Enamórame 10.

David condujo en silencio durante todo el tiempo que duró el camino de regreso al apartamento de Ruth. No la culpaba, pero no podía evitar sentirse frustrado. Maldijo entre dientes varias veces, disimulando para que ella no se diera cuenta. Estaba seguro de que aquel repentino cambio en ella se debía al efecto de la comida afrodisíaca y las copas de champagne. Mike tenía buena intención, pero no había pensado en la posibilidad de que Ruth se asustara al sentirse allí y saliera huyendo. Por lo menos no ha huido de mí y me ha pedido que la acompañe a casa, podría haber sido peor, pensó David mientras aparcaba frente al portal del edificio donde vivía Ruth.

Se bajó del coche y lo rodeó rápidamente para ayudar a salir a Ruth. Ella tropezó y él tuvo que sostenerla para que no se diera de bruces contra el suelo. Ruth se agarró con fuerza a él y le miró con auténtico deseo.

—Pelirroja, deja de mirarme así —le advirtió con la voz ronca.

—Me gusta que me llames pelirroja —ronroneó ella—. ¿Te apetece subir a tomar una copa?

— ¿Estás segura?

Ruth rodó los ojos y tiró de él para que la siguiera. Entraron en el portal del edificio y, tras saludar al portero, subieron en el ascensor hasta el ático. Ruth abrió la puerta y, colgando su chaqueta en el perchero, le preguntó:

— ¿Qué quieres beber?

—Agua —contestó él siguiéndola a la cocina—. Y tú también deberías, creo que hoy ya has bebido suficiente.

David se acercó lentamente hacia a ella, la agarró por la cintura y la miró a los ojos con un deseo intenso que la hechizó. Ruth cerró los ojos, tanta intensidad la extasiaba.

—Pero no puedo seguir, pelirroja. Por mucho que lo desee, te hice una promesa y voy a cumplirla —le susurró al oído. Dejó un reguero de pequeños besos sobre su cuello y, apartándose de ella, le confesó—: Ahora mismo, mi único deseo es hacerte el amor toda la noche, pero Mike me ha dicho que el catering de la inauguración era afrodisíaco y no quiero que eso influya en tu decisión.

—Si de verdad me deseas, rompe esa estúpida promesa y hazme el amor —le retó Ruth, estaba demasiado excitada para quedarse allí—. Necesito sentir tus manos recorriendo mi cuerpo desnudo, tus besos erizando cada centímetro de tú piel y a ti dentro de mí.

—Lo deseo tanto o más que tú, pero no quiero que me odies mañana —le dijo David haciendo un esfuerzo para separarse de ella.

—No te odiaré —murmuró con un hilo de voz.

—Por si acaso, no me arriesgaré —sentenció David—. Creo que será mejor que me vaya, pero mañana vendré a traerte el desayuno y ver cómo estás, ¿de acuerdo?

—Puedes quedarte aquí, hay dos habitaciones vacías.

—Es una oferta muy tentadora, pero quiero hacer bien las cosas contigo, pelirroja. No hagas planes para mañana y, por favor, no bebas.

—Está bien —accedió Ruth con resignación—. Te veo mañana.

—Buenas noches, pelirroja —se despidió de ella cuando la acompañó a la puerta.

—Buenas noches —murmuró Ruth visiblemente frustrada.

David no pudo más que sonreír ante la reacción de ella. No quería hacerle el amor estando ella achispada y después de haberse hinchado a comer canapés afrodisíacos. Por mucho que ella lo deseara, no podía arriesgarse a hacer nada mal y perderla. Ruth era demasiado importante para él, ella era su prioridad.

Ruth tuvo ganas de gritar cuando David se marchó y la dejó sola en el apartamento. ¿Qué clase de hombre deja a una mujer sola y excitada en su apartamento un sábado por la noche? Uno que no está bien de la cabeza o al que no le intereso lo más mínimo, pensó disgustada.

Se metió en su cama e intentó dormir, pero solo consiguió dar vueltas y ponerse más nerviosa. David, en su habitación de hotel, tampoco pudo dormir. El deseo que sentía por Ruth le quitaba el sueño y su abultada entrepierna no hacía más que recordárselo.

