Las reglas del juego 5.

Me despertó el incesante sonido del timbre de la puerta seguido por el sonido de mi teléfono móvil. Suspiré con resignación, solo podía tratarse de una persona: mi padre. Adoraba a mi padre, mi madre murió al darme a luz y él se había ocupado de criarme. Nuestra relación era muy buena, pero era inevitable que de vez en cuando discutiéramos, lo normal siendo él un general del ejército y yo una adolescente rebelde. Pero los años habían pasado y yo ya no era la misma, pese a que de vez en cuando seguía discutiendo con mi padre.

Álex y Tony siempre habían opinado que mi rebeldía se debía a lo estricto que era mi padre y el ambiente en el que me había criado. Supongo que crecer en una base militar con estrictas normas y horarios no era lo mejor para una niña con ansias de libertad y de espíritu artístico.

Me desperecé y me levanté de la cama para abrir la puerta. Allí me encontré a mi padre vestido con su uniforme de General del Ejército y mirándome de arriba abajo. Suspiró con resignación, ya me daba por un caso perdido, y me saludó a su manera:

— ¿Puedo pasar o estás demasiado ocupada durmiendo pasado el mediodía?

—Anoche salí a tomar unas copas y me acosté tarde —le dije encogiéndome de hombros. Le di un beso en la mejilla que él aceptó con una sonrisa y le pregunté—: ¿Te apetece un café o prefieres una cerveza?

—No gracias, solo he pasado un momento para verte. Estaré fuera del país unos días y quería que los supieses —me informó frunciendo el ceño.

— ¿Va todo bien?

Conocía demasiado a mi padre para saber que algo iba mal y él me conocía lo suficiente para saber que no podría mentirme.

—Un pequeño contratiempo en una operación, espero que nada grave. Tengo que marcharme, me están esperando en la base —me dijo con pesar. Me abrazó como cuando era niña, me besó en la coronilla y me pidió con cierto tono burlón—: Hazme un favor y no te metas en líos mientras que esté fuera pero, si lo haces, llama al Comandante Sanders, él te sacará de cualquier lío en el que te metas.

—Me halaga tu confianza en mí —me mofé—. Tranquilo, seré una chica buena y no me meteré en líos, o al menos lo intentaré.

—Te quiero, pequeña —se despidió antes de marcharse.

No pude evitar sentirme inquieta tras la marcha de mi padre, siempre me ocurría lo mismo cuando formaba parte de manera activa en una operación. Su oficio era peligroso y, pese a que debería estar acostumbrada, lo cierto era que el miedo a perderle era mucho mayor que mi optimismo.

Preparé algo para comer, limpié el apartamento y me di un relajante baño de espuma antes de regresar al hotel. Entré y, tras comprobar que la recepcionista descarada estaba en el mostrador, me dirigí directamente al ascensor.

—Disculpe, señora —oí que me llamaba. Me detuve y di media vuelta con cara de pocos amigos mientras que ella, con fingida amabilidad, añadió—: Su esposo ha dejado un recado para usted.

¿Mi esposo? ¿Se refería a mi desconocido? ¿Le había dicho él a la recepcionista que yo era su esposa o la muy arpía trataba de provocarme insinuando que era una cualquiera? Esperé unos segundos a que me diera el recado, pero como no dijo nada, bufé con impaciencia:

— ¿Y bien?

—Quiere que le diga que la ama y que la espera en la suite para celebrar su aniversario de bodas —me dijo haciendo un gran esfuerzo por mantener la sonrisa en los labios.

Sonreí complacida. Aquel desconocido se había dado cuenta del descaro de aquella recepcionista y, a pesar de que ni siquiera lo había mencionado, él se había dado cuenta de que no me había gustado y, a su manera, había decidido darle una lección a esa arpía.

Ni siquiera me molesté en dedicarle ni una sola palabra, di media vuelta y entré en el ascensor con una sonrisa de oreja a oreja mientras ella me miraba tratando de ocultar lo rabiosa que se sentía.

La puerta del ascensor se abrió al llegar a la última planta y me dirigí a la suite. Me paré frente a la puerta y respiré profundamente para tranquilizarme antes de entrar. Saber que mi desconocido ya estaba allí me había puesto más nerviosa de lo que ya estaba. Pensé en llamar antes de entrar, pero finalmente decidí abrir con la llave que me había dejado en recepción por la mañana.

Abrí la puerta y entré. Tan solo logré dar dos pasos antes de quedarme paralizada por la sorpresa. Ante mí había una mesa para dos decorada con un par de rosas rojas y un candelabro con tres pequeñas velas que iluminaban tenuemente la estancia.

—Imagino que todo esto es para celebrar nuestro aniversario —le saludé bromeando cuando le vi apoyado en la barra de la cocina y con una media sonrisa en los labios.

—La recepcionista te ha dado mi mensaje, la verdad es que tenía dudas de que lo hiciera, pero supuse que te divertiría oírlo de su boca.

Se acercó a mí lentamente y me humedecí los labios. Ni siquiera me había tocado y ya estaba excitada. Me besó levemente en los labios y me invitó a sentarme a la mesa. Sirvió un par de copas de vino, me ofreció una de ellas y, solo para provocarle, le dije:

—Creía que no bebías cuando tenías asuntos importantes entre manos.

—Puede que no sea nuestro aniversario, pero sí que celebramos algo: nuestro trato —me recordó—. Todo trato debe sellarse con una buena cena y un brindis.

— ¿Solo una buena cena y un brindis? Esperaba algo más —le dije con voz traviesa.

—Nena, si sigues provocándome, tendrás el postre pero te perderás la cena y el brindis —me advirtió con la voz ronca.

Sonreí a modo de respuesta. Deseaba que llegara la hora del postre, pero no quería perderme la magnífica cena que había tenido el detalle de encargar mi desconocido.

—Seré una niña buena —le prometí sacándole la lengua.

Por alguna extraña razón, su seriedad y serenidad me hacían sacar mi lado más infantil y rebelde. Sonreí al pensar en la teoría de Tony y Álex sobre el origen de mi rebeldía, pero la sonrisa se me borró de la cara al reconocer algunos gestos y expresiones de mi padre en mi desconocido. ¿Acaso Tony y Álex tenían razón y mi tipo ideal de hombre era alguien parecido a mi padre? Sacudí la cabeza para borrar aquella idea de la mente, no estaba preparada para asimilar una revelación de esa magnitud y no quería pensar en ello. Por el momento, tan solo quería concentrarme en pasar una nueva noche memorable con mi desconocido.

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