Déjame sin aliento 17.

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Lorena se dirigió al Hospital Clínico de Barcelona donde había quedado con Lucas. Su hermana continuaba en el hospital tras el accidente de tráfico, pero esperaban que le dieran el alta a última hora de la tarde. Mientras caminaba por el pasillo buscando la habitación 308, Lorena se preguntaba si estaba haciendo lo correcto o de lo contrario su amiga la mataría por meter las narices donde no debía. Pero aquellos dos estaban enamorados, quisieran o no admitirlo, y ella estaba dispuesta a todo por ver a su mejor amiga tan feliz como lo estaba ella. Dio unos suaves golpecitos en la puerta de la habitación 308 y dos segundos después la puerta se abrió y se encontró con la mirada de cansancio y preocupación de Lucas.

–  Hola. – Lo saludó Lorena en un susurro.

–  Hola. – La saludó Lucas con la voz apagada. – ¿Sabes algo de Carolina?

–  Sí, he hablado con ella y sé dónde está, por eso quiero hablar contigo.

–  Pasa, por favor. – Le pidió Lucas echándose a un lado. – Te presento a mi hermana Rocío. – Le dijo señalando a su hermana que permanecía tumbada en la cama con una amplia sonrisa en los labios. – Rocío, ella es Lorena, la amiga de Carolina.

–  Ahora entiendo por qué Jordi está tan feliz y no deja de hablar de ti, eres muy guapa. – La saluda Rocío. – Espero que hayas encontrado a Carolina antes de que mi hermano me vuelva loca, ¡está insoportable!

–  Lorena, ¿dónde está Carolina? – Pregunta de nuevo Lucas.

–  Antes de decirte dónde está, necesito hablar contigo. – Lorena mira fugazmente a Rocío.

–  Di lo que quieras. – Le dice Lucas que no tiene nada que ocultar.

–  Bien, ¿a qué clase de acuerdo llegaste con Carol? – Le increpa Lorena.

–  ¿A qué te refieres?

–  No te hagas el tonto, no te va. – Le espeta Lorena molesta. – Tengo entendido que acordasteis que vuestra relación terminaría cuando el proyecto se presentara, ¿me equivoco?

–  Eso no es exactamente así. – Matiza Lucas. – Ambos fuimos conscientes que no podríamos trabajar juntos con semejante tensión sexual de por medio, así que acordamos resolverla mientras durara el proyecto, eso sí, fuera de las horas pactadas para el trabajo y en ningún momento acordamos que se acabaría cuando presentáramos el proyecto. – Justo en ese momento, Lucas entendió lo que había pasado y sus ojos fueron invadidos por el pánico: – ¡Maldita sea! ¿Se ha ido por eso? ¿Piensa que nuestra relación se ha acabado? ¿Acaso pensaba que solo se trataba de sexo? ¡Joder, joder, joder! – Lucas maldijo en los tres idiomas que dominaba, trató de calmarse respirando profundamente y le preguntó a Lorena todo lo sereno que pudo: – ¿Dónde está Carolina?

–  Te largaste del restaurante sin dar ningún tipo de explicación y no la llamaste, ¿qué esperabas que pensara? – Le regañó Lorena. – Cree que ha sido tu manera de dejarle claro que lo vuestro se ha acabado y se ha ido de la ciudad para aclarar sus ideas.

–  No lo entiendo… – Se lamenta Lucas frustrado. – Me ha presentado a su familia y creía que estábamos bien, ¿por qué ha pensado que le haría algo así?

–  Vamos a ver, hermanito. ¿Te molestaste en aclararle a Carolina lo que sentías? – Le preguntó Rocío con sorna. – De verdad, con lo listo que eres tú para unas cosas y para otras…

–  ¡Joder, joder, joder! – Volvió a maldecir Lucas. Se volvió hacia Lorena y le preguntó exigiendo una respuesta: – ¿Dónde está Carolina?

–  Hotel Vall d’Haràn, suite presidencial. – Contestó Lorena ante la exigencia de Lucas. – Más te vale no cagarla otra vez o seré yo misma quien te arranque el corazón. – Le advirtió. Se percató que Lucas miraba a su hermana con recelo de dejarla en la habitación del hospital, así que añadió: – No te preocupes, yo me quedo con Rocío y, si le dan el alta, me la llevo conmigo a casa y prometo cuidar de ella. Estoy segura de que nos vamos a llevar muy bien.