Esperó a que amaneciera, se dio una ducha (de agua fría, por supuesto) y salió del hotel en busca de una panadería donde poder comprar el mejor desayuno de toda la ciudad. Sabía que ella se había sentido decepcionada ante su decisión de marcharse, pero pretendía compensarla pasando el día con ella.

Ruth se despertó con el sonido de su teléfono móvil, le había llegado un mensaje. Pese a que apenas había dormido, se levantó de la cama dando un salto, con la esperanza de que fuera un mensaje de David. Y así era: “Buenos días, pelirroja. Espero que estés despierta, en diez minutos estaré en tu apartamento con un rico desayuno. No me dejes esperando, no quiero que los vecinos me tomen por un acosador.” Ruth sonrió, además de guapo, amable y detallista, también era divertido. Se dirigió al cuarto de baño sin dejar de sonreír y se dio una larga ducha de agua caliente para relajarse. Justo cuando salía de la ducha, oyó el timbre de la puerta. Se estremeció al imaginar que sería David y que, cansado de esperar en la calle, se las había ingeniado para entrar en el edificio y llamar a su puerta. Se colocó la diminuta toalla lo mejor que pudo y abrió la puerta.

— ¡Joder! —Exclamó David al verla. Ella le miró enarcando sus cejas y añadió a modo de disculpa—: Lo siento, pero no esperaba encontrarte así.

—Oh —se ruborizó Ruth al darse cuenta de que aquella toalla apenas dejaba nada a la imaginación—: Lo siento, iré a cambiarme.

—Tampoco es que me moleste, pero es lo más sensato si no quieres que te arranque esa maldita toalla —murmuró David entre dientes.

Ruth sonrió para sus adentros mientras se dirigía a su habitación a vestirse. A ella le hubiera encantado que le arrancase la toalla y le hiciera el amor allí mismo, pero él tenía razón y lo mejor era actuar con sensatez. Además, después del calentón con el que la dejó la noche anterior, Ruth no iba a ponérselo fácil, estaba dispuesta a ejecutar una dulce venganza.

Se colocó una fina camiseta de tirantes (sin sujetador, por supuesto) y unos diminutos shorts de algodón que dejaban al descubierto sus largas piernas. Cuando regresó al salón, observó cómo David la miraba de arriba abajo y pronunció algo entre dientes que ella no fue capaz de entender, aunque tampoco le hacía falta. Ella sonrió con inocencia, consciente del bulto que crecía en los pantalones de él, y se sentó a la mesa de la cocina, donde David había servido el desayuno que había comprado para ambos.

— ¡Caramba, has traído de todo! —Exclamó Ruth hambrienta mientras se llevaba un donut de chocolate a la boca.

— ¿Qué bebes para desayunar? ¿Café o zumo?

—Café, siempre café —sonrió como si fuera una niña pequeña en una tienda de caramelos.

Desayunaron en silencio, pero no fue uno de esos silencios incómodos, sino más bien un silencio cómplice. Ambos se sentían a gusto en compañía del otro, pese a que habían pasado casi tres años, seguía existiendo esa fuerte conexión entre los dos.

— ¿Qué tal has dormido? —Preguntó David con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Bien, aunque te aseguro que podría haber dormido mejor —gruñó Ruth fulminándole con la mirada.

— ¿Debo suponer que la causa de no haber dormido mejor soy yo? —Se mofó él, divertido con la situación.

— ¿Qué me dices de ti? ¿Dormiste bien? —Le replicó Ruth molesta. Él tenía el aspecto de un dios, ni siquiera parecía afectado por el calentón de anoche.

—Apenas he pegado ojo —le confesó con naturalidad—. Llegué al hotel y me metí en la ducha, necesité más de una hora bajo el agua fría para serenarme. Intenté dormir un poco y, cuando amaneció, me levanté y volvía a ducharme con agua fría. Después compré el desayuno y aquí estoy. ¿Te sientes mejor, pelirroja?

No, Ruth no se sentía mejor. Pero optó por no decir nada. Terminó de desayunar en silencio y después se apresuró en recoger las sobras y fregar los platos que habían ensuciado. David estuvo tentado de abrazarla desde de atrás y llevarla a la habitación, pero se recordó que debía ser prudente con ella, no podía asustarla y que ella saliera huyendo.

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