El último verano (IV/V).

Los días fueron pasando y las chicas continuaron disfrutando de sus respectivas compañías masculinas. Ruth pasaba todo el tiempo con David y dormía en la habitación de hotel donde él se hospedaba. Ana pasaba el día en la playa con Nahuel aprendiendo a surfear y regresaba al apartamento al anochecer agotada, se duchaba, cenaba y se iba a dormir. Y Eva experimentaba lo que era vivir sin normas y sin horarios, al mismo tiempo que disfrutaba y se divertía con la compañía de Derek.

El viaje de las tres amigas llegaba a su fin y pero las tres estaban contentas y satisfechas con ese verano de aventuras. Sus diarios de abordo estaban repletos de escritos y fotografías, habían detallado e ilustrado su viaje como si se tratara de un diario de a bordo de los de verdad.

Las chicas habían hecho planes individuales para pasar el último día y la última noche en la costa, así que quedaron en reunirse en el apartamento a las nueve de la mañana para recoger sus maletas y regresar a la ciudad.

 

Ruth estaba desayunando con David en la terraza del hotel cuando el teléfono de David comenzó a sonar. Alguien le llamaba con insistencia y finalmente David se decidió levantarse y entrar en la habitación a cogerlo. Ruth cerró los ojos y dejó que los suaves rayos de sol de primera hora de la mañana calentaran su rostro. No prestó atención a la conversación que David mantenía por teléfono, pero cuando regresó a la terraza lo vio con el gesto contrariado. Parecía contento y a la vez triste, no soltaba prenda, así que Ruth le preguntó:

— ¿Va todo bien?

—Sí y no —le respondió David poniéndose tenso—. Tengo una buena y una mala noticia.

— ¿Dos noticias?

—En realidad, solo es una —le aclaró David—. Por una parte es buena y por otra es mala.

—No me estoy enterando de nada, será mejor que empieces por el principio —le solicitó Ruth.

Durante los días que habían pasado juntos en la costa, David y Ruth habían experimentado muchas cosas. Por supuesto, el sexo era una de ellas, pero no la única. Se habían divertido conociéndose y habían disfrutado acompañándose el uno al otro. Durante las últimas semanas habían convivido juntos las veinticuatro horas del día, inevitablemente ambos acabaron encaprichándose más de lo que pretendían. Incluso habían llegado a mencionar que podrían seguir viéndose cuando ella regresara a la ciudad, pues tan solo vivían a un par de horas de distancia.

—Me han llamado del colegio de medicina, ya tengo plaza fija en un hospital —le dijo David con una media sonrisa.

— ¡Eso es genial! —Exclamó Ruth abrazándole—. Enhorabuena, doctor. Tendremos que celebrarlo.

—La mala noticia es que me han dado la plaza justo en el otro extremo del país, en la costa oeste.

—Vaya —musitó Ruth sentándose de nuevo en la hamaca—. Eso significa que ya no estaremos a dos horas de distancia.

—Estaremos a cuatro horas de distancia, pero en avión.

— ¿Y no puedes cambiarla por otra plaza más cercana?

—No funciona así, pequeña —le contestó David en susurro al mismo tiempo que se sentaba junto a ella y la abrazaba—. Si acepto la plaza me darán puntos, lo que significa que me darán más prioridad cuando salga una plaza libre en la ciudad.

— ¿Y cuánto tiempo puede pasar hasta que consigas una plaza en la ciudad?

—Depende, puede que un par de años o puede que sean quince —le contestó David con sinceridad—. No puedo pedirte que me esperes cuando ni siquiera sé cuándo voy a volver, puede que ni siquiera vuelva. Tampoco puedo pedirte que lo dejes todo y vengas conmigo, por más que quiera, no sería justo contigo.

—Supongo que entonces hoy es nuestro último día —comentó Ruth con tristeza.

