Empezar de cero 18.

Empezar de cero

Durante los tres días siguientes, Gonzalo me obliga a permanecer en la cama y tan solo me deja levantarme para ir al baño. Se ha ocupado de mí en todo momento y no me ha dejado sola ni un segundo, pese a que Valeria pasa conmigo todo el día y por las tardes recibo la visita de Rosalía y Federico.

He escogido la habitación de al lado del despacho de Gonzalo para montar mi propio despacho y Valeria se ha puesto manos a la obra con la decoración. Ha escogido la pintura, las cortinas, los muebles y todo lo que se le ha ocurrido. Gonzalo ha dado el visto bueno a todas las sugerencias y consejos sobre decoración que Valeria ha mencionado, dispuesto a complacernos.

Gonzalo ha llamado a sus padres y les ha invitado a pasar con nosotros el fin de semana con la intención de que ambos les expliquemos lo que ha pasado, antes de que se enteren por otra persona. Velasco también viene a verme todas las mañanas y Joel y Natalia me hacen compañía a última hora de la tarde.

Una semana después del incidente, mi nuevo despacho ya está listo y empiezo a trabajar desde casa. Natalia me pone al corriente de todo lo que sucede en la oficina y también hablamos de Joel y Gonzalo antes de que Joel pase a recogerla para llevarla a la pensión.

Estoy terminando de leer un artículo que me ha enviado por e-mail una de las redactoras de la revista cuando Gonzalo abre la puerta de mi despacho y, al verme sentada frente al escritorio, me dice:

–  Cariño, no deberías estar aquí otra vez. Me prometiste que no pasarías más de cuatro horas ahí metida y te estás pasando, necesitas reposar y descansar.

–  Ya he terminado. – Le respondo con una inocente sonrisa. – En dos semanas lanzamos la revista de noviembre y tiene que estar todo perfecto.

–  Todo lo que dices, haces y tocas es perfecto, preciosa. – Me responde rodeándome con los brazos con ternura. Me da un casto beso en los labios y añade: – He preparado una cena romántica, aún no hemos celebrado nuestro medio año juntos como es debido.

–  No te merezco, eres demasiado bueno para mí. – Le susurro al oído mientras él me abraza. – Te quiero, Gonzalo.

–  Repítelo, cariño. – Me susurra abrazándome con fuerza. – Es la primera vez que me lo dices y quiero oírlo de nuevo.

–  ¿No te lo he dicho nunca? – Le pregunto sorprendida. – Es curioso, porque lo pienso muy a menudo.

–  Dímelo otra vez, pequeña. – Vuelve a susurrarme con la voz ronca.

–  Te quiero, cariño. – Le contesto con una pícara sonrisa.

Gonzalo me coge en brazos y me lleva hasta el salón, dónde descubro que la mesa auxiliar que hay frente a la chimenea está preparada para sentarnos a cenar. El salón está en penumbra, exceptuando el centro de la mesa auxiliar que está iluminado por el fuego de la chimenea y dos velas rojas. Sobre la mesa auxiliar, hay dos cajas de pizzas de alguna pizzería con servicio a domicilio.

–  ¿Te gusta? – Me pregunta al mismo tiempo que me deposita sobre un puf frente a la mesa y la chimenea y después se sienta a mi lado.

–  Me encanta la pizza, pero creo que tenemos un contexto distinto de una cena romántica. – Le respondo burlonamente. – Hubiera preferido empezar por el postre.

–  Yo también, pero debo asegurarme de que antes repones la suficiente energía como para poder tomar un buen postre. – Me responde divertido.

–  De acuerdo, pero no te olvides de darme el postre. – Le replico. – Ésta última semana casi te he tenido que rogar que me hagas el amor.

–  Cariño, ésta última semana te han disparado, has pasado dos días inconsciente y han tenido incluso que hacerte una transfusión de sangre. – Me recuerda Gonzalo. – El médico me dijo que debía asegurarme de que guardabas reposo y no hacías ningún esfuerzo, pero te aseguro que yo lo he pasado peor que tú.

–  No te creo. – Le respondo. – Quiero hacer el amor de verdad, cariño. – Protesto. – Quiero que me abraces con ferocidad, que me penetres por completo de una sola estocada y me hagas gemir como a ti tanto te gusta.

Gonzalo me mira fijamente a los ojos durante un segundo y acto seguido me coge de la cintura y me sienta a horcajadas sobre su regazo. Me besa apasionadamente y hacemos el amor salvajemente, como tanto he añorado desde que me dispararon.

Al día siguiente, los padres de Gonzalo vienen a visitarnos. Gonzalo y yo teníamos la intención de contarle lo que ha ocurrido, pero al parecer alguien ya se lo había contado antes incluso de llegar a la pensión y, obviamente, le han dado una información errónea. Por suerte, Natalia, Federico y Rosalía los han calmado y les han explicado toda la verdad, aunque no se han quedado mucho más tranquilos.

Sofía y Felipe han irrumpido en casa seguidos de Natalia, Rosalía y Federico, que seguían tratando de convencerles de que estábamos bien.

–  ¿Por qué no nos habéis avisado antes? – Nos reprocha Sofía casi sollozando. – ¡Qué disgusto nos hemos llevado!

–  Lo siento, Sofía. – Me disculpo. – Pretendíamos todo lo contrario, no queríamos asustaros.

