Dulce tentación 7.

Dulce tentación

Desde que su abuelo sacó el tema de conversación mientras comían, Norah no podía dejar de pensar en el beso que Samuel le había dado en la cocina de casa de sus abuelos. Samuel se había comportado con normalidad, como si nada hubiera pasado, dejando a Norah todavía más descolocada.

Iban en el coche de camino a la ciudad y Samuel conducía pero no prestaba toda su atención a la carretera, ya que le era imposible dejar de observar a Norah. Le gustaba como fruncía el ceño y arrugaba la nariz cuando se concentraba y las expresiones que ponía con cada uno de sus pensamientos, fueran los que fueran. A Samuel le resultaba de lo más interesante observarla, pero observarla teniéndola tan cerca y estando tan sexy jugando con su pelo estaba empezando a provocar en él algo más que interés.

–  ¿Te llevo directamente a casa? – Le preguntó Samuel al tomar la salida de la autopista para entrar en la ciudad.

–  Sí, aunque supongo que debería ir a buscar mi coche a la oficina, pero no sé dónde he dejado la llaves. – Le contestó Norah encogiéndose de hombros.

Samuel se volvió hacia a ella un segundo para dedicarle una sonrisa y volvió la vista a la carretera antes de decirle divertido:

–  Espero que no te lo tomes a mal, pero te quité las llaves para asegurarme de que no conducías y cuando regresé de Palmville lo llevé a tu casa, Amy me abrió el garaje.

–  Te debo otra. – Le agradeció Norah.

–  Bueno, si mal no recuerdo, hoy ibas a salir conmigo a cenar para agradecerme lo atento que he sido, así que si quieres puedes agradecérmelo saliendo a cenar otra noche conmigo. – Le propuso Samuel con picardía.

–  Te propongo otra cosa. – Le dijo Norah. – Si te soy sincera, no me apetece mucho salir a cenar fuera, prefiero cenar en casa. Podemos salir a cenar fuera otro día, incluso a tomar unas copas.

–  De acuerdo, mañana salimos a cenar y a tomar unas copas. – Sentenció Samuel.

–  ¿Mañana? – Preguntó Norah sorprendida.

–  No quiero arriesgarme a que cambies de opinión. – Bromeó Samuel.

Norah se alegró de que Samuel fuera conduciendo, de lo contrario se le hubiera echado encima y le hubiera devorado a besos.

Llegaron a casa de Norah y Samuel aparcó frente a la verja de entrada al jardín, bajó del coche y le abrió la puerta a Norah, tendiéndole la mano para ayudarla a salir, antes de sacar la maleta del maletero y cargar con ella hasta la puerta principal.

–  Deja ahí mismo la maleta, ahora la subiré. – Le dijo Norah encendiendo las luces del salón. – ¿Te apetece una cerveza o una copa de vino?

–  Una cerveza, si no te importa. – Le respondió Samuel. Norah cogió un par de cervezas del frigorífico y se sentó en el sofá junto a Samuel y él le preguntó: – ¿Qué quieres cenar?

–  No hay mucho en la nevera, creo que tendremos que conformarnos con pedir algo de comida a domicilio. – Le confesó Norah. – ¿Comida china?

–  Comida china. – Confirmó Samuel solo para complacerla.

–  Pues llama y pide lo que quieras, voy a darme una ducha rápida y bajo en seguida. – Le susurró Norah para provocarlo.

–  Será mejor que no tardes o tendré que ir a buscarte. – Le advirtió Samuel tratando de contener sus deseos por estrecharla entre sus brazos.

Norah subió las escaleras para dirigirse a su habitación y darse una ducha y Samuel se quedó en el salón, sacó su móvil del bolsillo y llamó a uno de los restaurantes de comida china con servicio a domicilio para encargar la cena.

Veinte minutos más tarde, Norah regresó al salón y se encontró a Samuel en el mismo sitio donde le había dejado. Volvió a sacar un par de cervezas del frigorífico, se sentó a su lado en el sofá al mismo tiempo que le entregaba una de las cervezas y le preguntó:

–  ¿Todo bien?

–   Todo perfecto. – Le contestó Samuel fijando su mirada en los labios de ella.

Norah se percató de cómo Samuel la miraba y decidió provocarlo mordiéndose con sensualidad el labio inferior. Samuel se acomodó en el sofá y la miró fijamente a los ojos antes de advertirle:

–  Si vuelves a hacer eso, serás tan culpable como yo de lo que ocurra después.

El repartidor del restaurante chino llamó al timbre y, levantándose del sofá para ir a abrir la puerta, Norah le dijo a Samuel con una sonrisa socarrona:

–  Me gusta el riesgo.

Norah abrió la puerta, recogió las bolsas que el repartidor le entregó y, cuando fue a pagar, Samuel apareció a su espalda y le entregó un billete al repartidor al mismo tiempo que le dijo:

–  Quédate con el cambio.

El repartidor le dio las gracias por la generosa propina y se marchó. A Norah no le hizo tanta gracia como al repartidor y le reprochó a Samuel:

–  Se supone que soy yo la que iba a invitarte a cenar y no al revés.

–  Bueno, hoy no ha podido ser, mañana ya hemos hecho planes pero, ¿qué te parece el domingo? – Le propuso Samuel. Norah abrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla ya que Samuel, temiendo la respuesta de Norah, decidió adelantarse: – Ya lo discutiremos en otro momento.

Se sentaron a cenar y Samuel se interesó por el asunto de la demanda de recobro del estado por los desperfectos que el asesinato de su madre y su amante había generado en el museo. Norah le contó lo que él ya sabía por Josh, que había recurrido dicha demanda y estaban a la espera de la decisión de un juez.

Por alguna razón que desconocía, Norah se sentía cómoda hablando de los problemas que su pasado y su madre le seguían causando. Siempre había evitado hablar del tema con alguien, incluso con sus abuelos y con Amy hablaba lo mínimo respecto a cómo se sentía con aquella situación.

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