—No te pongas triste, en lugar de eso, disfrutemos del día a lo grande —la animó David, a quien también le había entristecido saber que probablemente no volvería a ver a Ruth.

Ruth decidió seguir su consejo y disfrutar del día a lo grande. Había venido a la costa en busca de aventuras y había vivido junto a David una inolvidable, no iba a estropearla ahora.

Ruth se levantó de la hamaca, se puso de pie frente a David y se desnudó lentamente bajo la atenta mirada de él.

— ¿Qué pretendes, pequeña? —Le preguntó David sonriendo con malicia.

—Pretendo que me hagas el amor, aquí y ahora —le respondió Ruth apoyando el pie sobre la tumbada y deslizando su mano hacia su entrepierna para acariciarse.

David la observó excitado. Verla apoyada en la barandilla de cristal de la terraza de aquella habitación de hotel donde cualquiera que se asomara pudiera verlos era excitante y le estaba volviendo loco. A ninguno de los dos les importó nada más que unir sus cuerpos y disfrutar de ese último encuentro que duraría menos de veinticuatro horas.

 

***

 

Eva decidió pasar las últimas veinticuatro horas en la costa con Derek. Durante las dos últimas semanas, Eva se había visto obligada a hacer mil locuras y, por primera vez en su vida, se sentía libre. Derek había pensado en darle una sorpresa y había hecho planes sin decirle nada a Eva. Pasó a recogerla por el apartamento y, en lugar de ir en coche, fue en moto. A Eva casi le dio un infarto cuando lo vio.

—No pienso subirme en ese trasto —le advirtió Eva frunciendo el ceño.

—Barbie, creía que querías aventuras —le recordó Derek divertido—. Confía en mí, prometo que no te pasará nada.

Eva lo dudó un instante, pero finalmente accedió y se montó en la moto tras Derek, agarrándose con fuerza a su cintura. Ni siquiera le preguntó a dónde la llevaba, lo único que le importaba era disfrutar de su último día en la costa.

Derek condujo durante más de una hora por caminos sin asfaltar hasta llegar a una larga playa virgen. Eva tan solo pudo ver a un par de parejas dispersadas en lo que podían ser varios kilómetros de playa. No tardó en deducir que se trataba de una playa nudista cuando vio que las pocas personas que andaban por allí iban desnudos, pero estaban lo bastante lejos como para no sentirse incómoda.

— ¿Me has traído a una playa nudista? —Le preguntó poniendo los brazos en jarras.

—Querías vivir nuevas experiencias, creo que el nudismo sería una gran experiencia que recordar y, si no entendí mal, dijiste que querías hacer lo que nunca harías en la ciudad.

—Hablo demasiado —murmuró entre dientes Eva.

—Entonces, ¿te animas?

—No he pasado una hora montada en ese trasto para regresar ante el primer obstáculo, voy a vivir mi última aventura en la costa.

Derek respiró aliviado, por un momento había pensado que Eva montaría en cólera y tuvieran que regresar, pero lo había asumido como un reto más, sorprendiéndole como solo ella podía sorprenderle.

Con timidez y sonrojada, Eva colocó su toalla sobre la arena y comenzó a desnudarse lentamente. Derek hizo lo mismo pero más rápido, él no sentía ningún tipo de pudor por mostrarse tal y cómo había llegado al mundo. Se tumbó sobre su toalla y se deleitó observando cómo Eva continuaba desnudándose.

—Si sigues mirándome así, me vas a desgastar —le dijo Eva fingiendo indiferencia—. Y no creo que sea muy ético aprovecharse de una alumna.

—No estás nada mal, Barbie —le dijo Derek sonriendo con malicia—. Tienes el culo un poco flácido, pero…

— ¡Eh! —Le replicó Eva dándole un manotazo—. Mi culo está perfectamente firme.

—Tendré que tocarlo para comprobarlo —añadió Derek divertido.

— ¡Ya te gustaría a ti!

