Las reglas del juego 7.

Terminé de beber mi copa ensimismada en mis propios pensamientos, sin darme cuenta que mi desconocido me observaba tratando de adivinar en qué estaba pensando. No quería pensar en ello, pero mi mente era una traicionera y me recordaba constantemente las palabras de Tony y Álex. Era obvio que mi desconocido me gustaba y mucho, más de lo que otros hombres me habían gustado y atraído hasta ese mismo momento. Pero, ¿quién podía garantizarme que no acabaría enamorada de él y llorando por los rincones? No obstante, yo ya había tomado mi decisión y no iba a echarme atrás. Viviría aquella extraña y placentera relación hasta el final, fuese cual fuese.

— ¿Quieres contarme qué te mantiene tan preocupada? —Me preguntó interrumpiendo el hilo de mis pensamientos—. Si prefieres que nos sigamos viendo en este hotel o en cualquier otro, no hay problema, solo pensé que te sentirías más cómoda en el apartamento.

—La idea de seguir viéndonos en este hotel en particular no me hace ninguna gracia, no te voy a negar que la recepcionista me cae fatal y el sentimiento es mutuo. Además, vernos en el hotel no es muy discreto y menos cuando has dicho que somos un matrimonio celebrando su aniversario de boda.

—Pero vernos en mi apartamento de joven tampoco te agrada —concluyó.

—No nos hemos dicho nuestros nombres, pero estás dispuesto a ofrecerme tu apartamento para nuestros encuentros. ¿Eres consciente de que puedo averiguar muchas cosas sobre ti tan solo con saber la dirección de una de tus propiedades?

—No tengo ningún problema en decirte mi nombre, eras tú la que puso esa condición la primera noche —me recordó—. Ambos buscamos lo mismo y somos adultos para respetar las condiciones que hemos puesto, pero siempre puedes cambiarlas si no te gustan.

—Dejemos las cosas como están, ya veremos qué ocurre más adelante si todavía queremos seguir viéndonos.

—Entonces, ¿descartamos el apartamento?

—No, pero esta noche ya estamos aquí y no quiero seguir perdiendo el tiempo hablando —le respondí con un tono de voz más que sugerente.

—Nena, eres muy impaciente —apuntó con una sonrisa traviesa en los labios—. De hecho, me sorprende que todavía sigas vestida.

No hizo falta que dijera nada más, me levanté del sofá, me coloqué de pie frente a él y comencé a desnudarme lentamente. Deshice el lazo anudado al cuello que sostenía mi vestido y dejé que resbalara por mi piel hasta caer a mis pies, quedándome vestida tan solo con un diminuto tanga y con los zapatos de tacón de aguja. Mi desconocido me miró de arriba abajo y se removió en el sofá para acomodar la enorme erección que crecía bajo sus pantalones. Me acerqué y me senté a horcajadas sobre su regazo. Sus manos me agarraron por la cintura y me estrechó contra su cuerpo con fuerza, visiblemente excitado.

—Vas a volverme loco —me susurró antes de ponerse en pie cargando conmigo en sus brazos para llevarme hasta a la cama, pero se quedó a medio camino al fijarse en la mesa dónde habíamos cenado.

Le miré tratando de adivinar sus intenciones y supe lo que pretendía cuando dejó que mis pies tocaran el suelo justo al lado de la mesa y me ordenó:

—Colócate junto a la mesa e inclínate hacia a ella agarrándote a ambos lados.

Le obedecí sin rechistar, excitada por lo que fuera que tuviera pensado hacer conmigo. Sentí cómo se colocaba detrás de mí y comenzó a acariciar mi cuello para continuar descendiendo por mi espalda hasta llegar al fino hilo del tanga que llevaba puesto. Estiró de un lado de la cuerda del tanga con la intención de romperlo, pero se detuvo en el último momento y decidió quitármelo tirando de él hasta sacarlo por mis pies. Intenté quitarme los zapatos, pero me lo impidió colocando de nuevo mis manos a los lados de la mesa para que continuara sosteniéndome en la misma postura al mismo tiempo que me susurraba al oído con la voz ronca:

—Déjatelos puestos, te tengo a la altura perfecta.

Apretó su enorme erección contra mi trasero y pude comprobar que tenía razón: la altura con los zapatos era la idónea para penetrarme desde atrás.

Gemí al sentir sus manos acariciando mis pechos y arqueé la espalda para darle un mejor acceso a ellos. Cuando se cansó de jugar con ellos y tras asegurarse que los pezones se habían puesto duros, descendió suavemente con una de sus manos hasta que se perdió entre mis piernas buscando el centro de mi placer para estimularlo.

—Me encanta encontrarte siempre tan mojada, tan preparada para mí —me susurró excitándome todavía más.

Separó mis piernas y me penetró primero con un dedo, después con dos y finalmente con tres dedos, haciéndome gemir y llevándome al borde del orgasmo. Sacó sus dedos de mi interior y se apartó de mí para coger un cojín del sofá que colocó entre mi vientre y la mesa.

—Lo siento nena, pero voy a ser rápido —me advirtió mientras se colocaba el preservativo—. Estoy a punto de correrme y ni siquiera estoy dentro de ti.

Acto seguido, me penetró de una sola estocada. Entró y salió de mí con rápidas y salvajes embestidas al mismo tiempo que acariciaba mis pechos con una mano y estimulaba mi clítoris con la otra hasta que me hizo estallar en mil pedazos y después él se dejó ir.

Ni siquiera dejó que recobrara la respiración, me dio media vuelta y me sentó sobre la mesa, quedándonos frente a frente.

