Enamórame 16.

A la mañana siguiente Ruth se levantó de un salto al comprobar que eran más de las diez y seguían en la cama. Avergonzada porque sus anfitriones pensaran que era una marmota perezosa, trató de despertar a David para que se levantara. Él se despertó mientras Ruth le zarandeaba y vio el pánico en sus ojos.

—Cariño, ¿qué te pasa? —Le preguntó preocupado.

— ¡Mira qué hora es! Tus padres van a pensar que soy una holgazana.

Con los nervios que sentía en ese momento, a Ruth le había pasado por alto el apelativo con el que David la había llamado, y no era la primera vez.

—Pelirroja, ¿te he dicho alguna vez que estás muy sexy cuando te preocupas por tonterías?

—Ni lo sueñes —le advirtió al adivinar sus intenciones.

—Necesitas una sesión de relax, llenaré la bañera —sentenció David.

Y Ruth no pudo ni quiso contrariarle. Estaba nerviosa y David sabía cómo relajarla, el sexo con él en la bañera era uno de los mejores placeres de la vida.

Tras una sesión de relax en la bañera y desayunar en su apartamento independiente, David y Ruth se reunieron con los padres de él en el salón, que esperaban ansiosos la llegada del resto de sus hijos.

Ruth le había preguntado a David por sus hermanos y él, queriendo que ella supiera a lo que se enfrentaba desde el principio, fue sincero con ella. Primero le habló de Inés, la mayor de los cuatro hermanos. Inés estaba casada con Martín, un abogado que trabajaba en un bufete muy prestigioso, y tenían dos hijos: Aitor, de cinco años; y Alba, de tres.

—Inés es muy prudente y madura, siempre hemos bromeado diciendo que nació con cincuenta años —le había dicho David.

Después le habló de Iván, el tercero de los hermanos. Él y David se llevaban muy bien, pero se pasaban la vida chinchándose el uno al otro, era su forma de demostrar que se querían.

—Probablemente intente ponernos en alguna situación incómoda para nosotros y divertida para él, pero intenta no darle importancia o se divertirá todavía más —le advirtió David.

Y por último, le habló de Marta, la pequeña de los cuatro hermanos. David no se lo dijo, pero Ruth dedujo que Marta era su favorita por la manera en que hablaba de ella. Al parecer, Marta era una enamorada del arte, una cabeza loca y la persona más dulce e inocente que existía sobre la faz de la Tierra.

Ruth guardó toda la información que David le había facilitado sobre su familia para poder sacar algún tema de conversación con ellos y no meter la pata.

—Vamos a dar un paseo, quiero llevar a Ruth al área de servicio —informó David a sus padres.

—Pero tus hermanos llegan hoy —le dijo Marisa poniendo cara de perrito abandonado.

—No te preocupes, mamá —la tranquilizó David—. Estaremos aquí a la hora de comer.

Marisa sonrió complacida, estaba deseando ver la reacción de su hijo frente a las bromas de sus hermanos.

Media hora más tarde, David y Ruth bajaban del coche aparcado en el área de servicio dónde se conocieron. David le enseñó todo el complejo, incluido el hotel y las cocinas del restaurante. A Ruth le sorprendió saber que David conocía los nombres de todos los empleados y que además todos parecían adorarle como a un Dios.

—Ven, te voy a enseñar mi lugar secreto —le dijo David guiándola al interior del edificio de oficinas de más de diez plantas.

Ruth le siguió hasta el ascensor y subieron a la última planta. Accedieron a un estrecho pasillo con unas escaleras que daban acceso a la azotea. Ruth abrió la boca asombrada, desde allí se podía contemplar casi todo el valle y también el trazado de la autopista. Todo se veía tan diminuto desde allí arriba que Ruth se sintió grande pese a tener una estatura media.

—Aquí solía venir cuando necesitaba pensar a solas, eres la primera persona a la que traigo a este lugar —le susurró David.

—Si alguna vez nos enfadamos y te marchas, ¿será aquí donde te encuentre?

—Nunca me voy a marchar de tu lado, Ruth —le prometió—. Vivir sin ti fue una tortura, no pasaré una segunda vez por eso.

Ruth le abrazó y cerró los ojos, lo entendía perfectamente porque ella se sentía igual. No se veía capaz de volver a vivir sin él y, cómo le dijo Eva, lo mejor era asumirlo.

—Tenemos que regresar o llegaremos tarde a comer —le susurró David abrazándola desde atrás—. Estoy deseando que llegue la noche para tenerte solo para mí.

Cuando llegaron a la mansión de los Garrido, los hermanos de David ya estaban allí y Ruth se encontró con seis pares de ojos que la miraban con curiosidad. Tras echarles un rápido vistazo, supo quién era cada uno antes de que David se los presentara.

