Enamórame 8.

Ruth miró el reloj y soltó un gritito histérico. Si no se daba prisa, David llegaría antes de que ella hubiera terminado de arreglarse. Rebuscó en las profundidades de su armario hasta que encontró el conjunto de lencería rojo que semanas atrás había comprado para la ocasión. Se vistió y se echó un rápido vistazo en el espejo para asegurarse de que su atuendo al completo estuviera perfecto. Tras confirmar que así era, se echó un poco de perfume en las muñecas, en el cuello y en el canalillo. Solo tenía que calzarse los zapatos, coger el bolso y ponerse la chaqueta cuando su teléfono móvil la avisó que tenía un mensaje. Sonrió, solo podía tratarse de una persona. Sin borrar la sonrisa de sus labios, Ruth leyó el mensaje: “Acabo de llegar y ya estoy impaciente por verte, no me hagas esperar, te lo ruego.” A Ruth le entraron ganas de ser juguetona y contestarle ¿o qué? ¿Subirás a buscarme para darme unos azotes?, pero se contuvo y se limitó a contestar: “No seas impaciente, tendrás toda la noche para verme.” Pulsó la tecla de envío y se arrepintió en ese mismo momento. Su mensaje no había sonado en absoluto como ella había pretendido, lo supo cuando leyó el siguiente mensaje de David mientras bajaba en el ascensor: “Ruth, si no quieres acabar conmigo, te ruego que hagas un esfuerzo en escoger palabras que no tengan un doble sentido, no querrás que me confunda.”

Él tenía la razón, pero la idea de jugar con David la tentaba demasiado. Tenía claro que si no era esa noche sería cualquier otra, pero terminaría en la cama con David. Entonces, ¿qué problema había en divertirse un poco y pasarlo bien? Hacía mucho tiempo que no se sentía así, tan llena de vida y feliz, aunque esto último jamás lo reconocería en voz alta.

Abrió la puerta del edificio para salir a la calle y se encontró frente a David. Estaba guapísimo con su traje negro y su camisa gris oscuro combinada con una corbata negra.

—Estás… preciosa —logró decir David tomándola de la mano.

Se fijó en ella mientras la acompañaba al coche y la ayudaba a acomodarse en el asiento del copiloto. Estaba espectacular, su piel resplandecía, sus ojos brillaban y en sus labios se dibujaba una sonrisa traviesa a la que su cuerpo reaccionó de forma natural. Agradeció en silencio que llevara puesta la chaqueta y no dejara ver la parte superior de su vestido rojo, pues no creía tener suficiente voluntad para contenerse y le habría hecho el amor allí mismo. De camino a la galería, David intuyó que Ruth estaba más animada de lo normal, jugueteaba con un mechón de pelo que salía estratégicamente de su moño, cambió la emisora de radio hasta que encontró una canción que le gustó y comenzó a bailar sin darse cuenta. David tuvo que recolocarse el pantalón en la zona de su entrepierna.

—No me has dicho sobre qué va la exposición —comentó por sacar un tema de conversación que le distrajera de la tentación que estaba sentada a su lado.

—Oh, se trata de una exposición de fotografía erótica —murmuró ella ruborizándose—. ¿No te lo había comentado antes?

La madre que la parió, pensó David.

—Pues no, no me lo habías comentado —respondió apretando los dientes.

Ruth, que todavía seguía achispada por las copas de más que había tomado comiendo con Mike, le aseguró que Mike era el mejor fotógrafo que había conocido, que captaba la esencia de cada persona, su belleza y su lado más pícaro y salvaje.

—Estás muy animada —tanteó David, tratando de adivinar qué diablos le pasaba a la pelirroja para que estuviera tan sonriente y desinhibida, aunque el cambio le gustaba.

—Eso es culpa de Mike, me invitó a comer y ya sabes, al final una cosa llevó a la otra y terminamos… ¡El semáforo! —Gritó Ruth cuando él se saltó un semáforo.

— ¡Joder! —Bramó David.

Dio un volantazo y esquivó los coches que venían por la izquierda y la derecha. Masculló algo entre dientes que Ruth no fue capaz de entender. Se quedaron en silencio los cinco minutos que tardaron en llegar a la galería de arte, David concentrado en conducir para llegar ilesos y Ruth pensaba en lo guapo que estaba su médico.

David la ayudó a bajar del coche cuando llegaron, pero ella dio un traspié y él tuvo que sostenerla agarrándola con fuerza y pegándola a su cuerpo.

—Joder —masculló David.

—Lo siento —se disculpó Ruth poniendo morritos.

David no pudo más que sonreír al ver esa carita de ángel, aunque comenzaba a sospechar que se había tomado un par de copas y estaba achispada.

—Ruth, ¿has bebido?

—Un poquito mientras comía con Mike, ya te lo he dicho.

David suspiró, solo a aquella loca se le ocurría beber justo antes de la inauguración de la exposición que había organizado. Pero no pudo reprochárselo, estaba encantado de disfrutar de la Ruth que recordaba.

—Está bien, te lo perdono solo porque estás muy graciosa —se mofó él.

Entraron en la galería y todas las miradas de los allí presentes se centraron en ellos. Ruth saludó a sus compañeros de trabajo y les presentó a su acompañante como “un viejo amigo”, algo que a David no le hizo ninguna gracia pero tampoco protestó. Mike se acercó con una rubia del brazo y Ruth intuyó que se trataba de su vecina, la mujer por la que se estaba volviendo loco según sus propias palabras.

