Enamórame 15.

Ruth llegó a su apartamento y preparó la maleta para pasar unos días con David y su familia. Lo repetía en voz alta una y otra vez para hacerse a la idea, todavía seguía sin creérselo. Cogió de su armario un par de modelitos para cualquier ocasión que se pudiera presentar, incluso cogió un vestido de noche solo por si acaso. Casi no pudo cerrar la maleta de todas las cosas que metió, pero finalmente lo consiguió.

David llegó al apartamento de Ruth pasadas las tres de la tarde, un poco más tarde de lo habitual pero bastante pronto teniendo en cuenta que había pasado por el hotel para recoger sus cosas y también por un restaurante a comprar la comida.

—No deberías haberte molestado, podría haber comprado yo la comida o incluso cocinar alguna cosa —le dijo Ruth sintiéndose mal.

—Te dije que yo me encargaría de todo —le respondió él besándola en los labios—. ¿Has preparado ya tu maleta?

—Es lo único que me has permitido hacer, así que no iba a defraudarte.

David sonrió, la agarró por la cintura y la estrechó entre sus brazos. Todavía no se creía que Ruth hubiera aceptado acompañarle en su visita a casa de sus padres.

—Será mejor que salgamos ya, quiero llegar antes de que anochezca —dijo David separándose lentamente de ella—. Eres demasiado tentadora, deberías estar prohibida.

Media hora más tarde, Ruth y David se montaron en el coche. Les esperaban poco más de dos horas de camino hasta llegar a su destino. David notó la tensión en el cuerpo de Ruth y trató de tranquilizarla explicándole que sus padres eran encantadores y no se sentiría incómoda con ellos, aunque con sus hermanos sería otro cantar.

—Ya hemos llegado —anunció David con una sonrisa en los labios.

Ruth miró por la ventanilla y se quedó con la boca abierta cuando vio que accedían a una villa presidida por una enorme mansión.

— ¿Dónde estamos? —Preguntó confusa.

—En casa de mis padres.

— ¿Viven aquí?

—Acabo de decírtelo —le respondió escrutándola con la mirada—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, es solo que no pensaba que alguien que trabajaba de camarero en un área de servicio podría permitirse vivir aquí.

—Mis padres no trabajan en el área de servicio, son los propietarios —le explicó David divertido por la expresión confusa de ella—. En realidad, son los propietarios de más de la mitad de áreas de servicio del país.

—Entonces, ¿por qué trabajabas de camarero cuándo te conocí?

—La verdad es que no trabajaba de camarero, pero fingí serlo para poder acercarme a ti y hablar contigo —le confesó mostrando su sonrisa más traviesa—. La oficina de mi padre está junto al hotel del área de servicio, mis hermanos y yo pasábamos allí los días que no había clase y mi padre trabajaba, me he criado en esa área de servicio y, aprovechando que tenía unos días libres, decidí darme un paseo por el restaurante y recordar los viejos tiempos. Y entonces te vi, agarré la bandeja del camarero que estaba a punto de serviros y usurpé su identidad por un rato.

— ¿Por qué tardaste una semana en ir a buscarme a la costa?

—Tenía que ocuparme de algunos asuntos y mi madre figuraba entre ellos —recordó con diversión la cara de su madre cuando le dijo que se marchaba a la costa detrás de una chica a la que había visto cinco minutos.

—No creo que esté preparada para esto, no ha sido buena idea…

—Pelirroja, confía un poco en mí —. Le plantó un beso en los morros y bajó del coche rápidamente para ayudarla a bajar a ella. Le envolvió la cintura con su brazo y le preguntó con su eterna sonrisa en los labios—: ¿Preparada para conocer a mi familia?

—Sabes que no.

—Tonterías —sentenció guiándola hacia a la puerta principal de la majestuosa mansión de estilo victoriano.

No habían llegado al porche cuando la puerta se abrió y apareció una mujer que rondaba los sesenta años, pero a pesar de su edad tenía un cuerpo estupendo y vestía con mucha clase. A Ruth se le cortó la respiración, adivinó que aquella mujer era la madre de David y lo confirmó cuando la oyó decir:

—Hijo, ¡cuánto me alegro de verte! —Lo abrazó con cariño y acto seguido se volvió hacia a Ruth para saludarla—: Es un placer conocerte al fin, Ruth. Hacéis una pareja estupenda.

Y le plantó dos besos en la mejilla para después abrazarla de la misma manera que había abrazado a su hijo.

—Mamá, no la asustes que acaba de llegar —bromeó David. Agarró de nuevo a Ruth por la cintura y le dijo—: Te presento a Marisa, mi madre. Mamá, cómo ya sabes, ella es Ruth.

—Un placer conocerla, Marisa.

—Lo mismo digo, Ruth. Estaréis cansados del viaje, os dejaré que os instaléis y os espero en la cocina para tomar algo de beber —decidió Marisa—. He pedido que os preparan el apartamento de encima del garaje, allí tendréis toda la intimidad que necesitéis.

Ruth se ruborizó y David protestó sin demasiada convicción:

— ¡Mamá!

Pero Marisa desapareció con una sonrisa de complicidad dibujada en los labios. Estaba encantada de que por fin su hijo se hubiera rendido a lo evidente y hubiera decidido luchar por la única mujer a la que había amado.

