El último verano (I/V).

Ana estaba nerviosa. Hizo y deshizo su maleta tantas veces que había perdido la cuenta, no quería olvidarse nada.

Tan solo habían pasado unos días desde que se había licenciado en derecho y ya había dejado la habitación que compartía con Ruth y Eva en la universidad. Echarían de menos sus años universitarios, pues además de estudiar se habían divertido muchísimo en la facultad. Las tres amigas se conocieron en el instituto y desde entonces eran inseparables. A pesar de estudiar carreras distintas, las tres escogieron la única universidad de la región en la que podrían estudiar juntas, una universidad situada a 300km de su pueblo natal. Las tres tenían varias entrevistas de trabajo en septiembre, así que decidieron quedarse en la ciudad y alquilar un apartamento de tres habitaciones en el que poder instalarse juntas.

Era el último verano antes de adentrarse en la edad adulta, centrarse en su trabajo y puede que en unos años formar una familia, así que decidieron hacer un viaje a la costa para celebrar el fin de sus estudios.

— ¡Deja de hacer y deshacer la maleta, me estás poniendo nerviosa! —Le repitió Ruth a Ana por enésima vez—. Lo llevas todo, lo has comprobado quince veces.

—Será mejor que vayamos a dormir ya, nos espera un largo viaje y saldremos al amanecer para llegar a la costa antes de que anochezca —les recordó Eva.

Se fueron a dormir, o al menos lo intentaron. Estaban demasiado nerviosas pensando en todo lo que les depararía ese viaje. Sin lugar a dudas, ese viaje marcaría un antes y un después en sus vidas.

Una hora después de que amaneciera, las tres amigas cargaban su equipaje en el maletero del coche de Ana, un viejo monovolumen heredado de su madre.

—Conduciremos por turnos, dos horas cada una y vuelta a empezar. Serán un total de doce horas, las horas en coche que nos separan de la costa —organizó Eva, recién licenciada en dirección de empresas—. Ruth, tú conducirás en el último turno, estás aquí de pie y tengo dudas de si sigues despierta.

—Sigue dormida —le confirmó Ana. Abrió la puerta trasera del coche y, haciendo un gesto para que Ruth se acomodara en los asientos, le ordenó—: Ruth, a dormir.

Ruth no les replicó, se subió al vehículo y se acomodó en los sillones para seguir durmiendo. Ana se ofreció a conducir en el primer turno, una vez levantada ya no volvería a coger el sueño. Durante las siguientes dos horas Ana condujo concentrada en la carretera y en las indicaciones que Eva le iba dando para no desviarse del camino.

—Para en la siguiente área de servicio y despertamos a la marmota para desayunar —le dijo Eva a Ana, refiriéndose a Ruth.

—Te he oído, bruja —protestó Ruth medio dormida.

Las tres amigas se echaron a reír a carcajadas. Ana aparcó el coche y caminaron alegres hacia a la cafetería.

—Pedirme un café y un bocadillo de longaniza, por favor —pidió Ruth—. Voy a lavarme la cara a ver si me despejo un poco.

—No olvides quitarte la baba de la mejilla —se mofó Eva.

Ruth le sacó la lengua y se marchó sonriendo en busca de un baño.

—Estoy hambrienta, vamos a pedir algo de comer —decidió Ana acercándose a la barra donde un joven camarero la recibió con una amplia sonrisa.

—Buenos días —las saludó el joven camarero.

—Buenos días —saludaron ambas al unísono y Ana añadió—: Por favor, pónganos tres cafés cortados, uno de ellos con la leche natural. Y también un bocadillo de tortilla con queso.

—Yo quiero un bocadillo de jamón y para Ruth un bocadillo de longaniza —le dijo Eva.

—Podéis tomar asiento, en seguida os lo llevo a la mesa —les dijo el camarero dedicándoles su mejor sonrisa.

