Enamórame 6.

Ruth apenas pegó ojo en toda la noche. Se reprendió una y mil veces por mostrarse tan antipática con David. Hasta el momento, él había sido consecuente con sus palabras. Pensó en un modo de compensarle sin aparentar ponérselo fácil, pero no lo encontró.

El jueves seguía sin tener noticias de David y Ruth estaba insoportable, solo ella tenía la culpa. Él le había dicho que se tomara su tiempo para pensar y que la llamaría el viernes, pero Ruth también podía llamarle y no lo hizo por orgullo. No, de ninguna manera voy a llamarle. Si quiere algo, que llame él, pensaba Ruth.

—Sigues sin saber nada de él, ¿verdad? —Preguntó Mike tras entrar en su despacho y echarle una rápida ojeada a su amiga—. Y, por supuesto, no piensas rebajarte y llamarle —añadió con sorna—. No hay quién te entienda, si ese tío te gusta, ve a por él como haces siempre.

—El problema que ese tío no solo me gusta, sino que también es el tío que me convirtió en la mujer que soy hoy.

— ¿Desde cuándo no follas?

Ruth lo pensó durante unos segundos, no había salido con ningún hombre desde que vio a David en el hospital y de eso hacía más de una semana, todo un récord.

—Desde hace unos diez días, más o menos —le confesó Ruth.

—Interesante —comentó Mike acomodándose en la silla frente a ella—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste tanto tiempo sin follar?

—Ni siquiera lo recuerdo, probablemente desde la universidad.

—He podido comprobar en mis propias carnes lo agresiva que te pones cuando pasas más de cinco días sin sexo, ahora que llevas diez, ¿crees que estás a punto de arder por combustión espontánea?

Ruth arrugó el papel en el que estaba escribiendo y se lo lanzó a Mike por burlarse de ella.

—No entiendo a qué viene tanto remilgo cuando ya te lo has tirado —opinó Mike.

—Tengo miedo de que vuelva a hacerme daño.

—Cielo, me temo que ya es demasiado tarde —concluyó Mike—. Mira cómo estás, al menos si te acuestas con él le darás una alegría al cuerpo.

No dijo nada, Mike tenía razón. Pero no pensaba ponérselo tan fácil a David, él la había apartado de su vida y no tenía ningún derecho a regresar y tambalear su mundo. Aunque tampoco podía engañarse y fingir que lo quería fuera de su vida.

—Haz lo que tengas que hacer, pero no vengas a mi exposición con esa cara de amargada o todo el mundo pensará que estás mal follada —se despidió Mike tras darle un beso en la mejilla.

Mike le gustaba, con él podía hablar de todo lo que hablaba con sus amigas y obtenía una visión más masculina del asunto. La confianza era mutua, por eso Ruth ya no se sorprendía cuando Mike le hablaba como si fuera uno de sus amigos.

Terminó de repasar los últimos preparativos para la exposición del sábado y, cuando lo tuvo todo bajo control, decidió tomarse la tarde libre y también el viernes. El sábado por la mañana regresaría para supervisar que todo estuviera en su lugar antes de la celebración, pero ahora se merecía un descanso.

Salió de su despacho y entró en el ascensor, por suerte no tendría que bajar al vestíbulo manteniendo una conversación banal con algún visitante o, peor aún, con algún accionista. Comprobó la hora en su reloj de pulsera, quedaba una hora para que dieran las dos de la tarde, pero no le daba tiempo a ir a casa a cambiarse de ropa. Se miró en el espejo, tampoco iba tan mal. Sencilla e informal, con una camisa blanca entallada con los primeros botones desabrochados que dejaban ver el canalillo de sus pechos, unos vaqueros pitillo que marcaba su trasero respingón y unos zapatos letizios de color negro. Se soltó la pinza que recogía su cabello en un moño poco elaborado y dejó su larga y roja melena suelta.

—Ya que no soy capaz de contener mis ganas de estar con él, espero que al menos él sienta lo mismo cuando me vea —pensó en voz alta antes de que las puertas del ascensor se abrieran.

