Las reglas del juego 6.

Con una copa de vino en la mano y sentada a la mesa frente a mi desconocido, me sentí más cómoda que nunca. Pese a ser dos extraños, podía disfrutar con él de una intimidad que jamás había experimentado antes. La atracción sexual que existía entre nosotros era evidente, incluso se podía palpar en el ambiente, pero el sexo no era lo único que me atraía de él. Sí, se suponía que aquello era un juego y que no duraría eternamente, solo hasta que alguno de los dos se cansara de jugar, pero es inevitable sentir lo que se siente. Como decía mi abuela, el corazón nunca obedece a la razón.

Dejé mis pensamientos a un lado y me centré en mi desconocido. Estaba guapísimo vestido con una camiseta blanca y unos vaqueros desgastados, se había puesto cómodo y no parecía el mismo que vestía caros trajes hechos a medida, pero estaba igual de irresistible.

—Si no dejas de mirarme así, acabarás convirtiéndote en mi comida, nena —me advirtió divertido.

Me ruboricé al imaginar que había adivinado mis pensamientos, ¿tanto se me notaba? Él sonrió igual que lo haría un niño travieso y aquella sonrisa me excitó. En ese mismo momento deduje qué era lo que pretendía: provocarme hasta excitarme de tal manera que le rogara que pasáramos al postre y nos saltásemos la cena, pero no estaba dispuesta a ceder, aunque solo fuera por orgullo. A ese juego también podía jugar yo y él tendría todas las de perder.

Con fingida inocencia, bebí un sorbo de mi copa de vino y me humedecí los labios con toda la sensualidad de la que fui capaz. Aquel simple gesto, hizo que mi desconocido fijara su mirada en mis labios y se removiera en su silla. Desvió su atención de mí para centrarse en la cena, ya preparada en la mesa para dos comensales. Le imité y comencé a comer, llevándome el tenedor a la boca con sensualidad.

—Mm… Esto está delicioso —comenté relamiéndome los labios.

—Es solomillo de ternera con salsa de trufas —me dijo con la voz ronca, clavando sus ojos en mi boca—. Si te gusta, come y deja de provocarme, te estás jugando quedarte sin cena.

Sonreí. Pese a sus palabras de amenaza, su tono era de diversión y excitación, le gustaba que le provocara. No obstante, decidí obedecerle y disfrutar de la cena en su compañía. Quería saber más de él, ese misterio que le envolvía me atraía tanto que le hubiera hecho mil preguntas, pero las preguntas no estaban permitidas.

— ¿Te has quedado con hambre? —Me preguntó divertido mirando mi plato vacío.

—He comido demasiado, pero es que estaba buenísimo —le dije con sinceridad y, provocándole de nuevo, añadí con tono sugerente—: Espero que me hagas quemar todas las calorías que me has hecho comer.

—Nena, no te voy a dejar dormir en toda la noche, te aseguro que quemaremos todo lo que hemos comido y mucho más.

Me dedicó una sonrisa traviesa y se puso en pie. Me tendió la mano para ayudarme a levantarme y me llevó al salón de la suite. Me indicó que me sentara en el amplio y cómodo sofá mientras él llamaba al servicio de habitaciones para que recogiesen los restos de la cena y nos sirvieran un par de copas. Le observé hablar por teléfono y no me sorprendí al escuchar el tono de voz frío y sombrío que utilizó. Me atraía que fuese tan serio y seguro de sí mismo, me atraía el misterio que le envolvía, su forma de mirarme y cómo me hacía explotar de placer. El sexo con él había alcanzado otras dimensiones, no tenía nada qué ver con lo que había sentido en otras ocasiones. Ya no podría conformarme con el sexo que había conocido, no podría conformarme con otra cosa que no fuera lo que él me daba.

—Me encantaría saber qué estás pensando —me susurró al oído, rompiendo el hilo de mis divagaciones mentales.

—Pensaba en el postre, pero supongo que puedo hacer un esfuerzo y esperar hasta después del brindis. Seré una niña buena —bromeé.

— ¿Alguna vez has sido buena? —Me preguntó con sorna.

—Yo siempre soy buena —respondí con voz seductora.

Llamaron a la puerta de la suite y mi desconocido me dijo:

—Déjame que dude de eso —miró hacia a la puerta y añadió alzando la voz—: Adelante.

