Enamórame 1.

Ruth estaba temblando. Intentó disimular frente a sus amigos en el hospital, era el día de Ana y su bebé recién nacido, no quería ensombrecerlo con sus desvaríos. Trató de comportarse con normalidad pero, cuando sus amigos comenzaron a hacerle preguntas, decidió despedirse alegando que tenía mucho trabajo y se marchó.

Ahora estaba en el parking del hospital, sentada tras el volante de su coche, sintiéndose incapaz de conducir. Cerró los ojos, suspiró profundamente y pensó en voz alta:

—Necesito descansar, la mente empieza a jugarme malas pasadas…

Y no era para menos. Ruth había llegado feliz al hospital, deseando conocer al bebé recién nacido de sus amigos Ana y Nahuel. Tras preguntar en el mostrador de información en qué habitación se encontraba Ana Fernández, se dirigió al ascensor y subió hasta la planta 12. Las puertas del ascensor se abrieron y Ruth caminó con decisión hasta que lo vio al final del pasillo. Estaba de espaldas y llevaba una bata blanca de médico, pero supo que era él.

Hacía más de dos años y medio que no sabía nada de David, desde que le envió aquel mensaje en el que decía que era mejor que no mantuvieran ningún tipo de contacto. Él aceptó una plaza en un hospital en el otro extremo del país y se mudó; ella regresó a la ciudad, encontró un buen trabajo en una galería de arte y continuó con su vida, o al menos lo intentaba. Pero ninguno de los dos había olvidado esos días de verano que compartieron en la costa y en los que pasaron de ser dos extraños que acababan de conocerse para ser simplemente un solo ser.

Su corazón se aceleró al verle, pese a que seguía de espaldas a ella, no estaba preparada para un encuentro de sopetón, se asustó y corrió para esconderse en la habitación de Ana y el pequeño Nahuel, donde también se encontró con Eva y Derek.

Ya más calmada, aunque con mil preguntas rondándole la cabeza, arrancó el motor del coche y condujo hacia la galería de arte.

—Si está aquí, ¿por qué no me ha llamado? ¿Y si está con otra? —Hablaba consigo misma mientras conducía—. ¿Y si se ha casado e incluso tiene hijos?

La sola idea de imaginarlo hizo que sintiera náuseas. Sí, habían pasado casi tres años con sus largos días y sus largas noches, pero no había un solo día en el que Ruth no se acordara de él. Pese a que de cara a sus amigos se había vuelto una mujer fría y devora hombres, seguía siendo la misma Ruth romántica y soñadora de siempre y, aunque jamás lo reconocería en voz alta, solía fantasear con que algún día David regresaría a buscarla y serían felices para siempre.

Pasó la tarde en la galería, concentrada en su trabajo. Concretamente, en la inauguración de la nueva exposición de fotografía erótica que en un par de semanas se celebraría en la galería. Tan concentrada estaba que no se dio cuenta que alguien entró en su despacho hasta que escuchó la voz de Mike:

—Hola Ruth, ¿estás muy ocupada?

—Para ti siempre estoy disponible —le aseguró Ruth dedicándole la mejor de sus sonrisas.

Conocía a Mike desde hacía dos años, cuando acudió a una de sus exposiciones de fotografía y se quedó maravillada con su trabajo. Tenían muchas cosas en común, se llevaban bien y rápidamente se hicieron buenos amigos.

— ¿Eso ha sido una insinuación? —Quiso saber Mike y añadió bromeando—: Será mejor que no me tientes, con el lío de la exposición no he tenido tiempo para nada.

— ¿Ni siquiera para un polvo rápido con tu vecina? —Preguntó Ruth burlonamente.

Mike le confirmó lo evidente con una sonrisa descarada y Ruth rompió a reír a carcajadas. Conocía demasiado bien a su amigo para saber que la abstinencia sexual no iba con él. Pese a que ambos disfrutaban abiertamente del sexo, nunca se habían acostado juntos. Habían construido una gran amistad y ninguno de los dos quería echarla a perder a causa de un revolcón.

