El último verano (III/V).

A la mañana siguiente, Ana se levantó a las siete de la mañana, se vistió con uno de sus bikinis y un vestido de hilo, desayunó a solas en la cocina (Ruth y Eva seguían durmiendo en sus respectivas habitaciones) y bajó a la calle, donde Nahuel ya la estaba esperando apoyado en su todoterreno de color negro. Ana se percató que en la baca del vehículo había dos tablas de surf y sonrió, Nahuel se había tomado en serio enseñarla a surfear.

—Buenos días, Ana. ¿Has desayunado ya?

—Buenos días, Nahuel —lo saludó Ana—. Sí, ya he desayunado —le confirmó—. Tengo la barra de energía al máximo.

Nahuel le dedicó una sonrisa y le hizo un gesto para que subiera al vehículo. Ana se acomodó en el asiento del copiloto y Nahuel sonrío al verla bostezar, todavía seguía medio dormida.

Aparcaron el coche en una explanada rodeada de árboles y caminaron cargados con las tablas de surf por el sendero que conducía a la cala en la que se habían conocido el día anterior.

Con paciencia y buen humor, Nahuel volvió a explicar a Ana cómo tenía que subirse a la tabla de surf y Ana empezó a cogerle el gusto a eso del surf, sobre todo cuando su cuerpo se rozaba con el de Nahuel.

Ana quería vivir un verano de nuevas experiencias y el surf iba a ser una de ellas.

Tras casi tres horas subiendo a la tabla y cayendo poco después, Ana estaba agotada. Ella no estaba acostumbrada a hacer tanto ejercicio como parecía estar Nahuel. Se tumbó boca arriba sobre la tabla de surf utilizándola como si fuera una colchoneta y le dijo a Nahuel:

—Estoy agotada, creo que no voy a poder moverme en una semana.

—Por hoy ya es suficiente —le dijo Nahuel sonriendo—. He traído una nevera con un par de bocadillos, fruta, refrescos y agua, vamos a reponer energía.

Ana se zambulló en el agua y nadó hacia a la orilla cargando con la tabla de surf con la ayuda de Nahuel, que también cargaba con su tabla.

Tendieron una toalla pegada a una de las paredes del acantilado buscando la sombra y se sentaron juntos a almorzar. Ana se percató que Nahuel no hablaba demasiado sobre su vida y ella evitó preguntarle al respecto, no quería incomodarlo. Lo poco que Ana sabía de él era lo que le había contado Jaime: que era el hermano mayor de Derek, que vivía en la misma ciudad que ella y que estaba en la costa de vacaciones para pasar unos días con su familia. Por su parte, ella tampoco le habló demasiado sobre su vida, tan solo le dijo que acababa de licenciarse (sin especificar que se había licenciado en derecho) y que estaba de vacaciones en la costa celebrando con sus amigas el último verano sin responsabilidades y en busca de experiencias y aventuras. Pero ninguno de los dos se sintió incómodo, ambos se compenetraban hasta tal punto que parecía que se conocieran de toda la vida.

Después de almorzar, Nahuel llevó a Ana de regreso a su apartamento y se despidió de ella hasta el día siguiente:

—Nos vemos mañana, si es que todavía te quedan fuerzas.

—Estaré aquí a las ocho en punto —le aseguró Ana—. Pero tendremos que hablar del precio de las clases, profesor.

—Si te cobrara por cada clase de una hora te arruinarías —bromeó Nahuel—. Pero puedo cobrarte un precio justo por el curso intensivo de aprendizaje.

— ¿Y cuál es ese precio justo? —Quiso saber Ana.

—Que pases conmigo el último día que estés en la costa. Quiero darte una sorpresa —le propuso Nahuel sonriendo con picardía—. Es un precio justo y prometo traerte de regreso al apartamento tan pronto como me lo pidas.

—Suena demasiado bien para negarme —bromeó Ana.

—Entonces, te veo mañana —se despidió Nahuel.

Ana subió al apartamento y pasó la tarde con sus amigas, contándoles con todo detalle todas las anécdotas sobre su aprendizaje de surf y sobre su peculiar y atractivo profesor.

 

***

 

Dos días más tarde de aquel encuentro con los chicos surfistas en la cala, Ruth recibió la llamada de David que tanto esperaba y que ya pensaba que no iba a llegar nunca.

