Las reglas del juego 3.

El trayecto en coche hasta el hotel se me hizo eterno pese a que apenas transcurrieron unos pocos minutos. Estaba nerviosa, casi tanto como si fuera mi primera vez. Le miré con disimulo mientras conducía, estaba concentrado en la carretera, con la vista al frente, y me pareció ver una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios. Supuse que, aunque no había desviado la atención de la carretera, sabía que le estaba observando.

—Ya hemos llegado —anunció aparcando el coche en la puerta del hotel.

Dos empleados del hotel nos recibieron y, mientras uno cogía las llaves del coche que mi desconocido le entregaba, el otro me abrió la puerta y me tendió la mano para ayudarme a bajar. Un segundo después, el brazo de mi desconocido rodeaba mi cintura y me guio hacia el interior del hotel.

Bufé al ver a la misma recepcionista de la otra vez, la arpía que le tiraba los tejos a mi desconocido delante de mis narices. Para mi regocijo, mi desconocido le prestó la misma atención que la vez anterior: ninguna. Se acercó al mostrador pegándome a su cuerpo como si pretendiera impedir que me escapara y, con su voz de perdonavidas, le dijo a la arpía de la recepcionista:

—Queremos una habitación para una sola noche.

— ¿La misma suite de la otra noche le parece bien? —Le preguntó ella coqueteando, con pestañeo excesivo incluido.

—Nena, ¿te parece bien la misma suite? —Me preguntó mi desconocido, desconcertándome por completo, ¿acaso importaba? Asentí con un leve gesto de cabeza y añadió—: La misma suite estará bien.

No me cabía la menor duda de la intención de mi desconocido, tan solo pretendía quitarse de encima a la descarada recepcionista que no parecía aceptar un no por respuesta. Mientras yo fulminaba con la mirada a aquella arpía, él pagó con su tarjeta de crédito y cogió la llave de la habitación evitando rozar su mano con la de la recepcionista. Sonreí para mis adentros, mi desconocido solo tenía ojos para mí y había puesto a aquella descarada en su lugar.

En cuanto las puertas del ascensor se cerraron con nosotros dos dentro, la temperatura de mi cuerpo aumentó. Sentí la yema de sus dedos recorriendo mi espalda y la piel se me erizó. Era incapaz de comprender cómo era posible que lograra excitarme tanto solo con una simple caricia. Conseguía derretirme a mí, que me apodaban la reina de hielo.

—Estás preciosa con este vestido, es una lástima que no te vaya a durar mucho puesto.

Gemí. Estaba a punto de correrme allí mismo, solo por una caricia y unas cuantas palabras. Como si fuera capaz de leerme el pensamiento, introdujo una de sus manos entre mis piernas y, presionando y acariciando mi abultado y excitado clítoris, me susurró al oído:

—Córrete para mí, nena.

Otro gemido brotó de mi garganta, esta vez mucho más sonoro. Le miré a través del espejo del ascensor y le vi sonreír divertido. El ascensor se detuvo y su sonrisa traviesa me confirmó que lo había parado él.

—Regálame un orgasmo en el ascensor —me susurró excitado—. Quiero verte en el espejo derritiéndote y gimiendo entre mis brazos.

Aquellas palabras acompañadas por las acertadas caricias que recibía mi clítoris fueron suficientes para hacerme estallar de place. Gemí, grité, me convulsioné y finalmente me derretí entre los brazos de mi desconocido.

Me ayudó a adecentarme y, tras pulsar un botón del panel, el ascensor continuó subiendo hasta la planta de nuestra suite. Él me dedicó una sonrisa maliciosa y yo me ruboricé, pero me estrechó entre sus brazos y aproveché para esconder mi cara en su cuello. Las puertas del ascensor se abrieron y, para mi sorpresa, me cogió en brazos y me llevó a la puerta de la habitación como si fuésemos dos recién casados la noche de bodas.

— ¿Ser un galán de película clásica también forma parte de nuestro trato? —Bromeé dada la situación.

—Acabo de masturbarte y hacer que te corras en el ascensor de un hotel, ¿eso es ser un galán de película clásica? —Preguntó divertido.

—Mm… Esa parte ha sido una escena de película para mayores de trece años.