—Aún no he acabado contigo, nena.

—No esperaba menos —le provoqué con una sonrisa traviesa en los labios.

—Si no hubieras estando provocándome durante toda la cena, habría aguantado más —me reprochó con tono severo—. Pero tranquila, hasta ahora no se me ha dado mal dejarte satisfecha, pese a que una docena de orgasmos no sean suficientes para ti.

—Me gusta provocarte, me excita —le confesé y, mientras le desabrochaba los botones de la camisa, añadí—: Me encanta jugar contigo, sabes qué quiero y cómo dármelo sin que tenga que pedírtelo. Eres un amante generoso y me gustaría recompensarte por ello.

Un gruñido gutural salió de la garganta de mi desconocido y un segundo después estaba tumbada sobre la mesa con él sobre mí, besándome apasionadamente y haciéndome vibrar. Le oí abrir el envoltorio de un preservativo y, dos segundos después, me penetró. Un sonoro gemido brotó de mi garganta y él lo ahogó atrapándolo con su boca.

—Córrete nena, sé que estás a punto —me susurró con la voz ronca.

No me hice de rogar y me dejé llevar por los espasmos que recorrieron mi cuerpo. Entonces, él también se permitió alcanzar el orgasmo y se desplomó sobre mí. Ambos nos quedamos así durante unos minutos, tratando de recobrar la respiración. Él todavía seguía vestido, con los pantalones caídos y la camisa desabrochada, pero con la ropa puesta.

Se incorporó y me ayudó a hacer lo mismo para después llevarme al cuarto de baño. Le vi dudar entre la ducha y la bañera, pero finalmente optó por la ducha. Abrió el grifo, se desnudó y, tras comprobar que el agua salía caliente, me invitó a ducharme con él. Esperaba un nuevo asalto en la ducha, pero se limitó a enjabonarme con sensualidad, con una inocencia difícil de creer y supe que estaba jugando conmigo, se estaba vengando y había decidido hacerlo pagándome con la misma moneda. Sonreí para mis adentros ante la idea que se me ocurrió y, sacando a la descarada que tenía dentro, llevé una de mis manos a mi entrepierna y me comencé a masturbar.

—Ni se te ocurra —me ordenó deteniendo mi mano—, no pienso permitir que te masturbes.

Gemí a modo de protesta, pegando mi trasero a su erección para tentarle.

—Si quieres algo, solo tienes que pedírmelo, nena —me aseguró divertido.

—Ya sabes lo que quiero —balbuceó.

—Quiero oírtelo decir.

—Tócame —supliqué.

Una de sus manos se deslizó hacia mis pechos para jugar con mis pezones y la otra se perdió entre mis piernas, buscando y estimulando el centro de mi placer.

— ¿Es esto lo que quieres? —Quiso saber.

—También te quiero dentro —exigí.

—Nena, aunque nada me gustaría más, no tengo preservativos en la ducha —me recordó y añadió penetrándome con los dedos—: Tendrás que conformarte con esto ahora.

Me masturbó hasta que alcancé un nuevo orgasmo y después me besó despacio, casi con auténtica adoración. Me dejé besar y abrazar bajo la ducha de aquella suite de hotel por un desconocido, pero no hubiera deseado estar en ningún otro lugar.

Tras la ducha, me llevó directamente a la cama donde me tumbó y, tras colocarse un preservativo, se hundió en mí. No sé cuánto tiempo estuvimos disfrutando del sexo, pero casi había amanecido cuando caímos rendidos en los brazos de Morfeo. Un par de horas después me desperté al escuchar hablar por teléfono a mi desconocido. Supe en seguida que se trataba de algo importante por su rostro y lo confirmé cuando colgó y me dijo mientras se vestía:

—Tengo que irme, estaré fuera del país unos días y no tendré mucho tiempo disponible, pero llévate el teléfono móvil que he comprado, te llamaré cuando regrese —se acercó para darme un leve beso en los labios y añadió—: Dejaré la habitación pagada hasta mañana, así podrás descansar todo lo que quieras. Y pide que te suban el desayuno a la habitación cuando te levantes, necesitarás reponer energía. Por cierto, puedes masturbarte en mi ausencia pero, si vamos a seguir viéndonos, quiero exclusividad, no quiero compartirte con nadie.

—Ten en cuenta que las condiciones son las mismas para ambos —le recordé.

—Lo tengo muy presente y no es un problema para mí —me aseguró—. La próxima vez que nos veamos estaré dentro de ti sin látex de por medio, quiero sentir como te contraes cuando te corres mientras escucho como gimes dejándote llevar por el placer.

Un pequeño gemido escapó de mi garganta, sus palabras me habían excitado y él lo sabía, su sonrisa traviesa me lo confirmaba. Deslizó una de sus manos bajo la sábana y recorrió mi muslo lentamente hasta llegar al punto donde las piernas se unían. Gemí de nuevo y susurró:

—Eres tan irresistible, debería irme y aquí estoy, muriéndome de ganas de darte placer, de probar tu sabor, de oírte gemir mientras te corres entre mis brazos…

Se calló para oír mis gemidos al alcanzar el clímax y observar cómo mi cuerpo se convulsionaba y se tensaba con cada ola de placer que me sacudía.

—Cuando te masturbes, cierra los ojos e imagina que soy yo quien lo hace —me susurró al oído y, tras besarme de nuevo en los labios, añadió antes de marcharse—: Estaré deseando regresar para seguir complaciéndote, nena.

—Te estaré esperando —me oí decir.

Y sí, le esperaría.

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