Déjame sin aliento 15.

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Continuaron trabajando en el proyecto durante las dos semanas restantes y hasta el día antes de la presentación ante los inversores. Ambos querían que la presentación saliera perfecta y conseguir más proyectos, tal y cómo les había indicado que ocurriría si quedaban satisfechos con el resultado. Contaban con la aprobación y admiración de los hermanos Luján, algo que no era nada fácil de conseguir teniendo en cuenta que Fernando y Moisés eran muy exigentes.

A las nueve en punto de la mañana entraron en la sala de reuniones del gabinete de Moisés Luján, donde se habían reunido la última vez que los inversores vinieron a España. Carolina y Lucas prepararon la presentación mientras los inversores y sus jefes tomaban asiento.

–  Estamos impacientes por ver el proyecto. – Les dijo Paul Wolf antes de que empezara la presentación.

–  Estamos seguros de que la espera ha valido la pena y saldrán de esta sala realmente contentos y satisfechos. – Comenzó a decir Lucas. – Nos dijeron que querían una fusión de los diseños que les preparamos por separado y eso hemos hecho.

Carolina encendió el proyector y empezó a pasar las diapositivas al mismo tiempo que les señalaba todos y cada uno de los detalles del original edificio que habían diseñado para el museo.

La presentación duró más de tres horas en las que Carolina y Lucas acapararon la atención y la admiración de los inversores, que quedaron muy satisfechos con el resultado.

–  Sin lugar a dudas, esto es lo que estábamos buscando. – Les informó Paul Wolf sonriendo de oreja a oreja. – Les felicito, han hecho un trabajo excelente.

Tras recibir un mar de buenas críticas, firmaron los contratos pertinentes, detallaron las fechas para el inicio de la construcción del museo y decidieron ir a comer con sus jefes y los inversores para celebrar la firma del contrato.

La sobremesa se alargó hasta las seis de la tarde, cuando todos se despidieron en la puerta del restaurante y se separaron para continuar por caminos diferentes: los hermanos Luján se marcharon a sus respectivas casas junto a sus respectivas familias; los inversores regresaban al hotel para hacer sus maletas y dirigirse al aeropuerto; y Lucas y Carolina se quedaron frente a la puerta de aquel restaurante, mirándose el uno al otro con una sonrisa en los labios y un deseo devastador de unir sus cuerpos. Pero el momento se vio truncado cuando el teléfono de Lucas empezó a sonar. Se sacó el móvil del bolsillo y, tras mirar en la pantalla quién era el emisor de dicha llamada, le dijo a Carolina antes de separarse de ella para contestar:

–  Disculpa un momento, debo contestar.

A Carolina no le pasó por alto el ceño fruncido de Lucas ni su mueca de disgusto al responder la llamada de teléfono, pero tampoco le dio mayor importancia. Esperó escasos dos minutos a que Lucas colgara y, cuando lo hizo, se acercó a ella y le dijo con un tono apagado en la voz que preocupó a Carolina:

–  Me ha surgido algo importante y tengo que marcharme, te llamo. – Le dio un beso en la mejilla y desapareció sin más.

Carolina, completamente confundida, se quedó mirando cómo Lucas se alejaba. Le hubiera gustado preguntar si iba todo bien o si necesitaba algo, pero él ni siquiera le dio opción a decir nada y eso la molestó. Regresó a casa y trató de calmarse diciéndose que quizás le había surgido alguna emergencia familiar y no quería preocuparla o simplemente estaba tan preocupado que ni siquiera se dio cuenta de su poco tacto a la hora de despedirse. Pero entonces una luz se iluminó en su cabeza y no tuvo excusa con la que consolarse: el proyecto había finalizado y con él la relación que entre ellos había existido durante los últimos tres meses.

Soy una idiota, se reprochó furiosa. Sabía que esto iba a pasar y aun así insististe en seguir adelante, a pesar de que me iba a destrozar… ¿se puede pensar con menos cordura?

Apenas pegó ojo en toda la noche y cuando se levantó a la mañana siguiente se sentía como si hubiera pasado la noche bebiendo y de fiesta. Alcanzó su teléfono móvil que descansaba en la mesita de noche y comprobó si tenía llamadas perdidas o mensajes de Lucas, no había nada de nada. Se resignó y decidió darse una ducha para sentirse mejor. Su aspecto mejoró, pero continuaba estando pálida y con ojeras.

