Dulce tentación 12.

Dulce tentación

Samuel observaba como Norah dormía profundamente entre sus brazos cuando su teléfono móvil empezó a sonar y la despertó. Samuel la besó en la coronilla de la cabeza y le susurró al oído:

–  No pasa nada, sigue durmiendo. – Alargó su brazo para alcanzar su móvil que descansaba sobre la mesita de noche y descolgó al ver que era su madre quién llamaba: – Buenos días, mamá.

–  Buenos días, hijo. – Le respondió su madre con su tono de voz alegre de siempre. – Te llamo para recordarte que esta noche tenemos cena familiar, vendrán también los abuelos.

–  ¿Esta noche? – Preguntó Samuel que lo había olvidado por completo. Norah abrió los ojos para mirarle y Samuel añadió: – Mamá, iré acompañado, quiero presentaros a alguien.

–  ¿Por fin te has echado novia? – Preguntó su madre encantada. – ¡Ya verás qué contentos se ponen los abuelos!

–  Nos vemos esta noche, mamá. – Se despidió Samuel antes de colgar. Abrazó con fuerza a Norah y le susurró al oído: – Quiero que vengas a cenar esta noche a casa de mis padres, ¿querrás acompañarme?

Norah le miró sorprendida, todo aquello estaba yendo demasiado rápido. Por una parte, quería saberlo todo sobre Samuel y eso incluía conocer a su familia, pero por otra parte aquello suponía tener que responder a preguntas para las que aún no tenían respuesta.

Samuel vio como Norah le miraba sorprendida y pensativa, probablemente sopesando los pros y los contras de aquella situación. No quería que se sintiera presionada, por lo que le dio un beso en los labios y, sin dejar de abrazarla, le susurró al oído:

–  Me encantaría que vinieras, pero comprenderé perfectamente que prefieras quedarte en casa. – La besó en los labios y añadió: – Pero no podrás librarte de que vaya a buscarte en cuanto salga de casa de mis padres, por lo que me ahorrarías mucho tiempo y me harías muy feliz si vinieras conmigo a cenar.

–  Has aceptado venir a pasar el fin de semana a Palmville en casa de mis abuelos, creo que lo mínimo que puedo hacer es acompañarte a cenar. – Le respondió Norah jugando bajo las sábanas con el cuerpo desnudo de Samuel.

Pasaron la mañana en la cama, donde volvieron a hacer el amor para después continuar haciendo lo mismo en la ducha. Prepararon la comida juntos en la cocina mientras Samuel le describía a los miembros de su familia divertido. Su padre vivía para complacer a su esposa, su madre se pasaba la vida diciendo que quería ver a sus hijos formar una familia y que le llenasen la casa de nietos. Su hermana pequeña se había vuelto una fiestera después de dejarlo con su novio con el que salía desde el instituto. Y por último estaban sus abuelos, que no dejaban de preguntarle cuándo les iba a presentar a una novia.

A las ocho de la tarde, Samuel y Norah llegaron a la casa de los Smith, una pequeña y modesta casa situada a las afueras de la ciudad. Llamaron al timbre y les abrió la puerta Elvira, la madre de Samuel:

–  Me alegro de verte, hijo. – Le saludó y añadió volviéndose hacia a Norah para abrazarla: – Tú debes saber la encantadora Norah, ¿verdad? Hemos oído hablar mucho de ti.

–  Encantada de conocerla, señora Smith. – La saludó Norah.

–  Lo mismo digo, querida. Y por favor, llámame Elvira. – Les hizo un gesto para que entraran dentro de casa y añadió: – Los abuelos y tu hermana también acaban de llegar ahora mismo.

–  Ven cariño, te presentaré al resto de la familia. – Le dijo Samuel a Norah agarrándola por la cintura con posesión.

–  ¡Samuel! – Exclamó con alegría el abuelo en cuanto vio entrar a su nieto en el salón. Echó un rápido vistazo a Norah y, tras guiñarle un ojo con complicidad, le dijo a Norah: – Ahora entiendo por qué mi nieto está tan ocupado, si yo fuera él no me separaría de ti.

