Empezar de cero 20.

Empezar de cero

En cuanto el doctor se marcha y Valeria regresa a la habitación, le pido que vaya a la farmacia a comprar un test de embarazo, no puedo quedarme con esta duda hasta mañana. Valeria, tras protestar unos minutos diciendo que la farmacéutica alucinará cuando la vea a ella, una mujer embarazada de seis meses y medio, que quiere comprar un test de embarazo, pero finalmente accede.

Regresa veinte minutos después de haberse marchado y trae consigo el test de embarazo, aunque oculto en el bolso.

–  La farmacéutica piensa que soy un bicho raro. – Me dice entregándome el test. – ¿Quieres hacerlo ahora?

–  Creo que sí, ¿sabes cómo funciona? – Le respondo incorporándome para levantarme. – Quiero hacerlo antes de que llegue Gonzalo, pero antes tienes que prometerme que, pase lo que pase, no abrirás esa enorme bocaza.

–  Soy una tumba. – Me responde ayudándome a levantarme y me acompaña al baño. – Esto es muy sencillo, solo tienes que hacer pipí aquí. – Me dice señalando un extremo del aparato. – Después esperaremos un par de minutos y veremos qué pone en la pantalla digital. He comprado uno de esos test que te dicen desde cuándo estás embarazada.

–  ¿Te dice el día exacto de la fecundación? – Le pregunto alucinada.

–  No exactamente, te dice el tiempo aproximado de embarazo. – Me responde Valeria sacando el prospecto de la caja mientras yo hago pipí. – Aquí pone que si estás embarazada te saldrá en la pantalla si estás de una semana, de dos semanas o de más de tres semanas.

–  Teniendo en cuenta que hace un mes y medio que me dispararon, si estoy embarazada no será de más de un mes y medio. – Le respondo encogiéndome de hombros mientras le pongo el tapón al aparato y lo dejo sobre la encimera del baño para esperar el resultado.

–  Vamos a la cama, así si te vuelves a desmayar por lo menos no te caerás al suelo, eso sería difícil de explicárselo a Gonzalo. – Me dice Valeria cogiéndome de la cintura y acompañándome de nuevo a la cama para que me tumbe. – Voy a buscar el test, ahora mismo vuelvo. – Desaparece durante un par de segundos y regresa con el test en la mano. – Aún no ha salido nada.

–  No quiero ni mirarlo, ¿qué le voy  decir a Gonzalo si estoy embarazada?

–  No sé lo que le habrá pasado a Gonzalo para que esté tan enfadado, pero te aseguro que la noticia le encantará. – Me dice Valeria con una tranquilizadora sonrisa en los labios. – Él te quiere, no hay más que ver cómo te trata, pareces una princesa.

–  Sí, una princesa encerrada en la maldita torre. – Protesto. – ¿Qué mosca le ha picado? ¿Por qué se ha marchado sin decirme nada? Por cierto, ¿le has llamado?

–  Le he llamado cuando he bajado a acompañar al doctor, le he dicho que estabas bien pero que te habían hecho unos análisis para descartar que tuvieras alguna pequeña anemia. – Me responde. – Estaba un poco raro, le he notado cansado. Ismael me ha dicho que uno de los inversores del proyecto le está dando problemas, puede que esté un poco agobiado y por eso se ha puesto así antes.

–  No me ha hablado de trabajo desde que me dispararon, debería haberle preguntado. – Le digo sintiéndome culpable. – El pobre está pendiente de mí a cada momento, sigue trabajando y yo no dejo de darle problemas. Discutimos diariamente porque no guardo el reposo que debería y supongo que al verme así se ha asustado y después se ha puesto furioso. No es el mejor momento para que me pase esto, ¿y si se pone furioso conmigo cuando se lo diga? No tenía pensado quedarme embarazada, pero ahora que puedo estarlo no te voy a negar que una parte de mí incluso está ilusionada y emocionada por esa posibilidad. No sé si podré soportar su reproche.

–  Deja de dar por sentado que se lo va a tomar mal. – Me dice Valeria. Justo en ese momento suena un pitido procedente del test de embarazo y Valeria añade: – Ha llegado el momento, míralo.