Llegó al hospital treinta minutos después. Ni siquiera se lo pensó antes de entrar para no arrepentirse, subió al ascensor y se dirigió a la planta de traumatología. Se topó con una enfermera y le preguntó por el doctor David Garrido.

—Creo que ya ha hecho la última ronda y está en su despacho, al final del pasillo gire a la izquierda, es la segunda puerta a la derecha —le respondió amablemente.

Ruth siguió las indicaciones de la enfermera y encontró rápidamente el despacho de David. La puerta estaba cerrada y llamó con suavidad por si estaba reunido con alguien.

—Adelante —le oyó decir al otro lado de la puerta.

Respiró profundamente, abrió la puerta y entró. David estaba guapísimo con su traje de color gris marengo y esa bata blanca que le daba un aspecto tan profesional. Parecía cansado, tenía las ojeras marcadas y barba de tres días, pero a ella le pareció el hombre más atractivo del mundo. Estaba tan concentrado leyendo un informe que ni siquiera reparó en su presencia hasta que le saludó:

—Hola.

Levantó la mirada y la miró sorprendido. Frunció el ceño y sus ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo, como si buscara algo.

— ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?

Ruth no comprendió a qué se refería, se miró y comprobó que su ropa estuviera bien, todo estaba en su sitio y tampoco había ninguna mancha.

— ¿Qué me pasa?

— ¿Por qué estás en el hospital? ¿Te ha pasado algo? —Preguntó poniéndose en pie preocupado, buscando alguna señal de enfermedad o lesión en el cuerpo de Ruth.

—Estoy bien, he venido al hospital para verte a ti —le aclaró con un hilo de voz, sintiéndose ridícula—. Lo siento, debí llamarte para preguntar si…

— ¿Has venido a verme? —La interrumpió para asegurarse de lo que acababa de oír, aunque en sus labios ya se dibujaba una amplia sonrisa—. Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

—Supongo que te debo una disculpa, no he sido miss simpatía precisamente —empezó a decir armándose de valor—. He sido un poco bruja y había pensado en compensártelo invitándote a comer, si es que no tienes planes…

—Para ti siempre estoy disponible —confirmó él antes de que terminara la frase.

Diez minutos más tarde, ambos salían del hospital. Ruth le llevó a un restaurante íntimo del que Mike le había hablado maravillas. Según él, era perfecto para ir allí con una de las mujeres casadas con las que se divertía. A David no le pasó inadvertida la intimidad que se respiraba en el ambiente, pero decidió no comentar nada para no molestarla, no pensaba arriesgarse a romper la tregua que acababan de firmar.

Mientras comían, Ruth se mostró relajada, hablaba con naturalidad y se reía de las anécdotas que David le contaba. Y él la miraba completamente hechizado, estar con ella era como estar en el paraíso.

Eran más de las cinco de la tarde cuando salieron del restaurante. Ambos tenían el coche aparcado frente a la puerta del local y sabían que la despedida iba a ser inminente.

—Gracias por ir a buscarme al hospital, ha sido lo mejor que me ha pasado desde hace mucho tiempo —le confesó David.

—Me parece, doctor Garrido, que debería trabajar menos y salir más —comentó divertida, por un momento su antiguo yo había vuelto.

—Apenas conozco a nadie en la ciudad, pero una chica preciosa me ha invitado a una exposición el sábado y no pienso desaprovechar esa oportunidad para divertirme.

—Tienes suerte, una chica preciosa y además con cultura —bromeó Ruth.

—Lo sé, por eso no pienso dejarla escapar.

Se miraron a los ojos durante unos segundos y David estuvo a punto de besarla en los labios, pero finalmente decidió hacerlo en la mejilla. Había hecho una promesa y tenía que cumplirla, perder a Ruth era un riesgo que no pensaba correr. Tras ese leve pero intenso beso en la mejilla, se despidieron y cada uno se montó en su coche. Él regresaba al hotel donde se alojaba, ella a su apartamento; ambos pensando el uno en el otro.

2 pensamientos en “Enamórame 6.

  1. Que tontos somos los humanos, no disfrutamos del acontecer diario, no solo en este plano, en muchos.
    Besos Rackel y magia para tu noche de reyes.

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