Enamórame 9.

Ruth se puso nerviosa cuando vio a Mike hablando con David, pero los nervios pasaron al histerismo cuando vio que lo guía hasta a dónde se encontraban sus fotografías. Intentó zafarse de los del catering, de los músicos y de su propia ayudante para rescatar a David, a saber qué le estaría diciendo Mike. Pero uno de los accionistas de la galería de arte la interceptó a medio camino y no pudo más que sonreír y atenderle con amabilidad. Cuando por fin pudo librarse de él, buscó a David con la mirada y lo encontró charlando con Mike y su acompañante, la exuberante rubia de su vecina. Se dirigió hacia a ellos y los tres la recibieron con una amplia sonrisa, algo que a Ruth le hizo sospechar. Sin embargo, no dijo nada, no era momento ni lugar para reproches.

—Perdona por dejarte solo tanto tiempo —se disculpó Ruth con David.

—No te preocupes, sé que estás trabajando —le restó importancia él—. Tu amigo Mike me ha hecho compañía, es un tipo bastante peculiar.

—Oh, no. ¿Qué te ha dicho ese sin vergüenza?

—Tranquila, ha sido muy amable conmigo, me cae bien —le dijo riendo—. Estoy deseando ver sus fotografías.

Ruth se tensó, sabía que Mike era capaz de haberle dicho que ella aparecía en tres de esas fotografías, ella misma los había visto frente a las fotografías, aunque estuvieran tapadas por la suave cortina de seda roja. Eliminó aquellos pensamientos de su mente, al fin y al cabo, tarde o temprano David las vería. Se quitó el abrigo y David, como el caballero que era, rápidamente la ayudó y, una vez más, tuvo que hacer un esfuerzo para contener al ser primitivo que llevaba dentro.

—Joder, me vas a matar —le susurró con la voz ronca.

Ruth sonrió, satisfecha con los efectos que su vestido había causado en David. Él no dejaba de mirarla, era imposible resistirse a contemplar lo sexy y seductora que estaba Ruth con ese vestido rojo a juego con su pelo. Su entrepierna dio un brinco bajo sus pantalones al comprobar que el vestido dejaba completamente desnuda su espalda y además tenía un pronunciado y arriesgado escote. Colocó su brazo alrededor de la cintura de ella y la pegó a él con posesión, iba a ser una noche larga.

Los invitados comenzaron a llegar, entre ellos Ana, Nahuel, Eva y Derek. Ruth los saludó a todos con naturalidad, pero sus amigas notaron que estaba nerviosa, la conocían demasiado bien. También saludaron a David, ellas ya conocían la historia y estaban encantadas de que estuviera allí con Ruth. Nahuel y Derek, que no sabían que David hubiese vuelto a la ciudad, le saludaron educadamente, pero con la precaución de estar cruzando un campo de minas. Con esas chicas, uno nunca sabía cómo debía actuar.

Ruth no se separó de David más de lo necesario: cuando dio la bienvenida oficial a los invitados, presentó al autor de la exposición e informó de cómo comprar las fotografías (tan solo debían dirigirse al mostrador de administración, rellenar la documentación y firmarla para hacer efectiva la compra). David le agradeció que estuviera tan pendiente de él en una noche como aquella.

Ruth cogió un par de copas de champagne de la bandeja de uno de los camareros que pasaba por allí y le entregó una a David al mismo tiempo que le preguntaba:

— ¿Te apetece una visita guiada?

—Por supuesto —aceptó él encantado.

Las cortinas de seda roja habían sido retiradas, dejando la belleza y el erotismo de las fotografías al descubierto. Ruth le mostró todas y cada una de las fotografías y dejó las joyas de la corona para el final. David observó las tres fotografías de Ruth mientras ella observaba su reacción y esperaba su opinión.

—Sin duda alguna, son lo mejor de la exposición —aseguró él con la voz ronca.

— ¿Te gustan?

—Pelirroja, me encanta todo lo que tiene que ver contigo —le confesó excitado—. Pero esas fotos me matan, será mejor que deje de mirarlas o terminaré rompiendo mi promesa de ser un buen chico.

