El último verano (V/V).

A la mañana siguiente, Ana se despertó en la enorme cama del camarote principal del yate, envuelta por los brazos de Nahuel. Su mirada se encontró con la de Nahuel y ambos sonrieron, pero en sus ojos se pudo notar la tristeza que les causaba la inminente despedida. Nahuel la estrechó entre sus brazos, depositó un par de besos en su cuello y le susurró al oído: —Preciosa, creo que voy a secuestrarte. —Ojalá pudiera quedarme, pero tengo que regresar a la ciudad —se lamentó Ana. Miró el reloj que colgaba de una de las paredes y añadió—: Es tarde, debería regresar al apartamento, las chicas se estarán preguntando dónde me he metido. —Aún tenemos tiempo… —comentó Nahuel desapareciendo bajo las sábanas. Ana sintió las manos de Nahuel sobre sus caderas y se estremeció cuando comenzó a deslizarlas hasta a las rodillas para abrirle las piernas. Lo siguiente que notó fue la lengua de Nahuel recorriendo cada recoveco de su pubis, entreteniéndose con su abultado clítoris que delataba su excitación. —Nahuel… —Dime qué quieres, preciosa. —Te quiero dentro —le rogó desinhibida. Nahuel no se hizo de rogar y la penetró de una sola estocada, haciéndola gemir sin que se reprimiera y excitándolo como solo ella sabía. —Me excitas demasiado, no voy a durar mucho más —susurró Nahuel con la voz ronca. Aquellas palabras provocaron una oleada de placer en el cuerpo de Ana al alcanzar el orgasmo y Nahuel la siguió con un gruñido gutural antes de derramarse dentro de ella. Nahuel se dejó caer a un lado de la cama y agarró a Ana para llevársela consigo y mantenerla entre sus brazos hasta que sus respiraciones se normalizaron y decidieron darse una ducha, donde volvieron a hacer el amor. Navegaron de regreso al puerto y allí se montaron en el coche de Nahuel para dirigirse al apartamento de las chicas. El silencio reinó durante todo el trayecto, ambos pensaban en aquella inminente despedida. Nahuel aparcó el coche frente a la puerta del edificio y anunció con desgana: —Ya hemos llegado. —Llegó la hora de regresar a la ciudad —comentó Ana tras un largo suspiro. Nahuel se bajó del coche y ayudó a Ana a bajar. En cuanto sus pies tocaron el suelo, la agarró por la cintura y la estrechó con fuerza contra su cuerpo. —Te buscaré cuando regrese a la ciudad, no importa dónde te escondas, te encontraré. Ana sonrió y ambos se besaron con urgencia. Todavía no se habían separado y ya se echaban de menos.