–  ¡Oh, Dayana! Tú no tienes la culpa de nada. – Me dice Sofía abrazándome. – Nos hemos asustado, pero ahora que os vemos a los dos ya estamos más tranquilos.

Gonzalo me abraza desde atrás, me da un beso en la mejilla y les dice a sus padres:

–  Dayana es una auténtica guerrera. – Me besa en la sien y me susurra al oído para que nadie más que yo le escuche: – Dentro y fuera de la cama.

Le dedico una sonrisa con complicidad y pasamos todos al salón. Gonzalo no se separa de mí, me abraza constantemente para hacerme saber que está conmigo y me apoya, no deja de preguntarme cómo me encuentro. Pasadas un par de horas, Gonzalo me dice:

–  Cariño, deberías descansar un poco.

–  Estoy cansada de tanto descansar. – Protesto poniendo morritos como si fuera una niña pequeña. – Me voy a volver loca si me paso el día encerrada en la habitación.

–  ¿La tienes secuestrada, Gonzalo? – Se mofa Natalia.

–  El doctor ha indicado expresamente que no puede realizar ningún tipo de esfuerzo. – Recalca Gonzalo.

–  ¿Ningún tipo de esfuerzo? – Bromea Natalia. – Creo que no te conviene tener a Dayana de mal humor, tú mismo has dicho que es toda una guerrera.

–  ¡Natalia! – La reprende Gonzalo al mismo tiempo que Sofía y yo nos echamos a reír. Gonzalo se vuelve hacia a nosotras y nos espeta molesto: – ¿De verdad queréis que hablemos de eso?

–  No nos interesan los detalles, pero deberías tener contenta a Dayana. – Le responde Sofía tratando de ocultar la sonrisa en su rostro.

–  ¡Mamá, por favor! – Protesta Gonzalo incómodo.

–  Solo te estoy dando un consejo, hijo. – Finge hacerse la inocente Sofía. – A una mujer tienes que darle todo lo que necesita si quieres mantenerla a tu lado.

–  No podría estar más de acuerdo, Sofía. – Le digo sonriendo.

Gonzalo me reprende con la mirada, no es agradable para él que su madre le hable de sexo y mucho menos que yo me ponga de su parte. Le doy un beso en los labios y le susurro al oído:

–  Te quiero, cariño.

Gonzalo me sonríe con ternura y me devuelve el beso.

–  No es necesario que acates mi consejo de inmediato. – Bromea Sofía al ver que las manos de Gonzalo se mueven con descaro por mi cuerpo.

Me ruborizo de inmediato y me aparto ligeramente de Gonzalo, pero él me lo impide agarrándome por la cintura y estrechándome contra su cuerpo mientras me sonríe burlonamente.

Cenamos todos juntos en familia, porque así es como me hacen sentir. Felipe y Sofía están cansados del viaje y después de cenar se marchan a la casa que poseen en Bahía del Mar, la casa donde Gonzalo se crio. Natalia, Rosalía y Federico  también se marchan a la pensión y Gonzalo y yo también nos vamos a nuestra habitación para solventar el asunto pendiente.

–  Cariño, voy a pasarme la noche entera haciéndote el amor. – Me susurra con la voz ronca en cuanto cierra la puerta de la habitación. – Quiero darte lo que necesitas.

–  Entonces, bésame y hazme el amor. – Le respondo excitada.

Con delicadeza y ternura, Gonzalo me coge en brazos, se sienta en la cama y me coloca a horcajadas sobre su regazo. Despacio y con cuidado, me quita el jersey que llevo puesto y después hace lo mismo con el sujetador, dejando mis pechos al descubierto. Lame, muerde y estira mis pezones con su boca y mi cuerpo se arquea facilitándole el acceso.

–  Eres preciosa, mi amor. – Me susurra al oído ahora acariciando mis pechos. Me estrecha entre sus brazos y me gira para colocarme tumbada boca arriba sobre la cama y, con una sonrisa traviesa, me besa el ombligo y desliza mis tejanos y mi tanga por mis piernas hasta quitármelos y dejarme completamente desnuda. – Nunca te dejaré escapar, pequeña. Te quiero demasiado como para vivir sin ti.

–  Eso lo dices ahora. – Bromeo.

–  Eso lo digo ahora y lo diré siempre. – Sentencia. – Te quiero, pequeña. No quiero que lo dudes ni un solo segundo, ¿de acuerdo?

–  Demuéstramelo, cariño. – Le pido con la voz ronca.

–  Como desees, señorita Blake. – Me responde. – Suena un poco raro, quedaría mejor si fueras la señora Sánchez.

–  ¿Debo tomarme eso como una propuesta? – Pregunto sorprendida.

–  Solo pretendo que te vayas acostumbrando a mi apellido, algún día lo llevarás. – Me contesta sonriendo.

–  Es un poco pronto para tener esta conversación, deberíamos concentrarnos en lo que estamos haciendo, cariño. – Le digo cambiando de tema.

–  Pronto tendremos esta conversación, pequeña. – Me responde tras darme un beso. – Pero por ahora voy a dejar que lo vayas asimilando.

Pasamos un romántico fin de semana a pesar de que los padres de Gonzalo pasan la mayor parte del día en casa con nosotros, pero las noches son solo nuestras, de Gonzalo y mías.

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