–  Abuelo, ya tiene suficientes pretendientes, no necesita a otro más. – Bromeó Samuel aunque con cierto reproche.

–  Si es tan simpática como hermosa es, tendrá miles de pretendientes. – Le advirtió el abuelo. – Pero lo único que debe importarte es que en este momento con quién quiere estar es contigo.

–  De momento, tendré que conformarme con eso. – Dijo Samuel resignado.

–  Me alegro mucho de conocerte, Norah. – Le dijo el abuelo con cariño. – Me llamo Samuel, como mi nieto, pero aquí todo el mundo me llama abuelo.

–  Encantada de conocerle, Samuel. ¿O prefiere que le diga abuelo? – Le respondió Norah divertida.

–  Abuelo está bien, pero puedes llamarme como quieras siempre y cuando me llames de tú. – Le dijo el abuelo.

–  Abuelo, no la asustes que no queremos que salga huyendo antes de que la conozcamos. – Dijo Becky, la hermana pequeña de Samuel. – Por fin conocemos a la chica que ha hecho que mi hermano siente la cabeza. – Añadió divertida dirigiéndose a Norah. – Soy Becky, la hermana de Samuel.

–  Encantada de conocerte, Becky. – Le respondió Norah saludándola con un par de besos en la mejilla.

–  ¿Ya ha llegado mi nieto? – Preguntó la abuela saliendo de la cocina. – ¡Es verdad que viene con su novia! – Exclamó alegremente al ver a Norah. La anciana abrazó a su nieto al que adoraba y después abrazó a Norah al mismo tiempo que le dijo divertida: – En las últimas semanas he oído hablar tanto de ti que tengo la sensación de que ya te conozco. – Norah miró a Samuel sin saber si aquello era un cumplido o un reproche, pero la abuela la sacó de dudas: – No te preocupes, todo lo que ha dicho sobre ti es bueno, por eso tenía serias dudas de que fueras real.

–  ¡Abuela! – La regañó Samuel sin poder ocultar su risa pese a que lo intentó.

La abuela rodó los ojos ante la regañina de su nieto y, con una sonrisa en los labios, le susurró a Norah al oído para que solo ella la escuchara mientras la cogía de la mano para guiarla hacia el sofá:

–  Eres la primera chica a la que trae a casa, incluso hubo una época en la que pensé que era gay.

Norah no pudo evitar contener la risa y se echó a reír a carcajadas mientras se sentaba con la abuela de Samuel en el sofá. Todos debieron deducir lo que la abuela le había dicho a Norah porque todos se echaron a reír, incluida Elvira, la madre de Samuel, que trató de poner un poco de orden:

–  Mamá, queremos que Norah regrese a menudo pero no lo hará si piensa que somos una familia de locos. – Regañó a la abuela. – Norah cielo, ¿qué quieres de beber?

–  Pide lo que te apetece y no lo que crees que quieren que pidas. – Le dijo Samuel mirándola a los ojos fijamente.

–  Una cerveza, por favor. – Contestó Norah con un hilo de voz.

–  Chico, si permites que se te escape es que eres idiota. – Le dijo el abuelo a Samuel.

–  No te preocupes abuelo, no pienso dejar que se escape. – Le aseguró Samuel. – Por cierto, ¿dónde está papá?

–  Acaba de llegar del taller y se está dando una ducha, no tardará en bajar al salón. – Le informó Elvira al mismo tiempo que les entregaba una cerveza a Samuel y Norah y los demás sacaban sus vasos escondidos para mostrarle a Norah que también estaban bebiendo cerveza.

–  Has superado la primera prueba. – Le susurró Samuel al oído y le dio un beso en la mejilla bajo la atenta mirada de toda su familia.

Mientras esperaban a que el padre de Samuel se uniera a ellos, charlaron y bromearon en el salón. Norah descubrió que tenía muchas cosas en común con Becky, la hermana de Samuel, y rápidamente se hicieron amigas.

Samuel observaba a Norah desde la otra punta del salón sonriendo felizmente al verla conversando con su hermana y con sus abuelos.

Un pensamiento en “Dulce tentación 12.

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