Las reglas del juego 4.

Me quedé desmadejada sobre la cama mientras mi desconocido recorría con sus labios dejando un reguero de besos hasta llegar a mi boca. Me besó levemente en los labios y acarició mi cuello con la yema de los dedos, excitándome de nuevo.

—Aún no he acabado contigo, nena —me susurró al oído.

Desde luego que no había acabado conmigo, hizo que me corriera tres veces más antes de llenarme con su enorme erección y me acompañó al provocarme el cuarto orgasmo. La noche de sexo se alargó hasta el amanecer cuando, agotados por el cansancio, nos dejamos caer sobre la cama. Traté de recordar cuántas veces me había hecho alcanzar el clímax, pero perdí la cuenta después del séptimo.

Cuando nuestras respiraciones se normalizaron, me estrechó contra su cuerpo, me envolvió entre sus brazos y comentó divertido:

—Ha sido una gran noche, nena.

—No ha estado mal —logré decir haciendo un gran esfuerzo para que las palabras salieran de mi garganta.

— ¿No ha estado mal? Si no he contado mal, te has corrido doce veces —me replicó haciéndose el ofendido.

— ¿Has estado contando mis orgasmos? —Le pregunté sorprendida y también avergonzada.

—Sí, los he contado —me confirmó con orgullo y añadió con reproche—: Pero, según parece, doce no son suficientes para satisfacerte. Tendré que esmerarme más la próxima vez.

Me tensé al oír sus palabras, habría una próxima vez. Por ilógico que fuera, quería volver a ver a ese hombre, quería que ese desconocido me hiciera gritar de placer de nuevo.

—La habitación está pagada hasta mediodía, podemos quedarnos a descansar durante unas horas —me dijo acariciando mi cuello con la punta de su nariz. Me besó en la nuca y añadió susurrándome al oído—: Recuerda que me has dado tu palabra de que no saldrás huyendo de nuevo.

—Aunque quisiera, no creo que tuviera fuerzas.

—Entonces, cierra los ojos y duérmete, nena.

No quería dormir, quería seguir despierta y seguir hablando con él, pero el cansancio fue más fuerte que yo y me quedé dormida.

Me desperté al sentir las yemas de los dedos de mi desconocido recorriendo la curvatura de mi espalda desnuda. No abrí los ojos y fingí que seguía dormida, pero él adivinó que estaba despierta y, tras darme un leve beso en el cuello, me susurró al oído:

—Buenos días, nena.

—Mm…

—Me encantaría quedarme aquí contigo el resto del día, pero tengo que ir a trabajar —me dijo con fastidio—. ¿Tienes planes para esta noche?

—Depende, ¿quieres proponerme algún plan? —Le pregunté con curiosidad, abriendo los ojos y prestándole toda mi atención.

—Podré regresar sobre las ocho de la tarde y había pensado en continuar dónde lo dejamos antes de dormirnos.

— ¿Pretendes que me quede aquí todo el día esperándote?

—Puedes quedarte todo el día en la suite si es lo que quieres, pero yo me conformo con encontrarte aquí cuando regrese —me respondió con una sonrisa burlona. Me besó en los labios y añadió—: Pediré en recepción que te dejen una copia de la llave de la suite y, por supuesto, yo me encargo de pagar la cuenta.

—Eso no es justo, la pagamos a medias —protesté, no necesitaba ni quería que ningún hombre me pagara nada.

—Pago yo y no es discutible —sentenció—. Entonces, ¿te veo luego?

—Posiblemente —le dije para provocarle.

—Te recuerdo que nuestro trato no te permite desaparecer sin despedirte —me advirtió con gesto serio.

—Nos veremos luego —le aseguré.

Me dio un último beso en los labios antes de marcharse y sonreí como una idiota cuando la puerta se cerró. Aquel trato con un desconocido era una locura, pero era la locura más tentadora e irresistible que jamás había tenido.

Eran las diez de la mañana cuando entraba en el portal de mi edificio cargada con una bolsa de churros. Subí al ascensor y me detuve en la tercera planta. Llamé al timbre del 3º A y dos segundos después la puerta se abrió.

—Parece que alguien se lo pasó muy bien anoche —dedujo Tony tras mirarme de arriba abajo.

—Entra y cuéntanoslo todo, te estábamos esperando —me dijo Álex agarrándome del brazo y tirando de mí para llevarme a la cocina. Me senté en uno de los taburetes y, mientras Tony servía tres tazas de chocolate y abría la bolsa de los churros, Álex comenzó con el interrogatorio—: Empieza por el principio y no te dejes nada, queremos saber todos los detalles.

Mientras desayunábamos los churros con chocolate, les conté a Tony y Álex todo lo que había pasado desde que me fui del pub con mi desconocido, omitiendo los detalles más suculentos.

—Perdí la cuenta de las veces que me corrí, es un amante generoso y apasionado.

—Y misterioso —apuntó Tony.

—Me preocupa que ni siquiera te haya dicho su nombre —opinó Álex—. Además, que te haya dicho que la sillita rosa del coche es para llevar a su sobrina no significa que sea verdad.

—Pero quiere verla esta misma noche y pretende alargar el trato siempre que ambos estén dispuestos a aceptar las condiciones —señaló Tony.

—Chicos, no pretendo buscar un marido, tan solo quiero divertirme y él sabe muy bien cómo hacerlo —intervine—. Durará lo que tenga que durar, hasta que alguno de los dos se canse o no acepte las condiciones del otro.

—Me parece genial que quieras divertirte, pero me preocupa que la diversión se convierta en llanto si terminas enamorándote de él.

—Eso no va a pasar —les aseguré.

Ambos intercambiaron una mirada cómplice y supe que no me creyeron. Les fulminé con la mirada y abrí la boca para replicarles, pero Tony se me adelantó:

—No es que no te creamos, es que a veces esas cosas pasan. Además, tu desconocido está buenorro, te trata como a una princesa y es de lo mejorcito en la cama, ¿cómo es posible no enamorarse de alguien así?

—Si empiezo a sentir algo por él lo dejaré antes de que vaya a más —insistí rodando los ojos.

Ambos sabían que aquello no era tan fácil de hacer como de decir, pero se abstuvieran de comentar nada. Tras desayunar los churros con chocolate, me despedí de los chicos y subí a mi apartamento para darme una ducha y meterme en la cama, necesitaba dormir.

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