Empezar de cero 19.

Empezar de cero

Un mes y medio después de que me dispararan, aún sigo trabajando desde casa, pero ahora porque mi jefe así me lo ha exigido en cuanto se enteró de lo que había ocurrido. He logrado convencer a Gonzalo y a mi jefe para que me dejen ir los viernes por la mañana a la oficina y reunirme con todo el personal para supervisar todo el contenido de la revista y, por supuesto, Gonzalo se encarga de llevarme a la oficina y de venir a recogerme para regresar a casa.

Mi jefe tenía que ir a Destins por un asunto personal y, aprovechando la visita a la ciudad, ha decidido pasar por la oficina y ha venido a verme.

–  ¿Cómo estás, Dayana? – Me pregunta mi jefe nada más verme. – Pareces un poco pálida.

–  Yo también me alegro de verte, Ramiro. – Le replico bromeando al mismo tiempo que le saludo con un par de besos en la mejilla. – Desde luego, sabes cómo hacer que una mujer se sienta bien.

–  Sabes que te considero una auténtica Venus, pero pareces cansada. – Me contesta. – ¿No te encuentras bien?

–  Me he levantado con el estómago un poco revuelto, pero ya estoy mejor. – Miento. Me tambaleo al girarme y me agarro a una de las columnas del hall.

–  Dayana, ¿te encuentras bien? – Me pregunta Ramiro sosteniéndome por los brazos. – Vamos, túmbate en el sofá. – Me dice ayudándome a llegar a uno de los sofás del salón.

Mi cabeza empieza a dar vueltas y mis fuerzas empiezan a flaquear, todo se vuelve borroso, las piernas me tiemblan incapaces de soportar el peso de mi cuerpo hasta que se cierne la oscuridad total.

Cuando abro los ojos me encuentro un poco desorientada, pero enseguida me doy cuenta de que estoy tumbada en uno de los sofás del salón. Ramiro está a mi lado y Valeria está hablando por teléfono con alguien.

–  ¿Qué me ha pasado? – Pregunto todavía mareada.

–  Te has desmayado, Valeria está llamando al doctor para que venga a verte. – Me responde Ramiro haciéndome un gesto para que me mantenga tumbada. – Será mejor que te quedes donde estás hasta que venga el doctor.

–  Acabo de hablar con el doctor Maxwell, en media hora estará aquí. – Me dice Valeria sentándose a un lado del sofá. – ¿Cómo te encuentras? ¿Quieres que avise a Gonzalo?

–  No, no quiero preocuparle. – Le respondo. – Estoy un poco mareada, probablemente por la medicación.

–  ¿Es posible que estés embarazada? – Me pregunta Ramiro. – Mi mujer vomitaba y se desmayaba continuamente durante los primeros meses de embarazo.

–  No puedo estar embarazada, tomo la píldora. – Respondo no demasiado convencida.

Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que me vino la regla, pero no recuerdo haberla tenido después de que me dispararan. ¿Puedo estar embarazada?

–  No te preocupes, Day. – Me dice Valeria cogiéndome de la mano. – Seguro que no es nada. De todas formas, deberíamos avisar a Gonzalo.

–  Avisarme, ¿de qué? – Pregunta Gonzalo entrando en el salón, pero su rostro se descompone al verme tumbada en el sofá. – ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien? – Se vuelve hacia Valeria y le pregunta: – ¿Has llamado al doctor?

–  Estará aquí en veinticinco minutos. – Le responde Valeria mirando el reloj.

–  ¿Qué te ha pasado, cariño? – Me pregunta Gonzalo arrodillándose junto al sofá para ponerse a mi altura. Me da un beso en los labios y añade: – ¿Estás bien?

–  Estoy bien, pero creo que me he desmayado un poco. – Le respondo encogiéndome de hombros.

–  ¿Te has desmayado un poco? – Me pregunta con cara de pocos amigos.

–  Me he levantado un poco rara, puede que tenga un poco de anemia o que la medicación me haya sentado mal. – Trato de tranquilizarle. – Por cierto cariño, éste es mi jefe, Ramiro Beltrán.

–  Ramiro, disculpa mi falta de educación. – Le dice Gonzalo estrechándole la mano.

–  No te preocupes, con todo esto yo tampoco te he saludado. – Le dice Ramiro.

–  ¿Por qué habláis con tanta familiaridad? – Les pregunto.

–  Querías volver demasiado pronto al trabajo y necesitaba que alguien me asegurase de que estabas en condiciones de trabajar, así que me tomé la libertad de llamar a Gonzalo y pedirle que me mantuviera al corriente de la situación. – Me dice Ramiro. – Y, por supuesto, no quiero enterarme de que vas por la oficina hasta que tengas el alta médica. En cuanto a lo de seguir trabajando desde casa, esperaremos a ver lo que te dice el doctor.

–  Ramiro, me matarás si me dejas sin trabajar. – Protesto.

–  El doctor te ha pedido que hagas reposo y seguir trabajando no es reposar, aunque trabajes desde casa. – Me replica Ramiro.

–  Pero…

–  Basta ya, Dayana. – Me interrumpe Gonzalo con la voz grave, bastante cabreado. – Te voy a llevar a la cama para que descanses hasta que llegue el doctor y no quiero volver a oír hablar de trabajo en todo el día, ¿de acuerdo?

–  De acuerdo. – Le respondo asustada, con un hilo de voz.

Gonzalo me coge en brazos y me lleva a la habitación, donde me deposita con cuidado sobre la cama y se sienta a mi lado antes de decirme con la voz más suave y relajada:

–  Cariño, tienes que prometerme que vas a hacer todo lo que diga el doctor. Hasta que te mejores, voy a trabajar desde casa.

