Dulce tentación 8.

Dulce tentación

Después de cenar, Norah recogió la mesa y Samuel la ayudó, a pesar que insistió para que la esperara en el salón. Una vez recogida la mesa, ambos se sentaron en el sofá con una copa de vino entre las manos.

Norah subió las piernas al sofá y se sentó sobre ellas de lado para poder ver y observar a Samuel sin necesidad de girar la cabeza y él tuvo que hacer un esfuerzo y contener las ganas que sentía por abrazarla, besarla y hacerla suya.

–  Estás muy callado. – Comentó Norah.

–  Trato de estar concentrado. – Le respondió Samuel con la voz ronca.

–  ¿Por qué? – Le preguntó Norah con curiosidad.

Samuel se acercó a Norah lentamente, la miró fijamente a los ojos y, con sus labios a escasos milímetros de los de ella, le susurró:

–  ¿Realmente quieres saberlo?

A Norah no le dio tiempo a responder, Samuel la agarró por la cintura, la estrechó contra su cuerpo mientras la envolvía en sus brazos y la besó en los labios apasionadamente. Norah aceptó y devolvió aquel beso con urgencia y verdadera necesidad.

El beso acrecentó todavía más el deseo de ambos y Norah se dejó llevar sin importarle que el hombre al que estaba besando era su nuevo jefe. Deslizó sus manos entre ambos y comenzó a desabrochar los botones de la camisa de Samuel sin dejar de besarle, pero Samuel la detuvo sosteniéndole ambas manos por la muñeca sin hacerle daño, se apartó de ella ligeramente y, mirándola a los ojos, le preguntó:

–  ¿Estás segura?

–  ¿Estás casado? – Le preguntó Norah.

–  ¿Qué? ¡Por supuesto que no! – Respondió Samuel un tanto ofendido.

–  Genial. – Convino Norah sonriendo. – Entonces, déjame continuar con lo que estaba haciendo.

Norah volvió a besarle y continuó desabrochando los botones de su camisa. Samuel, agarrándola de la cintura, la colocó a horcajadas sobre su regazo y la envolvió con sus brazos. Norah consiguió deshacerse de la camisa de Samuel y disfrutó con las vistas de los perfectos pectorales y abdominales que le estaba ofreciendo.

–  ¿Te gusta lo que ves? – Le preguntó Samuel divertido al ver cómo Norah le observaba con el brillo del deseo en sus ojos.

–  Nunca opino sin ver el conjunto completo. – Le contestó Norah para provocarlo.

–  No deberías tentarme de esa manera. – Le advirtió Samuel con la voz ronca.

Samuel se levantó del sofá sosteniendo a Norah en los brazos e hizo que le rodeara la cintura con sus piernas al mismo tiempo que comenzó a subir las escaleras.

–  Segunda puerta a la derecha. – Le susurró Norah al oído cuando llegaron a la planta de arriba.

–  ¿Estás impaciente? – Preguntó Samuel divertido.

Norah le besó a modo de respuesta y Samuel se afanó en seguir las indicaciones que le había dado Norah y entrar en su habitación. Ni siquiera se paró a mirar cómo era su habitación, se limitó a buscar la cama para depositar allí a Norah con sumo cuidado. Se tomó su tiempo para contemplarla antes de empezar a desnudarla despacio, acariciando y besando cada centímetro de piel que iba dejando al descubierto. Norah trató de devolver aquellas caricias y besos que él le propinaba, pero Samuel se lo impidió susurrándole al oído:

–  Relájate, no tenemos ninguna prisa.

Ella se relajó y Samuel continuó con su descenso de besos pasando por ambos pechos, jugando con los duros y excitados pezones, hasta llegar al monte de Venus, donde se permitió hacer una pausa para mirar a Norah y descubrir esos ojos felinos que brillaban de deseo como si de dos lunas llenas se tratara.

–  Eres preciosa. – Le dijo acariciando su entrepierna completamente depilada. Separó los labios vaginales con dos dedos de una mano y acarició la hendidura de su vagina para comprobar la humedad que había provocado la excitación de Norah antes de añadir con la voz ronca: – Pequeña, me encanta que estés tan mojada para mí.

Aquellas palabras y la caricia de los dedos de Samuel por su sexo provocaron que a Norah se le escapara un gemido y oír gemir a Norah hizo que Samuel se excitara aún más.

Se terminó de desnudar, se tumbó sobre Norah y, tras besarla en los labios con pasión, le susurró al oído antes de penetrarla de una sola estocada:

–  Pequeña, me excitas demasiado y no puedo esperar más.

Samuel entró y salió de Norah con un rítmico vaivén, disfrutando de aquel inmenso placer y haciéndola disfrutar también a ella. Con un rápido movimiento, intercambió las posiciones y dejó a Norah a horcadas sobre él para poder contemplarla mejor mientras la agarraba por la cintura ayudándola a subir y bajar para que su miembro entrara y saliera de ella con mayor rapidez hasta que ambos alcanzaron el clímax y Norah se desplomó sobre Samuel.

Ambos se quedaron así durante unos minutos hasta que fueron capaces de respirar con normalidad. Norah se echó a un lado para liberar a Samuel del peso de su cuerpo, pero él no la dejó apartarse demasiado, la envolvió con sus brazos, la besó en el cuello y le susurró antes de que ella se quedara dormida:

–  Eres mi dulce tentación.

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