Eva se tumbó boca abajo sobre la toalla. A pesar de que trataba de aparentar normalidad al hacer nudismo en la playa, lo cierto es que estaba hecha un manojo de nervios, algo que no le pasó por alto a Derek.

—Deberías echarte protector solar o te quemarás —le aconsejó Derek divertido.

Eva refunfuñó entre dientes, pero se incorporó y siguió el consejo de Derek, lo último que necesitaba era quemarse la piel. Se volvió para alcanzar la bolsa y coger la crema solar cuando se percató de que, a pocos metros de ellos, una joven pareja se acariciaba con sensualidad mientras se embadurnaban de crema el uno al otro. Los observó con descaro, aquella pareja parecía haberse olvidado de todo a su alrededor, era como si solo estuvieran ellos dos en la playa. El chico acariciaba los pechos de la chica mientras ella se entrega por completo al placer de aquellas caricias, provocándole algunos gemidos audibles desde donde estaban Eva y Derek. El chico continuaba acariciando a la chica, descendía poco a poco por su abdomen hasta que su mano se hundió en la entrepierna de ella, haciéndola gemir con más fuerza.

— ¿Te excita mirar? —Le susurró Derek al oído, sentándose justo detrás de ella y colocando sus piernas a ambos lados del cuerpo de Eva.

Eva se tensó. Efectivamente, se había excitado. Pero eso jamás lo reconocería en voz alta y menos delante de Derek. Sin embargo, Derek no necesitaba que Eva le confirmara lo que ya sabía, pues se tenía que ser ciego para no haberse dado cuenta de la excitación en los ojos de Eva. Derek le arrebató el bote de crema solar de las manos y, con delicadeza, empezó a embadurnar la espalda de Eva. Ella se dejó hacer. La imagen de aquella pareja desconocida entregándose al placer frente a ellos y las caricias de Derek en su espalda que poco a poco se empezaron a expandir hacia a los brazos, el cuello y el abdomen, la excitaban cada vez más hasta el punto que Eva no pudo reprimir un leve gemido cuando Derek rozó uno de sus pezones al retirar la mano para agarrar de nuevo el bote de crema. Esa era la señal que Derek esperaba y sonrió satisfecho, tenía a su Barbie receptiva y dispuesta.

—Relájate y disfruta, estoy seguro de que esto no lo volverás a hacer cuando regreses a la ciudad —le susurró Derek.

Tan solo obtuvo un gemido de Eva a modo de respuesta, pero eso le era suficiente para continuar con todo lo que tanto deseaba. Derek atrajo a Eva hacia él para que recostara su espalda sobre su pecho y utilizó sus piernas para alzar y abrir más las de ella, dejándola totalmente expuesta frente a la joven pareja que se divertía jugando cerca de ellos. Eva se dejó hacer. Estaba demasiado excitada para negarse y, llegados a ese punto, ya todo le daba igual.

Derek comenzó masajeando sus pechos para después descender por su abdomen hasta llegar a su pubis, completamente rasurado. Deslizó su dedo corazón entre los labios vaginales y comprobó que estaba húmeda, Eva estaba muy excitada. Ante el contacto tan íntimo, Eva se tensó, pero con cada movimiento circular que Derek ejercía sobre su clítoris más le costaba pensar con sensatez. Eva se arqueó ofreciéndole todo su cuerpo y Derek la aceptó, al mismo tiempo que acariciaba sus pechos y estimulaba su clítoris hasta que los temblores previos al orgasmo sacudieron ligeramente el cuerpo de Eva.

—No pares, por favor —le rogó Eva con la voz ronca.

— ¿Quieres llegar hasta el final, Barbie?

Eva no contestó, dio media vuelta sin moverse del sitio y acto seguido empujó a Derek obligándolo a tumbarse boca arriba en la toalla. Sin pensárselo dos veces, Eva se subió a horcadas sobre él, agarró el miembro de él para colocarlo en la entrada de ella y, con un movimiento descendente, suave pero contundente, se empaló, dejando a Derek sin palabras, excitándolo todavía más de lo que ya estaba.