***

  Ruth y David pasaron la noche haciendo el amor en la habitación de hotel donde él se hospedaba. Ninguno de los dos quería admitirlo, pero se iban a echar de menos más de lo que sospechaban. Ruth estaba triste. David le gustaba de verdad, por él sentía algo especial que no quería dejar de sentir, pero su traslado lo complicaba todo. Las relaciones a distancia no funcionaban, alguno de los dos terminaría conociendo a otra persona y todo terminaría. —Estás muy callada, no quiero que nos despidamos así —le dijo David abrazándola por la espalda—. Regálame una despedida digna de recordar, pequeña leona. Ruth no se lo pensó dos veces, David tenía razón. En lugar de deprimirse, decidió disfrutar de una gran despedida digna de recordar. Empujó a David para que cayera sentado sobre la cama,  encendió la radio y comenzó a desnudarse al ritmo de la música. David se acomodó en la cama y la observó con deseo, conteniendo las ganas que sentía de echársele encima y poseerla de forma salvaje. Ruth se deshizo de toda su ropa y, cuando se quedó completamente desnuda, se sentó a horcajadas sobre David, que en un arrebato él también se había desnudado, y le cabalgó acompasando sus sensuales movimientos con sus placenteros gemidos. —Me vas a matar, Ruth —musitó David haciendo un esfuerzo para contenerse y evitar correrse antes que ella. Deslizó su mano hasta a dónde sus cuerpos se unían y estimuló su clítoris al mismo tiempo que le ordenó—: Córrete, Ruth. No voy a durar mucho más. Ruth se dejó llevar por aquella oleada de placer que la invadía y un gemido gutural salió de su garganta cuando su cuerpo estalló en mil pedazos. Tras dos embestidas más, David la acompañó y ambos se quedaron abrazados sobre la cama mientras recobraban el aliento. —Tengo que irme, las chicas me estarán esperando —comentó Ruth pasados unos minutos. David asintió y, tras darse una ducha rápida, recogieron sus cosas y dejaron aquella habitación de hotel en la que habían disfrutado los últimos días. David se ofreció a llevarla al apartamento y trató de darle conversación durante todo el tiempo que duró el trayecto, aunque no tuvo demasiado éxito. Ruth se dedicó a responder con monosílabos a todas las preguntas que él le hacía y, cuando llegaron al apartamento, David supo que probablemente no la volvería a ver. —Te voy a echar de menos —le susurró al oído con sinceridad. —Entonces, llámame si vienes de visita a la ciudad —le propuso Ruth con la esperanza de que realmente la llamara. —Lo haré, pequeña leona. Se despidieron con un intenso beso en los labios que duró más de lo que pretendían y dejó ver más de lo que deseaban. Ambos sabían que su historia acaba ahí, pero siempre la recordarían con una sonrisa en los labios.

