Déjame sin aliento 8.

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Lucas se despertó pasadas las doce del mediodía y Carolina seguía durmiendo entre sus brazos, no se había movido en toda la noche. Temía que si se movía ella se despertaría y la magia se acabaría, por eso decidió quedarse quieto mientras observaba como Carolina dormía plácidamente abrazada a él.

Una hora más tarde, Carolina empezó a moverse perezosamente y se detuvo bruscamente al reconocer que estaba abrazando a alguien y abrió los ojos de golpe.

–  Buenos días, muñeca. – La saludó Lucas sonriendo al verla abrir los ojos. Carolina trató de zafarse de su abrazo, pero Lucas se lo impidió y añadió: – Hoy es nuestro día libre, no tienes por qué salir de la cama en todo el día si así lo quieres.

–  Esto no puede volver a ocurrir. – Le recordó Carolina tratando de ignorar como la entrepierna de Lucas había ido creciendo bajo las sábanas. – Aunque, si te soy sincera, no sé cómo vamos a tratar de evitarlo si tenemos que trabajar juntos en el proyecto.

–  Vamos a estar muy ocupados con el proyecto y no vamos a tener tiempo apenas de nada, ambos tenemos necesidades y no nos va a resultar fácil compaginar el proyecto con nuestra vida personal. – Le empezó a decir Lucas mientras acariciaba la desnuda espalda de ella. – No sé tú, pero yo no puedo pasar tres meses sin sexo y menos cuando voy a estar bajo el mismo techo que tú, razón por la que no entiendo que no pueda repetirse, a los dos nos vendrá bien aliviar tensiones después de trabajar tanto.

–  ¿Me estás proponiendo algo? – Le preguntó Carolina divertida.

–  No puedes negar la atracción sexual que existe entre nosotros, tú misma has reconocido que no ibas a poder evitar que volviera a ocurrir. – Le respondió Lucas. – Te estoy proponiendo sexo fuera de las horas pactadas para trabajar en el proyecto, no afectará a nuestro rendimiento laboral, al menos no negativamente, y nos mantendrá lo suficientemente relajados como para no acabar discutiendo.

–  Sexo terapéutico, suena raro pero me gusta. – Le respondió Carol divertida, sorprendiendo a Lucas por lo bien que se lo había tomado. Carolina se dio cuenta en ese mismo momento de la hora que era y dio un salto de la cama: – ¡Mierda, tengo que irme!

–  Es domingo, ¿a dónde se supone que tienes que ir? – Le preguntó Lucas frustrado cuando Carol se levantó. – ¿No puedes tomarte un solo día libre para no hacer nada?

–  He quedado para ir a comer y llego tarde.

–  Llama y cancela tu cita, estoy seguro que puedes dejarlo para otro momento.

–  No puedo, lo prometí.

–  ¿Puedo preguntar a quién y qué has prometido?

–  A mi sobrina de cinco años, le prometí que la llevaría a comer una hamburguesa y después a patinar al paseo marítimo. Pablo seguro que ya ha llegado y me va a matar si no llego pronto.

–  ¿Quién es Pablo?

–  Mi hermano, el mediano de los tres. Mi hermana Cristina es la mayor, la madre de mi sobrina Paula y mi sobrino Gerard. – Le respondió Carol mientras se vestía.

–  Dame diez minutos, me doy una ducha rápida y te llevo a casa. – Le dijo Lucas levantándose con pereza de la cama. – Prepárate un café en la cafetera eléctrica y coge de la despensa lo que quieras para desayunar, como si estuvieras en tu casa.

Lucas entró en el baño para ducharse y Carolina se afanó en preparar un par de cafés que tuvo listos cuando él apareció duchado y vestido en la cocina diez minutos más tarde. Tan solo se bebieron el café que Carolina había preparado y Lucas la llevó a su casa. Se despidieron en el coche frente al portal del edificio donde vivía Carolina, que le dio un beso en la mejilla antes de salir del coche y entrar en el edificio para dirigirse a casa.

Llamó a Pablo y le pidió que fuera a recoger a Paula y la llevara a la hamburguesería, donde ella se reunió con ellos tras darse una ducha rápida en su apartamento.

Después de comer una hamburguesa fueron al parque donde los dos hermanos pudieron hablar con más tranquilidad mientras Paula jugaba con otros niños y niñas de su edad.

–  ¿Dónde has pasado la noche, hermanita? – Le preguntó Pablo mientras miraba a su sobrina Paula jugar, comprobando que no pudiera escuchar nada de lo que decían. – ¿Te has acostado con Lucas?

–  Sí, pero eso no es todo. – Le confesó Carol. – No sé cómo pero he acabado aceptando seguir acostándome con él al menos mientras sigamos trabajando en el proyecto, eso sí, fuera de las horas pactadas para trabajar en el proyecto.

–  Te dije que sería una buena idea que te acostaras con él, pero acostarte durante tres meses con él mientras os veis más de doce horas diarias es peligroso. Muy peligroso. – Le advirtió Pablo. – No solo te has saltado tu regla de oro, si no que piensas seguir haciéndolo durante los próximos tres meses.

–  Lo sé, haga lo que haga, no va a acabar bien para mí.

–  ¿Por qué dices eso?

