Déjame sin aliento 7.

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Lucas abrió la puerta de su apartamento y dejó pasar a Carolina, que había permanecido en silencio desde que habían salido del Zen. Lucas hubiera preferido que estuviera más relajada, pero agradecía que no hubieran acabado discutiendo, así que la invitó a entrar y la guio hasta el amplio salón, donde la invitó a una copa para tratar de hacer desaparecer aquella incómoda tensión que se había estancado entre ellos:

–  ¿Te apetece una copa?

–  Sí, creo que más que apetecerme es una necesidad. – Le confirmó Carol.

Lucas sonrió y se marchó a la cocina a preparar un par de copas mientras Carolina dio una vuelta por el salón examinando las dos únicas fotografías que allí habían: una de una pareja de mediana edad, probablemente de sus padres, y otra de él junto a una joven bastante guapa. ¿Su novia?, pensó Carol, o lo que es peor, ¿su ex? Pero entonces se fijó en los ojos de ambos y dedujo que sería su hermana. Siguió observando la librería en la que reinaban los libros de arquitectura y arte, algunas biografías de arquitectos famosos por sus obras y algunas novelas policíacas. Se sentó en el sofá y observó el lugar con mayor amplitud de visión: un espacio amplio y con muchas ventanas, le gustaba la luz natural; los muebles tenían personalidad, la misma que su dueño, eran fuertes, bonitos y confortables; la decoración no era minimalista pero tampoco se excedía, había lo justo y necesario.

–  Aquí están las copas. – Le dijo Lucas dejando ambas copas sobre la mesa auxiliar y, tras haberse dado cuenta que Carol había estado analizando el escenario, le preguntó: – Y bien, ¿qué te parece mi casa?

–  Solo he visto el salón, no puedo hacer una crítica justa. – Le contestó Carolina con naturalidad. – Pero tengo que reconocer que tienes buen gusto para la decoración.

–  En ese caso, tendré que darle las gracias a mi hermana, ella se encargó de la decoración. – Le confesó él con una tímida sonrisa en los labios.

–  Conocer los gustos del cliente es primordial en nuestra profesión. – Opinó Carolina y añadió con complicidad: – Me gusta reunirme con los clientes en sus despachos o en sus casas, se descubre mucho de ellos y de sus gustos observando dónde trabajan y dónde viven.

–  Y tú, ¿qué has descubierto de mí? – Le preguntó Lucas con la voz ronca.

–  Me voy a reservar la opinión por el momento, de lo contrario no sería justa. – Le respondió Carolina divertida. Alzó su copa y, entrechocándola con la copa de Lucas, brindó: – Por nosotros y por ese proyecto que estoy segura que sacaremos adelante.

Tras brindar, ambos bebieron de su respectiva copa y se sonrieron. Lucas no sabía cómo actuar, temía que si se le lanzaba ella pudiera rechazarlo y se rompiera la magia que había surgido entre ellos momentos antes en el Zen y Carolina esperaba con ansia que él volviera a besarla y no entendía por qué no lo hacía. Lucas encendió la radio y sintonizó una emisora de música en español, pero el destino quiso que justo en ese momento empezara a sonar la canción “Breathless” de The Corrs y ambos intercambiaron una intensa mirada.

–  Si no fuera imposible, pensarías que lo has hecho a propósito. – Bromeó Carolina.

–  Tiene gracia, nunca me había parado a pensar lo que decía esta canción. – Confesó Lucas.

Ambos se miraban a los ojos con deseo mientras escuchaban lo que aquella canción les decía, ninguna otra canción hubiera significado tanto como aquella:

“So go on, go on, come on leave me breathless.

Temp me, tease me, until I can’t deny

This lovin’ feeling make me long for your kiss.

Go on, go on, yeah. Come on.”

–  Leave me breathless, me gusta como suena. – Le dijo Carolina con una sonrisa traviesa en los labios.

–  Será mejor que no sigas por ahí, o no me haré cargo de mis actos.

–  Ambos somos adultos y ambos sabíamos qué pasaría si subíamos juntos, ¿quieres echarte atrás ahora? – Le preguntó Carol sabiendo que Lucas no sería capaz de resistirse.

–  ¿Qué hay de las normas?

–  Quedará entre nosotros, no volverá a repetirse y nadie tiene por qué enterarse.

Lucas volvió a sonreír con travesura y se acercó a ella lentamente, le tendió la mano para ayudarla a levantarse y que se quedara de pie frente a él. Le había advertido que terminaría suplicándole que la dejara sin aliento y su mente maquinaba para terminar consiguiéndolo. Se consideraba un buen amante, pero con ella quería subir aún más el listón, aquella chica de rasgos dulces y lengua viperina que tenía delante le volvía loco y la quería solo para él, por lo que iba a tener que esforzarse si quería alejarla de todos los buitres que la acechaban. Primero besó sus labios, saboreándolos sin prisa, mientras sus manos se encargaban de acariciar su delicado cuerpo, empezando por la cintura para deslizarse hasta agarrar su trasero y estrujarlo con deseo, tanto que la alzó en los brazos y ella le rodeó la cintura con las piernas. Carolina no se hizo la tímida, aprovechó el momento para desabrocharle la camisa a Lucas y quitársela dejándola caer al suelo. Se entretuvo acariciando los marcados músculos de su abdomen mientras el caminaba con ella en brazos y la dejaba sentada sobre la mesa de comedor con sumo cuidado para así poder desnudarla mejor. Primero le quitó los zapatos de tacón, masajeó brevemente sus pies y continuó deshaciéndose de su ropa. Su blusa y sus pantalones no tardaron en caer al suelo junto a sus botines.