–  No es necesario que me trates como a una niña pequeña, estoy bien. – Replico. – No he hecho ningún esfuerzo, seguramente haya sido la medicación que me deja atontada y me da sueño.

–  Valeria, quédate con Dayana hasta que llegue el doctor. – Musita Gonzalo enfadado otra vez.

–  ¿A dónde vas? – Le pregunta Valeria.

–  Tengo una reunión en diez minutos con unos empresarios que han viajado expresamente desde la otra punta del mundo para hacer negocios conmigo, solo he venido a echar un vistazo y no puedo quedarme, pero llámame en cuanto el doctor la vea. Quiero estar al tanto de lo que ocurra. – Responde Gonzalo antes de marcharse sin despedirse de mí.

Resoplo y pongo los ojos en blanco mientras escucho como Gonzalo baja las escaleras acompañado de Ramiro y charlando, pero no logro escuchar lo que dicen.

–  ¿Estás segura de que no hay ninguna posibilidad de que estés embarazada? – Me pregunta Valeria sentándose a un lado de la cama. – Yo también tenía los mismos síntomas durante los primeros meses de embarazo.

–  Es imposible, tomo la píldora y no se me ha olvidado ni una sola vez. – Le respondo.

–  Entonces, ¿por qué pones esa cara cuándo escuchas hablar del tema?

–  Hasta que Ramiro lo ha mencionado, no me había dado cuenta de que no me ha venido la regla desde que me dispararon. – Le confieso.

–  Entonces, ¿es posible que estés embarazada?

–  No lo sé. – Le respondo sollozando. – Ya te he dicho que no me he dejado de tomar la píldora, a lo mejor se me ha desajustado con la medicación o por la pérdida de sangre. Esto no me puede pasar a mí, Valeria. ¿Cómo se lo diría a Gonzalo? Apenas estamos empezando y…

Alguien da un par de golpes suave a la puerta de la habitación y me callo.

–  Adelante. – Responde Valeria cogiéndome de la mano.

La puerta se abre y entra el doctor Maxwell con un maletín en la mano y con aspecto algo preocupado.

–  Buenas tardes, señorita Blake. – Me saluda estrechándome la mano y después hace lo mismo con Valeria: – Señora García.

–  Buenas tardes, doctor. – Respondemos Valeria y yo al unísono.

–  ¿Qué es lo que ha ocurrido, señorita Blake? – Me pregunta el doctor al mismo tiempo que saca un aparato para tomarme la tensión y otro para pincharme en un dedo y ver a cómo estoy de azúcar. – Voy  tomarle las constantes vitales, puede responder mientras tanto.

–  Esta mañana me he levantado con muchas náuseas y estaba un poco mareada, pero después de desayunar me he encontrado mejor. – Le explico. – Después ha venido Ramiro y de repente me he empezado a marear otra vez y me he desmayado.

–  Sus constantes vitales son normales, está bien de azúcar y la tensión está dentro de los parámetros normales. – Me dice el doctor.

–  Entonces, ¿qué me ha pasado? – Le pregunto.

–  Solo pueden ser dos cosas: o tiene anemia o está embarazada. – Me responde el doctor. – Puedo hacerle unos análisis y tendremos los resultados mañana a primera hora. Pero si sospecha que puede estar embarazada puede comprar un test de embarazo en la farmacia y salir de dudas en dos minutos.

–  Doctor, no me he dejado de tomar la píldora anticonceptiva ni un solo día, exceptuando los días de reposo que me tomo el placebo, pero no me ha venido la regla desde que me dispararon. – Le explico algo avergonzada por tener que hablar de esto. – ¿Cree que es posible que…?

–  Debería haberme dicho que tomaba la píldora, cuando le pregunté si tomaba algún tipo de medicación me dijo que no. – Me dice el doctor resoplando. Me mira fijamente a los ojos y, con pies de plomo, me dice: – Verá señorita Blake, los antibióticos suelen anular el efecto de las píldoras anticonceptivas y, teniendo en cuenta que los antibióticos que le di son unos de los más fuertes, la posibilidad de que esté embarazada es altamente probable.

–  Hágame los análisis y llámeme cuando tenga los resultados. – Le digo con un hilo de voz. – Le ruego discreción, no me gustaría que alguien más se enterara antes que Gonzalo.

–  No se preocupe señorita Blake, seré muy discreto. – Me responde. – Pero el señor Sánchez querrá que le dé una explicación sobre lo que le ha ocurrido, no es un hombre que se conforme con una respuesta simple.

–  Si contacta con usted, dígale que todo está perfectamente bien, que me sentó mal la cena o que tengo un poco de anemia, no quiero alarmarle hasta que esté segura y lo haya asimilado. – Le pido al doctor.

–  La llamaré mañana en cuanto tenga los resultados. – Me dice el doctor recogiendo sus cosas y, antes de despedirse y marcharse, me dice: – Debería guardar reposo en cama un par de días, tanto si está embarazada como si tiene anemia, lo necesita.

–  No se preocupe, yo me encargaré de que siga sus indicaciones al pie de la letra. – Le dice Valeria acompañándolo a la puerta. – Ahora mismo vuelvo, Dayana. Voy a acompañar al doctor a la puerta.

Valeria sale de la habitación con el doctor y yo me quedo tumbada en la cama mientras mi cabeza le da mil vueltas a la posibilidad de que pueda estar embarazada. ¿Voy a ser madre? Ni siquiera me lo había planteado ni una sola vez. ¿Qué le voy a decir a Gonzalo? Está demasiado enfadado como para darle una noticia así, se ha marchado sin despedirse de mí. Decido esperar a contárselo hasta estar totalmente segura de que estoy embarazada, después trataré de asimilarlo yo y buscaré la manera de contárselo.

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