***

  Eva se despertó al amanecer. Puede que no tuviera a mano un reloj, pero su cuerpo estaba acostumbrado a la rutina y siempre se despertaba a la misma hora. Se volvió hacia a su izquierda y sonrió al ver a Derek durmiendo completamente desnudo. Se ruborizó al pensar en todas las cosas que le había retado a hacer y cómo había disfrutado con ello. Había sido un verano lleno de retos y aventuras, pero ya era hora de regresar a casa y volver a ser la de siempre. Había estado bien dejarse llevar por unos días y disfrutar de la vida sin preocupaciones, pero ya tocaba afrontar sus responsabilidades. Se levantó de la cama y tras ponerse la camisa de Derek, decidió salir al porche de la cabaña para tomar el aire y aclarar sus ideas. Escuchó gemidos procedentes de la cabaña de al lado y decidió echar un vistazo desde el porche. Lo que vio no se lo esperaba y se quedó paralizada, sin poder apartar la mirada de todas aquellas personas que disfrutaban de una peculiar fiesta que probablemente comenzó la noche anterior. Una docena de personas, mitad hombres y mitad mujeres, completamente desnudos y probablemente con varias copas de más, disfrutaban de una orgía al aire libre. Eva les observó sin ningún tipo de disimulo y a ellos no pareció importarles. Se fijó en la pareja que había en el balancín, el hombre estaba sentado y tenía a la mujer entre sus piernas, con la espalda de ella apoyada en el pecho de él. Estaban desnudos y él la acariciaba. Comenzó por sus pechos y deslizó sus manos por sus muslos para abrirla de piernas y ofrecer un primer plano de su sexo. El hombre metió uno de sus dedos en la boca de la mujer y acto seguido lo llevó a su entrepierna para penetrarla despacio y con suavidad. Tras un par de minutos, el hombre alzó a la mujer agarrándola por las caderas y, colocando su erecto miembro en la entrada de su vagina, dejó que se deslizara penetrándola con suavidad. Una de las mujeres los había estado observando y se acercó a ellos con la intención de participar. Se colocó de rodillas frente a ellos y hundió su cara en la entrepierna de la otra mujer, lamiendo a consciencia el centro de su placer. Un hombre que salía de la cabaña se topó con ellos y le dio una sonora cachetada en el trasero a la mujer que se había arrodillado y que seguía con su tarea de dar placer con su boca a aquella otra mujer. El tipo se excitó con semejante espectáculo, se colocó de rodillas detrás de la mujer y comenzó a acariciarle el trasero y la entrepierna. Esparció la humedad de su pubis hacia el trasero y le penetró el ano con el dedo pulgar, provocando un leve gemido en aquella mujer. Se agarró el miembro y, tras guiarlo hacia a la entrada de su ano, la penetró con dureza, haciendo que la mujer soltara un gemido desgarrador, pero no se apartó ni dejó de lamer y mordisquear el clítoris de la otra mujer. —Te gusta mirar, pequeña pervertida —le susurró Derek al oído, sorprendiéndola espiando a los vecinos montándose una orgía—. ¿Quieres que nos unamos a ellos? Eva se tensó. Una cosa era excitarse mirándoles y otra muy distinta participar en aquella perversión. No pensaba permitir que unos completos desconocidos le pusieran las manos encima, mucho menos la lengua. Pero Derek tenía otros planes y comenzó a deslizar sus manos por el cuerpo de ella, pellizcó sus pezones hasta endurecerlos y la penetró con sus dedos mientras la besaba en el cuello y la obligaba a mirar a los vecinos. Sin darse apenas cuenta, Eva se encontró sentada sobre el semi muro del porche de la cabaña frente a la orgía que los vecinos habían montado en el jardín, mientras Derek la penetraba con sus dedos y se deshacía de aquella camisa que era lo único que cubría su cuerpo desnudo. —Derek… —Solo disfruta, considéralo la última aventura de estas vacaciones de verano —insistió Derek sin dejar de masturbarla. La agarró de la cintura, le dio media vuelta para que quedara frente a él y, antes de penetrarla con su duro y erecto miembro, le ordenó—: Quiero oírte gemir, nena. Eva gimió al sentir la invasión de Derek y se dejó llevar sin reprimirse. Él conseguía desinhibirla y que se entregara completamente al placer sin objeciones. Ambos alcanzaron juntos el clímax y, tras dejar pasar un par de minutos para recuperar las fuerzas, Derek la cogió en brazos y la llevó de vuelta al interior de la cabaña. Se metió en la ducha con ella y volvieron a hacer el amor antes de regresar al apartamento con las chicas. Derek se comportó con naturalidad durante el trayecto de regreso al apartamento, pero Eva estaba más callada y extraña de lo habitual. Su sensatez llevaba a cabo una lucha interna con su corazón y todo lo que había sentido los últimos días pero, como era habitual en ella, la razón siempre ganaba. Su relación con Derek no tenía sentido, no tenían nada en común, se pasaban el día discutiendo y apenas se soportaban. El sexo era lo único que se les daba bien hacer juntos, algo que estaba bien para las vacaciones pero no para la vida responsable que Eva llevaba en la ciudad. —Ya hemos llegado, Barbie —anunció Derek. Se bajó del coche y cogió la maleta de Eva del maletero mientras ella se tomaba su tiempo para salir del coche—. Ha sido un placer hacer de guía turístico para ti, llámame si decides regresar a la costa. —No creo que regrese por aquí. —Pues no te vendría nada mal regresar por aquí de vez en cuando, llegaste con cara de amargada y ahora estás preciosa, follar te sienta bien. Eva se ruborizó, seguía sin acostumbrarse a aquel lenguaje soez que a Derek le gustaba utilizar solo para incomodarla. Se despidió de él con un leve gesto de cabeza y dio media vuelta para entrar en el edificio. — ¡Eh, Barbie! —La llamó Derek antes de perderla de vista—. Llámame si necesitas una puesta a punto. Eva le mostró el dedo corazón de su mano derecha y entró en el edificio echa una furia, solo él era capaz de llevarla al paraíso y poco después sacarla de quicio.

***

  Las chicas emprendieron su viaje de regreso a casa, dejando atrás esas vacaciones de verano en la costa que tanto habían cambiado sus vidas. Ruth creía haber encontrado al hombre de su vida y el destino lo había enviado a la otra punta del país; Eva había descubierto su lado oscuro y desinhibido con Derek; y Ana creía haber encontrado el amor junto a Nahuel, pero solo el tiempo lo podría confirmar…

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