Enamórame 3.

Ruth salió de casa de Ana y pasó por casa con la intención de cambiarse de ropa para ir al gimnasio, pero sus planes cambiaron cuando recibió la llamada de David. Se quedó mirando la pantalla de su teléfono móvil mientras decidía si responder o no.

Respiró profundamente y, finalmente, respondió la llamada.

— ¿Sí? —Preguntó fingiendo que no sabía quién la llamaba.

—Ruth… —Arrostró cada una de las letras del nombre de ella—. Creía que no responderías, ¿leíste mi mensaje?

Escuchar a David pronunciar su nombre después de tanto tiempo causó estragos en Ruth, había soñado cada noche con aquella voz.

—Sí, lo he leído a mediodía y, si te soy sincera, todavía estaba pensando si debía o no contestarte.

— ¿No quieres hablar conmigo? —Preguntó David con un ligero tono de decepción que no pasó inadvertido para Ruth.

—No creo que sea buena idea, David.

—Pues yo creo todo lo contrario —la contradijo—. Solo quiero verte, ponernos al día mientras cenamos como dos amigos, no hay nada de malo en eso, ¿qué me dices?

—Sigo pensando que no es buena idea y tengo mucho trabajo, estoy muy liada.

—Está bien, estás muy liada para salir a cenar —se resignó David, pero acto seguido volvió a insistir—: ¿Qué me dices de un café?

—David…

—Por favor, Ruth —la interrumpió antes de que acabara la frase—. Solo te pido unos minutos para tomar un café y, si después no quieres volver a saber nada de mí, te prometo que desapareceré de tu vida y no te molestaré más.

Ruth trató de negarse pero, ante la insistencia de David, no fue capaz de reunir la fuerza de voluntad necesaria para rechazar aquella inocente invitación.

—De acuerdo, un café —aceptó finalmente.

—Genial, ¿qué te parece ahora?

—Vaya, veo que estás impaciente…

—No te veo desde hace dos años, ocho meses y cuatro días, ya he esperado suficiente —le respondió con la voz ronca—. ¿Quieres que pase a recogerte?

—Mejor quedamos en la cafetería de la plaza Mayor, estaré allí en una hora —concluyo Ruth y añadió antes de colgar—: No llegues tarde porque no te esperaré.

Ruth se dejó caer en el sofá y suspiró. Sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo, pero no le importó porque, por mucho que le costara reconocerlo, deseaba verle tanto como él a ella.

Se dirigió a su habitación, se retocó el maquillaje y meditó frente al espejo si debía o no cambiarse de ropa. Finalmente decidió ir con lo que llevaba puesto: un sencillo vestido primaveral con estampado de flores, una chaqueta blanca de hilo y unas sandalias con tacón de cuña. Elegante pero informal, así se sintió Ruth antes de salir de casa.

Sin embargo, en cuanto llegó al centro y se bajó del coche, la inseguridad y el miedo se apoderaron de ella. Las piernas le temblaban y sintió un deseo estúpido de salir corriendo y huir de allí.

—No debería haber venido, debí quedarme en casa —murmuró para sí misma mientras caminaba hacia la cafetería de la plaza Mayor—. Esto es una locura.

Le faltaban unos metros para llegar a la cafetería cuando lo vio. Estaba apoyado en la fachada de ladrillo, con una caña de cerveza en una mano y el teléfono móvil en la otra. A Ruth le pareció el hombre más guapo del mundo y suspiró al recordar que había sido suyo, aunque solo fuera por unas semanas.

David levantó la vista de la pantalla de su teléfono móvil y entonces la vio. Ruth estaba nerviosa, la sonrisa perfecta que él recordaba se había esfumado de su hermoso rostro y se entristeció al adivinar que probablemente él fuera la causa.

—Hola —logró decir Ruth cuando llegó hasta a él.

—Hola, me alegro de que hayas venido —la saludó David plantándole un par de besos en la mejilla.

Colocó su mano sobre la espalda de ella y la guió hacia el interior de la cafetería. A Ruth le temblaban las piernas, temía dar un traspié y caerse de morros al suelo, pero suspiró aliviada cuando se sentaron en una de las mesas.

—Ha pasado mucho tiempo —comenzó a decir David para romper el hielo—. Si te soy sincero, esperaba que no vinieras.

— ¿Qué quieres de mí?

Ruth estaba a la defensiva y no hizo nada por disimularlo. Se sentía como una niña tonta corriendo detrás de él cuando ni siquiera se había molestado en saber de ella en todo ese tiempo.

—Solo quería verte y saber de ti. Acabo de regresar a la ciudad y, esta vez, vengo para quedarme. He conseguido una plaza en el hospital y estoy buscando casa —le respondió David tras meditar su respuesta durante unos segundos. El camarero se acercó para tomarles nota y David le dijo—: Un café solo sin azúcar y un cortado con la leche natural y sacarina.

