El último verano (II/V).

Tras pasar la primera semana en la costa haciendo turismo y relajándose en la playa, las chicas estaban cargadas de energía y deseaban divertirse a lo grande: había llegado el momento de proyectar ese verano de locura en el que llevaban pensando todo el año.

Las tres amigas estaban tomando el sol en una pequeña cala a la cual solo se podía acceder a pie y de la que habían oído hablar a un grupo de chicas. Las oyeron decir que era una cala paradisíaca a la que no iba casi nadie, así que decidieron ir a pasar el día. Cuando llegaron a la cala tras caminar más de treinta minutos bajo el sol abrasador, las tres estaban exhaustas. Dejaron todas sus cosas cerca de la orilla y se dieron un rápido chapuzón para refrescarse.

Una hora más tarde, estaban tumbadas sobre una toalla y cada una pensaba en sus cosas: Ruth pensaba en David, el atractivo camarero del restaurante del área de servicio donde pararon a desayunar y del que no tenía ninguna noticia; Eva leía una novela erótica y pensaba que ojalá pudiera ser como la protagonista, una mujer fuerte, segura de sí misma y dispuesta a descubrir todo el placer que el sexo le pueda otorgar; y Ana escuchaba música en su IPod mientras pensaba en las ganas que tenía de salir por ahí a bailar.

Tan exhortas estaban en sus pensamientos que no se dieron cuenta que había llegado un grupo de visitantes a la pequeña cala. Cuatro chicos esbeltos y musculosos cargaban con sus tablas de surf hacia a la orilla y un perro de tamaño medio les seguía. El grupo de chicos reparó en seguida en las tres forasteras totalmente ajenas a su presencia y que tomaban el sol haciendo topless.

El perro de los cuatro chicos, un labrador de color canela, se acercó a las chicas sigilosamente y, sin que Eva se diera cuenta, el perro agarró con la boca la parte superior de su bikini y, cuando Eva se percató, gritó histérica:

— ¡Maldito chucho, suelta eso! —El perro se asustó ante los gritos de Eva y huyó con la parte superior de su bikini. Eva se levantó dispuesta a salir tras el perro, pero entonces vio a los cuatro chicos y se tapó los pechos con ambos brazos—. Joder, ¡vuestro chucho me ha robado el bikini! —Vociferó Eva.

Ruth y Ana no podían parar de reír, Eva las fulminó con la mirada pero ellas todavía rieron con más ganas. Ambas se habían puesto la parte superior del bikini en cuanto Eva lanzó el primer grito. Eva se colocó el pareo a modo de top y se acercó a los chicos hecha una furia.

— ¿Podéis quitarle mi bikini a vuestro chucho? —Les espetó malhumorada—. Y no estaría mal que, ya que no le habéis adiestrado bien, al menos lo atarais.

—Thor, ven aquí —le ordenó uno de los chicos al perro.

Thor obedeció de inmediato y se acercó junto al chico, que sonreía burlonamente bajo la atenta mirada de sus tres amigos, de Eva y de las otras dos chicas.

Se agachó para quedar a la altura del perro y, colocando su mano bajo el hocico del animal, le ordenó:

—Thor, dámelo.

Thor obedeció de nuevo, soltó la parte superior del bikini que cayó sobre la mano del chico. Thor miró de reojo a Eva y dio media vuelta, marchándose con parsimonia hacia a la orilla.

—Aquí tiene, mi lady —le dijo el chico sin dejar de sonreír mientras le entregaba su bikini a Eva—. Quizás quieras enjuagarlo antes de ponértelo, me temo que Thor lo ha babeado un poco —se mofó, causando las risas de Ana y Ruth, que fueron silenciadas de inmediato tras una fulminante mirada de Eva. El chico sonrió ampliamente y, guiñándole un ojo, le dijo a Eva con descaro—: Pero, si te soy sincero, yo prefiero que no te lo pongas.

— ¡Tú eres un salido! —Vociferó Eva.

Ana y Ruth volvieron a estallar en carcajadas, contemplando aquella divertida escena. Pero los chicos no conocían a Eva, así que se sorprendieron bastante ante la reacción de ella. El chico rubio que le había devuelto el bikini dejó de sonreír y la miraba con el ceño fruncido, sin terminar de creerse lo que estaba ocurriendo.

—Eva, no ha pasado nada —trató de mediar Ana.

—No es necesario que montes un drama —la regañó Ruth.

—Chicas, ¿qué os parece si os invitamos a unas cervezas y hacemos como si nada de esto hubiera ocurrido? —Propuso uno de los chicos, el pelirrojo de ojos verdes—. Por cierto, soy Jaime y ellos son mis amigos Derek, Víctor y Javier.

