Déjame sin aliento 5.

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Carolina entró en su despacho y se dejó caer sobre su sillón sin dar crédito a lo que acababa de hacer. Había aceptado trabajar junto a Lucas en un proyecto que tenían que entregar en tres meses, lo que significaba que tendría que dedicar las noches y los fines de semana a seguir trabajando para entregar el proyecto a tiempo. Si no soy capaz de mantener una conversación con él sin que me saque de quicio o me excite, ¿cómo voy a conseguir trabajar con él en el proyecto?, pensó Carolina. Pero unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos y, tras respirar profundamente para serenarse, dijo en voz alta:

–  Adelante.

La puerta se abrió y ante ella apareció Lucas. A diferencia de las otras veces en las que habían coincidido, esta vez él no tenía esa sonrisa burlona y desenfadada en los labios, más bien parecía preocupado.

–  ¿Podemos hablar un momento? – Preguntó Lucas con suavidad para no empeorar las cosas.

–  Supongo que sí.

Lucas aceptó aquella invitación, entró en el despacho de aquella mujer que le volvía loco por diferentes razones y cerró la puerta antes de sentarse frente a ella.

–  Tú dirás. – Le animó Carolina.

–  Si vamos a trabajar juntos en el proyecto, necesitamos seguir algunas normas, vamos a pasar mucho tiempo juntos y tendremos que intentar llevarnos bien, ¿no crees?

A Carolina le gustó la profesionalidad de Lucas y que, por primera vez desde que se conocían, estaba manteniendo una conversación normal con ella.

–  Por una vez, estamos de acuerdo en algo. – Opinó Carolina.

–  Siempre hay una primera vez para todo. – Le recordó Lucas sonriendo de una manera que hizo que Carolina se estremeciera. – Tenemos que entregar el proyecto en tres meses, no es mucho tiempo pero, si nos esforzamos, estoy seguro que formaremos un buen equipo.

–  Sabes que acabaremos matándonos, ¿verdad? – Le recordó Carolina por si acaso se hubiera olvidado.

–  Esa no es la actitud, muñeca.

–  Y desde luego esa tampoco. – Le reprochó Carol molesta.

–  Vale, para que veas que pienso de verdad en lo que estoy diciendo, te invito a comer.

–  Gracias, pero ya tengo planes.

–  Sigue sin ser la actitud. – Le reprochó Lucas. – Pon de tu parte, se supone que acabamos de acordar que intentaríamos llevarnos bien. Yo también tengo planes para salir a comer, pero pienso cancelarlos para comer contigo.

–  ¿Vas a anular la cita con tu dentista? – Se mofó Carolina.

–  Si quieres guerra, tendrás guerra, muñeca. – Le advirtió Lucas.

–  Lo siento, es la costumbre. – Se disculpó Carol con una sonrisa traviesa en los labios. – He quedado con Lorena y su hermano, deja que les envíe un mensaje para que sepan que no voy.

Lucas había quedado con Jordi, podría haber propuesto que se unieran todos, pero prefirió callarse y salir a solas con Carolina, necesitaba poder pasar un rato con ella para conocerla mejor y no pensaba desaprovechar aquella oportunidad.

Una hora más tarde, estaban sentados uno frente al otro mientras bebían una copa de vino y charlaban mientras esperaban a que el camarero les sirviera la comida.

–  Tendríamos que acordar unos horarios y un punto de encuentro, ¿dónde te gusta trabajar en tus proyectos? ¿Tienes algún lugar especial donde poder concentrarte? – Le preguntó Lucas para entablar de nuevo conversación.

–  Suelo trabajar en casa, allí tengo mi despacho y todo lo que necesito: una cama, una cocina y un baño, así no pierdo tiempo trasladándome de un lugar a otro. – Le respondió Carol encogiéndose de hombros.

–  De acuerdo, trabajaremos en tu casa. – Sentenció Lucas sin dejar pasar la oportunidad de colarse en su vida con un simple juego de palabras.

Carolina iba a protestar, pues ella no le había invitado en ningún momento y él había tomado la decisión con descaro, pero una vez evaluó la situación, le resultó una oferta tentadora que no tuvo fuerzas para negarse.

–  Está bien, pero tendremos que pactar unos horarios para no molestar a Lorena.