—Ruth, ¿qué tal estás? —Le preguntó Mike burlonamente.

—Te odio, por tu culpa estoy hecha un harapo y sigo afectada por tu dichoso vino.

—Veo que sigues de un humor de perros —bufó Mike. Se volvió hacia David y añadió antes de largarse con su acompañante—: Quizás tú puedas hacer algo con esa fiera.

— ¡Mike!

Pero Mike no le hizo ni caso, se marchó riéndose divertido y dejando a su amiga hecha una furia.

—Imagino que ese es tu amigo Mike —murmuró David sin disimular lo molesto que se sentía.

—Sí, perdona, ni siquiera te lo he presentado.

—Bueno, estabais muy concentrados hablando de vuestra cita de este mediodía.

— ¿Cita? ¿Con Mike? —Ruth se echó a reír como si fuera la tontería más grande que hubiese escuchado jamás—. ¿Acaso estás celoso de él?

— ¿Debería?

—Pues no, no deberías estar celoso de Mike.

— ¿Por qué no? Os entendéis con una simple mirada, es evidente que tenéis una gran confianza y no puedo negar que le envidio por ello.

—Mike y yo solo somos amigos, nunca hemos… En fin, ya me entiendes.

Una chica se acercó a Ruth y le hizo algunas preguntas, tenía algunas dudas sobre pequeños detalles de la organización y Ruth se disculpó antes de irse con la chica y supervisar que todo estuviera en orden. David aprovechó que estaba a solas para dar una vuelta por la sala, pero no pudo ver ninguna fotografía, todas estaban tapadas con una cortinilla de seda roja.

—Supongo que tú debes ser el médico, ¿no? —Le preguntó Mike a su espalda—. Yo soy Mike, un buen amigo de Ruth.

—Sí, eso he oído.

—No creas todo lo que dice, últimamente está de un humor de perros y no suelta nada coherente por esa boquita que tiene —bromeó Mike imaginando la tortura por la que su amiga estaría haciendo pasar a aquel pobre hombre—. Ven, quiero enseñarte algo que te gustará.

David le siguió, no tenía nada mejor que hacer y sentía curiosidad por lo que Mike quería mostrar. Además, con un poco de suerte incluso podría sacarle alguna información sobre Ruth que le fuera de utilidad.

Mike paró frente a las tres fotografías sorpresa de la exposición y, con una sonrisa maliciosa en los labios, añadió:

—Imaginaba que querrías ser el primero en verlas.

— ¡Joder! —Exclamó David excitado al ver las fotos de Ruth—. ¿Sabe ella que…?

—Por supuesto, aprecio demasiado mi vida como para hacer algo así y no decírselo —le respondió Mike con una sonrisa maliciosa en los labios—. Lo cierto es que reaccionó bastante mejor de lo que esperaba, aunque le traumatiza que un viejo verde compre sus fotografías para masturbarse como un poseso mientras la mira.

—Te compro las tres fotografías, pero no le digas nada a Ruth —decidió David en un arrebato, de ninguna manera iba a consentir que esas fotografías de la pelirroja fueran a parar a otro lugar que no fuera su casa.

—Creo que antes deberías mirar el precio, son la joya de la exposición —le advirtió Mike.

—El dinero no es un problema, me llevo las tres —sentenció—. Asegúrate de que todo el mundo sepa que están vendidas y que Ruth no tenga ni idea de que yo soy el comprador.

— ¿Sabes? A Ruth le hacía falta un tipo como tú en su vida, me caes bien doctor y, a partir de ahora, tienes un aliado en mí.

—Me alegra oírte decir eso —le confesó David satisfecho.

Desde luego, aquella conversación con Mike había resultado mucho más beneficiosa de lo que esperaba. Había confirmado que entre Mike y Ruth no había más que una buena amistad y, lo que es mejor, había encontrado un aliado que estaba dispuesto a echarle una mano para enamorar a Ruth.

David se quedó un rato más con Mike, escuchándole hablar de la exposición, de lo eficaz que había sido Ruth en la organización de la inauguración e incluso le dio un consejo:

—Ruth necesita tiempo, no ha llevado bien tu ausencia y ahora tiene que asimilar que estás aquí para quedarte. Dale un poco de espacio, hasta ahora lo estás haciendo muy bien, Ruth ya no se pone pálida cuando le pregunto por ti.

— ¿Te habla de mí?

—Es mi mejor amiga, me lo cuenta todo —le aseguró alzando una ceja divertido—. Y, créeme si te digo que, aunque a veces pueda parecerlo, Ruth no es ninguna bruja, tiene su corazoncito oculto bajo toda esa coraza.

David lo quería saber todo de Ruth y continuó haciéndole a Mike muchas preguntas que él le respondió encantado. Mike estaba cansado de ver a su amiga Ruth fingiendo que era feliz, odiaba ver cómo ocultaba lo que sentía por David pero, ahora que él había vuelto, no estaba dispuesto a ver cómo ella echaba a perder aquella oportunidad. Además, David parecía un buen tipo y le caía bien, se sentía obligado a echarle una mano ya que su amiga seguro que no se lo estaba poniendo fácil.

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