David guió a Ruth hasta el apartamento independiente de la casa, donde se instalaron una vez se lo hubo enseñado. Ruth estaba muy nerviosa, casi histérica. La idea de conocer a la familia de David le aterraba, sobre todo ahora que sabía que tenían mucho dinero. Debido a su trabajo, ella estaba acostumbrada a tratar con personas de alto nivel adquisitivo, pero no se trataba de gente cualquiera, se trataba de los padres de David.

—Pelirroja, si no te calmas un poco tendré que hacerte el amor hasta que lo consiga —le susurró David abrazándola desde la espalda y añadió juguetón—: ¿Te apetece una sesión de relax en la bañera?

— ¡No!

— ¿Por qué no? —Exigió saber él levantando una ceja, visiblemente ofendido.

—Si tardamos en bajar, todos sabrán qué hemos estado haciendo —le respondió Ruth con un hilo de voz y con el rubor tiñendo sus mejillas.

David rio divertido al conocer a una Ruth tímida e insegura. Era increíble que aquella mujer espectacular, inteligente, trabajadora y buena estuviera allí con él y tuviera miedo de su familia.

—Quiero gustarle a tu familia —susurró con sinceridad.

—Cariño, les vas a encantar —le aseguró—. Pero, aunque no fuera así, tampoco me importaría lo más mínimo. No pienso renunciar a ti por nada ni por nadie.

Ruth asintió, se cuadró de hombros y respiró profundamente antes de salir de aquel amplio apartamento tipo loft situado sobre el garaje para dirigirse al salón principal de la casa. David la agarró de la mano y, una vez que Marisa les invitó a sentarse en el sofá, rodeó su cintura con el brazo, no iba a separarse ni un solo centímetro de ella y ella lo agradeció en silencio.

—Tienes una casa preciosa, Marisa —señaló Ruth con amabilidad.

—Me gustaba más cuando mis hijos eran pequeño y les veía correr y juguetear, ahora se nos ha quedado muy grande solo para nosotros dos —comentó Marisa mirando el reloj y pensando en su marido—. ¿Dónde se habrá metido este hombre?

—Estoy aquí, querida —dijo un hombre de la edad de Marisa que, tras darle un leve beso en los labios a su esposa, saludó a su hijo con un fuerte abrazo y miró a Ruth con una amplia sonrisa idéntica a la de David—. ¿Es que nadie me va a presentar a esta bella dama?

—Papá, ella es Ruth —habló David con orgullo. Se volvió hacia su pelirroja y, divertido al ver cómo se ruborizaba, añadió—: Él es Tomás, mi padre.

—Encantada de conocerle, Tomás —lo saludó Ruth estrechándole la mano.

—El placer es nuestro, hemos oído hablar mucho de ti —comentó Tomás con una sonrisa maliciosa en los labios.

Sin darse cuenta, Ruth apretó con fuerza la mano de David a causa de los nervios y él, apiadándose de ella, regañó a su padre:

—Papá, por favor.

—No tienes nada de lo que preocuparte, aquí todos teníamos muchas ganas de conocerte, David no ha dejado de hablar de ti y ya te sentimos una más de nuestra familia —intervino Marisa.

—Si seguís incomodándola, nos iremos a un hotel —gruñó David visiblemente enfadado.

—No pasa nada, todo está bien —le susurró Ruth con un hilo de voz. Se volvió hacia a los padres de David y, haciendo gala de su carisma, bromeó con ellos—: Siento curiosidad por saber qué habéis oído de mí, pero reconozco que me da miedo la respuesta.

—Oh, querida, David solo nos ha contado lo estupenda que eres y, teniendo en cuenta lo exigente que es él, estamos seguros de que no se equivoca —medió Tomás.

Durante la cena Ruth se relajó un poco, sus posibles futuros suegros eran personas encantadoras y no tenía nada de qué preocuparse con ellos. La trataron como a una más de la familia, se interesaron por su trabajo, aplaudieron su independencia económica como mujer del siglo XXI y quedaron encantados con la forma en la que su hijo la miraba.

Marisa le habló de lo buen niño que era David y, cuando Tomás les ofreció tomar una copa después de cenar, Marisa aprovechó para sacar el álbum de fotos familiar. Ruth sonrió a cada una de las fotografías, descubriendo a un David de niño tan irresistible como el adulto en que se había convertido. David la vio disfrutar en compañía de sus padres y reír con las anécdotas que le contaban de cuando era niño. La deseaba tanto que se agarraba al brazo del sofá para no echarse encima de ella en ese mismo momento y sin importar quién estuviera delante.

—Cariño, creo que ya es hora de ir a dormir —sentenció cuando ya no pudo soportarlo más.

—Tienes razón, hijo —le secundó Tomás—. Mañana será un largo día, me temo que tus hermanos tendrán ganas de guerra después de tanto tiempo sin verte.

—Buenas noches, pareja —les deseó Marisa.

—Buenas noches —dijeron Ruth y David al unísono.

David prácticamente arrastró a Ruth al apartamento independiente y, en cuanto cerró la puerta detrás de ellos, la estrechó entre sus brazos y la besó con urgencia. Ella no protestó, lo recibió de buen grado y, pocos minutos después, la ropa de ambos volaba por los aires y caía de cualquier manera en el suelo.

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