Las reglas del juego 10.

Tras colgar el teléfono, mi desconocido se sentó a mi lado en el sofá y me escrutó con la mirada al darse cuenta del programa que estaba viendo. No dije nada, me hice la sueca y continué prestando atención a la televisión. Él sonrío divertido cuando emitieron un pequeño reportaje sobre los clubs swingers y yo me excité. En el reportaje, una pareja se besaba y se tocaba frente a otra pareja que hacía lo mismo.

En un abrir y cerrar de ojos, me encontré sentada en el sofá con las piernas abiertas, los pies sobre los hombros de mi desconocido y su boca pegada a mi sexo. Gemí excitada al sentir su lengua presionar contra mi clítoris al mismo tiempo que lo acariciaba con los dientes.

Apenas tardé un par de minutos en estallar en mil pedazos mientras él se bebía mi placer y sostenía mis piernas para que no las cerrara e impidiera que siguiera su tarea.

—Imagina que estás en ese club, imagina que estamos rodeados de gente que se excita mirándonos, que desea darte placer como yo lo estoy haciendo ahora —comenzó a decir junto a mi sexo—. Imagina que todos están desnudos, dándose placer junto a nosotros. Imagina que alguien se acerca y te acaricia los pechos, imagina que…

—No quiero imaginar nada más, quiero que me la metas ya —le ordené a punto de correrme.

—Mm… Como desees, caprichosa —aceptó tras acariciar mi clítoris con su lengua una última vez.

Esperaba que me penetrara como acostumbraba, de una sola y rápida estocada, pero en lugar de eso se hundió en mí lentamente, disfrutando del contacto piel con piel y de las vistas desde su posición.

—Oh, nena. Me encanta sentirte así —me dijo extasiado, cerrando los ojos y obligándose a abrirlos para mirarme. Abrió el albornoz para dejar mi cuerpo desnudo al descubierto y, acariciándome desde el cuello hasta la unión de nuestros cuerpos—. Eres preciosa, nena.

No fui capaz de hablar. Estaba en un estado de plenitud y placer que ni siquiera era capaz de pensar, tan solo podía disfrutar de lo que estaba sintiendo.

—Nena, mírame —me susurró clavando su mirada en la mía—. Quiero ver cómo te corres.

Una vez más, sus palabras fueron obedecidas por mi cuerpo de forma instantánea y un enorme orgasmo se apoderó de mí, haciéndome estallar en mil pedazos. Dos embestidas después, mi desconocido se derraba en mi interior y se derrumbaba sobre mí.

Por primera vez, me pareció un hombre vulnerable, con la cabeza apoyada entre mis pechos, abrazándome con los ojos cerrados, y completamente exhausto. No pude evitar acariciar su rostro y él agradeció el gesto jugando con uno de mis pezones.

Estuvimos así hasta que sonó el interfono, el repartidor traía la pizza que mi desconocido había pedido. Dio un respingo y se apresuró en ponerse unos pantalones. Yo también me levanté y, tras recolocarme el albornoz para cubrir mi desnudez, le anuncié:

—Voy al cuarto de baño para asearme.

—Estás en tu casa —me respondió dándome un beso en los labios.

Sonreí como una boba y me dirigí al cuarto de baño casi flotando. Me sentía ridícula por cómo me hacía sentir y por la manera en la que reaccionaba mi cuerpo cuando se trataba de él.

Cuando salí del cuarto de baño, mi desconocido había preparado la mesa y me invitó a sentarme con él. Acepté su invitación y me senté con él. Me ofreció pizza y un refresco, acepté el refresco y rechacé la pizza. Le observé comer y confirmé que efectivamente estaba hambriento. Cuando terminó de comer la pizza, me miró con los ojos brillantes y supe que ya había maquinado algo.

— ¿Qué vas a proponerme? —Le pregunté con curiosidad.

—Nena, me he pasado los últimos días imaginando cómo te masturbas pensando en mí y me encantaría verte —me dijo sin pestañear.

—No.

— ¿No? ¿Por qué no?

—Me da vergüenza —le confesé con un hilo de voz.

—Nena, eso es ridículo —opinó acercándose a mí con una sonrisa traviesa en los labios. Me rodeó la cintura con sus brazos y, tras darme un leve beso en los labios, añadió—: No tienes nada de lo que avergonzarte, eres preciosa nena.

Desanudó mi albornoz y me lo quitó dejándolo caer al suelo. Me estrechó contra su cuerpo y me alzó en brazos para llevarme a la cama, donde me depositó con sumo cuidado. Me quedé tumbada sobre la cama y él se sentó en una banqueta de madera desde donde podía verme con toda perspectiva.

—Vamos nena, enséñame cómo lo hacías —me animó al mismo tiempo que se deshacía de sus pantalones cortos y se quedaba totalmente desnudo frente a mí—. Mira cómo me tienes solo de pensar en lo que vas hacer.