–  Si tengo que pasarme tres meses trabajando con él tratando de contener mis ganas por devorarlo, me dará algo. – Se lamentó Carolina. – Pero si me acuesto con él durante los siguientes tres meses, entonces acabaré enamorándome de él como una idiota y cuando terminemos el proyecto él pasará de mí.

–  ¿Qué te hace pensar que él no se vaya a enamorar de ti? Jugáis con las mismas cartas, Carol. – Le recordó su hermano. – Si quieres un consejo, deja de pensar en lo que puede ocurrir y céntrate en el presente. Si te apetece seguir acostándote con él, hazlo. Ya te lamentarás cuando llegue el momento si es que llega, mientras tanto disfruta de lo que la vida te da, que no es poco.

–  Supongo que es una buena filosofía de vida. – Reconoció Carol. – Por cierto, ni se te ocurra hablar de esto con nadie. – Le advirtió. – Se supone que es algo que debe quedar entre nosotros.

–  ¿Ni siquiera se lo vas a contar a Lorena?

–  A Lorena no me hará falta contárselo, lo sabrá nada más mirarme a los ojos… – Se lamentó. – Me va a someter a un tercer grado y no me apetece en absoluto. Ni siquiera soy capaz de contestar mis propias preguntas, es como si mi cerebro se hubiera desconectado del resto de mi cuerpo y mi cuerpo actúa por voluntad propia, haciendo caso omiso de las órdenes del cerebro.

–  Siento ser yo quien te lo diga, pero me temo que ya estás colada por él.

Los dos hermanos continuaron con sus confidencias al mismo tiempo que no le quitaban el ojo de encima a su sobrina, que seguía entretenida jugando con los demás niños en el parque. Sobre las seis de la tarde se dirigieron a casa de sus padres, donde debían dejar a la pequeña Paula para que Cristina y su marido pasaran a recogerla a la hora de cenar.

–  ¡Por fin te vemos el pelo! – Se quejó Ángela, la madre de Carolina, Pablo y Cristina. – ¡Hace casi dos semanas que no te veo! Tanto trabajar y al final caerás enferma.

–  Estoy bien, mamá. – Le respondió Carol armándose de paciencia.

Su madre siempre se quejaba de que veía poco a sus hijos, aunque los viera un par de veces a la semana, por lo que no ver a su hija pequeña en casi dos semanas era algo horrible.

–  Ángela, tu hija tiene entre manos un proyecto importante, necesita tiempo para trabajar en él. – Medió su padre, quién solo tenía ojos para su hija pequeña, la niña de sus ojos. Besó a Carol en la mejilla y le dijo con la misma ternura que siempre utilizaba al dirigirse a ella: – ¿Cómo va el proyecto? ¿Has logrado llegar a entenderte con tu compañero?

–  Más o menos, papá. – Le respondió Carol tratando de ignorar la risa burlona de su hermano. – Lo cierto es que se nos está dando bastante bien trabajar en equipo pese a que esperaba todo lo contrario.

–  Nadie se resiste a mi encantadora princesa. – Dijo Antonio orgulloso de su hija pequeña. – Por cierto ya casi tengo tu coche arreglado, estoy pendiente de recibir dos piezas de Alemania para terminarlo.

–  Espero que esta vez le dure más de un mes. – Se mofó Pablo. – Carol conduce por la ciudad como si estuviera compitiendo por el mundial de Fórmula 1.

–  La tita Carol dice que me llevará a ver las carreras. – Comentó la pequeña Paula dejando de prestar atención a los dibujos animados que salían en la televisión. – ¿A que sí, tita Carol?

–  Sí, cariño. – Le confirmó Carol a la pequeña. – Pero ya sabes que para eso tendrás que ser muy buena y portarte muy bien.

–  ¡Yo soy muy buena! – Exclamó Paula. – ¿A que sí, abuelo?

–  Claro que sí, princesa. – Le respondió el orgulloso abuelo.

–  Demasiado buena tiene que ser para aguantar a su madre. – Murmuró Pablo sin que la niña le escuchara, provocando una carcajada en Carol.

–  ¿No os da vergüenza hablar así de vuestra hermana mayor? – Les regañó Ángela. Se volvió hacia a su marido y añadió: – Y tú, Antonio, ¿no les vas a decir nada?

–  ¿Y qué quieres que les diga, Ángela? – Contestó Antonio resignado. Y añadió encogiéndose de hombros: – Ya sabes cómo es tu hija, nació con cuarenta años.

Carolina pasó la tarde junto a su hermano, sus padres y su sobrina, pero no consiguió apartar de su mente a Lucas, martirizándola una y otra vez con el recuerdo de las imágenes y sensaciones de la noche anterior.

¿Qué diablos me está pasando?, se preguntó Carol cuando llegó a su casa. ¿Acaso Pablo va a tener razón y me estoy enamorando de Lucas?

Aquella noche, Carolina se metió en la cama con la intención de dormir, pero lo único que consiguió fue dar vueltas en la cama y darle aún más vueltas a la cabeza. Por suerte, aquella noche Lorena no fue a casa a dormir y Carolina tuvo un día más de tregua, aunque sabía que más temprano que tarde tendría que darle todos los detalles a su amiga, detalles en los que ella había tenido tiempo para pensar y asimilarlos.

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