–  Eres preciosa. – Le susurró Lucas al mismo tiempo que deslizaba sus dedos siguiendo la línea de su clavícula, para acabar acariciando la suave piel de su cuello. Sus manos se abrieron paso hacia a su espalda con la intención de desabrochar el sujetador, pero no fue capaz de encontrar el cierre. – Será mejor que me digas cómo te quito el sujetador o me veré obligado a arrancártelo.

–  Creía que tendrías más experiencia en quitar la ropa interior de las mujeres. – Se mofó Carolina con una sonrisa traviesa en los labios. Se echó un poco hacia atrás y, exponiendo sus pechos, le señaló el cierre del sujetador situado entre ambos pechos. – Ahí está, ¿quieres que me lo quite o prefieres hacerlo tú?

Lucas le respondió con una amplia sonrisa y acto seguido le desabrochó el sujetador, dejando libres y al descubierto aquellos redondos y perfectos pechos de pezón pequeño y rosado. Tal fue la tentación que Lucas no pudo evitar llevárselos a la boca. Carolina se arqueó para facilitarle el acceso y disfrutó con las caricias que Lucas le estaba dando, dejándose llevar por el placer y sin importarle nada más. Lucas se dedicó por completo a su cuerpo, acarició cada recoveco de su piel, lamió y mordisqueó sus pezones, su clavícula, su cuello, los lóbulos de sus orejas y, cuando la tuvo donde quería, se deshizo del diminuto tanga que ella llevaba y deslizó sus dedos sobre su pubis para comprobar lo húmeda que estaba. Carolina gimió ante aquel contacto y Lucas, sonriendo con picardía, le susurró:

–  Quiero probar tu sabor, muñeca.

Acto seguido, hizo que Carolina se tumbara sobre la mesa y abrió sus piernas colocando sus pies sobre el filo de la mesa donde poder sujetarse, exponiendo el centro de su deseo para poder saborearlo. Hundió su rostro entre sus piernas y, separando los labios superiores con los dedos para facilitar el acceso, acarició con su lengua el abultado clítoris, rozándolo y presionándolo, mientras Carolina se estremecía disfrutando de aquel contacto. Lucas siguió disfrutando del sabor de Carolina hasta que notó que su cuerpo empezaba a temblar y se separó de ella, al mismo tiempo que a Carolina resoplaba con frustración.

–  No seas impaciente, muñeca. – Le dijo Lucas sonriendo maliciosamente. – Si quieres que continúe, solo tienes que pedírmelo.

–  Continúa. – Le rogó Carolina con un hilo de voz.

–  Será un placer, muñeca. – Le respondió Lucas.

Lucas no se hizo de rogar y continuó con lo que estaba haciendo. Lamió, presionó y mordisqueó el suave y abultado clítoris, succionó sus jugos deleitándose con el sabor de aquella mujer tan imprevisible que ahora estaba totalmente sumisa a sus caricias, hasta que sus músculos se tensaron y los espasmos del orgasmo convulsionaron su cuerpo mientras él se bebía hasta la última gota de su placer. Carolina cerró los ojos tratando de recomponerse tras aquel devastador orgasmo, pero Lucas no le dio tiempo, abrió de nuevo sus piernas y la penetró con profundidad, haciéndola gemir de nuevo.

–  Eso es, muñeca. Quiero oírte gemir otra vez. – La animó Lucas deslizando su mano hacia donde se unían sus cuerpos para acariciar y estimular nuevamente su clítoris, arrancando otro gemido de placer de la garganta de Carolina. – Oh, como me excitas, cariño. – Añadió besándola en los labios al mismo tiempo que entraba y salía de ella cada vez con más rudeza.

Sintió que el orgasmo empezaba a apoderarse de él y aceleró el ritmo de sus caricias en el centro de placer de ella, quería que alcanzaran juntos el orgasmo y sabía que no le iba a costar demasiado, tan solo tenía que aguantar un poco más. El cuerpo de Carolina se estremeció entre sus brazos y supo que se estaba corriendo cuando le mordió en el hombro para ahogar su grito, momento en el que Lucas se dejó llevar y se corrió dentro de ella para después derrumbarse junto a ella sobre la mesa. Ambos estuvieron así unos minutos hasta que sus respiraciones se normalizaron, cuando Lucas se incorporó y, cogiendo a Carolina en brazos, la llevó hasta a su habitación y la depositó con sumo cuidado sobre la cama.

–  Esto solo acaba de empezar, muñeca. – Le advirtió Lucas. – Pienso dejarte sin aliento.

Lucas y Carolina pasaron la noche disfrutando del placer que les entregaba el cuerpo del otro hasta que ambos se durmieron agotados al amanecer.

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