David acababa de llegar a la costa. El hospital había recibido a los heridos de un accidente de tráfico en el que se había involucrado un autobús y tres vehículos. La sala de urgencias estaba colapsada y David no pudo negarse cuando le pidieron que echara una mano. En cuanto acabó el turno en el hospital, se fue a casa y se metió en la cama. Durmió diez horas seguidas, se levantó, se dio una ducha, pasó por el restaurante de sus padres para despedirse de ellos y avisarles de que pasaría unos días en la costa. Nada más llegar a la costa, David se registró en un hotel y llamó por teléfono a Ruth.

—Buenas tardes, pequeña —la saludó en cuanto descolgó.

—Espero que no me llames para decirme que no vienes —le dijo Ruth temiéndose lo peor.

—Te llamo para decirte que estoy en la costa y quiero verte, pequeña —le respondió David—. ¿Te apetece salir a cenar conmigo?

—Ya pensaba que jamás me lo pedirías —bromeó Ruth.

—Paso a buscarte en un par de horas, voy a deshacer la maleta y a darme una ducha.

—Nos vemos en dos horas —concluyó Ruth antes de colgar.

Dos horas más tarde, Ruth salía del apartamento para encontrarse con David, que la esperaba impaciente. Ruth sonrío en cuanto lo vio, estaba muy guapo con unos vaqueros y una camisa blanca. Ella llevaba puesto un vestido sesentero y unas sandalias con tacón de cuña.

—Estás preciosa —le susurró al oído David al mismo tiempo que la besaba en la mejilla a modo de saludo.

—Gracias, tú también estás muy guapo —le dijo Ruth sonrojándose.

— ¿Dónde quieres ir a cenar?

—Decide tú, yo no conozco demasiado la zona.

Para sorpresa de Ruth, que pensaba que David la llevaría a su hotel o pensión donde se alojaba, la llevó a uno de los mejores restaurantes de la costa. A pesar de que el sexo estaba implícito en la invitación de Ruth, David quería disfrutar de algo más con ella.

Ambos disfrutaron de una maravillosa y romántica velada en la que la tensión sexual crecía por momentos. Durante la cena, David le habló a Ruth de su trabajo como médico en el hospital y de su especialidad en traumatología. Ella le habló de su recién licenciatura en historia del arte y, cómo no, también del motivo de ese viaje:

—Quiero vivir un último verano de aventuras y de nuevas experiencias, incluso tengo un diario de abordo para estas vacaciones en las que incluyo fotos.

—Deberíamos hacernos una foto para que la añadas a ese diario —sugirió David.

Ruth ya había pensado en ello y por eso traía consigo la Polaroid. Se hicieron la primera foto posando el uno junto al otro cuando salieron del restaurante y con la vista nocturna del mar de fondo.

Pasearon por la orilla de la playa cogidos de la mano y, cuando Ruth ya no pudo aguantar más, se alzó poniéndose de puntillas para quedar a la altura de David y selló sus labios con un beso apasionado. David le correspondió, la agarró de las caderas y la alzó en brazos, haciendo que le rodeara la cintura con sus piernas.

—Será mejor que continuemos con esto en otro lugar —le propuso Ruth cuando los besos y las caricias se le fueron de las manos.

—Me alojo en un hotel a un par de manzanas de aquí, ¿quieres que vayamos allí?

—Sí, vamos —le confirmó Ruth tirando de David, siguiendo la dirección que él había señalado.

David la llevó al hotel de 4 estrellas en el que se alojaba y subieron directamente a su habitación. David le ofreció una copa, pero Ruth rechazó la copa, prefería tomar otra cosa y estaba a punto de hacerlo.

 

***

 

El sábado por la noche Eva y Ana decidieron salir a tomar unas copas. Estaban las dos sentadas en la terraza de un chiringuito de la playa, hablando alegremente y tomando un cóctel exótico que ninguna había probado antes pero del que estaban seguras que repetirían.

Nahuel y Derek las vieron charlando alegremente y decidieron acercarse a saludarlas.

—Buenas noches, señoritas —las saludó Nahuel y se llevó la mano de Ana a los labios.

—Buenas noches, caballero —lo saludó Ana con coquetería. Se volvió hacia Derek y también lo saludó—: Buenas noches, Derek.

—Buenas noches, Ana. Ya me han dicho que cada día te manejas mejor sobre la tabla de surf —le dijo Derek.

—Tengo un buen profesor y con mucha paciencia, puede que hasta le nombren santo —le dijo Ana divertida.

—Avísame si deseas cambiar de profesor, seguro que conmigo las clases serían más divertidas —añadió Derek guiñándole el ojo a Ana con complicidad, solo para fastidiar un poco a su hermano. Se volvió hacia a Eva y le preguntó—: Barbie, ¿tú no quieres un profesor de surf?

—Antes prefiero que me tiren a una piscina llena de tiburones —le respondió Eva fulminándole con la mirada.