Jaime señaló primero a Derek, el chico rubio de ojos azules que había rescatado el bikini de Eva; después señaló a Víctor, el moreno exótico de ojos oscuros; y por último a Javier, el chico alto y delgaducho con el cabello de rastas.

—Yo soy Ruth y ellas son mis amigas: Ana y Eva —se presentó Ruth amablemente.

Eva resopló, ladeó la cabeza y caminó hacia a la orilla para enjuagar su bikini en el mar.

— ¿Siempre es así de simpática? —Preguntó Derek con sarcasmo.

—No, por regla general suele ser más borde —le respondió Ruth divertida—. Habéis tenido suerte de que esté de vacaciones, si estuviera con los exámenes finales como hace un par de meses, ¡os habría comido!

Todos se echaron a reír y Eva, cada vez más molesta por la presencia de aquellos cuatro chicos y el perro, se dirigió directamente de la orilla a su toalla, donde se tumbó boca abajo para quitarse el pareo de top mientras esperaba que su bikini se secara.

Thor se acercó a Ana y ella lo acarició, le encantaban los animales.

—Le gustas —confirmó Derek mientras sacaba unos botellines de cerveza de la nevera portátil que habían traído. Le entregó un botellín a Ana y Ruth y después a cada uno de los chicos. Se detuvo para observar a Eva a pocos metros de donde estaban, tumbada en la toalla boca abajo. Suspiró y le preguntó a las chicas—: Si le llevo una cerveza, ¿me la tirará a la cabeza?

—Es probable, pero yo me arriesgaría —lo animó Ana—. Eva necesita relajarse, es como si hubiera crecido en un cuartel militar.

Ana y Ruth se quedaron junto a los recién llegados tomando una cerveza fresquita, pero Derek decidió arriesgarse y, tras coger un par de botellines más de la nevera portátil, caminó con una sonrisa socarrona en los labios hacia donde estaba Eva.

—Creo que hemos empezado con mal pie —empezó a decir Derek. Eva resopló, pero agarró el pareo para cubrirse el pecho y se incorporó sentándose en la toalla. Derek le entregó el botellín de cerveza y ella lo acepto con una media sonrisa—. Vaya, pero si sabes sonreír.

—Tienes una curiosa forma de firmar una tregua —le reprochó Eva.

—También es curiosa tu forma de hacer amigos —replicó Derek molesto por la actitud de ella.

—A lo mejor es que no quiero que seas mi amigo.

—A lo mejor yo tampoco quiero que una amargada como tú sea mi amiga —gruñó Derek cuando se le acabó la paciencia—. Mi lady, creo que debes recordar que no estás en una base militar. Te vendría bien relajarte y desinhibirte un poco, darle una alegría al cuerpo es lo que más necesitas.

Dicho eso, Derek dio media vuelta y regresó junto a sus amigos y las chicas, ninguno se había perdido detalle de la conversación.

— ¿Todo bien, Derek? —Le preguntó Jaime al ver a su amigo con la mandíbula tensa, apretando los dientes.

—Sí, voy a hacer un poco de surf respondió Derek de malhumor.

Derek cogió su tabla de surf y se adentró en el mar. Víctor y Javier le siguieron, pero Jaime, el pelirrojo del grupo, prefirió quedarse a charlar con las chicas.

—Conozco a Derek desde que tengo uso de razón y jamás lo había visto perder la paciencia de esta manera —comentó Jaime.

—Eva suele causar ese efecto, pero es un amor, solo hay que conocerla un poco para poder quererla —opinó Ruth.

— ¿Es que no os habéis dado cuenta de la tensión sexual que hay entre esos dos? —Les preguntó Ana rodando los ojos ante lo evidente.

—Derek no es para nada el tipo de Eva —declaró Ruth—. Y me temo que Eva tampoco es para nada el tipo de Derek.

—Los polos opuestos se atraen —dejó caer Jaime.

Finalmente, Eva decidió acercarse de nuevo a donde estaban sus amigas y Jaime, aprovechando que Derek seguía practicando surf con Víctor y Javier. Sin decir nada, se sentó en una toalla de los chicos junto a Ana y contempló las vistas desde la orilla. Detuvo su mirada en Derek, verlo sobre la tabla de surf montando las olas la excitó. Eva tuvo que reconocerse a sí misma que, aunque Derek la había puesto de los nervios, le atraía y mucho.

— ¿Tú no haces surf? —Le preguntó Ruth a Jaime.

—No se me da demasiado bien —confesó Jaime.

Thor empezó a ladrar y salió corriendo hacia el sendero por dónde habían llegado. Ana volteó la cabeza pero no vio a nadie llegar, así que llamó a Thor para que no se alejara.

—Thor, ven aquí —gritó.

—Tranquila, debe ser Nahuel, el hermano de Derek —le dijo Jaime—. Vive en la gran ciudad, pero ha venido a pasar unos días a la costa para ver a la familia y a los amigos.