— ¿Para mayores de trece años? —Repitió enarcando las cejas. Abrió la puerta de nuestra suite y, tras darme una palmadita en el trasero, añadió—: Entra y enséñame cómo sería una escena para mayores de dieciocho años.

— ¿Es que ni siquiera vas a invitarme a una copa? —Le dije solo para provocarlo.

—Por supuesto, ¿dónde están mis modales de galán de película?

Entramos en la suite riéndonos, disfrutando de una complicidad inexplicable ya que apenas nos conocíamos. Me gustaba bromear con él y más aún que siguiera mis bromas con tanta naturalidad.

— ¿Qué te apetece tomar?

— ¿Qué vas a beber tú?

—No suelo beber alcohol y aún menos cuando tengo asuntos importantes entre manos que requieren de toda mi concentración —me respondió recorriendo mi cuerpo con la mirada.

— ¿Una Coca-Cola? —Le propuse.

—La cafeína te ayudará a mantenerte despierta, yo solo te necesito a ti para no dormirme —me contestó divertido—. Ponte cómoda, en seguida te traigo tu Coca-Cola. ¿La quieres con hielo?

—Sí, por favor.

Le observé marcharse hacia el mueble bar y yo me acomodé en el sofá. Pensé en desnudarme y sorprenderle cuando regresara con mi bebida, pero lo descarté cuando un segundo después apareció y se sentó junto a mí en el sofá.

Me entregó la Coca-Cola y, tras beber un largo trago, me preguntó:

— ¿Crees que podemos deshacernos ya de ese vestido?

Le sonreí a modo de respuesta, me puse de pie y, desabrochando el lazo al cuello que sostenía el vestido en su sitio, dejé que se deslizara por mi piel hasta caer a mis pies. Tan solo con un diminuto tanga y mis zapatos de tacón de aguja, di una vuelta sobre mí misma y, sacando a la descarada que llevo dentro, le pregunté:

— ¿Te gusta lo que ves?

—Me encanta, nena.

Un segundo después, sus manos recorrían cada centímetro de mi piel y sus labios dejaban un reguero de besos alrededor de mi cuello.

—Llevas demasiada ropa —susurré mientras comenzaba a desabrochar los botones de su camisa para quitársela y dejarla caer al suelo junto a mi vestido—. Sigues llevando demasiada ropa.

—Más tarde nos ocuparemos de eso, ahora quiero ocuparme de ti —sentenció atrapando mis manos para impedir que continuara desnudándole.

Sin dejar de acariciar mi cuerpo, me llevó a la enorme cama y me tumbó sobre ella. Traté de incorporarme para continuar con mi propósito de desnudarle, pero él me lo impidió de nuevo tumbándose sobre mí y besándome en la boca. Sus labios fueron descendiendo lentamente por mi cuello hasta llegar a mis pechos, donde se entretuvo lamiendo y mordisqueando los pezones hasta ponerlos duros. Continuó bajando, se detuvo en mi ombligo para besarlo y finalmente se hundió entre mis muslos. Me arqueé excitada en cuanto su lengua rozó mi abultado y húmedo clítoris, y gemí cuando me penetró con uno de sus dedos. Siguió masturbándome, penetrándome con sus dedos, lamiendo y atrapando mi clítoris con los dientes, volviéndome loca de placer. Estaba a punto de alcanzar el clímax cuando se paró de repente y gruñí a modo de protesta.

—Lo siento nena, pero antes de dejar que te corras, tengo que poner otra condición —me dijo con una sonrisa traviesa en los labios—. No puedes salir huyendo a hurtadillas mientras duermo, al menos despídete de mí.

—No estás jugando limpio —le reproché.

—Si no estás de acuerdo con mi condición, podemos romper el trato en este mismo momento.

—De acuerdo, no me marcharé sin avisarte —accedí sin pensármelo dos veces, solo quería que terminara lo que había empezado.

Y lo hizo. Hundió su rostro de nuevo entre mis muslos y sentí la calidez de su lengua presionando mi clítoris al mismo tiempo que sus dedos entraban y salían de mi vagina hasta que los espasmos del orgasmo comenzaron a sacudirme, cerré los ojos y me dejé llevar, estallé en mil pedazos en su boca.

 

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