Déjame sin aliento 6.

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El teléfono móvil de David empezó a sonar a las siete y media de la mañana y despertó a Carolina y David, que habían pasado la noche durmiendo en el sofá del salón tras las copas de más que se bebieron la noche anterior. David buscó su móvil y, cuando lo encontró sobre la mesa, lo cogió y respondió la llamada. Era del trabajo, tenía una reunión a las ocho de la mañana y había quedado antes con el director de la empresa para prepararse para la reunión y ya llegaba tarde. Tras colgar, se dio una ducha en el baño de la habitación de invitados mientras Carol hacía lo propio en el baño de su habitación.

Tan puntual como había prometido, Lucas llamó al timbre a las ocho y David abrió la puerta mientras Carol terminaba de vestirse. La puerta se abrió y Lucas se topó de frente con David, hecho que hizo desaparecer el buen humor con el que Lucas se había despertado.

–  Buenos días. – Lo saludó David sonriendo maliciosamente. – Supongo que eres el compañero de trabajo de Carol, ¿verdad? Yo soy David, encantado.

–  Igualmente, soy Lucas. – Musitó Lucas educado pero distante.

–  Carol está terminando de vestirse, ahora mismo sale. – David le hizo un gesto para que entrara y cerró la puerta. – Voy a avisarla, dame un segundo. – Se dirigió a la habitación de Carol cuando se la encontró en el pasillo y, guiñándole un ojo con complicidad, le dijo en voz alta: – Tu compañero de trabajo acaba de llegar. – Le dio un beso en la mejilla cuando entraron juntos al salón y añadió para despedirse: – Recuerda lo que me prometiste anoche, no puedes echarte atrás.

–  Eso no es justo, no jugaste limpio. – Le reprochó Carol, pero David se esfumó sonriendo y ella se topó con Lucas, que hizo que se olvidara de todo lo demás. – Buenos días, Lucas. Perdona el retraso, se me ha echado el tiempo encima, pero ahora mismo preparo café.

–  Veo que has tenido una noche divertida. – Comentó Lucas al ver las dos botellas de vino vacías sobre la encimera de la cocina.

Carolina pudo haber contestado, pero prefirió callar. No tenía ninguna intención de contarle el más mínimo detalle de su vida privada, al menos no de aquella forma tan simple.

Tras desayunar, empezaron a trabajar en el proyecto y así pasaron todo el día y el resto de la semana. Contra todo pronóstico, conseguían trabajar juntos y lo cierto era que no se les daba nada mal. Ambos se sentían cómodos trabajando juntos y se dedicaban única y exclusivamente al proyecto, dejando a un lado todas sus diferencias. La tensión y atracción sexual seguía existiendo entre ellos y era cada vez mayor, pero ambos se esforzaban en ignorarla sin demasiado éxito.

El viernes por la mañana tuvieron la primera reunión con los hermanos Luján para hablar de cómo iba el proyecto y los dos hermanos se quedaron tranquilos al comprobar con sus propios ojos la profesionalidad de aquellos dos arquitectos.

El sábado continuaron trabajando en casa de Carol y, cuando estaban a punto de dar las ocho de la tarde, Lorena entró en el apartamento acompañada de Jordi. Tras saludarse, Lorena le guiñó un ojo a su amiga sin que ninguno de los dos hombres la viera y propuso con una amplia sonrisa en los labios:

–  ¿Os apetece salir a cenar los cuatro juntos? Después podemos ir a tomar una copa.

Una hora más tarde, los cuatro estaban cenando en un restaurante cercano y se divertían charlando alegremente. Después de cenar se dirigieron al Zen a tomar una copa, pero Lorena y Jordi ni siquiera esperaron a terminarse la copa para marcharse, dejándolos a solas.

Estaban hablando del proyecto cuando Carol vio entrar en el local a Raúl, el hijo de Ricardo Villa, el principal cliente del gabinete Luján, y se puso pálida. Lucas, que fue consciente de su reacción, se acercó a ella y le preguntó al oído:

–  ¿Te encuentras bien?