Ruth sonrió para sus adentros al comprobar que David todavía recordaba cómo le gustaba tomar el café.

—Ha pasado mucho tiempo, David —comentó Ruth cuando el camarero se marchó—. Yo ya no soy la misma chica que conociste aquel verano, mi situación ahora es distinta y, si te soy sincera, no creo que este encuentro sea buena idea para ninguno de los dos.

—Por lo que a mí respecta, solo somos dos viejos amigos tomando café, no creo que haya nada malo en eso.

Ruth se mordió la lengua. Para ella no era un simple encuentro entre dos viejos amigos, a Ruth se le aceleraba el corazón cuando le veía, las piernas le temblaban y apenas era capaz de hablar con normalidad.

—No pretendo retomar nuestra relación donde la dejamos —continuó hablando David al ver que Ruth se quedaba callada—, piensa en mí como en un viejo amigo con el que quedas para charlar y poneros al día. Cuéntame cómo te ha ido durante este tiempo, ¿conseguiste un buen trabajo?

A Ruth no le parecía tan fácil tratarle como a un viejo amigo porque no lo era. Había sido su amante, su aventura de verano y puede que el amor de su vida, pero nunca un viejo amigo. A pesar de ello, hizo de tripas corazón y lo intentó, aunque para ello tuviera que sacar su lado más frío y distante:

—No me puedo quejar. Encontré un trabajo de relaciones públicas en la galería de arte de la ciudad y estoy encantada.

—Eso es genial, me alegro mucho por ti —le respondió David contento de que por fin comenzara a hablarle de ella, se moría de ganas por saberlo todo—. ¿Qué hay de Ana y Eva, sigues viéndolas?

—Claro que sigo viéndolas, aunque menos que antes —atinó a contestar—. Ana se casó con Nahuel y hace unos días tuvieron un precioso bebé, Eva se ha prometido con Derek y se casarán en otoño.

—Y tú, ¿has encontrado a alguien con quien compartir tu vida y formar una familia?

—Estoy en ello, pero me lo tomo con calma —respondió Ruth sin aclararle si estaba con alguien o no—. Me gustan los niños, pero todavía soy joven y aún no me planteo ser madre.

Aquellas palabras fueron un duro golpe para David. Imaginarse a Ruth en los brazos de otro hombre era su peor pesadilla, la quería solo para él y estaba dispuesto a todo por enamorarla de nuevo.

El camarero regresó con los dos cafés y, cuando se marchó, David comenzó a hablar de nuevo:

—Yo tampoco me planteo ser padre todavía, pero me encantaría serlo en un futuro no muy lejano. Por el momento, estoy centrado en mi trabajo.

— ¿Cómo llevas tus primeros días en la ciudad? —Se animó a preguntar Ruth, quién también quería saberlo todo de él pero se esforzaba en disimularlo.

—Tan solo he visto mi habitación de hotel, el hospital y esta cafetería desde que he llegado, ni siquiera he tenido tiempo de deshacer mi equipaje —le confesó David y añadió bromeando—: Aceptar la plaza en el hospital requería una incorporación inmediata, así que ahora mismo vivo en medio del caos. La próxima semana tendré un par de días libres, quizás puedas aconsejarme algún lugar que visitar o incluso acompañarme, si no tienes planes.

—David…

—Solo somos dos viejos amigos que quedan para salir por la ciudad —la interrumpió David antes de que ella le pusiera alguna excusa—. El sábado de la próxima semana, te invito a cenar.

—No puedo, ya tengo planes —le respondió Ruth recordando que aquel día se inauguraba la exposición de Mike en la galería.

— ¿Y el viernes?

—No dejarás de insistir hasta que lo consigas, ¿verdad?

—Ya me conoces, hay cosas que nunca cambian —bromeó David—. Dime que sí y dejaré de insistir.

—El próximo sábado se celebra la inauguración de una exposición en la galería, si quieres pásate por allí y también verás a las chicas.

— ¿A qué hora paso a buscarte para ir a la exposición? —Ruth abrió la boca pero antes de que pudiera hablar, David añadió—: No me niegues eso también, solo quiero acompañarte.

—Está bien, el viernes te enviaré un mensaje con mi dirección —concluyó Ruth terminándose su taza de café—. Tengo que irme —añadió poniéndose en pie tras mirar su reloj de pulsera.

—Gracias por haber venido, me ha gustado volver a verte —se despidió David—. Seguimos en contacto y nos vemos el próximo sábado.

David le dio un leve beso en la mejilla que casi rozaba la comisura de sus labios y Ruth se quedó con ganas de más, de mucho más. Pero se mantuvo firme en su decisión de no volver a sufrir por amor y, haciendo un gran esfuerzo, dio media vuelta y se marchó.

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