Eva y Ana también sonrieron, el chico era muy atractivo y además simpático. Se acomodaron en una de las mesas y pocos minutos después apareció Ruth, ya con la cara lavada y más despejada. Al mismo tiempo que Ruth tomaba asiento con sus amigas, el camarero se acercaba sosteniendo con una mano la gran bandeja que contenía todo lo que habían pedido.

—Aquí tenéis el desayuno, chicas —anunció el sonriente camarero.

— ¿De dónde ha salido este bombón? —Preguntó Ruth sin dejar de mirar al aludido. Le dedicó una pícara sonrisa y añadió—: Vivo en la ciudad, a un par de horas de aquí, y me voy de vacaciones a la costa, a unas diez horas de aquí. Pero, si estás dispuesto a recorrer todos esos kilómetros, no te arrepentirás —le guiñó un ojo con complicidad y anotó su número de teléfono en una servilleta que doblo e introdujo con descaro en el bolsillo delantero del camarero—. Llámame si no me encuentras.

El camarero, lejos de ofenderse o de tomar a Ruth por una loca, le dedicó una sonrisa que confirmó que haría todo lo posible por ir a su encuentro, aunque tuviera que conducir toda una noche.

Después de desayunar, las chicas se despidieron del camarero, Ruth se acercó a él y le susurró al oído antes de besarle levemente en los labios y marcharse:

—No te arrepentirás, no lo olvides.

—No lo olvidaré, te lo aseguro —le aseguró—. Por cierto, me llamo David. Y tú eres…

—Ruth, pero tú puedes llamarme como quieras.

David agarró a Ruth por la cintura, la estrechó contra su firme torso y le preguntó con la voz ronca:

— ¿Estarás todo el mes en la costa?

—Sí.

—Dame siete días para organizarme y allí estaré, iré a por ti, pequeña leona.

Ruth ronroneó cerca del oído de David y él tuvo que contener sus ganas de poseerla allí mismo. Ambos se despidieron con una intensa mirada y una promesa no verbal de lo que ocurriría si volvían a encontrarse.

— ¿A qué ha venido eso? ¿Es que te has vuelto loca? —Le espetó Eva a Ruth en cuanto se subieron al coche.

—Estoy de vacaciones, es el último verano que puedo permitirme hacer locuras y las voy a hacer todas —sentenció Ruth—. ¡Y vosotras deberíais hacer lo mismo o dentro de veinte años os arrepentiréis!

— ¡Sí, señor! —Exclamó Ana llevándose la mano a la frente a modo de saludo militar al mismo tiempo que estallaba en carcajadas.

—Brujas —refunfuñó Ruth sin poder aguantar la risa.

Continuaron con el itinerario previsto y, cuando Eva cumplió sus dos horas conduciendo, le tocó el turno a Ruth. Tan solo pararon en un área de descanso para cambiar de conductor y siguieron su camino. Dos horas más tarde le tocó el turno a Ana y decidieron parar a almorzar en una masía rural que les había recomendado una compañera de la universidad.

—Este lugar es fantástico, pararemos de nuevo a la vuelta —comentó Eva animada.

—Chicas, antes de seguir conduciendo, creo que deberíamos escribir algo en el diario de abordo —sugirió Ruth emocionada—. Si no os importa, yo me voy a poner a ello.

El diario de abordo no era otra cosa que tres libretas que habían comprado en la papelería de la esquina de la calle de su nuevo apartamento. Habían decidido escribir la experiencia de este viaje e ilustrarlo con fotos (habían comprado una Polaroid) con la intención de crear un bonito recuerdo para el futuro.

Las tres amigas redactaron unas líneas en sus respectivas libretas sobre cómo se sentían en el inicio del tan esperado viaje en el que apenas habían recorrido la mitad del trayecto para llegar a su destino.

—Vamos a sacarnos una foto para añadirla al diario de abordo —propuso Ana.

—Necesitaremos tres fotos —comentó Eva, siempre tan precisa.