— ¿Tomas la píldora? —Le preguntó Derek mientras salía y entraba de ella.

— ¿Ahora te preocupa la sensatez? —Le respondió Eva con sarcasmo.

— ¿Es que no puedes dejar el sarcasmo ni en un momento así? —Le replicó Derek a quien le estaba excitando todavía más aquella tonta discusión.

—Tranquilo, no tengo pensado ser madre hasta dentro de por lo menos diez años —le respondió Eva dando el tema por zanjado.

Sin más conversación, ambos se entregaron al placer que les embriagaba y dieron rienda suelta a la pasión sin importarles ser ahora ellos quien excitaban otros con el espectáculo no apto para menores que estaban dando.

Cuando culminaron, Eva se desplomó sobre Derek y él, consciente de que eran el centro de todas las miradas de todas las personas que había en la playa, se puso en pie con ella en brazos y la tapó con una toalla al mismo tiempo que buscaba su vestido para ayudarla a vestirse.

— Será mejor que sigamos con esto en casa —comentó Derek vistiéndose y recogiendo las toallas.

— ¿A casa? ¿Qué casa? —Preguntó Eva confusa—. ¿Regresamos al apartamento?

—No, he alquilado una cabaña donde pasar la noche.

— ¿Tan seguro estabas de que esto terminaría sucediendo? —Le replicó Eva un poco molesta.

—No, pero decidí arriesgarme y parece que no nos ha salido mal, ¿no crees? —le respondió Derek divertido.

Tras acabar de recoger sus cosas, Derek y Eva dejaron atrás la playa nudista subidos en la moto para dirigirse a la pequeña cabaña que había alquilado Derek y que apenas estaba a un par de kilómetros de esa playa.

 

***

 

Nahuel había planeado con precisión el último día de Ana en la costa. Se habían estado viendo todos los días durante las últimas semanas. Lo que había empezado como unas clases de surf por la mañana acabó convirtiéndose en todo el día y no necesariamente para practicar surf, podían invertir su tiempo en la playa, paseando por la ciudad o comiendo en algún restaurante donde sirvieran platos exóticos, todo para que Ana tuviera su verano de aventuras. Pero Ana tan solo deseaba cumplir una de las aventuras que aún le quedaba pendiente.

— ¿Vamos a navegar? —Le preguntó Ana cuando aparcaron frente al puerto.

—Sí, espero que no te marees en los barcos.

—No puedo prometerte nada —Bromeó Ana encogiéndose de hombros.

Nahuel sonrió divertido al escucharla mientras sacaba algunas bolsas del maletero de su todoterreno. Ana fue a coger su pequeña maleta en la que había traído un atuendo para cada posible ocasión, pero Nahuel se le adelantó y cargó con ella. Ana sintió curiosidad por saber qué había en aquellas bolsas, pero decidió no preguntar, sabía que a Nahuel le gustaba el misterio. Nahuel cogió ambas bolsas con una mano y la otra mano la colocó sobre la espalda de Ana para guiarla por el muelle hasta llegar al embarcadero donde se encontraba su yate.

Un hombre de mediana edad bajó del barco de un salto y Nahuel, tras saludarle amistosamente, le preguntó:

— ¿Está todo listo?

—Está todo tal y cómo lo pediste —le confirmó el hombre sonriendo y sin poder dejar de mirar a Ana—. Estás muy bien acompañado, ¿quién es esta preciosidad?

—Es Ana —le respondió Nahuel acercándose a la aludida y rodeándole la cintura con su brazo—. Hablamos en otro momento, vamos un poco justos de tiempo.

—Claro —entendió el hombre a la perfección, reparando en el brazo posesivo de Nahuel que rodeaba la cintura de Ana—. Pasadlo bien, pareja.

