Dulce tentación 4.

Dulce tentación

Norah iba sentada en el asiento del copiloto del coche de Samuel, con las manos sobre las rodillas y mirando por la ventanilla distraídamente mientras Samuel conducía concentrado en la carretera y en la mujer que a su lado tenía.

–  ¿Estás bien? – Le preguntó Samuel cuando llevaba casi una hora conduciendo y ella no había abierto la boca ni había dejado de mirar por la ventanilla. – Dadas las circunstancias, la pregunta resulta ridícula pero, lo que quiero decir es que, si hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor…

–  Estoy bien, Samuel. – Le contestó Norah. – No tenía relación con mi madre, me han criado mis abuelos y es por ellos por los que estoy preocupada.

–  ¿Tus abuelos tenían relación con tu madre? – Preguntó Samuel sin pretender presionarla.

–  Sólo cuando ella necesitaba dinero para drogarse. – Respondió Norah. – Cuando mi madre era adolescente, se enamoró de mi padre, un narcotraficante al que la DEA mató apenas tres meses después de nacer yo. Mi madre me dejó en casa de mis abuelos y se largó con un socio de mi padre que le podía suministrar sus dosis de cocaína diarias. Solo aparecía por casa cuando detenían a su amante y necesitaba meterse algo. No la he vuelto a ver desde que me gradué en el instituto y me mudé a la ciudad para ir a la universidad, hace ya siete años.

–  Lo siento. – Fue lo único que se le ocurrió decir a Samuel.

–  Yo también, no debería haberte dicho nada, pero estoy un poco nerviosa. – Le dijo Norah.

–  No te preocupes por nada, estoy aquí para hacer lo que me pidas y ayudarte en lo que necesites.

–  Gracias, Samuel. – Le respondió Norah relajándose en el asiento.

Samuel le dedicó una rápida pero igualmente sexy sonrisa y volvió la vista a la carretera. Norah llamó a su abuelo para decirle que estaba a punto de llegar y su abuelo le dijo que estaban en casa, allí la esperaban.

Pocos minutos después, Samuel aparcó el coche frente a la casa de los abuelos de Norah. Samuel no quería separarse de ella, había conseguido que por fin se relajara un poco frente a él y no estaba dispuesto a dejar que aquello acabara en ese momento, aunque la situación no era para nada la adecuada. Bajó del coche rápidamente y lo rodeó hasta llegar a la puerta del copiloto para ayudar a salir a Norah, tendiéndole la mano que ella aceptó.

–  Ya hemos llegado. – Le dijo Samuel señalando la casa de sus abuelos, una casa grande y bien conservada con un pequeño jardín muy bien cuidado. – ¿Quieres que entre contigo o prefieres que me marche ya?

–  ¿Tan mal concepto tienes de mí? – Bromeó Norah. – Ven conmigo, mi abuela me mataría si te dejara marchar sin invitarte a entrar. Además, debes de estar tan hambriento como yo, ya son las tres de la tarde.

Samuel sonrió, le puso el brazo sobre sus hombros con delicadeza y la acompañó hasta llegar a la puerta del jardín, que se abrió frente a ellos dejando aparecer la figura de un anciano de pelo blanco, facciones duras y marcadas y los ojos llenos de tristeza, pero aquella tristeza se esfumó casi por completo cuando su nieta le abrazó:

–  ¡Abuelo! – Exclamó Norah arrojándose a los brazos de su abuelo. – ¿Cómo está la abuela? ¿Ha sido el médico quién le ha dado el alta o sigue tan testaruda como siempre?

–  Me temo que sigue tan testaruda como siempre, cielo. – Le respondió su abuelo rodeándola con los brazos. – La abuela está bien, un poco nerviosa y más preocupada por los demás que por ella misma, pero nada que no se le pase si descansa. – Miró de arriba a abajo a Samuel y preguntó: – ¿Quién es el buen mozo que te acompaña?

