Empezar de cero 4.

Empezar de cero

Cuando termino de ducharme y de recoger el baño, decido secarme el pelo con el secador y hacer un poco de tiempo para que Natalia pueda hablar con su familia con privacidad, sin estar yo por en medio.

Estoy a punto de salir de la habitación cuando alguien llama a la puerta. Creyendo que será Rosalía o Natalia, respondo alzando la voz mientras guardo el secador en el armario del baño:

–  Adelante, está abierto.

Oigo como la puerta se abre y se vuelve a cerrar y unos pasos que caminan nerviosos por la habitación. Debe de ser Natalia, la pobre estaba hecha un flan.

–  ¿Estás más tranquila? – Le pregunto desde el baño. – No le des más vueltas, ese imbécil no merece que derrames ni una sola lágrima por él. Además, tienes a tu familia que te apoya y te cuida, eres una chica afortunada.

–  Lo dices cómo si tú no tuvieras una familia que te apoya y te cuida. – Oigo la voz de Gonzalo.

Salgo del baño y me quedo parada frente a él con los brazos en jarras.

–  ¿Qué haces aquí? – Le pregunto a la defensiva.

–  Mi abuela me ha mandado a buscarte para que bajes a cenar, pero también quería darte las gracias por traer a Natalia. – Me responde. – Ha madurado más pasando un rato contigo que en los últimos cinco años.

–  Natalia es una buena chica, solo está un poco perdida. – Le contesto.

–  ¿Lo ha dejado con su novio?

–  Sí, pero yo no te he dicho nada. – Le advierto señalándole con el dedo índice. – Pensaba que eras ella cuando has entrado.

–  Seré una tumba. – Me dice sonriendo. – Debemos bajar a cenar, mi abuela ya estaba sirviendo la mesa. ¿Estás lista?

–  Si, vamos. – Le respondo.

Bajamos al hall de la recepción y desde allí accedemos al piso de Rosalía y Federico, situado en la planta baja de la mansión.

Gonzalo me guía hasta el comedor, donde Federico y Natalia ya están sentados a la mesa y Rosalía está sirviendo una sopa caliente que huele de maravilla.

–  Muchacha, siéntate aquí a mi lado. – Me dice Federico dando un par de palmadas sobre la silla de su lado derecho. – No siempre estoy rodeado de tres bellezas como vosotras.

Le dedico una amplia sonrisa y me siento a su lado, obedeciendo sin rechistar. Gonzalo no dice nada y se sienta en una de las sillas libres que hay entre Natalia y yo, pero aún sin mirarlo directamente sé que me observa cómo si intentara descifrar algo, hasta que finalmente, me pregunta:

–  ¿Qué has venido a hacer a Bahía del Mar?

–  Es una larga historia. – Le contesto encogiéndome de hombros. Todos se me quedan mirando esperando algún tipo de explicación, así que añado: – Soy de High City pero en el trabajo me han ascendido y me han trasladado a Destins. Mi mejor amiga, Valeria, cómo sabréis, está a punto de casarse, así que mientras encuentro un sitio dónde vivir he decidido quedarme por aquí para estar más cerca de Valeria.

–  ¿De qué vas a trabajar en Destins? – Me pregunta Natalia con interés.

–  La editorial para la que trabajo quiere lanzar una nueva revista al mercado y me han nombrado directora, pero las oficinas que han comprado en Destins precisaban una reforma y, mientras esté en obras, mi único trabajo es supervisar los avances de la reforma.

–  ¡Eso es genial! Yo estoy estudiando literatura y filosofía, me encantaría trabajar en una revista. – Me dice Natalia con un ligero deje de tristeza.

–  Si quieres hacer las prácticas en mi revista, solo tienes que decírmelo. – Le respondo. – Eso sí, debes estar estudiando en la universidad y sacar una buena nota de media. Además de obtener experiencia, te convalidarán algunas asignaturas y acabarás la carrera antes.

–  ¿De veras harías eso por mí? – Me pregunta Natalia con los ojos al borde de las lágrimas.

–  Sí, pero me tienes que prometer que te esforzarás. – Le advierto.

–  Por supuesto que sí. – Me responde. – Hace un par de semanas que dejé las clases, pero estoy dispuesta a retomarlas y ponerme en serio. – Se vuelve hacia su abuela y le dice: – Abuela, te prometo que todos los sábados y domingos te ayudaré en la cafetería, aunque te advierto que en las prácticas nunca pagan ni un duro…

Todos nos echamos a reír y, viendo la ilusión de Natalia en su rostro, hace que me recuerde a mí cuando tenía su edad.

–  Eso déjamelo a mí, estoy segura de que algo podré conseguirte, aunque ya te adelanto que no será mucho. – Le digo riendo.

–  Muchacha, eres un ángel caído del cielo. – Me dice Rosalía a punto de llorar. Estornudo tres veces seguridad y añade: – ¡Ya te me has resfriado!