Dirigí mi mirada hacia su entrepierna y sonreí al comprobar que su miembro ya estaba erecto, listo para entrar en acción. Su seguridad me hizo sentir segura, dejé a un lado la vergüenza y busqué a la descarada que llevaba dentro. Comencé a acariciarme los pechos, abrí las piernas para mostrarle mi sexo y le vi relamerse los labios. Deslicé una de mis manos al punto de unión entre mis piernas y comencé a acariciarme bajo la atenta mirada de mi desconocido. Lo hice tal y como lo hacía en la soledad de mi habitación, solo que ya no tenía que imaginármelo, lo tenía delante de mí.

—Vas a matarme —me dijo pasados unos minutos—. Me muero de ganas por entrar en ti, nena.

—Hazlo —le invité a hacerlo alzando las caderas.

Él no lo dudó y se hundió en mí, lenta pero placenteramente. Cubrió todo mi cuerpo con el suyo, besó y acarició cada centímetro de mi piel y me llevó al clímax en numerosas ocasiones. Como siempre, me hizo perder la cuenta de los orgasmos que había tenido.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando nos desplomamos sobre la cama completamente agotados.

—Buenas noches, nena —susurró envolviéndome con sus brazos antes de quedarse dormido.

Dormí plácidamente entre sus brazos hasta que, cuando amaneció, sentí el vacío que dejó su cuerpo al separarse de mí. Gruñí medio dormida a modo de protesta, pero él me besó en los labios y me susurró que volviera a dormirme. Cerré los ojos y me dormí, pero me desperté de nuevo al sentir sus labios sobre los míos. Abrí los ojos y le vi sonreír. Se había duchado y vestido, el aroma perfume inundó mis fosas nasales y ronroneé al reconocer aquella fragancia.

—Nena, tengo que irme —me susurró al oído—. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, te he dejado una copia de las llaves en el cuenco que hay sobre la mesa de la entrada.

—Ni siquiera sé dónde estoy —murmuré excitándome con sus caricias sobre mi hombro.

—Estás en el centro, te he dejado la dirección anotada en un papel junto a las llaves, tenía la esperanza de que regresaras esta noche.

— ¿Esta noche? —Pregunté sorprendida, no me esperaba que quisiera que nos viésemos tan pronto.

—Llevo dos semanas deseando tenerte entre mis brazos, ¿crees que una noche es suficiente?

—Creo que no soy la única insaciable que hay por aquí —bromeé.

—Entonces, ¿vendrás esta noche?

—Sí, pero solo porque tengo la mañana libre, no voy a estar a tu disposición siempre que quieras. Al igual que tú tampoco vas a poder estar siempre que yo lo desee.

—No voy a conformarme con encuentros de dos o tres horas —me advirtió con el ceño fruncido.

—Mm… Me gusta que seas tan exigente —ronroneé.

—Nena, a mí me encanta que seas tan descarada y caprichosa.

—Entonces, quédate un ratito más.

—Me encantaría nena, pero no puedo —susurró con pesar. Hizo una pausa para besarme en los labios y añadió mostrándome su amplia y perfecta sonrisa—: Te llamaré más tarde, ten el móvil encendido y asegúrate de preparar una bolsa con ropa y todo lo que puedas necesitar, quiero que te sientas como en tu casa. O, si lo prefieres, también puedes quedarte en la cama todo el día hasta que regrese, te aseguro que a mí no me importaría.

— ¿Te das cuenta de que le estás abriendo las puertas de tu casa a una completa desconocida que podría ser una psicópata?

— ¿Te das cuenta de que has pasado varias noches con un completo desconocido que podría ser un psicópata? —Me replicó divertido.

—Me va el riesgo, siempre he sido una rebelde —bromeé.

—Sigue durmiendo, pequeña rebelde —se despidió tras besarme una última vez en los labios y añadió antes de marcharse—: No olvides las llaves, nena.

Mi desconocido se marchó y yo me quedé un rato más en la cama, estaba agotada y apenas tardé unos minutos en volver a quedarme dormida. Creo que habían pasado un par de horas cuando alguien me llamó por teléfono y me despertó.

—Hola papá, ¿ya has regresado a la ciudad? —Le saludé nada más descolgar.

—Sí, ya estoy en casa. Había pensado que podríamos comer juntos, ¿te apetece venir a casa o prefieres que vayamos a algún restaurante?

Lo medité durante un segundo. Tenía que pasar por casa, ducharme y cambiarme de ropa, tardaría lo mismo si iba a su casa o a cualquier restaurante.

—Mejor comemos en casa, ¿te veo a las dos?

—De acuerdo, no llegues tarde —me dijo antes de colgar.

Mi padre no era un hombre de muchas palabras, pero le encontré más callado de lo normal, sobre todo después de haber estado fuera más de dos semanas.

Me desperecé, me vestí y, antes de marcharme, hice la cama. El resto del apartamento estaba impecable y no pude evitar sorprenderme al pensar en mi desconocido limpiando a primera hora de la mañana mientras yo dormía plácidamente en la cama.

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