—Disculpe, caballero —le dijo Ruth a un hombre de unos cuarenta años que leía el periódico sentado en la mesa de al lado. El hombre prestó toda su atención a Ruth y ella añadió con una amplia sonrisa—: ¿Le importaría tomarnos tres fotos?

—Será un placer hacer de fotógrafo para tres bellezas —asintió el hombre encantado.

Las chicas posaron sonrientes y el hombre les tomó tres fotos, una para cada una.

—Muchas gracias —le agradecieron ellas.

Cada una pegó su foto en su diario de abordo y decidieron continuar con su viaje hacia a la costa.

Cuando llegaron al pueblecito costero donde habían alquilado el apartamento en primera línea de playa, ya eran más de las ocho de la tarde. Entraron en el edificio de cinco plantas y montaron en el ascensor para llegar a la última planta, donde se encontraba su apartamento. Se quedaron maravilladas al entrar: era un apartamento de nueva construcción, de arquitectura y decoración moderna y con una enorme piscina que compartían con los vecinos de los otros diecinueve apartamentos. Se instalaron cada una en sus respectivas habitaciones y después decidieron salir a la calle en busca de algún establecimiento de comida rápida para cenar. Encontraron un restaurante chino con servicio take away y no se lo pensaron dos veces: encargaron comida china para llevar.

Cenaron en el apartamento, estaban tan cansadas del viaje en coche y decidieron quedarse allí la primera noche.

—No me había imaginado nuestra primera noche aquí de esta manera, pero estoy demasiado cansada hasta para levantarme del sofá —comentó Ruth.

—Podríamos aprovechar para repasar el planning de las vacaciones —propuso Eva provocando las risas de Ruth y que Ana rodara los ojos—. Quiero que sean unas vacaciones perfectas, puede que sean las últimas vacaciones que coincidimos las tres con días libres para viajar.

—Está bien, Eva —la complació Ana—. Repasemos el planning.

—Bien —aplaudió Eva satisfecha—. Vamos a pasar cuatro semanas en la costa. La idea principal del viaje es pasar el último verano juntas antes de entrar en la edad adulta.

—Dicho así suena fatal —protestó Ruth.

—También queremos que sea un verano de locuras —continuó Eva ignorando la interrupción de Ruth—. Propongo que la primera semana la disfrutemos juntas, podemos hacer turismo, ir a la playa a tomar el sol o a donde queráis. Durante las siguientes dos semanas tendremos libre albedrío para hacer lo que queramos, juntas o separadas, será nuestra oportunidad para cometer las locuras que queramos.

— ¿Y la última semana? —Quiso saber Ana al ver que Eva se quedaba callada.

—La última semana la dedicaremos a descansar y a contarnos con todo detalle lo que hemos hecho durante todo el viaje —concluyó Eva.

—Chicas, vamos a hacer un brindis —propuso Ana. Se levantó del sofá y se dirigió a la cocina para coger una botella de champagne que habían traído de la ciudad. Cogió tres copas y regresó al salón para servirlas—. Por nuestras últimas vacaciones sin responsabilidades —entrechocaron sus copas y dieron un largo trago—. Y porque, lo que pase en la costa…

— ¡Se queda en la costa! —Gritaron las tres al unísono y se echaron a reír.

Tras las risas y los brindis, decidieron hacerse una nueva foto con la Polaroid para añadir a sus diarios de abordo.

Durante los días siguientes las chicas lo dedicaron a hacer turismo por la zona, haciéndose las típicas fotos junto a los monumentos, los edificios significativos y los más bellos paisajes; fueron a la playa a tomar el sol, hicieron snorkel y alquilaron una barca a pedales; pasearon por las calles del centro del pueblo contemplando los escaparates de las tiendas, diseñados para atraer y distraer a los turistas.

Cumplieron con el planning creado por Eva para la primera semana, pero ahora venían las dos semanas de libre albedrío que las tres amigas tanto ansiaban y necesitaban.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.