Ana fue la primera en ver aparecer a Nahuel, pero se quedó tan impresionada que no pudo ser capaz de avisar a los demás. Ana supo que era él nada más verlo, era la misma imagen que Derek pero con unos seis o siete años más y con más cuerpo de hombre. Ana lo observó caminar hacia donde ellos estaban y se mordió el labio inferior cuando lo vio quitarse la camiseta y dejó al descubierto su torso firme y sus abdominales bien definidos.

—Jaime, te veo muy bien acompañado —saludó Nahuel mirando a Ana, quien no había dejado de observarle.

—No podría estar mejor acompañado —lo saludó Jaime estrechándole la mano al recién llegado—. Ellas son Eva, Ruth y Ana —añadió señalando a las chicas al mismo tiempo que las nombraba—. Chicas, él es Nahuel, el hermano de Derek.

—Encantada de conocerte —lo saludó Ruth.

—Lo mismo digo —le respondió Nahuel con una amplia sonrisa. Eva lo saludó con un leve gesto de mano y Nahuel le respondió de igual manera. Dio media vuelta y quedó frente a Ana—. Un placer conocerte, Ana.

—Lo mismo digo, Nahuel —lo saludó Ana mostrándole una sonrisa coqueta.

Nahuel enceró su tabla de surf y, cuando se puso en pie para dirigirse a la orilla, se volvió hacia Ana y le preguntó mirándola con intensidad:

— ¿Quieres surfear?

—Me encantaría, pero me temo que para eso necesitaré algún curso intensivo de aprendizaje —le respondió Ana con tono sugerente.

—Estás de suerte, el curso intensivo de aprendizaje acaba de comenzar —le respondió Nahuel divertido. Le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie y añadió—: ¿Has hecho surf alguna vez?

—Jamás en la vida —confesó Ana.

—Genial, adoro los retos —le susurró Nahuel al oído.

Ambos caminaron hacia a la orilla y se adentraron en el mar. Nahuel le explicó a Ana la teoría resumida para ponerse en pie sobre la tabla de surf, pero ella estaba más pendiente de sus carnosos labios y de su cuerpo de infarto que de lo que decía Nahuel. Cuando llegó la parte práctica, Ana no fue capaz de ponerse de pie sobre la tabla, perdía el equilibrio constantemente y caía al agua.

—Me temo que vas a necesitar más de un curso intensivo de aprendizaje —bromeó Nahuel una hora más tarde, cuando Ana consiguió por fin ponerse en pie sobre la tabla de surf y mantener el equilibrio.

—Tendré que hablar con mi profesor para que me dé más clases —le siguió la broma Ana.

—Si de verdad quieres aprender, me ofrezco a enseñarte —le propuso Nahuel—. Pero debes comprometerte a tomártelo en serio.

—Acepto —le confirmó Ana sonriendo.

—De acuerdo, todos los días de lunes a viernes a las ocho de la mañana en esta misma cala —sentenció Nahuel—. Pasaré a recogerte al apartamento donde te alojas con tus amigas.

Regresaron junto a las chicas y Jaime y pocos minutos después se unieron a ellos Derek, Javier y Víctor. Se acomodaron cada uno en una toalla y se tomaron una cerveza tras otra mientras charlaban alegremente, pero la conversación estrella del día fue el motivo por el cual las chicas habían hecho ese viaje.

Derek y Nahuel se miraron y se sonrieron con complicidad cuando las chicas les dijeron que habían viajado a la costa para disfrutar del último verano sin responsabilidades, para disfrutar de un verano de locuras y nuevas experiencias.

El sol se estaba poniendo cuando todos decidieron regresar: las chicas a su apartamento alquilado y los chicos a sus respectivas casas. Ana le dio la dirección del apartamento a Nahuel y él le aseguró que pasaría a recogerla a las ocho de la mañana del día siguiente.

Cuando llegaron al apartamento, Ruth reparó en que se había olvidado su teléfono móvil sobre la encimera de la cocina y lo cogió para comprobar si tenía llamadas perdidas o algún mensaje. Efectivamente, tenía dos llamadas perdidas: una de su madre y otra de David, el atractivo camarero del restaurante del área de servicio. También tenía un mensaje de David: “Lo siento, preciosa. No voy a poder ir a la costa hasta dentro de un par de días, me ha surgido un imprevisto. Pero si continuas queriendo que vaya, seguiré estando encantado de ir. Tengo grabado a fuego tu `no te arrepentirás`. Besos. David.”

Ruth se puso a gritar y a saltar loca de contenta, llevaba unos días un poco de bajón por la falta de noticias de David, pero finalmente había dado señales de vida y, lo más importante, le había dicho que vendría en un par de días.

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