—Veo que os lleváis bien —comentó Nahuel con ironía. Se acercó a Ana y le susurró al oído—: ¿Quieres bailar?

—Me encantaría —le respondió Ana y se puso en pie, dispuesta a marcharse con Nahuel a la pista de baile.

— ¿Me dejas aquí? —Le preguntó Eva horrorizada.

—Tranquila, Derek se quedará contigo para que no estés sola —sentenció Nahuel sonriendo divertido.

Nahuel y Ana se marcharon dejando a solas a Derek y Eva. Eva estaba furiosa con Derek por varias razones. No empezaron con buen pie, pues Thor le robó la parte superior del bikini a Eva y Derek se lo devolvió entre bromas y burlas, algo que a ella le sentó fatal y no reaccionó muy bien. La falta de sentido del humor y el histerismo de Eva divirtieron a Derek, quien seguía pinchándola para provocarla, esta vez llamándola Barbie.

—Dime Barbie, ¿has vivido alguna nueva experiencia ya?

— ¿Y a ti qué te importa?

—Eso significa que todavía no has hecho nada de lo que has venido a hacer —adivinó Derek—. Si lo deseas, estoy dispuesto a ayudarte.

Eva estaba a punto de enviarle a paseo, pero recordó el motivo del viaje y decidió morderse la lengua. Ruth y Ana estaban viviendo nuevas experiencias y ella quería hacer lo mismo. Pensó que quizás Derek no fuera la mejor opción, pero hasta el momento era la única que tenía.

— ¿Cómo pretendes ayudarme? —Quiso saber Eva—. Te adelanto que el surf no es lo mío.

—Solo tienes que decirme lo que desees hacer, Barbie —le dijo Derek con un tono de voz muy sugerente—. Yo me encargaré de cumplir tus deseos.

Eva pensó en las escenas eróticas de las novelas románticas que leía, desea vivir una aventura como la de las protagonistas de esas novelas, pero eso jamás lo reconocería ante de Derek.

—No sé, quiero hacer algo que no acostumbre a hacer —le respondió Eva encogiéndose de hombros.

—Vale, quizás debas empezar por explicarme qué sueles hacer —sugirió Derek.

Eva le explicó con todo detalle cómo era un día cualquiera en su vida. Le habló de sus estrictos horarios y de su agenda, la cual seguía al pie de la letra. Derek se quedó totalmente sorprendido, puede que todo eso de la organización y la rutina no estuviese mal, pero llevarlo al extremo que aplicaba Eva era insano, completamente enfermizo.

—No sigas —la interrumpió Derek—. ¿Es que no haces nada que no esté en esa maldita agenda y que no haya sido planeado con anterioridad?

—Ya te he dicho que soy muy organizada… —Se excusó Eva un poco avergonzada.

—Eso no es ser organizada, es ser una obsesiva compulsiva —la corrigió Derek—. Por suerte para ti, me tienes a mí —Eva lo miró con el ceño fruncido y Derek añadió—: Lo primero que debes hacer es deshacerte del reloj. A partir de ahora, tu vida ya no se rige por ningún horario. Dormirás cuando tengas sueño y comerás cuando tengas hambre.

Eva lo miró como si estuviera loco. Ella era una mujer de costumbres, daba igual que no tuviera un reloj de pulsera en su muñeca, en su cuerpo existía un reloj biológico que la alertaría de sus horarios, era algo innato en ella. No obstante, Eva se quitó el reloj, lo guardó en su bolso y le dijo a Derek:

—Ya me he deshecho del reloj, ¿ahora qué?

—Ahora vamos a divertirnos, ¿te gusta bailar?

Eva lo miró horrorizada, pero Derek la agarró del brazo y la puso en pie de un tirón, empotrándola contra su torso y dejando sus labios a escasos centímetros de los de ella. Las piernas de Eva temblaron de excitación y Derek, consciente del efecto que causaba en ella, le dedicó una pícara sonrisa y le susurró al oído:

—Quiero que bailes para mí.

Llegaron a la pista de baile y Eva, animada por las copas que se había tomado, decidió seguir los consejos de Derek. Había viajado a la costa en busca de locas aventuras y Derek era la persona perfecta para enseñarle a olvidarse de la sensatez. Bailó con y para él, coquetearon e incluso se excitaron el uno al otro fingiendo una inocencia que ninguno de los dos tenía. Pero, cuando el chiringuito cerró sus puertas al público, Derek y Nahuel decidieron acompañarlas a casa y dar por finalizada la noche, a pesar de que los cuatro deseaban lo mismo.

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