Norah se acordó de Samuel en ese preciso momento y, ruborizada, se volvió hacia él e hizo las presentaciones oportunas:

–  Samuel, éste es mi abuelo Ray. – Se volvió hacia a su abuelo y añadió: – Abuelo, él es Samuel Smith, es…

–  Soy un amigo de Norah. – La interrumpió Samuel tendiéndole la mano al abuelo Ray. – Le acompaño en el sentimiento, señor Stuart.

–  Gracias muchacho, eres muy amable. – Le agradeció el abuelo Ray. Se volvió hacia a su nieta y le advirtió: – A tu abuela no le va a hacer ninguna gracia que le presentes al muchacho como a un amigo, ella aún tiene la esperanza de que algún día formes una familia.

–  No es de esa clase de amigos, abuelo. – Lo sacó de su error Norah ligeramente avergonzada. – Es el accionista mayoritario de Events, mi nuevo jefe.

–  Y, ¿cómo es que ha venido con mi nieta, señor Smith? – Quiso saber el abuelo Ray.

–  Bueno, usted le hizo prometer a Clare que no dejaría que Norah condujera su coche y Clare no se veía capaz de convencer a su nieta, así que me pidió ayuda. – Le respondió Samuel encogiéndose de hombros.

–  Clare hizo bien en pedirle ayuda, mi nieta es muy testaruda. – Le dijo el abuelo mostrando una pequeña sonrisa. – Pasad dentro, aquí hace mucho frío.

Norah y Samuel entraron en la casa seguidos por el abuelo Ray, pasaron al salón donde la abuela de Norah estaba sentada en su sillón mientras observaba el álbum de fotos que sostenía en las manos. Norah la vio igual que siempre, con su perfecto moño que recogía todo su largo cabello blanco a la altura de la nuca, las uñas de las manos pintadas de rojo igual que sus finos labios.

–  ¡Cielo, ya has llegado! – La saludó la abuela Anne. – Y vienes muy bien acompañada.

–  Abuela, ¿cómo estás? – Le preguntó Norah abrazándola. En cuanto se pudo despegar de ella, añadió señalando a Samuel: – Abuela, él es Samuel Smith, mi nuevo jefe que amablemente ha conducido casi dos horas para traerme aquí, el abuelo le ha hecho prometer a Clare que no me dejaría conducir.

–  Encantada de conocerle, señor Smith. – Le saludó la abuela tendiéndole la mano. – Ha sido muy amable trayendo a casa a mi nieta. Supongo que tendréis hambre, os prepararé algo de comer.

–  Abuela, tú quédate dónde estás, yo me ocupo de preparar algo de comer. – Le dijo Norah a su abuela y se volvió hacia a su abuelo para decirle: – Abuelo, ¿puedes acompañarme a la cocina? – El abuelo Ray asintió y caminó detrás de su nieta hasta llegar a la cocina, donde Norah le preguntó: – Abuelo, ¿qué os han dicho exactamente?

–  Tu madre ha sido asesinada según parece por un ajuste de cuentas, su amante también ha muerto, igual que todo su clan. – Le respondió el abuelo Ray. – Todo sucedió en el Museo de Arte Nacional y el estado dice que nosotros debemos hacernos cargo de los desperfectos causados, que ascienden a millones de euros. Por eso a tu abuela le ha dado una crisis de ansiedad, pero tiene que tratarse de un error, nosotros no somos responsables de lo ocurrido, en todo caso somos víctimas.

–  ¿Qué? Eso no puede ser posible. – Exclamó Norah. – No te preocupes abuelo, yo me encargaré de todo, contrataré a un abogado y solucionaremos esto. ¿Qué queréis hacer para el funeral?

–  Tu abuela ha pedido que nos envíen sus cenizas, creo que será lo menos traumático para todos, pero tendremos que decidir qué hacer con ellas. – Reconoció el abuelo. – Ya hablaremos de eso en otro momento, no deberíamos dejar a Samuel a solas con la abuela o lo someterá a un interrogatorio.

El abuelo regresó al salón y Norah invitó a Samuel a la cocina para que la acompañara, sacó un par de cervezas del frigorífico y ambos se pusieron a preparar la comida.

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