–  Perfecto, ya hemos llegado a otro acuerdo. – Le contestó Lucas con una seductora sonrisa en los labios que dejaba entrever su doble intención. – Vamos a ver qué tal se nos dan los horarios. Tendremos que dedicarle muchas horas diarias al proyecto, prefiero que nos sobre tiempo a tener que improvisar en el último momento. Doce horas al día, de lunes a sábado, ¿qué te parece?

–  Me parece bien. – Contestó Carolina.

–  No me puedo creer que todo esto sea tan fácil. – Comentó Lucas sorprendido.

El camarero les trajo la comida y ambos continuaron charlando tranquilamente sobre posibles ideas para el proyecto y sin lanzarse pullas el uno al otro. Después de comer Lucas insistió en llevar a Carolina a su casa con la excusa de que tenía que aprender el camino si el lunes iba a tener que dirigirse allí.

–  Es aquí. – Le indicó Carol cuando llegó al portal de su edificio. – Gracias por traerme, nos vemos el sábado. Por cierto, el piso es el Ático B.

–  Estaré aquí el lunes a las ocho y te traeré el desayuno para que veas mi buena fe. – Le dijo Lucas con una amplia sonrisa. – Pero tú te encargas del café.

–  Te veo el lunes a las ocho, espero que seas puntual porque odio que me hagan esperar. – Le respondió ella mientras se despedía con un beso en la mejilla que a punto estuvo de rozar la comisura de sus labios.

–  Hasta el lunes, Carolina. – Se despidió Lucas notando como su entrepierna se abultaba.

Carolina necesitó toda la tarde para asimilar todo aquello, ahora tendría que pasar doce horas diarias con Lucas en su casa y trabajando codo con codo. Cuando llegó la noche, Carolina no dejó de dar vueltas tratando de dormir y, cuando por fin lo consiguió, Lucas volvió a aparecer en sus sueños, más romántico y seductor que nunca.

El domingo por la noche, Lorena salió a cenar con Jordi y avisó a Carol que no regresaría a dormir a casa, se quedaría en casa de Jordi, por lo que Carol decidió quedarse en casa y adelantar algo sobre el proyecto.

A las nueve de la noche, cuando estaba a punto de dirigirse a la cocina para preparar algo de cenar, alguien llamó a la puerta y Carol fue a abrir, era David, el hermano de Lorena.

–  ¿Qué haces aquí? Lorena no está y no va a regresar. – Lo saludó divertida.

–  En realidad, he venido a verte a ti. – Le respondió David con una sonrisa que Carol sabía no le iba a traer nada bueno. – ¿No vas a invitarme a pasar?

–  Pasa, anda. ¿Has cenado?

–  No, confiaba en que tú tampoco hubieras cenado y cenar juntos. ¿Pedimos pizza?

Un par de horas más tarde, ambos habían cenado pizza y continuaban bebiendo, aunque habían pasado de la cerveza al vino.

–  Será mejor que me digas lo que has venido a decir porque si esperas un poco más mañana no me acordaré. – Le dijo Carol ya bajo los evidentes signos del alcohol.

–  Necesitaba que estuvieras relajada para decírtelo, pero creo que ya nos hemos relajado suficiente los dos. – Bromeó David. – El caso es que necesito que me acompañes a…

–  ¡No! ¡Ni lo sueñes! – Le interrumpió Carol sin dejar que terminara de hablar. – El año pasado ya te dije que sería la última vez que te acompañaba, te dije que te buscaras a otra.

–  ¡Y lo hice! – Se excusó David. – Pero ayer me vio con otra chica y dudo mucho que, después del numerito que se montó, quiera venir conmigo y, sinceramente, yo tampoco quiero que venga. Es la fiesta anual del aniversario de la empresa para la que trabajo como director de recursos humanos, necesito a alguien de confianza, que tenga mucha clase y que además sea una auténtica belleza.

–  De acuerdo, iré contigo otra vez a la fiesta, pero te costará caro, te lo advierto. – Le aseguró Carol tras tomárselo mejor de lo que cabía esperar. – Pero esta vez sí que será la última, el año pasado me encontré con tres de tus ex amigas en el baño y casi me sacan los ojos.

–  No tienes de qué preocuparte, yo seré tu guardaespaldas. – Se mofó David.

Continuaron bromeando y bebiendo hasta que, pasadas las dos de la madrugada, se quedaron dormidos en el sofá uno al lado del otro, como los dos grandes amigos que eran.

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