quería y necesitaba y en ese momento sabía que Juan se lo brindaría, por lo que no reparó en sutilezas y le quitó la camiseta, dejándole desnudo de cintura para arriba.

–  Desnúdame. – Le susurró Mía a Juan al oído.

Juan obedeció de inmediato. Se sentía totalmente hechizado por aquella mujer rubia de ojos turquesa que brillaban de excitación y que le estaba entregando su cuerpo con total seguridad y decisión. Apenas dos minutos después, ambos estaban completamente desnudos. Juan quería hacer las cosas bien, Mía no era como las chicas con las que él estaba acostumbrado a salir, ella era especial. La cogió en brazos y la llevó hasta a la cama, donde la depositó con cuidado y empezó a besarla por cada recoveco de su piel. Quería hacerle el amor, no se trataba solo de sexo, y lo consiguió. Acarició su piel, jugó con sus pezones mordiéndolos y tirando de ellos, besó sus labios y la excitó todavía más cuando sus dedos se posaron en su pubis. Masajeó su pubis estimulando su clítoris con el pulgar e introdujo su dedo corazón en la vagina de ella al que después acompañaron un segundo y un tercer dedo para prepararla. Juan comprobó que Mía ya estaba bien lubricada y él ya no podía aguantar más, así que se puso un preservativo y la penetró de una sola estocada, provocando el gemido de placer de ambos. La embistió una y otra vez sin dejar de estimular su clítoris con una mano mientras con la otra le acariciaba los pechos y alternaba los besos en los labios por los mordisquitos en los pezones hasta que, sin poder contenerse más, ambos alcanzaron el clímax entre gemidos, caricias y besos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.