Un par de camareros del hotel entraron en la habitación y, tras saludar escueta pero educadamente, recogieron los restos de la cena y nos sirvieron un par de copas. Mi desconocido se levantó del sofá y les dio una generosa propina que sacó de su cartera. Un par de minutos más tarde, se sentó de nuevo a mi lado y, entrechocando su copa con la mía, brindó:

—Por una magnífica noche y por nosotros.

Le dediqué una tímida sonrisa antes de beber un sorbo de mi copa. Ese hombre me desconcertaba, a veces tan frío y distante y otras tan detallista, caballero y apasionado. No podía negarlo, me gustaba todo de él.

—Quiero darte algo —anunció escrutándome con la mirada mientras sacaba un par de paquetes envueltos con papel de regalo.

Aquello me molestó. Teníamos un trato con algunas condiciones y ni el dinero ni los regalos formaban parte de ese trato. Yo estaba allí porque quería disfrutar de una noche de sexo con él y no necesitaba que me regalara nada como si fuera una cualquiera. Tenía mi orgullo y mi dignidad, para dejarlo pasar:

—No necesito ni quiero nada, no soy ninguna p…

—Relájate, no intento comprarte, si es eso lo que estás imaginando —me interrumpió antes de que terminara la frase, tratando de calmarme. Cogió uno de los regalos y añadió—: En realidad, es un regalo para los dos. He pensado que, si ambos queremos seguir viéndonos, necesitamos poder comunicarnos y me niego a hacerlo a través de una recepcionista de hotel, prefiero hacerlo personalmente.

—Un par de teléfonos móviles —adiviné.

—Son dos teléfonos móviles, pero solo se pueden llamar y enviar mensajes entre sí. Podremos ponernos en contacto para quedar o para avisar si nos surge algún imprevisto y no podemos presentarnos a la cita acordada.

—Una línea directa para encuentros tórridos —me mofé—. ¿Cuántos teléfonos de éstos tienes?

—Es el primero que utilizo —dijo con indiferencia—. Es lo más adecuado a nuestro trato que he encontrado para mantenernos en contacto pero, si tienes una idea mejor, te escucho.

—No tengo una idea mejor, pero no pienses que voy a estar a tu disposición siempre que quieras, tengo una vida —le advertí.

—Yo también tengo una vida y un trabajo que me obliga a ausentarme a menudo por tiempo indeterminado.

— ¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—No más de tres o cuatro semanas, pero te avisaré antes de marcharme, nuestro trato no nos permite desaparecer sin decir nada —me recordó a modo de advertencia.

—A veces siento que me tratas como si fuera una niña pequeña —protesté.

—A veces siento que te comportas como una adolescente rebelde —replicó.

Touchée. Había dado en el clavo. Ese era mi rol eterno, el de una adolescente rebelde. Me sentí decepcionada conmigo misma, jamás podría quitarme esa etiqueta.

—Nena, deja de morderte el labio, me estás excitando y me gustaría mantener contigo esta conversación siendo capaz de pensar con claridad.

— ¿Quieres poner más condiciones?

—Más o menos —me respondió con una sonrisa traviesa en los labios—. Quiero concretar los lugares de nuestros encuentros. Me gustaría que nos viésemos en un lugar donde ambos nos sintiéramos cómodos.

— ¿Qué tienes pensado exactamente? —Era obvio que ya había pensado en ello y que incluso había tomado una decisión, pese a que todavía no conocía mi opinión sobre el asunto.

—Conservo un pequeño apartamento en el centro de cuando era joven, no es gran cosa, pero tendremos más intimidad allí que en cualquier hotel. Te daré una copia de la llave, podrás entrar y salir de allí cuando quieras.

— ¿Cuántos años tienes? Quizá deba preocuparme que tengas un piso de picadero. Además, no me gustaría encontrarme con otra de tus amantes.

—Hace años que no voy a ese apartamento y jamás lo he utilizado de picadero. Tenía intención de alquilarlo pero no me hace falta el dinero y no me gustaba la idea de que unos desconocidos vivieran en la que había sido mi casa.

—Supongo que puedo darte el beneficio de la duda y tomar una decisión después de haber visto el apartamento.

Mi desconocido sonrió satisfecho, había conseguido lo que quería. Sin embargo, yo estaba bastante inquieta. ¿Hasta qué punto resultaba coherente nuestro trato? Habíamos acordado no dar nombres ni hacer preguntas y, sin embargo, él me estaba ofreciendo las llaves de su apartamento para encontrarnos allí. Tenía mucho en lo que pensar, pero no sería esa noche.

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