–  No puedo, míralo tú. – Le digo dándole el aparatito y tapándome los ojos con las manos. – Ni siquiera sé si quiero saber lo que pone.

–  Esto debes hacerlo tú, Day. – Me dice Valeria devolviéndome el test de embarazo. – Cuando recuerdes este momento, te gustará ser la primera en saberlo.

Cojo el test de embarazo y, armándome de valor, miro la diminuta pantalla y leo: “Enhorabuena, está embarazada de más de tres semanas.” Me quedo completamente paralizada y, al ver que no digo nada, Valeria me arrebata el test de embarazo de las manos y me dice después de mirarlo:

–  Enhorabuena, estás embarazada. – Me sonríe con ternura y añade: – Dentro de poco estarás igual de redonda que yo.

–  Eso no me ayuda en absoluto, Val. – Le respondo aún en estado de shok. – ¿Qué le voy a decir a Gonzalo? “Hola cariño, estoy embarazada”.

Justo en ese momento oímos unos pasos subir las escaleras y dos segundos después la puerta de la habitación se abre y aparece Gonzalo con su cara de pocos amigos seguido de Ismael.

–  Buenas noches, señoritas. – Nos saluda Ismael con una amplia sonrisa. – ¿Cómo te encuentras, Dayana?

–  Estoy bien, gracias por preguntar Ismael. – Le respondo lanzando una mirada acusadora a Gonzalo.

–  Bueno, nosotros nos marchamos ya. – Dice Valeria. Me da un beso en la mejilla para despedirse y me dice: – Llámame si necesitas cualquier cosa, da igual la hora que sea, ¿de acuerdo?

Asiento con la cabeza y Gonzalo e Ismael se nos quedan mirando con el ceño fruncido, percatándose de que algo tramamos pero ninguno de los dos se atreve a preguntar. Ismael y Valeria se marchan y Gonzalo me anuncia que se va a duchar antes de entrar en el baño y desaparecer. Cojo el test de embarazo que he ocultado bajo la almohada cuando hemos oído llegar a Gonzalo y lo guardo en uno de los cajones de la mesita de noche.

Gonzalo sale del baño media hora después y me dice antes de volver a marcharse:

–  Mandaré que te suban la cena a la habitación, estaré trabajando en el despacho, llámame si necesitas algo.

–  ¿Podemos hablar un momento? – Le pregunto.

–  Ahora no, no estoy de humor Dayana.

–  De acuerdo. – Contesto con un hilo de voz.

Un rato después, una de las asistentas internas me sube la cena a la habitación en una bandeja y se queda conmigo hasta que me como todo lo que había en el plato, probablemente porque así se lo habrá ordenado Gonzalo.

En ocho meses que llevamos viviendo juntos, nunca le había visto así de enfadado, nunca me había hablado así y nunca me había dejado sola en la habitación, mucho menos después de que me dispararan. Apago la luz y trato de dormir, pero mi cabeza no deja de dar vueltas y mis ojos no dejan de llorar.

En algún momento de la noche, logré quedarme dormida. Cuando me despierto, lo primero que hago es buscar a Gonzalo a mi lado, pero no está en la habitación y su mitad de la cama ni siquiera está deshecha, no ha dormido aquí.

Me levanto y, medio mareada, entro en el baño dispuesta a darme un baño relajante. Me miro en el espejo mientras la bañera se va llenando de agua caliente y veo mi cara hinchada, los ojos rojos e irritados de tanto llorar y unos pelos de loca que me dan miedo hasta a mí. Me meto en la bañera y con el calor del agua me relajo y cierro los ojos.

Pocos minutos después, la puerta del baño se abre y entra Valeria.

–  El doctor viene de camino, te estaba llamando a ti y, como no le has cogido el teléfono, me ha llamado a mí y he venido corriendo. – Me dice dándome un beso en la frente y sentándose sobre la tapa del inodoro para seguir hablando conmigo. – ¿Qué tal con Gonzalo? Me lo he encontrado en la cocina y no tenía muy buen aspecto, no le has dicho nada, ¿verdad?