–  Acaba de entrar en el Zen Raúl Villa, no quiero que me vea.

–  ¿Por qué? ¿Qué problema hay?

–  Es muy pesado e insistente y no puedo decirle lo que pienso porque su padre es el principal cliente del gabinete y, teniendo en cuenta mi capacidad para morderme la lengua, es mejor que no me vea.

–  Tengo una idea mejor que te librará de ese tipo, ¿te fías de mí?

–  No puede ser peor de lo que ya es, así que no tengo nada que perder. – Le respondió Carolina encogiéndose de hombros.

–  En ese caso, tú solo tienes que seguirme la corriente. – Lucas agarró de la cintura a Carol y la arrastró a la pista de baile hasta quedar frente a la barra donde se había acomodado Raúl. Estrechó a Carolina contra su cuerpo y le susurró al oído: – Ya ha puesto sus ojos en ti, ahora solo tienes que besarme.

–  ¿Cómo? – Preguntó Carol con el corazón desbocado.

–  Si quieres que ese tipo te deje en paz, lo mejor es que piense que estás con otro. – Le dijo Lucas armándose de paciencia. – Hoy es tu día de suerte, me tienes dispuesto a echarte una mano. ¿Os es que tienes miedo de acabar suplicando que te deje sin aliento?

Carolina no se lo pensó dos veces y le besó, consciente de lo que aquel beso desataría en su interior, tan consciente como lo era Lucas y aun así él le correspondió con la misma pasión. Sentado a la barra del bar, Raúl les observaba sin dar crédito a lo que veía. Aquella chica de cabello dorado y ojos felinos le había gustado desde la primera vez que la vio, pero ella siempre le había rechazado educadamente alegando que su norma número uno era no mezclar el trabajo con el placer y él estaba relacionado con el trabajo, aunque no directamente, por lo que no entendía qué hacía besándose con Lucas Molina, uno de los arquitectos del gabinete para el que trabajaba, aunque de distinta oficina.

–  Creo que ya se ha dado cuenta. – Le susurró Lucas despegando sus labios de los de ella. – ¿O quieres repetir para asegurarlo?

–  Esto no es una buena idea. – Murmuró Carol recobrando la sensatez, o al menos parte de ella. – Raúl seguro que sabe quién eres y si no lo sabe no tardará en averiguarlo.

–  ¿Y qué hay de malo en que sepa quién soy? – Le preguntó Lucas con semblante serio.

–  Si se entera que trabajamos juntos, lo echamos todo a perder. – Le respondió Carol pero, al ver que él seguía sin comprender nada, le aclaró: – Cada uno tenemos nuestras propias normas y una de mis normas es no mezclar el trabajo con el placer, puede que ya no tenga que seguir dándole calabazas, pero si se entera de quién eres podemos tener problemas, su padre es uno de nuestros principales clientes.

–  ¿Eso significa que no quieres repetir? – Le preguntó Lucas burlonamente. Le daba igual lo que aquel pijo niño de papá pensara de ellos y sabía que ni Moisés ni Fernando les recriminarían nada, incluso Moisés le había propuesto a Carolina denunciarlo. – Será mejor que nos aseguremos…

Lucas volvió a besarla antes de que Carol cambiara de opinión y le dejara allí excitado y con un palmo de narices. A Carolina ya no le quedaba más fuerza de voluntad para resistirse y menos si Lucas se le echaba encima como acababa de hacer.

–  Vámonos de aquí. – Sentenció Lucas tras ese beso.

Ambos salieron del pub y se montaron en el coche de Lucas, que condujo hasta aparcar en la plaza de parking del edificio donde vivía. Carolina sabía perfectamente dónde estaban y qué pasaría si subía con él al apartamento pero, aún y así, no se opuso y dejó que Lucas la guiara.

Subieron a la sexta planta en el ascensor y la tensión les envolvió de nuevo. Ambos sabían cómo acabarían la noche pero ninguno sabía cómo volver a empezar donde lo dejaron el Zen.

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