Nahuel ayudó a Ana a subir por la escalinata de acceso al barco y, tras dejar las bolsas sobre la cubierta, agarró a Ana de la mano y le enseñó el yate. Ana quedó fascinada, jamás había estado en un yate y jamás había imaginado que podría ser igual de completo que un apartamento. El yate estaba dotado de una cocina completa, un baño, una salón-comedor y tres camarotes, uno de ellos tipo suite con baño propio.

— ¿El barco es tuyo? —Preguntó Ana.

—Sí, lo compré hace algunas semanas y me lo entregaron ayer por la tarde —le dijo Nahuel admirando el yate—. El hombre que has visto y su mujer se han encargado de traerlo y acondicionarlo para nosotros, pasaremos la noche aquí.

— ¡Genial, nunca he pasado la noche en un barco! —Exclamó Ana divertida.

Nahuel sonrío, la alegría de Ana le contagiaba. Mientras Ana continuaba admirando cada cuidado detalle del yate de Nahuel, él se encargó de llevar las bolsas y la maleta de Ana a uno de los camarotes, soltó los amarres del muelle y encendió el motor. Ana se dirigió hacia a la cabina de mandos junto a Nahuel.

Navegaron durante toda la mañana por el litoral de la costa, atracaron en los pueblos costeros más conocidos de la región y Nahuel se encargó de hacer de guía para Ana.

Almorzaron en un elegante restaurante con vistas al mar y, tras reponer energías, regresaron de nuevo al yate. Nahuel había planeado una tarde tranquila, así que la llevó a una pequeña cala que solo era accesible en barco.

—Este lugar es perfecto, ¡hazme una foto! —Le dijo Ana entusiasmada mientras le daba la Polaroid a Nahuel y posaba subida sobre la barandilla de proa con la pequeña cala paradisíaca de fondo.

Nahuel obedeció encantado y, en lugar de una foto, decidió tomarle dos.

—Espera un momento, no te muevas todavía —le pidió Nahuel—. Quiero tomarte otra foto, yo también quiero llevarme un recuerdo.

Ana posó para él y, cuando Nahuel le tomó la segunda foto, se deshizo de su ropa y se quedó en bikini pero, tras echar una rápida ojeada a su alrededor y confirmar que no había nadie, Ana cambió de parecer y le dijo a Nahuel con una sonrisa traviesa en los labios:

—Nunca me he bañado desnuda en el mar y parece que no hay nadie a nuestro alrededor.

—Si te desnudas delante de mí, no te dará tiempo a zambullirte en el mar —le advirtió Nahuel con la voz ronca, sosteniéndole la mirada y devolviéndole una pícara sonrisa.

—En ese caso, creo que me bañaré vestida —concluyó Ana para provocar a Nahuel. Se lanzó al agua y nadó hasta agarrarse en la escalera de popa. Sin salir del agua, Ana se deshizo de su bikini y se lo lanzó a Nahuel—. Atrápame si puedes.

Nahuel no se lo pensó dos veces, se desnudó y se lanzó al agua a por Ana, a la que atrapó en apenas unos segundos. Ana se abrazó a él, envolviéndole la cintura con sus piernas y el cuello con sus brazos. Nahuel la agarró de la cadera y la apretó contra su cuerpo. Sus labios se quedaron a escasos centímetros y Nahuel le preguntó con la voz ronca:

—Dime preciosa, ¿alguna vez has hecho el amor en el mar?

—Nunca, pero lo estoy deseando —le respondió Ana antes de besarle.

Ana se revolvió entre los brazos de Nahuel, colocó el miembro de él en la boca de su sexo y, con un movimiento suave y delicado, Ana descendió permitiendo que Nahuel entrara en ella. Se besaron, se acariciaron e hicieron el amor apasionadamente en el mar. Fue la primera de las muchas veces que hicieron el amor esa tarde.

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