—Por cierto, ya he seleccionado las fotografías —le dijo tras entregarle una carpeta.

Ruth abrió la carpeta y revisó las fotografías una a una en el más absoluto de los silencios hasta que vio las tres últimas y espetó sobresaltada:

— ¡¿Es que te has vuelto loco?! ¡¿Cómo vas a exponer mis fotos?!

Mike era un excelente fotógrafo y, un día que a Ruth le apeteció hacer de modelo para divertirse un rato, Mike le sacó algunas fotografías.

—Son unas fotografías magníficas y de lo más inocentes, no puedes negarte —argumentó Mike—. Todo el mundo querrá pujar por ellas, serán un éxito.

—Claro, así tú te llenas los bolsillos mientras un viejo verde se masturbará mirando mis fotografías —replicó Ruth horrorizada.

—No sé si será o no un viejo verde, pero de lo que estoy seguro es de que tendrá mucho dinero si puja por alguna de tus fotografías, son la guinda de mi exposición —comentó divertido.

Ruth echó un vistazo a las fotografías de nuevo y sonrió. Tampoco iba a pasar nada si se exponían tres fotos suyas en las que aparecía en ropa interior, envuelta en una sábana sobre una cama deshecha o vestida únicamente con una camisa de hombre abierta. Eran fotografías sensuales en las que no se enseñaba nada más de lo que se enseñaba en la playa. Eran insinuantes y sensuales, eróticas pero sin caer en lo obsceno.

—Supongo que así aprenderé a no jugar a ser modelo —zanjó la cuestión Ruth encogiéndose de hombros.

— ¿Se puede saber qué te pasa?

— ¿A mí?

—Sí, a ti —afirmó Mike sentándose en el sillón que quedaba frente a ella—. Creía que ibas a montar en cólera cuando te lo dijera y parece que te da igual.

—Creía que querías convencerme y te lo he puesto fácil, hoy no tengo ganas de discutir.

—Y eso no es normal en ti, ¿quieres contármelo?

—No hay nada qué contar, Mike.

—Ruth, si no quieres contármelo, no lo hagas. Pero no me mientas, por favor —insistió Mike.

—Es una tontería, de verdad… —Le confesó un poco avergonzada—. He ido a ver a Ana y al pequeño Nahuel al hospital y, al salir del ascensor, me ha parecido ver a David.

— ¿El mismo David que dejó tu corazón congelado tras unas tórridas vacaciones de verano en la costa?

—El mismo —le confirmó Ruth con un sonoro suspiro.

—Y, ¿qué te ha dicho?

—Nada.

— ¿Nada?

—No me ha visto, estaba de espaldas y he huido como una cobarde —reconoció Ruth.

—Pero, ¿estás segura de que era él?

—No lo sé, creo que sí. Estaba de espaldas y llevaba puesta una bata blanca de médico, me pareció él y no me quedé allí para confirmarlo.

—Últimamente trabajas demasiado, deberías tomarte unos días de vacaciones, te sentarán bien —le aconsejó Mike preocupado.

Ruth suspiró profundamente. Mike tenía razón, necesitaba descansar, desconectar unos días y dedicar un poco de tiempo solo para ella.

—Puede que me tome unos días libres después de la exposición —comentó Ruth no demasiado convencida.

Mike insistió en que descansara y la obligó a marcharse a casa. Eran las siete de la tarde cuando entró en su apartamento, el mismo que compartió con sus amigas y que ahora era solo para ella.

Apagó el teléfono móvil y se relajó durante más de una hora en la bañera mientras se tomaba una copa de vino. Se acomodó en el sofá y llamó al restaurante de comida china para pedir que le trajeran un menú individual a casa, no tenía ganas de cocinar. Después de cenar, buscó el diario de a bordo de aquellas vacaciones en la costa y se quedó dormida mirando una de las fotos de David.

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