–  Vete tranquilo y trae de vuelta a Carolina, llevo más de tres meses oyendo hablar de ella y me niego a que pase más tiempo sin conocerla. – Le dijo Rocío. – No metas la pata y llámanos cuando lo hayas arreglado para que nos quedemos tranquilas.

Lucas sonrió, aunque su sonrisa no era del todo verdadera. Se alegraba de saber dónde estaba Carolina y de dirigirse a su encuentro, pero estaba preocupado por lo que ella había pensado de él y de su relación. No podía creerse que, después de todo lo que habían avanzado y de creer que la estaba enamorando, ella hubiera huido. Cierto que el inoportuno accidente de su hermana y su inapropiada despedida al salir del restaurante no habían estado para nada acertadas, pero tampoco hubiera imaginado que ella saliera huyendo como había hecho. Se despidió de su hermana y de Lorena dándoles un beso en la mejilla y salió a grandes zancadas del hospital.

Tras conducir casi tres horas, llegó a la Vall d’Haràn a las ocho y media de la tarde. No le costó encontrar el hotel en donde Carolina se alojaba, pues era el más llamativo de todo el pueblo. Aparcó frente a la puerta y se dirigió a la recepción.

–  Disculpe, quisiera saber si la señorita Hernández está en su habitación, creo que se aloja en la suite presidencial. – Le preguntó Lucas a la recepcionista con su carismática e irresistible sonrisa para que se saltara el protocolo y respondiese a su pregunta.

–  Lo comprobaré, deme un minuto. – Le contestó la recepcionista sonriendo tímidamente. Pulsó algunas teclas, revisó las entradas y salidas de la suite en la pantalla del ordenador y le respondió: – La señorita Hernández regresó a la suite hace quince minutos, ¿desea que le avise de que está usted aquí?

–  No, quiero darle una sorpresa. – Le contesta Lucas con rotundidad. – ¿Sabe si ha reservado mesa para cenar en el restaurante del hotel?

La recepcionista volvió teclear en el ordenador y respondió:

–  Sí, ha reservado mesa para una persona a las nueve en punto.

–  Cambie la reserva para dos personas y, por favor, no le diga nada. – Le recordó Lucas. – Quiero darle una sorpresa.

La recepcionista asintió, sin creerse la suerte que tenía la tal señorita Hernández para que semejante hombre se tomara tantas molestias para sorprenderla.

Lucas decidió tomarse una cerveza en el bar mientras hacía tiempo para que en el reloj marcaran las nueve y Carolina bajara a cenar. Nunca había estado tan nervioso y a la vez tan seguro de su decisión, quería a Carolina en su vida y no iba a cesar en su empeño por conseguirlo.

Estaba sentado en uno de los taburetes junto a la barra del bar, mirando hacia la entrada del restaurante, esperando a que Carolina apareciera. Ni siquiera sabía qué le iba a decir, estaba tan concentrado en ir en su busca que no se había parado a pensar cómo podía reaccionar ella. Carolina pensaba que él la había dejado tras la presentación del proyecto y desconocía el verdadero motivo por el cual se fue tan rápido y sin dar explicaciones: su hermana Rocío había tenido un accidente de tráfico y estaba en el hospital. No le habían dado ningún dato por teléfono, así que se dirigió al hospital sin pensar en cualquier otra cosa. Antes que nada, necesitaba aclarar aquel malentendido y después solo tendría que decirle lo que siente.

Lucas dio un respingo cuando vio a Carolina salir del ascensor y dirigirse hacia a la entrada del restaurante, caminando despacio. La observó con precisión: llevaba unos vaqueros pitillo y un jersey fino de cuello alto de color negro junto con unas botas altas hasta la rodilla y sin tacón. Estaba pálida y tenía ojeras, se notaba que no había dormido bien y estaba agotada. A Lucas se le encogió el corazón al ver la tristeza que emanaba de aquellos ojos que siempre habían tenido un destello especial que hoy no tenían. Se bajó del taburete y se encaminó hacia la puerta del restaurante donde ella hablaba con el maître.

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