Se alegró de que Lorena no hubiera pasado la noche en casa y que a estas horas estuviera en el trabajo, no tenía ganas de hablar del tema y si se la hubiera encontrado no hubiera podido evitar su tercer grado, Lorena era de las que interrogaba hasta saber lo que quería. Tenía dos semanas libres que Moisés prácticamente le había obligado a coger en agradecimiento al esfuerzo realizado por el proyecto y porque hacía más de un año que Carolina no se cogía ni un solo día de vacaciones, le gustaba demasiado su trabajo y disfrutaba con él.

–  Ya es hora de disfrutar de unas merecidas vacaciones. – Se dijo en voz alta para tratar de darse ánimos. – Un buen hotel con spa lejos de todo y de todos es lo que me hace falta para recomponerme y volver a ser la que era.

Tras desayunar para reponer un poco de fuerzas y energía, hizo la maleta y le dejó una nota a Lorena antes de macharse: “Lore, me marcho unos días de la ciudad, necesito aclarar mis ideas. Te prometo que cuando vuelva hablaremos de ello, pero mientras tanto tendrás que ser paciente (no me llevo el móvil, pero prometo enviarte un e-mail al día para que sepas que estoy bien). Te quiero, C.”

Pegó la nota en la puerta de la nevera bajo un imán, agarró su bolso y su maleta y salió del apartamento que compartía con Lorena. Condujo hasta el taller mecánico de su padre. Tenía que decirle a su familia que estaría ilocalizable durante unos días si no quería alarmarlos, al menos más de lo debido, y decidió que su padre era la mejor persona a la que decírselo. Si hablaba con su madre, haría un drama de todo aquello y si se lo decía a Pablo se arriesgaba a que él mismo fuera en busca de Lucas y le diera una paliza, por muy buenos amigos que se hubieran hecho. Además, a ambos tendría que explicarles el motivo de su repentina huida y no quería hablar del tema. Por eso la mejor idea era hablar con su padre, él la comprendía sin necesidad de palabras y siempre la apoyaba cuando lo necesitaba.

–  Carol, ¡qué agradable sorpresa! – Exclamó su padre alegremente cuando la vio. Pero cuando se acercó a ella y vio sus ojeras le preguntó preocupado: – ¿Va todo bien?

–  Más o menos, papá. – Medio mintió ella y empezó a decir: – Necesito desconectar unos días, tener tiempo para pensar en algunos asuntos y tratar de poner orden en mi cabeza. Quería avisaros para que no os preocuparais, eso es todo.

–  Si vienes a contármelo a mí es porque no se lo has dicho a nadie más, ¿me equivoco?

–  Le he dejado una nota a Lorena en casa. – Le confesó Carolina ruborizada. – Papá, no quiero preguntas, de hecho me voy para encontrar respuestas. Ya sabes cómo es mamá, que monta un drama por todo, y tampoco me apetece hablar con Pablo, pregunta demasiado y ya te he dicho que no tengo respuestas, por eso necesito que me cubras, solo serán unos días, dos semanas como mucho.

–  ¿A dónde vas a ir?

–  Aún no lo he pensado, pero ya tengo la maleta en el coche. – Le respondió sonriendo y encogiéndose de hombros. – No iré muy lejos y prometo llamarte todos los días al taller.

–  ¿Sigue siendo complicada tu relación con Lucas? – Preguntó Antonio con complicidad, recordando que su propia hija le había definido aquella misma relación como “algo complicado”.

–  Sí papá, demasiado complicado.

Antonio abrazó a su hija pequeña, la besó con ternura en la frente, un gesto de lo más paternal, y antes de despedirse de ella, le recordó:

–  Me tienes para lo que haga falta, ¿lo sabes, verdad?

Carolina tuvo que contener las lágrimas que amenazaban con salir desbocadas de sus ojos, asintió con la cabeza y se subió a su coche donde, mientras conducía por la autopista, no pudo seguir conteniendo las lágrimas e inundaron sus mejillas.

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