–  No es nada, de verdad. – Le contesto con la voz ronca. – En cuanto me tome esa sopa y me meta en la cama, se me pasa.

Durante la cena, Natalia no deja de hablar y, por el contrario, su primo no abre la boca. De vez en cuando me mira de reojo, pero en cuanto me vuelvo a mirarle retira su mirada y disimula. Es un tío muy raro, primero me habla con arrogancia, luego viene a mi habitación a disculparse y darme las gracias por ir a buscar a su prima y después me ignora. ¡Y luego dicen que las mujeres son complicadas!

Después de la cena, quiero ayudar a Rosalía a recoger la mesa, pero me echa literalmente de su cocina y me ordena que me vaya a descansar a mi habitación. Me da apuro dejarla con todos los restos de la cena por en medio, pero tampoco me siento con fuerzas como para rebatir su decisión. Así que, me despido de todos los presentes hasta mañana y subo a mi habitación dispuesta a meterme en la cama y descansar cómo Rosalía me ha ordenado.

A la mañana siguiente, me levanto a las siete y salgo a correr, decidida a seguir el mismo camino de ayer y tratar de hacer que Killer se vuelva un poco más sociable, tal y cómo le he prometido a José. Cuando llego al cercado, José ya me está esperando con las riendas y la silla de montar a un lado.

–  He intentado ponérselas, pero está muy nervioso y no permite ni que me acerque. – Me dice señalando a Killer que relincha alzando sus patas delanteras. – Creo que hoy Killer no tiene un buen día, deberíamos dejarlo a ver si mañana hay más suerte.

–  No, esto es como una terapia, no se puede saltar una sesión solo porque tenga un mal día. – Le respondo acercándome a Killer. – Hola, Killer. – Le digo al caballo acariciando su lomo con cautela. – Hoy daremos otro paseo como el de ayer ¿te apetece? – El caballo no protesta y, sin dejar de acariciar a Killer, le digo a José: – Pásame la silla de montar y las riendas, voy a ponérselas.

José me obedece, aunque duda un poco antes de hacerlo. Con suma delicadeza, preparo a Killer para salir a pasear y, de un salto, subo a lomos del caballo. Killer se inquieta un poco y veo la cara de pánico de José, así que le digo bromeando:

–  Será mejor que te sientes, no quiero que te dé un infarto por mi culpa.

–  Muchacha, será mejor que no dejes que ese caballo te tire al suelo o entonces sí que me dará un infarto. – Me responde pálido como un papel.

–  No te preocupes, iré con cuidado. – Le digo para tranquilizarle.

Cojo las riendas de Killer y empiezo haciéndole trotar por el cercado hasta que noto que se ha relajado por completo y le hago galopar. Me sorprende comprobar lo fuerte, ágil y veloz que es Killer a pesar que desde hace dos años nadie lo monta.

Tras media hora de paseo con Killer, decido regresar al cercado, no quiero forzarlo demasiado, no está acostumbrado a tanto ejercicio.

Bajo de un salto del caballo y José se acerca caminando con precaución para no poner nervioso a Killer, que al ver a José tan cerca, empieza a relinchar.

–  Eres la única con la que no se pone nervioso, nosotros apenas nos podemos acercar a él. – Me dice José. – El veterinario viene todas las semanas y para que pueda hacerle un chequeo a Killer tenemos que sedarlo y dormirlo, de lo contrario nos ataca.

–  Es muy inquieto y desconfiado, pero su reacción tan arisca y agresiva no es normal en un caballo que se ha criado entre personas. – Opino. – ¿Ha sufrido algún tipo de maltrato?

–  Nunca he maltratado a un caballo y te aseguro que mi jefe tampoco y mucho menos nos lo consentiría a nosotros. – Me dice José. – Si quiere sacrificarlo es porque lo único que nos da Killer son problemas, no podemos cepillarlo ni lavarlo, nos ataca y es muy agresivo.

–  Parece un caballo salvaje, me cuesta creer que un caballo así lograra competir en carreras y concursos profesionales, aunque tengo que reconocer que tiene energía y está bastante en forma para haber pasado los últimos dos años sin someterse a entrenamientos.

–  Era el mejor de los caballos hasta hace dos años. – Recuerda con tristeza. – Cuando está contigo es como si volviera a ser el de antes, aunque cuando no estás vuelve a convertirse en el mismo salvaje.

Continúo charlando con José hasta que me doy cuenta de que son las nueve de la mañana. Me despido de José tras prometerle que mañana por la tarde volveré para pasear con Killer y regreso a la pensión corriendo para que nadie sospeche de dónde vengo, ya que José me pidió que no le contara a nadie lo de Killer. A la única que se lo diría sería a Valeria y, tras amenazarme con matarme si el día de su boda aparecía con el más mínimo rasguño, prefiero no decirle nada.

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