Ruth reprimió un gemido de excitación, hacía mucho tiempo que esperaba volver a oír aquella palabra con la que él se refería a ella cuando estaba juguetón. Suspiró con resignación, ahora no podía permitirse pensar en ello. Decidió llevar a David hasta las mesas donde se servían los canapés y comer un poco, le vendría bien para calmar su otro apetito. Mike sonrió al ver cómo su amiga y el médico saboreaban los deliciosos canapés afrodisíacos que él mismo se había encargado de incluir en el menú del catering, había sido un acierto.

El calor se apoderó del cuerpo de Ruth y trató de calmarlo con otra copa de champagne. Mala idea teniendo en cuenta que todavía estaba un poco achispada a causa del vino de la comida con Mike.

El director de la galería de arte y jefe de Ruth, al confirmar el éxito de Ruth, se acercó a ella para felicitarla y, cuando su jefe se quedó mirando al tipo que la rodeaba con posesión por la cintura, se vio obligada a hacer las presentaciones oportunas:

—Pablo, te presento a David Garrido —se volvió hacia a su acompañante y añadió—: David, te presento a Pablo Urrutia, mi jefe.

Ambos hombres se estrecharon la mano con cortesía, pero ninguno de los dos quedó satisfecho con aquella presentación. Su jefe quería saber quién era su acompañante, solo por curiosidad quería saber si Ruth había sentado al fin la cabeza; David se moría de ganas por gritar que Ruth estaba con él, que no eran dos simples amigos y que sería la madre de sus hijos, pero se contuvo.

Ella, cada vez más acalorada por la situación y por el brazo de David que le ardía alrededor de la cintura, decidió excusarse para ir al servicio.

— ¿Estás bien? —Quiso saber David.

—Sí, solo estoy un poco… acalorada —alegó Ruth y añadió antes de dar media vuelta y caminar hacia los aseos—: En seguida regreso.

David la vio alejarse y sus ojos se perdieron en la piel de su espalda desnuda. Sacudió la cabeza, si seguía así le dolerían los testículos más de una semana. Mike, al ver que David se quedaba de nuevo a solas, se acercó a él y le preguntó:

— ¿Qué le pasa a Ruth?

—Ha ido a refrescarse, está acalorada —murmuró David con la voz ronca.

—Me parece que no es la única por aquí que está acalorada, supongo que es el efecto que causa un catering afrodisíaco —comentó Mike mirando a su alrededor y sonriendo al comprobar que todos los invitados se mostraban más cariñosos de lo que hubiera sido normal.

David recordó cómo Ruth devoraba los exquisitos canapés y no tuvo dudas, ella no tenía ni idea de lo que Mike había tramado.

—Ella no lo sabe, ¿verdad?

—No hace falta que me lo agradezcas —le respondió Mike guiñándole un ojo antes de marcharse.

Tras refrescarse la nuca con agua, Ruth salió del baño encontrándose mejor, pero no podía quitarse de la cabeza la imagen de David desnudo sobre ella.

— ¡Joder, parezco una maldita quinceañera llena de feromonas! —Se reprendió mirándose en el espejo.

Tenía que acabar con aquello, tantos días sin sexo y con David tan cerca la estaban matando. Ambos querían lo mismo y tarde o temprano iba a suceder, a Ruth le pareció que cuanto antes pasara mejor, no estaba dispuesta a torturarse más. Cogió otra copa de champagne y se la bebió de un trago, tenía la boca seca y necesitaba infundirse valor. Se despidió de su jefe y se dirigió en busca de David antes de despedirse de Mike y del resto de sus amigos.

— ¿Estás bien?

—Sí, pero estoy cansada y un poco agobiada, ¿te importaría llevarme a casa?

—Eh, claro. Te llevo —afirmó David confuso, no esperaba que la noche terminara así.

Ruth se apresuró en despedirse de todos, que intuyeron rápidamente cuáles eran sus intenciones excepto David, que en aquel momento ya asimilaba que la noche había acabado para él. Ruth se sintió culpable al notar la chispa de decepción en los ojos de David cuando salían de la galería de arte pero se mantuvo fuerte y no se lo puso fácil, pese a que volvía a estar bastante achispada.

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