–  Cuando ayer os fuisteis, Gonzalo se duchó y se metió en su despacho, según me dijo, para seguir trabajando. Traté de hablar con él pero me dijo que no estaba de humor y se largó de la habitación. Me dormí a las tantas y Gonzalo no había subido a la habitación y esta mañana cuando me he despertado su lado de la cama estaba intacto, no ha dormido aquí.

–  Bueno, no te preocupes ahora por eso.

–  Sí, supongo que debo preocuparme porque el doctor quiera venir a verme otra vez y no me haya dado los resultados de los análisis por teléfono como quedamos. – Le respondo preocupada.

Cuando salgo del baño ya vestida con un pijama limpio y peinada como una persona normal, la asistenta ya ha cambiado las sábanas de la cama y arreglado la habitación. Valeria me hace un gesto con la mano para que me tumbe en la cama y la obedezco de inmediato, no tengo ganas de discutir ni fuerzas para mantenerme en pie.

Alguien golpea la puerta de la habitación cuando termino de acomodarme en la cama y, cuando la puerta se abre, veo a Gonzalo y al doctor.

–  Buenos días, señorita Blake. – Me saluda el doctor. – ¿Qué tal ha dormido?

–  Bien, gracias. – Miento.

–  ¿Va todo bien, doctor? – Le pregunta Gonzalo sin mirarme.

–  Sí, pero me gustaría hablar con la señorita Blake a solas. – Le contesta el doctor. – Solo será un minuto.

Gonzalo se lo queda mirando extrañado, pero Valeria lo coge del brazo y se lo lleva fuera de la habitación. El doctor cierra la puerta y se acerca a mí con el rostro serio.

–  Algo no va bien, ¿verdad? – Le digo con un hilo de voz.

–  He confirmado que está embarazada y que además tiene una ligera anemia de hierro.

–  Supongo que no ha venido para decirme eso, podría haberlo dicho por teléfono.

–  Verá, el grupo sanguíneo del feto es 0 positivo y usted es 0 negativo. Esto es algo que suele ocurrir cuando el RH del grupo sanguíneo del padre es opuesto al de la madre. El feto tiene el grupo sanguíneo del padre y su cuerpo lo reconoce como una amenaza, por lo que ha creado anticuerpos para eliminarlo. – Al ver que empiezo a alterarme, añade rápidamente. – Tranquila, es algo que ocurre con frecuencia y que se soluciona con un tratamiento específico que le he traído. También le he traído ácido fólico, le he anotado aquí todo lo que tiene que tomar y cuándo. He consultado su caso con un buen amigo mío que es ginecólogo y tiene una clínica en Destins y, tras contarle todo lo que ha pasado, me ha dicho que debería hacerse una prueba que se llama amniocentesis para descartar cualquier anomalía en el embarazo y en el feto. Es una prueba muy sencilla, le pincharán en la barriga para coger una muestra del líquido amniótico y comprobar que todo esté bien.

–  ¿Hay algún motivo específico por el que deba hacerme esa prueba?

–  La medicación que se ha estado tomando, la pérdida de sangre y la transfusión, y el estado de estrés al que ha estado sometida pueden haberle causado algún daño al feto. – Me explica el doctor tratando de sonar calmado.

–  ¿Cuándo podría hacerme la prueba?

–  La prueba es sencilla, pero requiere que esté veinticuatro horas en observación por si el saco amniótico se rompe. – Me responde. – Debería ir mañana mismo a la clínica, el riesgo es menor en los tres primeros meses de embarazo.

–  Mañana mismo iré a la clínica de su amigo, ¿podría apuntarme la dirección y el nombre de ese doctor en mi agenda, por favor?

–  Está todo anotado en el informe que le he traído. – Me dice entregándome una carpeta. – Hablaré con mi amigo para decirle que irá mañana y la atenderá personalmente.

–  Gracias por todo doctor. – Le digo antes de que se marche.

El doctor se despide y se marcha y yo me llevo las manos al abdomen instintivamente. Cierro los ojos y trato de dejar la mente en blanco y no pensar que tengo menos de veinticuatro horas para contarle a Gonzalo lo que está pasando.

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