—Familia, ella es Ruth —anunció dedicándoles una mirada de advertencia, no estaba dispuesto a que ninguno de ellos se lo hiciera pasar mal a su chica. Se volvió hacia ella y, señalando a cada uno de ellos los fue nombrando—: Mi cuñado, Martín; mi hermana mayor, Inés; mi sobrino, Aitor; mi sobrina, Alba; mi hermano pequeño, Iván; y mi hermana pequeña, Marta.

—Encantada de conoceros —saludó Ruth con timidez.

Marisa les hizo pasar al comedor y sentarse a la mesa con la intención de darle unos minutos a Ruth para que se acostumbrara antes de que sus hijos comenzaran con el interrogatorio. Adoraba a sus hijos, pero a veces le daban ganas de darles una buena colleja cuando trataban de divertirse a costa del otro.

—David me ha dicho que eres relaciones públicas en la galería de arte de la ciudad, debe de ser alucinante trabajar en algo así —comentó Marta mientras cenaban.

—No puedo quejarme, me gusta mi trabajo —le dijo Ruth encogiéndose de hombros—. David me ha dicho que te encanta el arte, si alguna vez estás por la ciudad y te apetece una visita privada por la galería solo tienes que avisarme, te prometo que no te defraudará.

—Ahora que lo mencionas, creo recordar que David comentó que este fin de semana has organizado la inauguración de una exposición de fotografía, ¿verdad? —La sonrisa maliciosa delató las intenciones de Iván, sin duda alguna sabía más de lo que decía.

—Así es, el autor es un buen amigo.

—Imagino que sí, si te ofreció posar para él —apuntilló Iván tratando sin éxito de ocultar la risa.

— ¡Qué envidia, siempre he querido hacer algo así! —Exclamó Marta fascinada.

— ¿Alguien quiere café? —Intervino Marisa incómoda bajo la atenta mirada de diversión de su marido.

Ruth miró a David alzando una ceja, sin poder creerse que le hubiera contado aquello a su hermano y que Iván lo soltase así como así en mitad de una comida familiar, la primera comida familiar de los Garrido a la que ella asistía. Tenía ganas de estrangularle allí mismo.

—Te dije que no había secretos entre nosotros —se defendió David alzando las manos en alto en señal de rendición.

—En esta familia no es posible tener secretos, pero tranquila que ya te acostumbrarás —le dijo Martín con resignación.

—No les hagas ni caso, siempre están igual —Marisa excusó a sus hijos al mismo tiempo que les fulminaba con la mirada.

—Si de verdad está dispuesta a pasar el resto de su vida con mi hermano, lo mejor es que sepa dónde se mete desde el principio —concluyó Inés mientras intentaba que Alba comiera un poco más.

—Si Ruth no quiere saber nada de mí por vuestra culpa, os arrojaré a los cocodrilos —bromeó David.

—A mí me gusta, ¿puedo llamarla tita Ruth? —Le preguntó Aitor a su tío David.

—Bueno, supongo que eso debes preguntárselo a ella.

El niño se volvió hacia a Ruth y, con una cara que era para comérselo, le preguntó a Ruth:

— ¿Puedo llamarte tita Ruth?

Ruth miró a David buscando la respuesta en sus ojos, sin saber muy bien qué responder. Si le decía que sí, quizás David se molestaba. Pero, decirle que no, no era una opción, se negaba a ser la bruja malvada de la película.

—Sí, supongo que sí —le respondió forzando una sonrisa ya que el muy sinvergüenza de David no la había ayudado.

— ¡Bien! —Exclamó el pequeño arrojándose a los brazos de su recién nombrada tía.

Después de comer, todos se retiraron a descansar. David también convenció a Ruth para echar la siesta, necesitaba estar con ella a solas y comprobar que estuviera bien. Como era de esperar, Ruth le reprochó que le hubiera contado a su familia que aparecía en las fotografías de una exposición erótica, pero no comentó nada sobre la petición de su sobrino para llamarla tita y eso le sorprendió.

—Genial, ahora todos saben que por ahí habrá un viejo verde masturbándose mientras mira mis fotografías —ironizó Ruth.

—Tranquila, ningún viejo verde se masturbará con tus fotografías —le aseguró David.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque las compré antes de que se inaugurara la exposición —le confesó—. No podía permitir que otra persona las tuviera en su poder y, aunque sé que probablemente te enfadarás, supongo que también debo decirte que he llegado a un acuerdo con Mike para sacarlas de la exposición. Y sí, puede que sea un hombre de cromañón como dice Marta, pero he comprado esas fotografías y puedo hacer con ellas lo que me dé la gana.

Ruth no supo qué decir, todavía estaba asimilando que David se hubiera gastado tres mil euros en cada una de sus fotografías solo para impedir que acabaran en manos de otra persona.

—Estás loco —le dijo sonriendo.

—Loco por ti, pelirroja.

David la besó apasionadamente y, sin darse apenas cuenta, estaban desnudos sobre la cama y haciendo el amor.

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